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Por Juan Esteban Lewin · 10 de Enero de 2020

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Este año será el primero de los nuevos alcaldes y gobernadores, marcará la mitad del cuatrenio Duque y arranca con la pregunta de qué pasará con el descontento general que representaron las cacerolas. La Silla considera que estas serán las grandes historias del año que arranca y que esperamos poder cubrir en profundidad.

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La evolución del descontento y su manejo

Las últimas encuestas del 2019 dejaron claro que detrás del país que salió a marchar y, sobre todo, a golpear cacerolas, hay un descontento que va más allá del presidente Iván Duque y su baja aprobación, y que golpea a todo tipo de instituciones.

La principal historia del año que arranca serán las formas en las que se manifieste ese desasosiego, que no necesariamente son marchas o cacerolazos; así como la búsqueda de las instituciones para manejarlo justo cuando su poder viene en caída.

Eso se verá en muy diversos espacios, empezando por la promesa del presidente Iván Duque de la conversación nacional, que debe concluir en marzo y, según dijo el Gobierno, se concretará en decisiones claras, pero posiblemente también en otras decisiones del Gobierno. 

También atravesará el inicio de las nuevas administraciones locales (por ejemplo, Claudia López inició la suya con el ruido de las cacerolas como brújula), la comprensión de la migración venezolana o el cambio de prioridades de una sociedad para la que asuntos como el medio ambiente o la desigualdad son cada vez más importantes.

 
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La capacidad de Duque, y las instituciones, para salir del atolladero

Otro asunto central de este año es la búsqueda de gobernabilidad de un país desacostumbrado a tener un presidente con poco liderazgo y sin el Congreso a su favor. 

Esa historia pasa por los avances que logre Duque en concretar alianzas o pactos con partidos diferentes a los que lo acompañaron desde primera vuelta (cristianos, conservadores y uribistas), ya sea vía representación política, como piden ellos pero no quiere él, o vía pactos legislativos, como ha propuesto desde Presidencia; pero también por la definición de una agenda de reformas y logros que plantee el mismo Duque.

El reto de la gobernabilidad va más allá de la Presidencia y su relación con el legislativo, y toca otras entidades del Estado.

Por ejemplo, su definición también pasa por la capacidad de la Corte Suprema de evitar un bloqueo, pues si si el 15 de febrero termina su período Ariel Salazar sin que hayan elegido nuevos magistrados, quedarían solo 15 y para decidir cualquier cosa, incluyendo definir el nuevo fiscal de la terna de Duque, necesitan 16. Aunque ese bloqueo seguramente tendría alguna salida, sería de legalidad dudosa, y refrendaría la dificultad del Estado para tomar sus decisiones.

Además, también lo pueden afectar los avances en las investigación contra los dos expresidentes más recientes, pues si aparecen más indicios o pruebas contra ellos, el país probablemente sea más difícil de gobernar por el impacto simbólico pero también porque afectaría a otras fuerzas políticas.

En el caso de Juan Manuel Santos, no es solo lo que pase en la investigación que lleva directamente contra él el Consejo Nacional Electoral, sino también en los procesos penales contra varias personas cercanas a su campaña reeleccionista, que podrían impactar a otros políticos visibles que estuvieron en esa campaña o cerca de ella; en el de Uribe, tampoco es solo la decisión de la sala de instrucción de la Corte Suprema sobre si acusarlo o no, sino procesos paralelos de aliados suyos, y especialmente sobre su abogado Diego Cadena, que golpearía al uribismo, incluyendo a Duque.

 
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El asentamiento de nuevos poderes

Con la debilidad de las instituciones y de la clase política, que en 2019 logró evitar una debacle electoral pero siguió perdiendo espacios de poder y capacidad de representar, este año probablemente lo marcarán la consolidación de otros poderes, al margen de las instituciones tradicionales, o por lo menos del Estado.

Eso va desde la creciente influencia de decisiones de poderes criminales en zonas como el Chocó o el Guaviare, que van ocupando cada vez más los espacios que no llenó el Estado tras la salida de las Farc, hasta la importancia de redes difusas de activistas virtuales como los que impulsaron el caos en Cali y Bogotá en las noches del 21 y 22 de noviembre pasadas, pasando por poderes más usuales como los cacaos u otros nuevos como la mayor presencia china en el país.

 
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Los efectos del modelo económico de Duque

Después de un año con el esquema tributario del Gobierno Duque, y a medida que sus otras apuestas como el énfasis en esquemas con más fuerza privada para desatascar la infraestructura vial o de TIC, en 2020 se podrán ver los primeros resultados claros de su apuesta económica por un Estado pequeño y un mercado que ayude a mejorar el bienestar de todos.

Quizás la mayor atención estará en la capacidad de ese modelo para atajar el crecimiento del  desempleo a través de menores impuestos a las empresas, pero también se verán sus resultados en hasta dónde los empresarios mantienen su apoyo al Gobierno.

Eso porque si bien el modelo los favorece en lo inmediato, si termina creando inestabilidad social puede ser mayor ese costo que el beneficio de pagar menos impuestos o tener menos regulaciones. 

De hecho, seguramente seguirá enfrentando críticas no solo desde la oposición sino también desde el uribismo, que con propuestas como la prima extraordinaria para los trabajadores formales peor pagos, que hizo Álvaro Uribe, tiene lo que para algunos empresarios y defensores del modelo es un aspecto poco amigable a los empresario, que son otro efecto y una amenaza al modelo.

 
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El aterrizaje de los nuevos alcaldes y gobernadores

El primer año de los nuevos mandatarios locales marcará la agenda, pero lo hará especialmente el de esos que de alguna manera ganaron gracias al descontento: sus logros pueden ayudar a moderarlo y a darle legitimidad al sistema, pero si les va mal la situación puede empeorar.

Por eso este año seguramente será noticia, y no solo en lo local, lo que pase con la cruzada de William Dau contra la clase política en Cartagena; lo que logre Claudia López en Bogotá, que arranca con muchas expectativas; lo que haga el antiuribista Daniel Quintero en la uribista Medellín; qué pueda mostrar Víctor Vidal en Buenaventura o lo que logre Jairo Yáñez en Cúcuta.

En el mismo sentido, para la supervivencia de la política tradicional será relevante lo que logren sus mayores exponentes, como los gobernadores de Antioquia (Aníbal Gaviria), Cundinamarca (Nicolás García), Santander (Mauricio Aguilar) o Valle (Clara Luz Roldán).

 
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Los preparativos para 2022

Otro de los grandes procesos del poder este año serán el de los preparativos de las diferentes fuerzas políticas para las elecciones presidenciales y legislativas de 2022.

Después de que en 2018 terminaron mostrando tres grandes polos ideológicos, y que los resultados de las elecciones locales muestran que ningún partido logra ganar solo, y que el carisma, la comunicación y las ideas son centrales para ganar, este año seguramente habrá movimientos que vayan marcando el derrotero.

Por ejemplo, se podrá ver si la coalición de centroderecha que impulsó al victorioso No del plebiscito de 2016 y la victoria de Duque se vuelve a tejer y lo hace acercándose o alejándose del Presidente; si los partidos de origen liberal que ya han dado muestras de acercamientos (liberales, U y Cambio) tienden a una convergencia; o si la oposición de centro e izquierda logra asumir la vocería de un descontento que parece tener múltiples causas.

Esto en medio de las estrategias propias de los congresistas para lograr su reelección ese mismo año.

 
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El impacto de Venezuela y los migrantes venezolanos

Los efectos del flujo masivo de venezolanos, que Migración Colombia calcula eran más de 1,6 millones a 31 de octubre (algo así como tres veces Bucaramanga o la suma de las poblaciones de Pasto, Ibagué, Manizales y Villavicencio), sumados a lo que pase en Venezuela con el régimen de Nicolás Maduro, seguramente marcarán el 2020.

Frente a los migrantes, los brotes de xenofobia que quedaron a la vista tras el 21N pueden repetirse y crecer en la medida en que el flujo sigue -aunque menor que hace un año- , causa una presión visible por servicios sociales y el manejo del descontento puede buscar chivos expiatorios.

Y frente a Venezuela, porque algún cambio político allí puede cambiar la agenda nacional, darle un respiro a Duque (como pasó a inicios de 2019) y a la clase política, e incluso cambiar dinámicas económicas.

 
 
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Los avances en la implementación del Acuerdo

Este año seguirá definiéndose qué significa exactamente la política del Gobierno Duque de lograr una “estabilización” en las zonas en las que estuvieron las Farc y hasta dónde eso equivale a aplicar o a desconocer partes del Acuerdo de La Habana. 

Uno de los puntos clave será el desarrollo de los programas de desarrollo especiales para las zonas más afectadas, los Pdet, a los que el gobierno les ha metido la ficha junto con la reincorporación de los exguerrilleros como forma de mostrar que sí está buscando lograr esa estabilización.

Pero también viene la tensión por la lentitud y los límites que ha puesto a la sustitución de cultivos que estaba en el Acuerdo, mientras avanza en volver a asperjar con glifosato; en su negativa a avanzar en los temas más transformadores como la reforma política (la de Duque se hundió el año pasado y en todo caso era mucho menos ambiciosa) o las reformas en materia de tierras que se acordaron; o en su relación tensa con la JEP.

Esa justicia transicional también será central, como lo fue en 2019, pero quizás menos por un caso tan polémico como el del ahora rearmado ‘Jesús Santrich’, y más porque deberá definir cuáles fueron los casos más graves o representativos de secuestros de las Farc y de los homicidios de civiles conocidos como ‘falsos positivos’; y podría alcanzar a emitir las primeras condenas para las personas que acepten su responsabilidad en esos casos, y por esa vía definirá qué tan parecida a la cárcel serán sus sanciones.

 
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La definición (o no) de un norte con Duque

Este año el Presidente y su círculo tendrán probablemente el último chance de definir un rumbo y mostrar resultados que moderen el descontento y mejoren su imagen y capacidad de maniobra, ya sea con una apertura mayor a otras voces y fuerzas políticas, o un movimiento a darle más fuerza al uribismo.

Esa historia definirá el 2020 inc,luso si no hay ninguno de esos giros y Duque se mantiene en su postura más institucionalista, moderada y distante (sin ser opuesta) de la clase política y de la gente.

Comentarios (1)

Marleny Barrera López

11 de Enero

5 Seguidores

Hola Juan Esteban, creo falta un seguimiento al alcalde de Villavicencio Harman, quien llegó siendo ajeno a unos clanes familiares, que en los últimos años han manejado la ciudad y el departamento bajo la égida uribista.

Hola Juan Esteban, creo falta un seguimiento al alcalde de Villavicencio Harman, quien llegó siendo ajeno a unos clanes familiares, que en los últimos años han manejado la ciudad y el departamento bajo la égida uribista.

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