La frustración del general Naranjo

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El Gobierno negó que el general Óscar Naranjo haya renunciado a su cargo como ministro consejero del posconflicto para dedicarse exclusivamente al proceso de paz. “No hay una carta de renuncia como lo han dicho varios medios”, dijo a La Silla Pilar Calderón, encargada de las comunicaciones de Palacio de Nariño. “No ha renunciado a ninguno de los dos cargos”. Calderón no respondió si el General continuaría en su cargo (Naranjo tampoco) pero La Silla reconfirmó con varias fuentes muy cercanas a él en la Casa de Nariño, quienes ratificaron que el General dejará el gobierno y seguirá en La Habana. Más allá de si el presidente Santos lo convence de continuar preparando el terreno del posconflicto, su frustración con el cargo es un hecho notorio en Palacio.

El Gobierno negó que el general Óscar Naranjo haya renunciado a su cargo como ministro consejero del posconflicto para dedicarse exclusivamente al proceso de paz. “No hay una carta de renuncia como lo han dicho varios medios”, dijo a La Silla Pilar Calderón, encargada de las comunicaciones de Palacio de Nariño. “No ha renunciado a ninguno de los dos cargos”.

Calderón no respondió si el General continuaría en su cargo (Naranjo tampoco) pero La Silla reconfirmó con varias fuentes muy cercanas a él en la Casa de Nariño, quienes ratificaron que el General dejará el gobierno y seguirá en La Habana.

 

Más allá de si el presidente Juan Manuel Santos lo convence de continuar preparando el terreno del posconflicto, su frustración con el cargo es un hecho notorio en Palacio.

“Se llamaba ‘ministro’ sin tener ministerio y sin que le pusieran mucha atención en el gobierno y afuera y se frustró”, dijo una persona que vivió de cerca todo el proceso de creación del cargo.

Su rol fue creado de alguna manera para él como un premio de consolación cuando lo sedujeron durante campaña (y cuando tenía niveles de popularidad muy superiores al actual presidente y buenas relaciones con Uribe) con la idea de que fuera el vicepresidente de Santos (y él aceptó públicamente) y luego le dieron ese cargo a Germán Vargas Lleras dejándolo en ridículo.

Después de aceptar el cargo de Ministro Consejero en la súper reforma de la Presidencia anunciada por Santos II y que supuestamente iba a liderar Néstor Humberto Martínez, Naranjo duró varios meses en lograr que en la Secretaría General le contrataran a la mayor parte de su equipo.

Pero el ministerio consejero quedó mal diseñado y durante estos diez meses Naranjo no ha hecho sino pisarse las mangueras con otros altos funcionarios claves como el Alto Comisionado para la Paz Sergio Jaramillo y el saliente ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón, lo que ha hecho que el general esté -según una persona que lo conoce- “desconsolado y desesperanzado”.

“Era un ministro que no tenía investidura ni presupuesto ni acceso directo al Presidente, que estaba intermediado por María Lorena [Gutiérrez] y Néstor Humberto [Martínez]. Le dieron una responsabilidad enorme y lo mandaron a jugarse su prestigio, pero nunca le dieron los medios, los recursos o el poder para cumplirla”, le dijo a La Silla una persona ha coincidido en varios temas con él, que -como las demás fuentes consultadas- prefiere no revelar su nombre.

“Eso muestra que el diseño del 'tal Ministerio del posconflicto' era una idea apresurada, que no se estudió ni se detalló”, añade la misma fuente. Otra agrega que es el típico caso de Santos creando un cargo que suena importantísimo para recompensar el apoyo que le dieron en campaña pero que como no estaba bien pensado ni tenía la infraestructura necesaria terminaba duplicando funciones.

Las mangueras cruzadas de Naranjo

Sobre el papel, la misión de Naranjo es preparar el terreno para aterrizar-si se firma un Acuerdo Final con las Farc- los acuerdos de La Habana. 

O, como dice el decreto que creó su consejería, “articular la visión de conjunto del Gobierno sobre el posconflicto” y “asesorar al Presidente de la República en la formulación, estructuración y desarrollo de las políticas y programas relacionados con el posconflicto”.

Para eso armó un equipo con tres directores que son una suerte de viceministros -en minas antipersonal (el general Rafael Colón), seguridad (el ex viceministro Aníbal Fernández de Soto) y cooperación internacional y sector privado (Alexandra Guáqueta)- y un consejero independiente en derechos humanos (el ex congresista Guillermo Rivera), pero que trabajaba en llave con él.

Sin embargo, el rol de Naranjo es muy etéreo. Eso ha hecho que se cruce, en casi todos los temas que trabaja y pese a ser conocido como una persona conciliadora y aversa a las disputas, con el Ministerio de Defensa por un lado y con la oficina de Sergio Jaramillo por el otro.

Con el equipo de Jaramillo los roces han sido casi inevitables, dado que su oficina ya estaba trabajando -desde antes de que Santos creara el cargo a la medida de Naranjo- en temas como la arquitectura institucional para aterrizar los acuerdos de La Habana (como la Autoridad de tierras que manejará el fondo de baldíos). Teóricamente Jaramillo se encarga de todo lo que viene antes de la firma final y Naranjo del después, pero -como dice una persona- “en la vida real ambas se cruzan y el margen de maniobra que le queda era muy poco”.

Eso ha hecho frecuente que, según le contaron dos personas a La Silla, muchas reuniones de los equipos de Naranjo y Jaramillo terminaran con algún asesor del segundo diciendo que “tal cosa no se puede hacer” o “esto lo estamos haciendo nosotros”.

Al comienzo las 'cruzadas de cables' eran muy frecuentes, aunque -según supo La Silla- en los últimos meses han venido organizándose mejor y perfilando algunas de las misiones que podía cumplir el equipo de Naranjo.

Por ejemplo, quedaron bajo su resorte exclusivo las relaciones con el sector privado y con la cooperación internacional. O el aterrizaje del acuerdo sobre desminado humanitario que firmaron en marzo las Farc y el Gobierno, que coordina el programa de lucha contra minas antipersonal que pasó de la Vicepresidencia al círculo del general.

Con el recién salido ministro Juan Carlos Pinzón también tuvo varios roces, dado que otra de las funciones de Naranjo era coordinar con Defensa y formular las políticas del Gobierno en materia de seguridad nacional y seguridad ciudadana.

Una de las cosas que molestaron a Pinzón fue que, de manera ad hoc, Naranjo creó un grupo de expertos en seguridad ciudadana que se reunían para pensar cómo se podría garantizar ésta en las zonas rurales donde arrancará el posconflicto, dado que este es uno de los temas fundamentales para el éxito del proceso de paz.

Como contó La Silla, Pinzón se ha opuesto a que los temas de seguridad se discutieran fuera de Defensa y especialmente porque todos los integrantes del pequeño tanque de pensamiento del general coinciden en que en el posconflicto la Policía debería estar por fuera de la órbita militar.

“El Presidente puso a Naranjo allí y no lo respaldó ni siquiera en los temas de seguridad en los que él es mundialmente reconocido”, dice una persona del sector de seguridad.

De hecho, Pinzón ya había redactado una propuesta -después de que Santos anunciara hace un año que crearía un ministerio de seguridad ciudadana para Naranjo- para crear un viceministerio con esas funciones pero bajo su batuta.

Algo similar sucedió con el desminado humanitario. Como contó La Silla, tras el acuerdo de La Habana sobre ese tema se dispararon las reticencias de los militares por compartir esa tarea con las organizaciones civiles, que deberían jugar un rol cada vez más protagónico en desminar según los tratados internacionales.

Además, su director de seguridad Aníbal Fernández de Soto heredó la misión de diseñar un plan de choque en temas de seguridad ciudadana pero tiene apenas un puñado de asesores, menos de los que tenía Francisco José Lloreda como Alto Consejero para la Seguridad Ciudadana durante el gobierno Santos I.

Aún así, ha causado extrañeza que Naranjo se vaya cuando llega a esa cartera Luis Carlos Villegas, con quien -en la teoría- debería tener una relación más fluida dado que ambos coincidieron en la mesa de negociación en La Habana.

La suerte del ministerio del posconflicto

Su decisión de dar un paso al costado, ha generado mucha incertidumbre sobre la suerte que correrán los programas que están en este momento bajo la órbita de Naranjo. 

El caso más claro es el del programa de minas antipersonal, que -como ha contado La Silla- estaba por completo relegado por el ex vicepresidente Angelino Garzón pero que agarró un nuevo impulso con Naranjo y el general Colón.

De hecho, Colón está liderando el primer programa piloto del acuerdo de desminado, que arrancó hace dos semanas en la vereda El Orejón, de Briceño (Antioquia). En este momento están trabajando con las familias en la zona para ver qué proyectos productivos necesitan, tras lo que vendrá la fase de estudios técnicos que les permitirá delinear mejor el polígono donde hay minas y luego el Batallón de Desminado del Ejército entrará a despejarlas.

Para que no se pierda ese impulso, una de las ideas en el sector es que se convierta en una agencia independiente, como la Agencia para la Reintegración o la Unidad de Restitución de Tierras. Menos claro es el destino de las otras dependencias y tareas claves que está haciendo el equipo de Naranjo, como el componente social de la política de lucha contra el crimen organizado o el plan de respuesta rápida que se pondrá en marcha en los primeros doce meses tras la firma de un eventual Acuerdo final con las Farc.

En fin, ideas es lo que sobran en esa consejería. Como dice una persona que lo conoce, “Naranjo hubiera hecho un gran trabajo como ministro del posconflicto si le daban el poder para hacerlo, pero con esa falta de claridad era muy complicado. Naranjo tiene mucho capital político pero se va con menos del que llegó”, dice un antiguo colaborador.

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