¿Por qué nadie quiere a Rivera?

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A seis meses de iniciado el gobierno de Juan Manuel Santos, Rodrigo Rivera se ha convertido en el blanco preferido de todas las críticas. ¿Son justas?

A seis meses de iniciado el gobierno de Juan Manuel Santos, Rodrigo Rivera se ha convertido en el blanco preferido de todas las críticas. ¿Son justas?

La avalancha de quejas sobre él comenzaron con un editorial de El Tiempo, del 22 de enero. Luego, en cuestión de días, Mauricio Vargas dijo que sería aconsejable que Santos se involucrara de manera más permanente en los temas de seguridad, y María Isabel Rueda, columnista también de ese diario, se fue lanza en ristre contra el Ministro, de quien dijo que “ya comienzan a apodarlo confianzudamente ‘Riverita’, porque no se le ve mando”.

Esta avalancha de críticas que comenzó por el diario capitalino, cercano a Santos y a Uribe, se extendió a los políticos.

“El Ministro de Defensa tiene que hacer unos ajustes ya o que nos diga y dé un paso al lado”, recalcó Armando Benedetti, según lo citó El Espectador. “Que se vaya el que no esté funcionando y que lleguen nuevas personas que sean capaces de mantener la seguridad democrática”. 

Y como si faltaran las críticas del lado uribista, el presidente del Partido Conservador, José Darío Salazar, dijo que a Rivera “le ha faltado una gerencia más efectiva porque los resultados no son los que el país requiere”

¿Cómo fue que el ministro, que es identificado como la ‘ficha de Uribe’ en el gabinete, terminó siendo criticado incluso por los suyos?

La respuesta es múltiple y solo una parte de esas críticas tienen que ver directamente con problemas de liderazgo del Ministro.

Una forma de verlo es que aquello que comienza mal termina mal.

Rodrigo Rivera era un liberal que le apostó a convertirse en el sucesor de Uribe. Primero lideró una campaña intensiva de recolección de firmas y cuando la reelección falló y su candidatura no cuajó después de reunirse con el PIN, Rivera se planteó como puente entre el liberalismo y el uribismo. Álvaro Uribe lo acogió como un buen instrumento para hacerle daño a los rojos poniendolo en el papel de sonsacar liberales para que se unieran a Santos.

Aunque su estrategia fue mucho menos efectiva que la del ahora ministro Carlos Rodado con los conservadores, pues fuera de personajes como el ahora cuestionado Germán Olano, no llegaron muchos más liberales a la campaña de Santos gracias a Rivera (todos llegaron por Santos cuando vieron que la campaña de Pardo hacía agua), Juan Manuel Santos lo nombró gerente político de su campaña. Tenía previsto que luego fuera el Ministro del Interior, cargo que era hecho a su medida por su amplio conocimiento del Congreso y sus habilidades políticas. Y fue para ese cargo que Rivera hizo el empalme.

Pero, como lo contó La Silla Vacía en su momento, cuando Uribe se enteró de que Santos pensaba poner a Vargas Lleras en el Ministerio de Defensa, puso el grito en el cielo y amenazó con irse del país diciendo que su seguridad no estaría garantizada, con lo cual Santos a último minuto decidió que Vargas Lleras fuera al Interior y Rivera a Defensa.

La noticia de su llegada al CAN tomó por sorpresa y desilusionó a los militares, que admiraban más a Vargas Lleras por las leyes que había pasado a favor de la Fuerza Pública y su férrea oposición al Caguán.

mucha responsabilidad, poca autonomía

Rivera inició su Ministerio con escasos conocimientos en el tema de Defensa. Pero así han arrancado la mayoría de ministros de esa cartera. Sin embargo, las condiciones para Rivera fueron particularmente difíciles.

Para comenzar, arrancó con una cúpula en cuyo nombramiento él no participó. Cuando llegó ya estaba nombrada. Y era un cúpula nueva, el resultado de la primera transición en defensa en ocho años. No solo había un Presidente con una nueva política de seguridad, sino que el nuevo Comandante General de las Fuerzas Armadas es de la Armada y no tenía el mismo peso que su antecesor el general Freddy Padilla.

Para el Ejército no ha sido fácil asimilar la nueva estrategia de los comandos conjuntos en las que todas las fuerzas trabajan de manera coordinada, y le es más difícil cuando esta órden viene del comandante de una fuerza tradicionalmente menos poderosa como es la Armada.

Con algunas excepciones como Santos, los militares suelen ver a los Ministros de Defensa más que todo como voceros en temas presupuestales para la Fuerza Pública. De su habilidad para conseguir esos recursos deriva parte del respeto que le tengan. En el caso de Rivera la plata ya está allí por el impuesto al Patrimonio, que no peleó él, y los temas operativos dependen es de su viceministra Yaneth Giha, quien también fue puesta allí por el Presidente antes de que llegara Rivera.

Rivera, entonces, solo pudo nombrar al viceministro Rafael Guarín, quien se ocupa de los temas de políticas del Ministerio y de derechos humanos. Guarín ha estudiado a fondo el tema de terrorismo y de seguridad nacional, pero tenía muy poca experiencia en el sector público y su relación con los militares tampoco ha sido fluida pues ellos prefieren el conducto regular del Ministro.

Y para terminar, Santos decidió fortalecer a la Casa de Nariño en el área de seguridad nombrando a sus dos viceministros de Defensa en las dos oficinas más cercanas a él: a Juan Carlos Pinzón como Secretario de la Presidencia y a Sergio Jaramillo, como Consejero de Seguridad Nacional.

Jaramillo es quien maneja toda la política de consolidación, que es uno de los ejes más importantes de la Política de Seguridad. Tiene sentido que la política de consolidación esté en Presidencia, puesto que requiere de una alta labor de coordinación interinstitucional que es muy difícil hacer desde el Ministerio de Defensa.

Pero como la Consejería de Seguridad Nacional es un cargo nuevo, no están tan claramente definidas las competencias de política frente al Ministerio de Defensa. El viernes de la semana pasada, cuando fue el primer Consejo de Seguridad Nacional, Santos fue quien dirigió la reunión, pero fue Jaramillo quien marcó la pauta y quien hizo posible sentar por primera vez a la Fiscal General, a los Ministros y a todos los involucrados en el tema para sacar una política coherente de seguridad. Rivera era uno más de los asistentes y mientras el país se acomoda al nuevo esquema, Rivera paga el costo en su imagen.

En conclusión, Rodrigo Rivera tiene menos autonomía como Ministro de Defensa que la que han tenido anteriores ministros. Y esto sin contar que llegó a un Ministerio que Gabriel Silva, el actual Embajador en Washington, había dejado convertido en un caos total por su falta de liderazgo e interés en el tema.

La personalidad

Otro ministro, quizás más fuerte que Rivera, podría asumir todos estos desafíos y ponerse por encima de ellos. Pero Rivera no ha demostrado tener la personalidad para el cargo. Por sus convicciones religiosas, no tiene una actitud bélica y tampoco tiene la audacia de un Santos o de un Vargas para estar metido en la guerra.

Gente que interactúa con él dice que, en su afán de complacer a su interlocutor, con frecuencia no es claro lo que piensa o lo que quiere y que por lo tanto no inspira seguridad en un cargo donde las decisiones tienen consecuencias de vida o muerte.

Y los retos que enfrenta son mayúsculos. No solo porque se ha puesto en evidencia que la Política de Seguridad de Uribe fue muy eficaz y letal contra la guerrilla, pero que se quedó corta para cortar de raíz el paramilitarismo y por eso el renacer de las bandas criminales o neoparamilitares. Que existen problemas serios en la Policía. Y que hay varios dilemas estructurales que el país tiene que enfrentar y discutir y que nadie ha querido poner sobre la mesa.

Por ejemplo, el tema de la desmovilización. Después de que la Corte tumbó el principio de oportunidad para desmovilizados, el Congreso aprobó una nueva ley que hace más difícil la desmovilización porque solo permite amnistiar el delito de pertenencia al grupo. Pero por otro lado, la orden en las Fuerzas Militares es que mejor un desmovilizado que un enemigo muerto. Y para culminar, a medida que avanza la ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, en las regiones donde los paramilitares consolidaron su control, los nuevos poseedores de esas tierras comienzan a prepararse para no dejarse arrebatar su botín.

La Corte también tumbó la Ley de Inteligencia y el Acuerdo de las Bases Militares que le habrían dado a las Fuerzas Militares nuevas herramientas de acción. Y Rivera no puso sobre la mesa el debate sobre el paso a seguir después de que el país se quedó sin esas normas.

Rivera solo

Las condiciones de seguridad están desmejorando porque problemas estructurales del pasado no se han resuelto. Y en medio de esas condiciones adversas, Rivera está políticamente solo.

Para muchos uribistas, es rentable criticarlo a él porque es una forma de alejar el tema de las Bacrim de Uribe y de uno de los lunares de su política de seguridad democrática, que estaba diseñada principalmente para derrotar a a las Farc.

Para personas dentro del Gobierno como Vargas Lleras, es bueno debilitar a Rivera, que es un liberal uribista que le podría eventualmente hacer competencia en una contienda presidencial en el futuro. Y de paso, los santistas ‘queman’ a la ficha uribista que si le fuera bien, podría ser el vehículo del círculo cercano al expresidente para volver a Casa de Nariño.

Incluso, para los antiguos liberales riveristas, Rivera no es un buen amigo porque no les ha dado los puestos que esperaban.

En conclusión, Rivera no tiene de dónde agarrarse. Pero a los únicos que les va mal con que a él le vaya mal es a los colombianos que siguen muriendo en el campo en un conflicto que está lejos de acabar.

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