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Por María Clara Calle · 02 de Agosto de 2019

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“Con María Paula Correa las cosas no se demoran, se hacen”. Así describe un alto funcionario a la secretaria privada del Presidente y secretaria general de la Presidencia, una persona que de forma inusual suma esos dos puestos clave y por eso es la funcionaria más visible dentro de Presidencia.

Desde que el presidente Iván Duque la encargó de la secretaría general en abril, tras la renuncia de Jorge Mario Eastman, se agilizaron los procesos. En un mes movió unas contrataciones de personal de alto nivel que no se habían logrado en el semestre antes de su llegada.

Pero también se perdió una voz discordante, que podía ser molesta pero ampliaba la discusión, por una más encargada de ejecutar que de debatir. Eso tiene contentos a muchos altos funcionarios que sienten que las cosas se mueven más rápido, pero trae el riesgo de cerrar más al Gobierno frente a puntos de vista diferentes y reforzar los que ya tiene, justo cuando sus resultados ante la opinión son malos.

Por ejemplo, Eastman era un puente entre los indígenas y el Gobierno. Y ese puente no se ha restablecido desde su salida, lo que aleja todavía más al Presidente de las causas detrás de las múltiples mingas que ha habido durante su mandanto. Correa, en cambio, refuerza la visión internacional del primer mandatario.

Ella tiene más un énfasis en hacer que las cosas ocurran, y con eso se ganó el respeto del gabinete, para lo que también tiene la ventaja de que es tan allegada a Álvaro Uribe y al Centro Democrático como a Iván Duque, y por eso los uribistas la sienten más como una persona de sus propias filas que a Eastman.

“Esas condiciones no las reúne una sola persona fácilmente. Pero María Paula las tiene”, dijo el funcionario que pidió no ser citado. 

Por eso es una de las personas más poderosas en la Casa de Nariño a pesar de que pocas veces ha estado en la mirada de la opinión pública. Ni ahora, ni cuando estuvo en la Presidencia en tiempos de Uribe. 

Desde el corazón uribista

Su gusto por la política ha sido evidente desde muy joven. Cuando apenas estaba en octavo en el colegio Los Nogales, con 16 años, se unió a las Juventudes con Andrés, el movimiento juvenil que apoyaba la elección de Andrés Pastrana para las elecciones de 1998. 

Salía del colegio a repartir volantes en las calles, ayudar en las caravanas y colaborar con cosas básicas en foros en universidades y colegios, según recuerda Víctor Muñoz, el actual consejero presidencial de innovación y quien conoció a María Paula en esa campaña. 

Cuatro años después, y ya estando en primer semestre de Derecho de la Universidad de los Andes, María Paula se unió al movimiento que apoyaba la primera elección de Uribe: JuventUribe. 

Allí empezó repartiendo volantes y terminó coordinando todo el movimiento, lo que implicaba verificar que los voluntarios hicieran su labor y organizar la logística de los eventos en todas las localidades de Bogotá. 

“Se convirtió en la mano derecha del director de JuventUribe, Nicolás Uribe”, recuerda Carlos Felipe Córdoba, hoy Contralor General y en ese momento coordinador nacional de universidades de JuventUribe. 

Esa fue su entrada al mundo político, pues se volvió muy amiga de Bibiana Taboada, la hija de Alicia Arango, hoy ministra de Trabajo y quien era la mano derecha de Álvaro Uribe.

“Ellas hicieron click inmediatamente porque las dos son igual de adictas al trabajo, igual de leales y con el mismo compromiso con el partido de Uribe”, dijo una amiga de la universidad de María Paula. 

Esa conexión hizo que cuando Correa terminó materias en la universidad, Arango la llamó a trabajar con ella en un lugar de privilegio: la secretaría privada del Presidente, que era Álvaro Uribe. 

Así, entre 2005 y 2009 María Paula se encargó de la correspondencia que el presidente enviaba a personajes en fechas especiales, como el cumpleaños de un municipio. También manejaba la agenda de Alicia y colaboraba con el diseño de la de Uribe. 

Poco a poco, se fue acercando al corazón del uribismo y de su líder. 

María Paula tenía planeado cursar una maestría en el exterior apenas terminara el segundo gobierno de Uribe pero cuando el presidente se enteró de sus sueños, aprovechó la primera ocasión para enviarla a Estados Unidos.

“Estaba haciendo el curso de GRE para entrar a la universidad y yo me quedaba hasta muy tarde estudiando en la oficina. En una de esas oportunidades, llegó el presidente Uribe de un viaje, vio que mi luz estaba prendida y me dijo algo como: ‘hija, ¿usted qué hace aquí todavía?’”, recuerda Correa. 

Ella le contó cuál era su intención y poco después Uribe la envió como cónsul a Nueva York, donde estuvo entre junio de 2009 y agosto de 2013. En ese tiempo, además de su cargo público, Correa hizo una maestría en Administración Pública y Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia.

 

Después de cuatro años como cónsul, se convirtió en la directora senior de estrategia de Concordia, una organización internacional dedicada a crear vínculos entre el sector público y el privado, con tendencia hacia posiciones de derecha y que ha ido ganando influencia en varios países, incluido Colombia.

Al igual que en sus comienzos uribistas, María Paula se convirtió en la mano derecha de los fundadores de Concordia pues fue su consejera principal, cargo en el que ayudó a que la organización creciera y se consolidara.

En esos años mantuvo sus cercanía con Uribe; cada vez que el expresidente iba a Nueva York, María Paula lo acompañaba a donde fuera. Y cuando María Paula organizó la primera conferencia de Concordia en 2011, Uribe fue el conferencista principal. 

De hecho, fue Uribe quien la presentó con Iván Duque, cuando este asesoraba al expresidente en el panel que creó la ONU para investigar el ataque de Israel a unos barcos cargados con ayuda humanitaria para la franja de Gaza. Por eso, que ahora sea la mano derecha de Duque es una muestra más de que, a pesar de las críticas de Uribe a su pupilo, los puentes están intactos.

Desde entonces, María Paula y Duque comenzaron a construir una amistad entrañable.

La confianza de Duque

Su amigo Iván le compartía sus más profundas dudas, cuenta ella. Por ejemplo, cuando estaba en el dilema de si regresar a Colombia para lanzarse al Senado por invitación de Uribe o quedarse en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), María Paula le aconsejó que era tiempo de volver a trabajar con su exjefe.

Quizá por esa misma confianza, Duque la llamó apenas ganó la candidatura por parte del Centro Democrático, en diciembre de 2017. “No se aguantó las ganas de venirse y volver a la política”, explicó una de sus grandes amigas. 

Así, en enero de 2018 María Paula estaba de regreso en Colombia, después de 10 años de vida tranquila en Nueva York, para acompañar a Duque a todos los lugares a los que fuera y, especialmente, organizando su agenda de campaña. Todo otra vez de la mano de Alicia Arango.

Después de la victoria, en agosto de ese año, el nuevo presidente le dijo directamente a María Paula que la quería como secretaria privada. 

María Paula aceptó la oferta de su amigo y pasó de manejar sus tiempos a su antojo, a manejar los muy apretados de un presidente. Y, de nuevo, volvió a ser la mano derecha de un poderoso, pero esta vez desde lo alto de la política colombiana. 

“Es la sombra del presidente; trabaja todo lo que él trabaja, más lo que trabaja ella. Es como duplicar el trabajo siempre”, explica Jaime Amín, consejero presidencial para la política. 

Más que la compañía, Correa se convirtió en el filtro que elige a cuál reunión va Duque de las tantas que le solicitan, con quién habla y con quién no. A eso le ayuda su énfasis en ejecutar, en la eficiencia, en tomar decisiones; y en eso puede influir la importancia que le da a la relación con el sector privado y a su origen uribista, en los que en todo caso coincide con Duque.

Según cuatro fuentes del Gobierno, hace esa tarea respetando la intención del presidente de mostrarse abierto y afable con la gente, y por eso la ven no como una muralla sino como una intérprete de las prioridades y las intenciones de Duque. Quizá por interpretarlo tan bien, quizá por ser la amiga de confianza de años atrás, todas las fuentes coinciden en que los ven totalmente alineados.

María Paula define su papel como un balance entre apertura y cautela. 

“El peor error de un presidente es que solo oiga a su equipo”, dice, y por eso lo reúne con más personas más allá de sus funcionarios. Por ejemplo, el día en el que La Silla la entrevistó, Duque tenía agendada una cena informal con empresarios para escuchar cuáles eran sus necesidades y sus prioridades. 

Su trabajo también requiere cautela para entender los momentos políticos y decidir cuándo no es conveniente que el presidente se reúna con alguien, cuándo ella puede resolver directamente un tema con algún ministro y cuándo esos temas deben ascender al presidente. 

“Manejar la agenda del presidente es una co-construcción de la agenda de Gobierno. Ella entiende el interés y el enfoque político del presidente y, según eso, arma su agenda”, dijo Álvaro García, alto consejero para las comunicaciones. 

Esto pasa, por ejemplo, en cuanto a la relación con los empresarios. 

Para el presidente el sector privado es clave para alcanzar la equidad, que es la bandera de su gobierno, y para María Paula “el sector público nunca será eficaz sin una relación con el sector privado”, a la vez que el sector privado necesita al público. 

Por esa afinidad ideológica y esa cercanía con Duque, no sorprende que sea el reemplazo, al menos temporal, de Eastman.

“Muy a diferencia de Eastman, que a veces se le desviaba del camino al presidente y tenía otras ideas de las cosas, ella está totalmente alineada. Es un instrumento totalmente afinado que toca la misma nota que el presidente”, indicó un funcionario del Gobierno. 

Eso, sin embargo, tiene el costo de que no complementa al Presidente. 

Los dos tienen extracciones sociales similares (de hecho sus mamás han sido amigas), de bogotanos de colegios de clase alta y universidades privadas, los dos vivieron largos años en Estados Unidos y le dan alta prioridad a asuntos internacionales, los dos tienen poco roce con movimientos sociales, los dos son uribistas de todo corazón.

Por eso, mientras Duque la mantenga en los dos cargos, está reforzando una visión y una apuesta de Gobierno, y no la está enriqueciendo con otras voces o con miradas distintas.

Tras la reestructuración del Departamento Administrativo de la Presidencia (Dapre), el secretario general se definió como el director de orquesta de la Casa de Nariño. La persona en ese cargo debe coordinar la relación entre el Presidente y los ministros, apoyar las relaciones del primer mandatario con los partidos políticos y hacer informes de gestión, entre otras funciones. 

El poder del secretario general se resume en que es el rango más importante en Presidencia después del presidente y de la vicepresidente. 

Este cargo implica muchas más tareas que las de Secretaría Privada, que básicamente es la oficina encargada de la agenda del primer mandatario y que, además, responde ante la Secretaría General. 

Con sus similitudes al Presidente, ahora que Correa está a cargo de las dos Secretarías más poderosas de Presidencia, no solo su poder aumentó sino que explotó aún más sus capacidades de trabajar. Aunque ella insiste que eso no es poder sino “hacer bien la tarea”. 

En otras palabras, gerenciar y ejecutar, que son sus mantras que hicieron que desde que asumió su nuevo puesto como secretaria general en abril de este año, se enfocara en hacer más eficientes los trámites que le corresponden a Presidencia, como la publicación de las hojas de vida de los funcionarios que allí trabajan, más que a profundizar un debate sobre las políticas o el manejo de las comunicaciones de Duque.

De hecho, su primer gran acto como secretaria general fue idear la reunión en Hatogrande del gabinete de julio, en la que el Presidente llamó al tablero a todos los ministros para que presentaran su rendición de cuentas, y les puso una nota que reveló frente a todos. Era la evidencia de que María Paula llegaba ajustando tuercas.

“Logró que pusiéramos en un contexto común y homogéneo las metas de todos los Ministerios, que todos los compromisos se articularan con los propósitos del Gobierno”, explicó un alto funcionario. 

Además de ese efecto macro, como secretaria general está encargada de hacerle seguimiento a las a las promesas que hace el presidente y que no tienen que ver con sus metas de más largo alcance (que están en manos de Carlos Enrique Moreno, Consejero para la Gestión y Cumplimiento).

Junto con la Consejería para las Regiones que maneja Karen Abudinen, que hace los talleres construyendo país, se encarga de verificar que lo urgente se cumpla. Para eso, son claves su capacidad de trabajo y su énfasis en ejecutar; de nuevo, más como quien se encarga de que las cosas pasen de quien pone la pausa para evaluar cuáles deben pasar y por qué.

“Ella recuerda los compromisos que se deben ejecutar prontamente. Para eso es respetuosa, pero establece con claridad que hay que hacerlo”, dijo un miembro del Gobierno.

Varios de los altos funcionarios con los que hablamos para este perfil dicen que ella no habla mucho en las reuniones ni opina en la discusión de las políticas públicas; pero está ahí para escuchar, reflexionar y, luego, para presionar pidiendo resultados. 

Sus mayores mentores son el consejero Moreno, a quien describe como el papá de todos en Presidencia, a quien es sabio acudir por la experiencia que tiene; y la ministra Arango, de quien no escatima palabras para reconocer la admiración que le tiene.

“Es como una mamá para mí”, afirma la secretaria de Presidencia, a la vez que reconoce que mucho de lo que es ella es, es gracias a Alicia

Quizás solo a ella le habla tan de cerca como al Presidente. 

“En Hatogrande fui como una moderadora alterna. Le iba diciendo al presidente ‘hay que decir esto, hay que decir lo otro, corta ya, enfatiza en esto’”, aseguró María Paula Correa.

A cambio de esta posición privilegiada en la Casa de Nariño, sacrifica su vida privada. Sus mejores amigas coinciden en que es una “workaholic” que está dedicando su vida a trabajar. 

Karen Abudinen cuenta que la encuentra despierta a cualquier hora que le escriba, incluso a las 4 a.m; Amín afirma que no trabaja menos de 18 o 20 horas al día; y Susana Correa, directora del Departamento de Prosperidad Social, especula que duerme unas tres horas diarias.

Y es que muchas veces la agenda del presidente con su círculo más cercano, que encabeza Correa empieza después de las 9 p.m., cuando terminan sus presentaciones públicas, y se sienta a comer y a conversar con sus consejeros, especialmente si hay problemas urgentes.

Ocho fuentes del Gobierno coinciden en que la eficacia que le ha puesto a los procesos de Presidencia la hacen la mejor candidata para ser ratificada como secretaria general.

“Se ha sentido que está empezando como quien llega y lo quiere hacer todo. Quiere mirar cada nombramiento específico que se hace, cada papel que sale. La pregunta es qué tanto tiempo pueda hacer esto sin reventarse”, indicó uno de los funcionarios entrevistados.

Mantener los dos puestos es casi imposible por su carga laboral, y puede llevar a decisioens erradas y a que, al final del día, se pierda la posibilidad de tener un interlocutor menos agobiado de cosas que ayude al presidente a tomar decisiones, más que a hacer que las que tome se implementen.

El problema es que el Presidente se acostumbró a estar todo el tiempo con María Paula y la Presidencia se ajustó rápidamente a su manera de gerenciar.  

Por eso Duque tiene el dilema de nombrar a alguien más en una de las dos Secretarías cuando ninguno de esos perfiles es fácil de encontrar porque requiere muchas características en una misma persona: requiere ser de extrema de confianza, estar dispuesto a trabajar mucho, ser allegado al uribismo, ganarse el respeto del gabinete y los consejeros, y estar totalmente alineado con el Gobierno. 

Precisamente eso todo lo que ha sido María Paula Correa, que con eso y su énfasis en hacer que las cosas pasen, es su mano derecha.

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