Un pícaro con suerte

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Dice el refrán que todo pícaro tiene suerte. El ex presidente Uribe parece genuina representación de esa sabiduría popular. Con un tercio de su antigua coalición legislativa, círculo familiar y gubernamental investigado por concierto criminal, corrupción o abuso de poder, el Presidente Uribe sigue casi incólume. Según la última encuesta Gallup, los colombianos le facturan la corrupción de su gobierno al gobierno actual. Y la mayoría descalifica el manejo que el actual gobierno está dando a los problemas que heredó y a otros nuevos como la ola invernal.

El nivel más alto de desaprobación que tuvo Uribe por el manejo de la corrupción en sus ocho años de mandato fue del 52 por ciento, en abril del 2010. Cuando Santos inició su gobierno, el 33 por ciento desaprobaba su gestión en esa materia. Hoy, el 58 por ciento la desaprueba. ¿Entre más destapa Santos peor le va? Posiblemente porque la opinión no distingue que la corrupción se destapa en este gobierno, pero viene del anterior. Y no lo distingue porque el gobierno Santos no lo dice. A la par que se destapan los escándalos, Santos le echa flores a Uribe y reitera su confianza en la transparencia de su equipo.

En respaldo ambos pierden. La imagen favorable de Santos cayó 10 puntos y la de Uribe 11. Pero el gobierno Santos se desgasta más y más rápido. La desaprobación de la gestión de Santos aumentó 13 puntos antes de cumplir su primer año de gobierno. Uribe sólo tuvo un aumento de esa magnitud en el séptimo año, durante su segundo mandato.

Las facturas que pasa la opinión a los gobernantes no tienen mayor trascendencia en las encuestas, sino en las urnas.  En las elecciones de octubre es donde de verdad se medirá quién asumió los costos de qué. En ese terreno está por verse la suerte del pícaro.

Por ejemplo, contra toda expectativa lógica, Uribe podría perder en su propio terruño. En Antioquia, el fervor por Uribe compite con el de Dios y la coalición uribista ha barrido en cuanta elección ha habido, excepto la Alcaldía de Medellín.

En ese contexto, los candidatos ungidos por Uribe en Antioquia deberían ir en coche hacía la victoria segura; en cambio, van en mula hacia la derrota posible. A pesar de los guiños de Uribe y del gobernador Ramos sumados, y del  respaldo de sus carteles de contratación, ningún candidato uribista a la Gobernación de Antioquia ha cuajado. Sergio Fajardo puntea sin mayores competidores, aunque con unas encuestas que sobreestiman la opinión de Medellín y subestiman la maquinaría clientelista en el resto del Departamento.

Para la Alcaldía de Medellín, el uribista ex director del Sena, Darío Montoya, nunca pegó, por más que Uribe se lo cargó al hombro y lo vendió puerta a puerta. La dura realidad obligó a Uribe a improvisar otros apoyos. Y la impopularidad del tema de corrupción lo ha obligado a abstenerse de apoyar públicamente a Luis Pérez. ¡Tal será el prontuario de Pérez que hasta Uribe le está haciendo el quite!

En la Alcaldía de Bogotá, el panorama luce más alentador, pero no definitivo, a favor del ex presidente. La intención de voto a una eventual candidatura de Álvaro Uribe en Bogotá pasó de cerca del 60 por ciento a finales del año pasado a 40 por ciento la semana pasada. Evidentemente, ningún otro candidato tiene tan alta intención de voto. Pero tampoco ningún otro ha perdido la tercera parte de su intención de voto en 6 meses. 

En caso de no presentarse, los 40 puntos de intención de voto por Uribe, más es lo que se dispersan que lo que se endosan. Enrique Peñalosa se quedaría con 10 de los 40 puntos, la incertidumbre sobre por quién votar se quedaría con 6; Laserna, Vinasco y el voto en blanco se quedarían con 4 cada uno. Y los otros 12 puntos se dispersarían de uno en uno para candidatos tan disímiles como Gustavo Petro o Gina Parody.

Las encuestas sobre el respaldo al actual gobierno y la intención de voto para octubre indican que Uribe es más eficaz endosando a otros su mala imagen que su respaldo electoral. Hace tiempo le escuché a Napoleón Franco la tesis de que la imagen positiva de Uribe estaba más relacionada con un sentimiento de gratitud, que con uno de aprobación. Lo que está por verse en las elecciones de octubre es si los electores le dicen a Uribe y sus candidatos “te lo agradezco, pero no”.

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