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Por Héctor Riveros · 28 de Septiembre de 2019

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El ministro de defensa Guillermo Botero, ahora secundado por la del Interior, volvió a amenazar, como lo había hecho desde antes de posesionarse en su cargo, con “regular la protesta social”, como si no estuviera “regulada”, como si no fuera la propia Constitución la que se encarga del tema desde hace casi doscientos años. Es ahí donde se proclama que el derecho de reunión es fundamental y un derecho político esencialísimo en las democracias.

Claro, también es ahí, en la Constitución, donde se establece cuáles son sus límites, siempre con la obviedad de que los derechos no son absolutos y no se pueden “ejercer” para causar daño a otro o afectar los derechos de los demás. Aquí hay un buen resumen de cómo está "regulado" el tema.

Botero no ha dicho cómo pretende “regular” el derecho, ¿qué además de lo que hoy dice la Constitución, el Código de Policía y las reglas que regulan el uso de la fuerza por parte de la fuerza pública es lo que hay que “regular”?

¿Será que falta, por ejemplo, la posibilidad de prohibirlo, o de someterlo a un permiso? Ministro, así le parezca extraño, para ejercer el derecho de reunión no se requiere pedir permiso, entre otras cosas, y por la elemental razón de que ese derecho usualmente se ejerce contra quien tendría que otorgar el permiso.

El Código de Policía prevé un anuncio a las autoridades, cuya finalidad es ponerlas sobre aviso para que tomen todas las medidas que sean necesarias para garantizarle a los ciudadanos que quieran “protestar” que lo hagan sin ninguna interferencia, pero quienes reciben el aviso suelen creer que es para tomar medidas contra los manifestantes y no contra quienes quieran impedir que ejerzan su derecho en forma pacífica.

La responsabilidad de impedir los desmanes, de identificar “infiltrados”, que quieran aprovechar la situación para usar la violencia y hacer daño a bienes públicos o privados es de la fuerza pública. Es para eso que suelen estar “acompañando” las manifestaciones. Por eso la “denuncia” del ministro de que en las marchas estudiantiles ocurridas en Bogotá durante esta semana había “infiltrados”, en realidad debe tomarse como un auto reconocimiento de su incapacidad y la de las personas a su cargo de identificarlos oportunamente e impedir que actuaran, no solo para proteger los derechos de terceros que vulneraron, sino para permitir que los manifestantes pudieran ejercer sus derechos sin riesgo.

Todo comenzó con una manifestación pequeña, unas cien personas, de estudiantes de la Universidad Distrital, dentro de los cuales había “infiltrados” que usaban la violencia contra las instalaciones de la rectoría y les impedían a los demás, que querían denunciar las demoras en las investigaciones por corrupción ocurridas hace algunos años en la Universidad.

El hecho coincidió con un insólito paro de conductores que nadie sabía quién convocaba y que había logrado atemorizar a la población en Bogotá, entre otras gracias al eco que los medios de comunicación tradicionales les habían hecho a las amenazas que circulaban por las redes sociales. Quizás esa circunstancia llevó a que el Ministro y los hombres a su cargo hubieran dado órdenes que terminaron en el uso indebido de la fuerza y en el abuso de ingresar a un lugar privado como el campus de la Universidad Javeriana e incluso al interior del Hospital San Ignacio, que está ahí ubicado, donde lanzaron gases lacrimógenos para disolver la manifestación y “garantizar” la libre circulación por la Carrera Séptima.

El Ministro había cometido el error de no haber planeado adecuadamente una presencia disuasiva de la fuerza pública para impedir los desmanes que generaron los pocos conductores que protestaban y para enmendar su error dio instrucciones a la fuerza pública de usar la fuerza, incluso en los casos en los que era innecesaria como en la protesta de los estudiantes de la Distrital.

El resultado absurdo, que debería servir de ejemplo para los gobernantes en el futuro, es que no solo no lograron reestablecer el tránsito por la Séptima, que se hubiera reestablecido en pocos minutos si no actúan como lo hicieron, sino que esa vía estuvo prácticamente cerrada durante cuatro días.

Como el ministro tampoco pudo evitar -a pesar de que eran previsibles- que ocurrieran hechos violentos cometidos por grupos de “infiltrados”, ahora propone “regular la protesta” seguramente para proponer que la mejor manera de garantizarla, cuando exista el riesgo de que violentos de infiltren, es impidiendo que se realice la marcha.

Esa es la misma idea que se les ha ocurrido a los dictadores de China y Venezuela sin que les haya funcionado, por eso seguramente estarán atentos a las ideas de Botero para ver si allá pueden evitar multitudinarias manifestaciones que se realizan a pesar de que las prohíben y que desgraciadamente casi siempre terminan en enfrentamientos con la fuerza pública.

El gobierno chino, por ejemplo, prohibió las tres manifestaciones convocadas en Hong Kong para el próximo martes, día en el que se conmemora la fundación de la República Popular China y claro, lo hicieron, según la notificación oficial enviada a los convocantes para "salvaguardar la seguridad y el orden públicos y los derechos y libertades de los otros".

Es probable que haya otra multitudinaria marcha de más de un millón de personas protestando contra el autoritarismo de Xi Jinping, seguramente habrá enfrentamiento con la policía que intentará defender el derecho de libre circulación de quienes quieren transitar por el equivalente de la séptima y el resultado será parecido al de acá que en vez de acabar la marcha ésta se multiplique. En Bogotá, una protesta de cien estudiantes se convirtió por fuerza de los errores del ministro y de los que dan esas órdenes perentorias para “garantizar el principio de autoridad” en una marcha de 20.000, ahora no contra los corruptos, sino contra el escuadrón antidisturbios de la policía.

A mediados del 2017, Nicolás Maduro tuvo una idea parecida a la del ministro. Cuando las marchas empezaban en Caracas, con el muy noble propósito de garantizar el libre tránsito por las calles de Caracas, las prohibió y amenazó con encarcelar a quienes participaran en ellas. El resultado final fue que las marchas se multiplicaran por todo el país y se repitieran durante casi cien días.

Xi Jinping y Maduro están atentos a las ideas de Botero. La de esta semana de enviar la fuerza pública a garantizar el tránsito por una vía de Bogotá amenazado por cien manifestantes, terminó como terminó: la vía cerrada cuatro días y veinte mil estudiantes protestando contra la Policía. En China y Venezuela esta idea no les pareció buena, pero esperan las que vienen en el proyecto de ley para “regular la protesta”.

P.D. La sorpresiva muerte, como deberían ser todas las muertes para evitar sufrimientos, de Guillermo Perry me ha causado un gran impacto. En los dos últimos años había tenido la enorme fortuna de pertenecer a un grupo de “tibios” que nos habíamos juntado aprovechando las nuevas tecnologías de la comunicación para rumiar nuestras preocupaciones sobre las amenazas para la democracia que significaba el crecimiento de extremos de un lado y de otro. Es una tertulia sobre todos los temas y un aprendizaje permanente de los conocimientos y experiencia, pero especialmente de la calidad humana de Guillermo. El martes nos había dicho que volvía el 7 de octubre, el miércoles nos había dado unas lecciones sobre el tema energético. Ahora no sabemos bien como será la tertulia sin él que era claramente el decano, por eso solo atinamos a cambiar el nombre del grupo, que se llamaba desde la primera vuelta presidencial, cuando quedamos atrapados entre dos extremos, ¿ahora qué?  Lo único que se nos ocurrió fue ponerle de nombre lo que todos queríamos decirle: GRACIAS GUILLERMO, por compartir este tiempo con nosotros, pero ahora sí que es pertinente la pregunta: ¿ahora qué?

Para la audiencia joven de La Silla no dudo en recomendar el libro que Guillermo acababa de publicar: Decidí contarlo. Es una gran lección de historia contemporánea de Colombia y una invitación a los jóvenes a no ser indiferentes.

Hubiera querido intentar hacer un perfil de Guillermo, pero me relevó éste magistral que hizo Ricardo Ávila en El Tiempo. Ojalá lo lean.

Aquí está el video con el que lo recuerdan en la Universidad de los Andes.

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