Uso de cookies

La Silla Vacía usa Cookies para mejorar la experiencia de nuestros usuarios. Al continuar navegando acepta nuestra política.

listo

Por Andrés Pacheco-Girón | Manuela Galvis · 12 de Enero de 2021

Foto: Corporación Tepiapa

1625

0

 

Esta historia hace parte de la Sala de Redacción Ciudadana, un proyecto de periodismo colaborativo entre los periodistas de La Silla Vacía y miembros de organizaciones de la sociedad civil que cuentan con información valiosa.

* * *

Antes de que se decretara la cuarentena estricta en marzo del año pasado, la fundación 100% Mujer en Manizales ofrecía, entre otras cosas, asistencia psicológica y servicios odontológicos a las mujeres afiliadas y a sus familiares, a precios muy bajos o incluso de forma gratuita. Hoy, aunque siguen trabajando voluntariamente, la forma en la que lo hacen cambió del cielo a la tierra.

Las actividades presenciales que realizaban se vieron restringidas, incluyendo aquellas que hacían que su fundación fuese sostenible. La única que no se vio afectada, sino que por el contrario aumentó su intensidad, fue la atención psicológica que la Fundación presta de forma gratuita, ahora a través de llamadas telefónicas.

“Mucha gente llamaba y decía: ‘yo me quiero suicidar, estoy viviendo cosas horribles en mi casa’, y hacer un acompañamiento de ese tipo requiere de mucho esfuerzo. Las psicólogas del equipo no han bajado la guardia en eso”, dice Gladys Galeano Martínez, la fundadora de la organización.

Y aunque el trabajo de las voluntarias haya sido clave durante estos meses para el bienestar psicológico de muchas personas en Manizales, la fundación no ha logrado obtener un solo peso de los que recibía antes de que llegara el covid.

Como 100% Mujer, muchas organizaciones de la sociedad civil -OSC- han demostrado durante esta pandemia lo indispensables que son como red de apoyo para las personas más vulnerables. Pero, paradójicamente, el covid también ha puesto en evidencia lo vulnerables que son ellas mismas.

Buscar financiación en pandemia

Las fundaciones se financian a través de cuatro fuentes principalmente: cooperación internacional, filantropía del sector privado, prestación de bienes y servicios y recursos públicos a los que legalmente pueden acceder. Prácticamente las cuatro se vieron golpeadas durante la pandemia.

Casi la mitad de las organizaciones que hacen parte de la Confederación Colombiana de ONGs -CCONG- tuvo una interrupción en los convenios o contratos que tenían antes de la pandemia desde que empezó el aislamiento obligatorio, según una encuesta virtual que hicieron en marzo.

 

Además, varios de los oferentes más grandes disminuyeron la cantidad de recursos que destinaban a convocatorias abiertas.

Eso significa que, por la pandemia, la plata a la que accedían las OSC se destinó de otra manera o simplemente dejó de estar disponible, volviendo la consecución de recursos más difícil y más competida para las OSC.

Muchas organizaciones civiles trabajan conjuntamente con poblaciones en territorios, por lo que la mayoría de sus convenios quedaron frenados durante la pandemia.

Algunas nos contaron que trabajar en territorio era mucho más complejo porque la desconfianza de muchas poblaciones con las que trabajaban creció por el miedo a contagiarse de covid.

Otras, nos dijeron que las inmersiones en territorio simplemente cesaron y no se han podido retomar.

“Lo que está en riesgo es el capital social que hemos adquirido las OSC con las comunidades”, dice Liliana Rodríguez de la CCONG. “Aunque muchas veces el sector público no lo valora, nosotras tenemos un ‘saber hacer’ por la experiencia que no se reemplaza fácilmente. Cuando una organización desaparece, se pierde ese capital social”.

Sin los recursos por los convenios que ejecutaban, la dependencia de estas organizaciones de los donantes aumentó.

El cambio de prioridades

En la misma línea de lo que contó la revista Dinero, La Silla habló con algunas empresas reconocidas por su trayectoria filantrópica y de responsabilidad social e identificó que los donantes por lo general vivieron dos experiencias.

La primera de ellas fue que aumentaron significativamente los recursos destinados a donaciones y filantropía.

La fundación Ford, por ejemplo, tomó la decisión a mediados de 2020 de endeudarse por 13,7 billones de dólares para redoblar su respaldo a las organizaciones civiles en el mundo entero, un gesto que el New York Times calificó de “decisión histórica” no solo por el monto sino por hacerlo en un momento de tanta incertidumbre.

Fundaciones empresariales colombianas también aumentaron sus donaciones. Pero varias reasignaron estratégicamente los recursos que tenían, dejando de financiar proyectos que debido a la pandemia ya no se podían ejecutar.

Como muchas fundaciones obtenían recursos para su trabajo de campo, y eso se acabó con la cuarentena, la sensación entre la mayoría de las nueve organizaciones con las que habló La Silla, es que los donantes han sido más austeros por la incertidumbre que tienen sobre cómo la pandemia los puede afectar económicamente.

Varios donantes también les han dicho que no está dentro de sus prioridades donar a organizaciones que no trabajen temas relacionados con la crisis del covid.

“Hemos tenido muchas entrevistas con donantes. En todas ellas nos dicen que tenemos proyectos fascinantes, pero la respuesta siempre es ‘nuestros fondos son para temas de covid, género o atención a migrantes venezolanos’”, nos dijo José Alarcón, director de la Corporación Tepiapa.

La Corporación Tepiapa, por ejemplo, se reunió con el Banco Mundial para presentarles un proyecto llamado Kataa O’u, que busca ampliar el acceso a agua potable en rancherías Wayuu en La Guajira.

“Nos dijeron que no lo financiarían porque sus fondos estaban destinados únicamente para atención al covid, como si fuera lo único urgente en este momento”, dijo Alarcón.

Como en La Guajira, según cifras del Ministerio de Vivienda de 2018, menos del cuatro por ciento de la población rural tiene agua potable, el proyecto de la Corporación Tepiapa es clave, sobre todo en las rancherías Wayuú, donde el agua apta para el consumo humano es muy escasa.

“La cooperación tiende a ser muy coyuntural”, dice Paula Ruiz, docente e investigadora de la Universidad Externado, experta en temas de cooperación internacional y gestión de proyectos para el desarrollo. “Cuando comenzaron los diálogos de paz en la Habana, la mayoría de la financiación se comenzó a destinar a aquello que tuviera que ver con educación para la paz, proyectos del sector agrícola, etc. La agenda internacional cambia y con ella se mueven las prioridades de los donantes”.

Esa volatilidad de las prioridades se ve reflejada en la forma en la que se ha comportado la financiación de los diferentes Objetivos del Desarrollo Sostenible a nivel mundial.

En 2020 la financiación de objetivos que tienen una relación estrecha con problemas que vienen de la crisis por el covid, como “Trabajo decente y crecimiento económico” o “Salud y bienestar”, aumentó significativamente.

En cambio, la de otros objetivos como “Acción por el clima” disminuyó.

Un problema pre-covid

La desfinanciación de las OSC es un problema que ocurre a nivel global y no es nuevo.

Innpactia, una organización que facilita el acceso a fondos para OSC en América Latina, realizó un informe en el que analizó una muestra de 6.657 convocatorias abiertas publicadas entre 2014 y 2015 para que entidades que promueven el desarrollo en América Latina accedan a recursos de distintos tipos de oferentes. Encontraron que sólo el 13 por ciento del total de estos recursos fueron destinados a OSC y únicamente el tres por ciento a OSC latinoamericanas.

En Colombia, el problema viene, incluso, desde antes del proceso de paz con las Farc.

A partir del gobierno de Uribe comenzó a crecer la desconfianza en el trabajo que hacían la mayoría de ONGs, lo que hizo que se volviera aún más clave la financiación que venía de donantes internacionales.

“Esta actitud se dio porque a muchas de ellas se les asociaba con la izquierda”, dice Sergio Guarín, director de la Corporación Reconciliación Colombia, una organización que trabaja alrededor de la reconciliación nacional desde el 2014.

Sin embargo, fue durante el gobierno de Juan Manuel Santos que los problemas se acentuaron más.

Por un lado, la reforma tributaria que sacó adelante Santos en 2016 endureció los requisitos que debían cumplir las entidades sin ánimo de lucro para recibir donaciones de empresas que pudieran traducirse en beneficios tributarios. Esto golpeó particularmente a las OSC más pequeñas.

Según un informe que publicó la CCONG, la reforma tributaria no sólo impidió el acceso a oportunidades de financiación por parte de las OSC, sino que además condenó a muchas de ellas a desaparecer.

Con el cambio de las entidades sin ánimo de lucro del régimen tributario especial al régimen tributario ordinario, pasaron de estar registradas en Colombia 170.100 entidades en 2016 antes de la reforma, a 15.515 en 2019.

El mismo año, Colombia fue catalogada como un país de ingreso medio alto según la OCDE y varias organizaciones nos confirmaron que era frecuente escuchar a los donantes decir que las necesidades de Colombia no eran tan apremiantes al ser un país de ingreso medio alto y miembro de la OCDE.

La forma de actuar cambió radicalmente

El golpe del covid para las fundaciones no fue solo en el bolsillo. Muchas también perdieron a uno de sus aliados fundamentales: los voluntarios.

Gran parte del trabajo que realizan estas organizaciones depende del esfuerzo que hacen sus miembros y la red de voluntarios que consiguen, a quienes les ofrecen experiencias valiosas a cambio de su ayuda en la ejecución de proyectos.

Con el covid, muchos de ellos dejaron de ver el valor que podía tener hacer voluntariado, porque consideraban que las experiencias transformadoras solo las podían vivir trabajando en territorio o interactuando frente a frente con otras personas.

Aunque la pandemia en su mayoría trajo retos para las OSC y los donantes, también impulsó la creatividad y generó nuevas formas de incidir positivamente en las causas por las que venían trabajando.

“Estos meses, aunque gran parte de nuestras actividades estuvieron en pausa, lo que hicimos fue ‘invertirle’ a los voluntarios: aprovechamos el tiempo y de la virtualidad para formarlos mejor en talleres y capacitaciones”, dijo Camilo Reyes, director ejecutivo de Raíces Colombia.

Muchas OSC se adaptaron y empezaron a trabajar desde la virtualidad o por teléfono. Incluso, varias transformaron lo que hacían y buscaron formas de alinear sus objetivos con las problemáticas que surgieron a raíz del covid.

Y aunque esto da cuenta de lo camaleónica que puede llegar a ser la agenda por el desarrollo, pues los proyectos de las OSC terminan adaptándose a aquello que consiga financiación más fácil, muestra su capacidad de adaptación al cambio.

“Esta situación nos invita a ser creativos”, dice Paula Ruiz. “La plata está, solo hay que saber buscarla”.

Ella cree que para no depender únicamente de los intereses coyunturales de los donantes del Norte, las organizaciones civiles deben comenzar a diversificar sus fuentes a través de actores del sur, como por ejemplo otras ONGs en América Latina con las que se pueda cooperar.

Sea cual sea el camino, todos los entrevistados coinciden en que estas organizaciones juegan un papel demasiado valioso para dejar que el covid se las lleve por delante.

“Estas organizaciones son una especie de mipymes sociales que causan impactos positivos en la sociedad y generan empleo; es muy importante que no desaparezcan”, dice Ana Carolina González de la Fundación Ford*.

 

*Nota: La Silla Vacía tiene financiación de la Fundación Ford.

Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

Historia apoyada por:

Contexto

Las historias más vistas en La Silla Vacia