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Por Jerson Ortiz · 08 de Mayo de 2020

Chota sigue el linaje de su madre en la guía del resguardo.

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Jhon Jairo Chota, quien a sus 28 años es el gobernador indígena más joven de un resguardo indígena de Amazonas, dice que el fin de semana pasado fue el “más infernal” que recuerda haber vivido. Le faltó la respiración, sintió que no podía mover su cuerpo, que en cualquier momento podía perder el conocimiento. 

Su mamá, Ruth Lorenzo, tuvo alucinaciones por la fiebre. 

Ellos dos y al menos unos cincuenta indígenas más del resguardo San Sebastián de los Lagos, a unos cinco kilómetros de Leticia, tienen sospechas de estar contagiados de Covid-19. A todos, les fueron a tomar pruebas este lunes que pasó.

No les dijeron cuándo les daban los resultados porque del resguardo las deben mandar por avión o helicóptero a Bogotá y allá tienen que entrar en el trancón de muestras que analiza el Instituto Nacional de Salud.

Esa fila de pruebas que llega desde regiones en donde no hay laboratorios propios, puede explicar por qué el departamento pasó de tener cero casos hasta el 17 de abril a 418 dos semanas después (188 solo el día de ayer), con 14 muertes confirmadas y 17 más en estudio. 

Es la tasa de mortalidad más alta del país.

El de Chota y su gente es uno de los rostros de ese drama.

Su testimonio ratifica la exclusión y desigualdad del país que ha dejado más de presente que nunca la pandemia, además en voz de una minoría con su propia cosmovisión del mundo. 

“Le estoy hablando gracias a la medicina tradicional que me he tomado, a los té, a las evaporaciones, porque lo único que ha hecho la EPS Mallamas que nos atiende es llamar a preguntar cómo vamos. Nada de visitas. Ya ni ganas de responderles dan”, comenta. 

Los saberes tradicionales para enfrentar el virus

El 1 de abril el Gobierno de Brasil confirmó el primer caso de coronavirus en una comunidad indígena del trapecio amazónico, una mujer de 20 años de un resguardo Kocama a unos 250 kilómetros de Leticia. 

El rumor le llegó al gobernador Chota, quien entonces decidió acudir a los ancianos y los médicos tradicionales del resguardo para que le dieran sabiduría y lo orientaran sobre qué hacer. 

“Soy menor, joven, represento a la comunidad pero la sabiduría la tienen ellos”, dice. 

Entre meditaciones, rezos, conversaciones, tuvieron la visión de que se iban a enfrentar a un virus poderoso que va a afectar principalmente a niños y adultos mayores, y que por eso había que tomar medidas.

Dos médicos tradicionales, uno Uitoto y otro Yagua, se encargaron de hacer un cierre espiritual. 

El Uitoto usó un tabaco, recorrió los alrededores de la comunidad donde hay unas 230 casas y viven 1.020 personas, y elevó unos rezos en lenguas nativas. Allá tienen un puesto salud en el que no hay medicamentos, cuentan con agua potable porque tienen una planta portátil, pero siguen arrojando las aguas negras o residuales a la quebrada Yahuarcaca que es la misma de donde metros abajo se capta el agua que llega a las casas de Leticia.

El Yagua buscó nidos de abejas para empezar su ritual. Rezó, caminó frente a las casas, esparció humo y pidió protección. 

Chota hizo lo suyo desde la institucionalidad. Acudiendo a la autonomía territorial, el 2 de abril cerró la vía de acceso al resguardo, prohibió la entrada de particulares, y fortaleció la guardia. 

Dice que fue el primer resguardo en tomar esa decisión.

Desde entonces los que querían o debían salir a Leticia solo podían hacerlo con el esquema de pico y cédula que implementó la Alcaldía. Y al regresar debían cambiar sus zapatos y recibir una desinfección con cloro y jabón.

“Al principio fue difícil que la misma comunidad lo entendiera, unos no creían en la amenaza, otros decían que era exagerado tanto protocolo”, comenta Chota. 

Tres personas que no hacen parte de la comunidad quisieron esquivar el retén pasando por trochas pero fueron sorprendidos por los guardias. Como castigo tuvieron que limpiar unas cunetas. 

Por esa contención que hacen, dice Chota, es que tratan de mantener equipada a la guardia. Cuando les llegan elementos de protección como tapabocas o algunos mercados, a ellos son los primeros que llaman. 

“Ellos son nuestra primera línea. Si ellos caen, caen los demás”, comenta. 

Pero los tapabocas ya escasean y por eso están buscando quién les done una máquina de coser para fabricar ellos mismos esos elementos.

Para insistir en el autocuidado, usaron el altoparlante que tienen en el salón comunal donde suelen hacer rituales. A las 6 de la mañana y a las 6 de la tarde, un profesor y el coordinador de salud, envían mensajes en lengua ticuna y en español en los que insisten en el lavado de manos, en el aislamiento, en mantener el distanciamiento. 

A pesar de las medidas, en San Sebastián sienten que ya están conviviendo con el virus.

La economía que les dio la mano

El resguardo de San Sebastián de los Lagos nació jurídicamente en 1982, tiene una extensión de 54 hectáreas, y basa su economía en la agricultura. 

Hay cultivos de yuca, pimentón, plátanos, açai (fruta exótica), venden pescados que cogen en la quebrada Yahuarcaca.

Pero con el cierre de fronteras y el confinamiento no pudieron volver a sacar esos productos a la ciudad. Eso representó un golpe económico para varias familias porque se quedaron sin entradas para comprar lo que no les da la tierra como elementos de aseo o granos como el arroz. 

Chota, quien tuvo la oportunidad de estudiar administración de empresas en la Universidad Nacional de Bogotá, se inventó un sistema de publicidad para no dejar perder esos productos y buscar que entraran algunos pesos a su comunidad. 

Pegado de la señal de una antena de telefonía que está a un kilómetro del resguardo, empezó a hacer unas transmisiones en vivo desde Facebook mostrando qué tenían para vender y a qué precios.

Cuando vio que la idea tuvo acogida porque la replicaron portales locales, pidió tres permisos ante la Alcaldía para que les dejaran hacer domicilios en moto hasta Leticia. 

Llegaron a vender 1.300 bolsas de açai.

“No queríamos depender de estar pidiendo ayudas en la Gobernación o en la Alcaldía. La idea de comercializar así funcionó, parte de los ingresos los reinvertimos comprando alcohol, jabón, tapabocas, el resto se les entregó a las familias que los cultivaron”, dice. 

Aunque reconoce la ayuda institucional, dice que algunas entidades han abusado en medio de la pandemia para sacar pecho con cosas que no han hecho. Recuerda, por ejemplo, que hace dos semanas funcionarios del Ministerio del Interior publicaron estas imágenes en redes sociales con mercados que supuestamente habían entregado en San Sebastián. 

“Resultó que se habían tomado las fotos en unos barrios de Leticia, lejos de acá. Cuando les hicimos el reclamo no les quedó de otra que llamarnos desde la Vicepresidencia a pedirnos disculpas y a decirnos que pronto nos iban a traer ayudas”, menciona Chota. 

Además de su improvisado sistema de comercialización, acordaron hacer unos trueques  con las comunidades vecinas de San Pedro: pescados por elementos de aseo, granos por verduras, yucas por plátanos.

El emprendimiento les aguantó hasta hace dos semanas cuando en Leticia se desató el virus y allá se empezaron a enfermar. 

Chota cree que él fue uno de los primeros infectados, y que, sin saberlo, pudo haber contagiado a más personas. 

Aprendiendo a vivir con el virus

Además de ser gobernador de resguardo, Chota es asesor de la Oficina de Asuntos Étnicos de la Gobernación que manejan directamente las organizaciones indígenas. 

Dice que aunque la orden desde finales de marzo era teletrabajar, hace unas dos semanas tuvo que ir a la oficina porque necesitaban unas firmas para sacar adelante un convenio de botiquines para las comunidades. 

En esa salida, cree, su pudo haber contagiado. “Había un compañero que se veía enfermo, aunque tenía tapabocas de un momento a otro tosió fuerte y como la oficina es pequeña, como de tres metros por tres, ahí pudimos recibir el virus”.

Si no fue ahí, comenta, pudo haber sido en uno de los domicilios que hizo para vender los productos de su resguardo. 

La duda de cómo se contagió la comparten los demás amazonenses. 

Desde el cuarto caso confirmado, la Secretaría de Salud de Amazonas le perdió la huella al virus, más del 90 por ciento de los casos no tienen clara la ruta de contagio y por eso en las estadísticas del INS aparecen como casos “en estudio”. 

Más de la mitad son asintomáticos.

“Lo preocupante es que sin saber que en ese tiempo podía estar infectado, tuve contacto con la guardia, con los adultos mayores, con mi familia. Ahora no queda de otra que esperar que las 50 muestras que se tomaron el lunes acá no salgan positivas”, dice. 

Porque si hay un brote en San Sebastián, serían cinco las comunidades indígenas con positivos, según los registros de la Secretaría de Salud Departamental: Zaragoza (3 casos), Yoi (4) Arara (2) y San Antonio (2). Y eso representa una amenaza para la supervivencia de esos pueblos. 

Hoy murió con sospechas de Covid el diputado Camilo Suárez, conocido como el 'diputado de la selva', por su origen indígena.

Abimelec Macuyama, vicepresidente de la Asociación de Cabildos Indígenas del Trapecio Amazónico, Acitam, lanzó esta semana una voz de auxilio al advertir que los reportes de cuadros gripales sospechosos de Covid-19 vienen desde todos los rincones del departamento. 

A corte de a hoy, además de los 418 casos confirmados, en Amazonas hay 876 casos más en estudio, 18 en hospitalización, 19 en cuidados intermedios, seis en estado crítico y dos con remisiones a unidades de cuidado intensivo en Bogotá. 

 

“Eso es lo que uno cuestiona del sistema de salud. No le hacen seguimiento a los casos, no ve uno que manden los médicos a ver cómo está la gente, qué tipo de contactos tuvo, ni si hay complicaciones. Porque la gente prefiere estar en casa que ir al hospital que, además de estar saturado, está lleno del virus”, añade Chota. 

El hospital San Rafael funciona a medias a pesar de que la semana pasada la Superintendencia de Salud tomó control de él. El jueves renunciaron los enfermeros, hace dos semanas lo habían hecho los médicos por falta de garantías. 

Ahora Chota espera que el método tradicional que usaron con su mamá para levantar cabeza les funcione a los demás en la comunidad. 

Además del té que sale de mezclar una flor llamada yambú con ajo y limón, están inhalando el vapor de cocimientos de eucalipto y matarratón. “Nada de medicamentos”. 

Admite que mantener el aislamiento sin tener ayudas como mercados o kits de protección no va a ser fácil para ellos pero confía que pueden sobrevivir con lo que tienen.

Aparte de los cultivos en las chagras, hace dos meses les llegaron unos pollos y unos cerdos como parte de un proceso de indemnización de la Unidad de Víctimas.

“La Madre Tierra seguirá siendo nuestra principal fuente, desde que tengamos qué cultivar y qué comer, tendremos esperanza porque lo que está claro es que vamos a tener que aprender a vivir con el virus”, dice. 

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