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Por Jerson Ortiz · 09 de Septiembre de 2020

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Hace una semana, una brigada de salud con psicólogos y orientadores sociales llegó hasta el resguardo indígena Nazareth, ubicado en uno de los márgenes del río Amazonas, para hablar de salud mental.

La razón: pocos días antes se habían registrado allí dos suicidios. 

La misión médica no pudo frenar la cadena porque horas después de la visita se presentó un tercer caso. 

“La situación se nos está saliendo de las manos”, resume Abimelec Macuyama, vicepresidente de la Asociación de Cabildos Indígenas del Trapecio Amazónico, Acitam. 

Se está descontrolando porque, además de las tres muertes, han atendido dos intentos más en Nazareth. 

La oleada comenzó después de que el departamento superara un primer pico de la pandemia del covid.

Y aunque es prematuro establecer si hay una relación causa-efecto, líderes indígenas creen que sí podría tener que ver y la situación encaja en una de las preocupaciones de la Organización Mundial de la Salud para la pospandemia: un posible aumento de suicidios y de trastornos mentales.

Por ahora los datos oficiales señalan que, faltando aún cuatro meses para terminar el año, en Amazonas se han confirmado seis suicidios. Más que en todo el 2019 (cinco) y en 2018 (cuatro). 

Comunidad en crisis

Resguardo de Nazareth. Foto: Cortesía. 

El resguardo de Nazareth queda a 15 kilómetros de la capital Leticia, aguas abajo del río Amazonas, y en él viven unos mil indígenas de las etnias Ticuna, Huitoto y Cocama. 

La crisis que se está registrando allá tiene tan alertadas a las autoridades de Amazonas, que hace unos días también se hicieron dos comités extraordinarios de salud y convivencia para ver qué está pasando y qué pueden hacer. 

El viernes pasado, mientras se hacía el segundo de esos encuentros, en Nazareth estaban enterrando a la tercera víctima: una menor de 17 años. 

“Yo esta semana no pude dormir tranquila, la situación me tiene con dolor de cabeza como se dice, no sabe uno en qué momento puede llegar la noticia de que se presentó otro caso u otro intento”, nos dijo Yenni Rojas, promotora de salud del resguardo desde hace cinco años. 

Aunque desde la visita de la brigada de salud arrancaron el acompañamiento a las familias afectadas y a tratar de captar otros potenciales casos para prevenirlos, aún no hay certeza de las causas que están motivando esos suicidios. 

Y si eso está ligado a los efectos de la pandemia que, como contamos, afectó tanto a ese departamento - desde la capital Leticia hasta las comunidades indígenas- que hasta se proyectó la construcción de un nuevo cementerio para poder enterrar a todos los muertos por covid.

Martín Ramos, líder indígena de Nazareth cree que sí puede haber una relación. 

“La pandemia nos afectó física y emocionalmente, nos limitó nuestra vida colectiva, los manejos culturales, ritos tradicionales. Nuestros niños y jóvenes no están estudiando, la virtualidad no funciona. Entonces nuestros niños y jóvenes se quedaron solos, no hay quién los acompañe”, dice. 

Dos de las tres personas que cometieron suicidio ahí en la comunidad, de 17 y 20 años, estaban cursando sus estudios de bachillerato. La Gobernación ya determinó que las clases presenciales no van a volver sino desde 2021. 

Ante la comunidad de Nazareth, la Secretaría de Salud Departamental se comprometió a adelantar apoyo psicosocial, clínico y comunitario. La EPS Mallamás, que cubre el régimen subsidiado de salud del resguardo, dispuso un psicólogo permanente. 

Esperan que esa combinación de esfuerzos ayude a superar la situación, pero en la comunidad sigue latente el temor de que se presenten más casos. 

“Uno habla con los jóvenes, con las amas de casa, hace charlas, les pregunta cómo se sienten, y de cara para afuera dicen que todo está bien. Pero, luego, nos reportan los casos. Sigue siendo difícil captar los casos”, complementa la promotora Yenni Rojas. 

La complejidad crece porque, además de que no están claras las motivaciones y si están ligadas a los efectos de la pandemia, desde la cosmovisión indígena los suicidios son vistos como una situación que afecta el estado espiritual de la persona que muere y de la comunidad a la que pertenece.

“Si un ticuna muere pasa a otro territorio, pasa a otra vida. Pero si una persona muere en ese estado (suicidio) no consigue hacer esa transición hacia ese nuevo mundo. Queda pagando, queda contaminando y buscando otros compañeros para que se cometa nuevamente ese hecho en los seres humanos”, plantea en un estudio Abel Antonio Santos Angarita, magíster en Estudios Amazónicos de la Universidad Nacional sede Amazonia.

Los chamanes y adultos del cabildo están adelantando rituales y ritos espirituales para mejorar el ambiente. La Defensoría del Pueblo lanzó una alerta temprana para que la Gobernación refuerce la presencia institucional. 

Más allá de las fronteras del Amazonas, hasta ahora el Gobierno Nacional no ha entregado un estudio que cuente qué impactos ha tenido la pandemia y la cuarentena en la salud mental de los colombianos. 

Pero hay unas aproximaciones externas. 

Una investigación de la Universidad Javeriana que encuestó a más de mil personas reveló el pasado agosto que el 68,1 por ciento presentó diferentes niveles de depresión; y que el 53,4 por ciento reportó diferentes niveles de ansiedad. 

La línea de orientación psicológica que dispuso el Ministerio de Salud reportó que, entre abril y julio, en pleno confinamiento nacional, recibió casi diez mil llamadas de personas en busca de apoyo.

Pero esa afectación no representa, al menos hasta ahora, una variación general en la curva de las cifras de suicidio.

Hasta el 22 de agosto, en el país se habían reportado 1.314 suicidios y 16.439 intentos, según el Instituto Nacional de Salud, INS. Menos en comparación con el mismo periodo del 2019 (1.458 suicidios y 19.551 intentos), pero con particularidades que evidencian que localmente la situación tiende al aumento.

Por ejemplo, en Bogotá se han presentado 1.752 intentos cuando las proyecciones del INS señalan que esperaban 1.210. De esos intentos, 180 han terminado en muertes. 

Guainía y Guaviare, departamentos que, como Amazonas, tienen población indígena grande, también están por encima de las proyecciones.    

Desde mayo, la Organización Mundial de la Salud, OMS, les viene advirtiendo a los países que, paralelo de la atención sanitaria de la pandemia, deben centrar esfuerzos en la salud mental. 

Eso porque han encontrado que el aumento del número de personas que necesitan atención psicosocial se ha visto agravado por la interrupción de los servicios de salud física y mental. Por poner un ejemplo, en muchos países hace varios meses que los grupos de autoayuda para hacer frente a la dependencia de las drogas y de las bebidas alcohólicas no se han podido reunir. O duraron tiempo sin hacerlo por las cuarentenas.

Rodrigo Córdoba, médico psiquiatra y profesor de la Universidad del Rosario, señala que al país aún le faltan esfuerzos para poder atender la salud mental de los colombianos. 

Dice que los últimos gobiernos han creado una política de salud mental y se ha aprobado una cifra de dinero importante para el sector, pero, según el experto, aún no es suficiente y falta solucionar problemas como la falta de profesionales entrenados en el tema.

El caso de Amazonas puede ser una muestra de todo eso.

Contexto

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