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Por Francisco Javier Flórez Bolívar · 15 de Abril de 2019

Foto tomada de: radionacional.co

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*Opinión de Francisco Flórez

El pasado 9 de abril que coincidí con Alberto Abello Vives en el VI Seminario Internacional de la Asociación Colombiana de Estudios del Caribe, en Barranquilla, jamás se me pasó por la mente que sería la última vez que lo vería. Estaba, como siempre, ávido de conocimientos sobre la región a la que dedicó cuarenta años de reflexión.

Escuchó juiciosamente ponencias sobre inmigrantes alemanes, los imaginarios culturales de los indígenas wayuu, y la percepción de los sanandresanos sobre el fallo de La Haya.

Al cierre de la jornada, dado que por retrasos en su vuelo solo pudo llegar en horas de la tarde, lo primero que hizo fue indagar sobre las discusiones que tuvieron lugar en la mañana. Esa tarde, también, aprovechamos los minutos que tuvimos para conversar sobre un guión de una exposición itinerante que veníamos preparando para destacar el lugar de la costa Caribe en las luchas que libraron los territorios de la actual Colombia para independizarse de la corona española.

Esta disposición al diálogo y el espíritu de colaboración fueron parte del repertorio de acciones que Alberto utilizó para dominar un arte en el que fue un insuperable maestro: conspirar para llenar de contenido eso que hemos dado en llamar Costa Caribe.

Conocí esa admirable habilidad en el año 2014, cuando –por recomendación del profe Sergio Paolo Solano- me sumé a un proyecto que Alberto venía adelantando sobre raza, pobreza y cultura en Cartagena.

En esa oportunidad, de manera consciente, Alberto se propuso poner en diálogo el conocimiento producido por distintas corrientes historiográficas del Caribe colombiano.

El resultado de la intersección de trabajos realizados desde la historia empresarial, la historia política, los estudios culturales y raciales fue la compilación titulada Los desterrados del paraíso, una aproximación multidisciplinar a las estructuras materiales y discursivas que explican la desigualdad en Cartagena, al tiempo que explora los mecanismos utilizados por los sectores subalternos para navegar tales estructuras. 

Alberto comprendió tempranamente que los problemas que enfrenta esta región son tan inmensos que los esfuerzos colectivos deben estar por encima de las figuraciones personales.

En una fauna académica infestada de egos del tamaño de una catedral, nos enseñó que los cazadores de glorias efímeras pertenecen a una legión que, antes que construir puentes, establecen barreras que impiden superar los problemas de apropiación social del conocimiento que golpean a la región.

Supo siempre que la construcción de lo Caribe requiere de múltiples voces y rostros; tal vez por ello no dudó en participar activamente en la creación de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano; eso mismo lo impulsó a gestar y dirigir el Observatorio del Caribe Colombiano; a integrar el Comité de Revitalización de las Fiestas de la Independencia; y a crear la Maestría en Cultura y Desarrollo de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

Estimular la producción de los colegas y abrir espacios para las nuevas generaciones de investigadores fueron parte del esfuerzo que Alberto adelantó para ayudar a la comprensión de la Costa Caribe.

El investigador musical y docente de la Universidad de Cartagena Jorge Nieves Oviedo, por ejemplo, habla del rol relevante que jugó Alberto para que saliera a la luz De los sonidos del patio a la música mundo,  un texto de consulta obligada para los interesados en estudiar las semiosis musicales en el Caribe colombiano.

Su empeño también fue definitivo para que lo que inicialmente iba a ser una entrevista al historiador Sergio Solano de las Aguas se tradujera en el libro Cartagena de Indias, sociedad, trabajadores e independencia en el tránsito entre los siglos XVIII y XIX.

Esta misma generosidad intelectual la mostró al invitarme a participar como coeditor de Los Desterrados del Paraíso. Para el 2015, año en que fue publicado el libro, ya Alberto era un reconocido investigador y yo sólo estaba ad-portas de culminar mi doctorado en Historia.

Escuchó de manera atenta mis observaciones y me dio la libertad para sugerir nombres de varios jóvenes investigadores a quienes les terminamos publicando sus ensayos. Desde entonces, gracias a su infinita generosidad, no dejó de abrir espacios para que mi hermano Roicer y yo contribuyéramos a darle visibilidad al Programa de Historia de la Universidad de Cartagena.

Producto de esa complicidad, en asocio con la directora del área cultural del Banco de la República (Cartagena), María Beatriz García, dimos forma a Aula Abierta, un espacio de reflexión sobre los problemas de la ciudad y la región.

Avanzamos en la organización de eventos conjuntos, y diseñamos estrategias para llevar el conocimiento histórico más allá de los círculos especializados.

Recientemente, participamos en un documental para la Deutche Welle (la cadena internacional de TV de Alemania). En ese documental, próximo a  salir, Alberto y yo narramos la Cartagena con la que se encontró el naturalista prusiano Alexander Von Humboldt cuando pasó por este territorio a comienzos del siglo XIX.

Este compromiso con la comprensión del ser Caribe que lo habitaba estaba alejada de idealizaciones.

Por su formación de economista, conocía como el que más los efectos del centralismo en las regiones colombianas, pero eso no era óbice para que dejara de criticar los nefastos liderazgos que han dominado la costa Caribe en los últimos años.

Esta voz crítica también lo llevaba a cuestionar el comportamiento de algunos actores festivos de Cartagena que cedieron ante los cantos de sirena de la Fundación del Reinado Nacional de la Belleza.

Le tenía sin cuidado que integrantes del Cabildo de Getsemaní, cayendo en absurdas ensencializaciones, desestimaran su mirada crítica porque era blanco y no era cartagenero.

Quizá, cuando el Fondo de Cultura Económica publique su nuevo libro, Carnaval y fiesta republicana en el Caribe, esas voces insensatas comprenderán que si había alguien autorizado para hablar sobre el desarrollo y trayectoria de las fiestas del 11 de noviembre era la de Alberto Abello Vives.

Alberto, quien el próximo 22 de mayo cumpliría 62 años, hasta el último momento de su vida dio muestras de ser un académico que le huyó a las trampas de la arrogancia.

No dudaba en expresar su admiración a quienes por sus méritos la merecían.

Por ejemplo, el 11 de abril, en uno de los últimos audios que me envió vía whatsapp, me dijo emocionado que había estado en un almuerzo con el exvicepresidente Humberto de la Calle, quien ese día lanzó su libro Revelaciones al final de la guerra en la Universidad del Norte.  

Estaba emocionado también con los aportes que nuevas generaciones de investigadores vinculados a la región Caribe, entre ellos el historiador Ernesto Bassi, el economista Daniel Toro, la historiadora del Arte Isabel Cristina Ramírez o la antropóloga Eloisa Berman, veníamos haciendo desde nuestros respectivos campos.

También hasta el último momento de su vida siguió pensando en proyectos que le permitieran comprender el Caribe.

En junio, tras unas vacaciones que tenía programadas en Beirut, iniciaría la escritura de un libro de ensayos sobre Gabriel García Márquez, personaje a quien había dedicado varios de sus últimos ensayos y ponencias.

También deseaba –desde la Revista Arcadia- escribir artículos que visibilizaran apuestas y aportes hechos desde y sobre el Caribe colombiano.

Iniciaría, me confesó, con una corta reseña de Erased. The Untold History of the Panama Canal, el imponente libro publicado recientemente por Marixa Lasso y que él presentó en Bogotá.

También acordamos que, a su regreso, empezaríamos a dar forma a un proyecto sobre cultura letrada en la Provincia de Cartagena durante el siglo XIX.

El 6 de agosto, en el marco del lanzamiento de la ya mencionada exposición sobre las independencias, estaría como moderador de una charla que estábamos organizando para estudiantes de secundaria de Cartagena y municipios del departamento de Bolívar.

Esta Semana Santa, me dijo en el último audio que me envió el 12 de abril, cerramos el capítulo del guión para la exposición de agosto.

Ese y otros proyectos nos quedaron pendientes estimado Alberto, pero lo que sí hiciste de manera generosa fue ofrecer la mayor cantidad de claves posibles para acercarme/acercarnos al arte de comprender y construir el Caribe al que le dedicaste tu vida.

*El autor de este texto es jefe de investigaciones de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena y miembro de la red de expertos de La Silla Caribe.

Comentarios (3)

Ronald-T

15 de Abril

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En unas vacaciones de 1992, en su apartamento en el Corralito de Piedra, Alberto nos aguó el entusiasmo que teníamos algunos estudiantes con la nueva Constitución, y el supuesto Nuevo País. No hay tal, sentenció. En pocos años se sentirá que no era para tanto, porque el único impacto será descubrir que las cosas andaban peor de lo que conocíamos hasta entonces, pero nada cambiará. Paz en su tumba.

Justino Natividad

16 de Abril

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16 de Abril

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