La sensación de desgobierno

Silla Paisa

Lo grave es que quien parece entenderlo menos es precisamente el presidente más joven de la historia.

Solo los que ya habían nacido en 1953 habían sido testigos de una movilización ciudadana contra un Gobierno de la magnitud de la que hubo el pasado jueves en Colombia. Solo los que habíamos nacido en 1977 habíamos tenido la experiencia de un toque de queda total en Bogotá. Ninguno habíamos vivido un cacerolazo como los miles de estos días. Saqueos y desmanes ha habido, aunque de esta magnitud quizás no desde el paro del 77. Miedo más o menos generalizado como el de anoche en Bogotá nunca después del 9 de abril del 48 y esa percepción catastrófica de que quien conduce la nave no sabe qué pasa, ni cuál es el rumbo, tampoco.

Y eso que este es un país permanentemente convulsionado y en promedio los gobiernos han sido mediocres, aún así lo de ahora parece inédito. En ese fatídico 1989, lleno de bombas y terrorismo, había un gobierno firme. Y aunque en el período de Andrés Pastrana no parecía haber un gobierno serio, llegamos a los picos más altos de violencia y enfrentamos una crisis económica como pocas, los fenómenos parecían más fáciles de entender.

Lo de ahora es muy complejo, porque no solo es el resultado de múltiples insatisfacciones sociales sino que es la consecuencia, que se ha vivido en muchas otras partes del mundo, de cambios sociológicos, tecnológicos, ambientales que se expresan en el ámbito político, detonados por causas varias: las condenas a los líderes del independentismo catalán, el precio del tiquete del metro en Santiago, el proyecto de extradición a China en Hong Kong, los impuestos a las redes sociales en el Líbano o el “paquetazo” de Duque.

Lo grave es que quien parece entenderlo menos es precisamente el presidente más joven de la historia. Duque escogió representar el viejo mundo, no el de los millennials o centennials que son el 80% de los centenares de miles que marcharon el pasado jueves.

Esos jóvenes cuestionan la autoridad desde el primer día. La de los padres, la de los maestros. No aceptan reglas impuestas con el único argumento de la autoridad. Algunos agreden a los miembros del ESMAD y otros los invitan a sumarse a la marcha.

Son conscientes del cambio climático y por tanto protectores de la vida, por lo que tratar de explicarles porque se justificaría bombardear, sí bombardear, resulta casi imposible y ni qué decir si en el bombardeo mueren niños. Tampoco les parece razonable que alguien desde un avión tire veneno sobre personas y cultivos. El Presidente a lo primero ni siquiera se refiere y la única que vez que lo hace, sin mencionarlo, usa despreciativamente la expresión: hay que investigar lo que ocurrió otrora.

En este mundo audiovisual e hiperconectado no es posible esconder las inseguridades y tribulaciones que revela el lenguaje gestual de Duque en sus intervenciones televisivas de estos días y el llamado al diálogo para el miércoles en 30 segundos está resumido en las redes sociales así: El Presi se va a tomar el finde... Hablamos la otra semana.

La desconexión del gobierno es tal, que ayer en el Ministerio de Hacienda seguían trabajando en la ponencia de la reforma tributaria, en la idea de que hay que aprobarla el próximo martes, un día antes de comenzar el supuesto diálogo, en los mismos términos como se había hecho el año anterior, como si en realidad no se tratara de la concreción de la política económica que es precisamente lo que detonó la movilización de estos días.

El condenable vandalismo y la campaña orquestada para crear terror que denunció el alcalde de Bogotá no doblegó la voluntad ciudadana de expresar su inconformidad con la gestión del gobierno.

En los noticieros de televisión registraban, por ejemplo, las enormes dificultades que sufrieron millones de personas para llegar a sus casas por la suspensión del servicio de transporte en Bogotá y, sin embargo, las dos personas que entrevistaron, aclararon que llevaban horas caminando y sufriendo pero que apoyaban el paro y un señor asustado por las versiones, que resultaron falsas, de personas tomándose los conjuntos residenciales, le achacó todo al gobierno y sus políticas.

Los sectores económicos que decidieron apoyar incondicionalmente al gobierno, a pesar de su perplejidad, no parecen entender que es el camino más seguro para poner en riesgo todo el establecimiento. Quedarse en rechazar vandalismo sin proponer un solo cambio en materia social o económica solo conduce a tensionar la piola hasta que se revienta. Defender el statu quo en las actuales condiciones solo producirá el resultado contrario.

Advertencias de que iba a pasar lo que pasó ha habido varias y desde hace semanas: que se incubaba una movilización sin precedentes en contra del gobierno era muy fácil de augurarlo y que se iban a aprovechar algunos interesados en generar caos también era sabido. Pensaron que la movilización se paraba si amenazaban con lo segundo y no ocurrió, lo que probó que el descontento era más sólido y profundo de lo que se creía.

Cuando la mayoría de la gente esperaba anoche encontrar en la alocución presidencial al menos una señal de que el tablero de controles del capitán enviaba señales a tiempo y que la brújula no se había perdido lo que percibió es que el tablero seguía apagado y que el conductor pidió tiempo para encontrar la brújula por eso propuso un diálogo apaciguador y no uno transformador que es el que se le reclama.

De todas las sensaciones de estos días, mucha inéditas para la mayoría, la que más desconcierto produce es esa: la del desgobierno.

Compartir
0