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Por Efraín Rincón · 17 de Febrero de 2021

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Esta historia hace parte de la Sala de Redacción Ciudadana, un proyecto de periodismo colaborativo entre los periodistas de La Silla Vacía y miembros de organizaciones de la sociedad civil que cuentan con información valiosa.

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A pesar de que hay mujeres y científicas que han brillado en la pandemia, como Martha Ospina, directora del Instituto Nacional de Salud, o Claudia Vaca, del Centro de pensamiento en Medicamentos, Información y Poder de la Universidad Nacional, hay una brecha de género en la ciencia y la academia que se endurece durante la pandemia. 

La brecha en la ciencia empieza con la que existe en el trabajo de cuidado que enfrentan las mujeres en todos los campos. En Colombia, según el DANE, las mujeres dedican más del doble de tiempo que los hombres a actividades de cuidado no remuneradas, como lo detalla el informe  "Mujeres y hombres: brechas de género en Colombia”.  

Esto se ve reflejado en que el porcentaje de mujeres en el cuerpo de investigadores en el mundo es del 30 por ciento y en América Latina, del 40 por ciento. 

Y en Colombia, según el Ministerio de Ciencias, del total de investigadores reconocidos, sólo el 38 por ciento son mujeres. 

Mientras que del total de los que son líderes de grupos de investigación, el 34 por ciento son mujeres. 

Estos porcentajes muestran, como nos contaron seis científicas, que culturalmente a las mujeres se les ha asociado con los roles de cuidado, han tenido una crianza que genera un sesgo en contra de los campos científicos y que hacen falta más referentes femeninas dedicadas a las ciencias. 

Claudia Vaca, química farmacéutica y profesora de la Universidad Nacional, es una de esas mujeres que ha tenido que vivir esa brecha representada en el machismo de la academia y la política.

“Generé una personalidad dura, fuerte en mis argumentos y en mi forma de abordar mis opiniones”, cuenta Vaca.

El camino para zanjarla pasó por trabajar en la alcaldía de Antanas Mockus, viajar a Barcelona a completar sus estudios de maestría en farmacoepidemiología, trabajar en el Invima, en la Organización Panamericana de la Salud, a ser profesora de la Universidad Nacional, hacer parte del Ministerio de Salud en cabeza de Beatriz Londoño y fundar junto a otras colegas el Centro de Pensamiento en Medicamentos, Información y Poder de la Universidad Nacional, del que hoy es directora. 

Aunque Claudia decidió no tener hijos, dice que “tiene muchos”, para referirse al cuidado que asumió con sus hermanos y sobrinos. Y aunque se ha hecho cargo de varias personas, le gusta decir que tiene dos hijos, “Mi hermano Juan, que crié con mi mamá, y el hijo de Carlitos, mi compañero”.

Durante la pandemia Vaca se ha convertido en una fuente de consulta obligada para hablar de las vacunas, de la propiedad intelectual y de la salud pública. 

Para haber logrado esto, Vaca cuenta que son varias las mujeres que la han impulsado y apoyado en su vida.

Desde su mamá, “la clásica enfermera que limpiaba las heridas a un indigente con la misma dedicación y ternura que a un doctor”, como la define Vaca, hasta personajes de talante político como Tania Guzmán, su amiga de universidad que hoy coordina Equipo de seguimiento de medidas reparadoras o restauradoras en la JEP, o Londoño, exministra de Salud.

Y aunque esta emergencia ha visibilizado más a investigadoras como Vaca, también mostró las brechas que existen entre hombres y mujeres en disciplinas científicas. Entre ellas, que el tiempo para dedicarle a las investigaciones es menor para las mujeres. 

Menos tiempo para las mamás científicas

Yohana Velasco regresó a Colombia en marzo del 2020. Llegó después de hacer una estancia postdoctoral como investigadora en el Centro de toxicología humana y ambiental en la Universidad de Florida. Aterrizó al inicio de la pandemia, y dice que no estaba preparada para enfrentar lo que el confinamiento le impuso a muchas científicas en el país: investigar en medio de las responsabilidades familiares.

Velasco es profesora titular en la Facultad de Ciencias Agropecuarias y Naturales de la Universidad de los Llanos. Además, es líder del grupo de investigación Biotecnología y Toxicología Acuática y Ambiental - BioTox-

Cuando comenzó la cuarentena estricta el año pasado, y tocó encerrarse en las casas, la rutina académica se diluyó entre el colegio de sus dos hijos y estar pendiente, junto a su esposo, del desayuno y el almuerzo. 

Esos primeros meses de la cuarentena le tocaba compartir el tiempo de su cena con su trabajo y dormía entre la media noche y la cinco de la mañana para poder rendir. 

“Me afectó el sueño. Estaba a punto del colapso”, le dijo a La Silla esta investigadora. 

Aunque Velasco reconoce que su situación puede ser excepcional, porque comparten los roles de cuidado con su esposo, confiesa que al final sus hijos dependen más de ella y por eso le demandan aún más tiempo. 

La experiencia de Yohana Velasco es solo una de las miles de mujeres de ciencia que viven una situación similar en el mundo.

Estudios como este, publicado en la revista científica Science, o este, esta vez en Nature, sugieren que como consecuencia de la pandemia y en comparación con los hombres, las mujeres están publicando y sometiendo a revisión menos estudios y artículos de investigación. Especialmente las que son mamás. 

El estudio de la revista Science explica que, de acuerdo a una encuesta hecha a 20 mil investigadores doctorales, las que son mamás sufrieron una caída del 33 por ciento en el tiempo que le dedican a la investigación, comparadas con los que son papás. 

A nivel nacional, aunque sin cifras específicas dentro de la ciencia, los datos respaldan esta realidad. Según el Informe "Mujeres y hombres: brechas de género en Colombia”, el número de hijos afecta la participación de las mujeres en el mercado laboral. Siete de cada diez mujeres (74 por ciento) tienen trabajo, pero esta relación se va reduciendo conforme al número de hijos; en las que tienen tres o más, la tasa se reduce al 65 por ciento.

Además, el rol de madres y científicas no solo les quita tiempo, sino que genera discriminación.

Lina Caballero es botánica y doctora en genética y biología molecular de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, en Brasil. Es científica y mamá de una hija.

Cuando recién había acabado su pregrado y le dijo a un profesor que le interesaba hacer la maestría con él, al hacerle saber que estaba embarazada, él la cogió de las manos y le dijo, “Ay Lina, y usted que es tan buena. Lástima, hasta aquí llegó la carrera”. 

Por eso, y porque cree que en Colombia hace falta visibilizar estos obstáculos, decidió fundar y coordinar Parent in Science Colombia. Un proyecto que busca abrir espacios profesionales a científicas, especialmente a aquellas que son madres, estudiantes e investigadoras que eventualmente deseen tener hijos. 

La razón de Caballero para hacerlo es que “nadie habla de estas inequidades de las mujeres científicas en Colombia”.

Un problema de oportunidades

La crisis de las mujeres en la ciencia se enmarca en la de un mundo que no es equitativo. 

Como contamos en esta historia, la realidad es que las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres. 

Como acción afirmativa, una de las medidas de Colombia para incrementar la participación de mujeres en altos niveles de decisión es la Ley de Cuotas. Esta ley establece que en cargos directivos de entidades públicas al menos el 30 por ciento deben ser mujeres. 

El Gobierno actual, de hecho, arrancó por primera vez en la historia del país con un gabinete con el mismo número de mujeres y hombres. Pero como contamos en esta historia, de eso solo queda el recuerdo, y hoy las mujeres solo son el 28 por ciento de los Ministerios. 

Y es que las brechas comienzan incluso antes de que el trabajo de cuidado sea un tema, pues aparecen desde los procesos de formación, que en la ciencia son fundamentales para cerrarlas. 

La cantidad de mujeres y hombres que entran a estudiar carreras afines a la ciencia tiende a ser paritaria, pero el porcentaje de mujeres va disminuyendo a medida que se progresa en los estudios. 

Así lo comprobaron Carolina Franco-Orozco y Bárbara Franco-Orozco, dos investigadoras colombianas, comparando datos del Observatorio Laboral para la Educación del Ministerio de Educación en dos periodos de tiempo: 2001-2010 y 2011-2014.

Encontraron que del pregrado se graduaron más mujeres que hombres en ambos periodos. Incluso, se dieron cuenta que en ciencias naturales y matemáticas las mujeres eran más. 

En contraste, cuando las investigadoras analizaron los datos en niveles académicos superiores como maestrías y doctorados, el porcentaje de mujeres graduadas era menor que el de hombres, salvo para las carreras de ciencias de la salud, para ambos periodos.

De hecho, entre el 2010 y el 2017, según los datos del Sistema Nacional de Información de la Educación Superior del Ministerio de Educación, de los doctores graduados en el país, solo el 40 por ciento fueron mujeres.  

Verónica Botero, la primera decana de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional en Medellín en 131 años, hace una analogía de este fenómeno y lo compara con “una tubería que va filtrando a las mujeres a medida que avanzan”. Botero cree que esto mismo ocurre para poder ocupar puestos de decisión. 

Da unas cifras para ilustrar que la situación no es equitativa entre hombres y mujeres: en la Facultad de Minas solo el 20 por ciento de los profesores son mujeres. 

El hecho de que sean pocas las mujeres que puedan llegar a puestos de decisión implica que las que hasta ahora se abren paso en esas carreras no encuentren figuras aspiracionales, como si les pasa a los hombres. 

Tatiana Andia, profesora y directora de la Escuela de posgrados de la Facultad de Ciencias Sociales en Uniandes, ve la importancia de las mujeres en su trayectoria desde el apoyo. “Una de las cosas que ha cambiado mi experiencia profesional es trabajar en combo. Es muy difícil hacer eso solo siendo mujer. Uno necesita ir en equipo”, dice. 

Estos combos de mujeres han sido claves a la hora de visibilizar las desventajas de una científica. Pero se han encontrado con un problema: la falta de información estadística. 

Sin datos, no es posible mostrar la brecha

En Colombia todavía no hay datos de cómo la pandemia ha afectado la productividad científica de los investigadores, y menos a las mujeres.

Algo que le sorprende a Lina Caballero, pues no entiende por qué razón desde el Ministerio de Ciencias o el OCyT todavía no hay datos que den información sobre ese efecto. 

Además, denuncia que aparte de conocer cuántos hombres y mujeres son investigadores en el país o pertenecen a grupos de investigación, no existan más pistas de cómo se comporta la brecha de género en otros niveles como la producción científica.

En efecto, los únicos indicadores desagregados por género (sólo másculino y femenino) que presenta el OCyT son el de cuántos investigadores están vinculados a grupos de investigación y cuántos jóvenes investigadores hay en el país

Para Diego Silva, director ejecutivo del Observatorio, esta es una situación que se debe cambiar y reconoce que no hay consciencia sobre la importancia de tener mejor resolución en la información. 

Por ahora, la brecha está a la vista, ante la falta de información será difícil conocer cuáles son los efectos de la pandemia entre las mujeres científicas del país.

El temor que tienen investigadoras como Andia es que nos devolvamos en el tiempo y se retroceda en lo que se había ganado en tema de equidad. A pesar de que han brillado por sus conocimientos en tiempos de coronavirus, en el balance Andia opina que “la pandemia nos fregó”.

 

Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

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