El uribista que podía ganar

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Más que la escogencia de Iván Duque, la decisión estratégica más importante del uribismo en esta campaña fue el convencimiento de que para ganar una coalición era necesaria.

Lo más probable es que este domingo el veredicto de los colombianos en las urnas favorezca a Iván Duque. A pesar de la estratégica adhesión de los verdes, un entusiasmo incansable en las redes sociales, masivos anuncios de apoyos de columnistas e intelectuales y la agitación de la doble bandera de la paz y el antiuribismo, es factible que la remontada petrista no alcance la difícil tarea de duplicar su respaldo.

De ser elegido el próximo presidente de la República, Iván Duque habrá culminado con éxito una campaña con poquísimas fallas y contados errores. Fue curioso presenciar la transformación de muchos analistas y comentaristas políticos que hasta hace unos meses no creían que la candidatura del joven senador fuera a despegar. Es justo decir asimismo que la campaña de Gustavo Petro logró lo que muchos calificamos en su momento de muy difícil: romper el techo histórico del voto de izquierda y  que un aspirante de su origen ideológico clasificara por primera vez a una segunda vuelta.

Si el uribismo regresa a la Casa de Nariño, como lo vaticinan todas las encuestas, será gracias a una serie de decisiones estratégicas bien tomadas en los últimos tres años. Y también a errores de sus contrarios, en especial, del gobierno de Juan Manuel Santos. Si en algo se ha equivocado el movimiento anti-uribista, ha sido en subestimar la capacidad tanto de Álvaro Uribe como de su bancada de interpretar y actuar sobre las ansiedades y angustias de la opinión pública.  

La equivocación más grande del gobierno Santos fue la convocatoria del plebiscito de paz de 2016. Nunca la distancia entre la cúpula del Ejecutivo, medios y redes sociales con el colombiano de a pie y de las regiones había sido tan amplia. Pero más que el plebiscito como instrumento de participación, el error estuvo en la apuesta gobiernista de hacer la paz sin los uribistas. Al forzar una votación de Sí y No, Santos partió el país en dos, hirió  gravemente su capacidad de persuadir a la otra mitad del país y se le descarriló el Acuerdo.

La victoria del uribismo en el plebiscito abrió el camino a la campaña de Iván Duque. Le enseñó al Centro Democrático, y al propio Uribe, más de una lección.  Primero, la alianza Santos-Izquierda era derrotable aún en temas de paz. En segundo lugar, que regiones enteras del país, la “Nación Uribe”, seguía fiel al expresidente senador como en las presidenciales de 2014. Una tercera lección fue que el uribismo podría ser el motor de una coalición más amplia de las ideas conservadoras: católicos, cristianos, disidentes del partido Conservador. Sin la exitosa coalición del No de 2016, no se entiende ni habría sido posible el 39 por ciento de la votación que obtiene Duque en la primera vuelta de 2018.

La siguiente decisión estratégica compete al propio Iván Duque. Si en algo han coincido seguidores y críticos, es que el novato senador ha sido un candidato disciplinado, aferrado a sus mensajes de campaña y estudioso. El ritmo en campañas tan intensas y largas como la de 2018 afecta tanto la memoria del mediano plazo que ya a muchos se les olvidó las burlas al “reality show” de la escogencia de Duque como candidato. ¿Cómo era posible que un partido de oposición tan feroz como el Centro Democrático escogiera como su carta a uno de los aspirantes con menos años en la política y tan abiertamente moderado?

En diciembre pasado se decía que Duque, el “pollo”, no aguantaría competir contra Vargas Lleras, el “gallo de pelea”. Las espuelas de Duque terminaron saliendo de la estrategia. La expresión más directa y exitosa del convencimiento uribista de que solos no ganarían está en la consulta de la derecha del 11 de marzo. En lo que  Sergio Fajardo se equivocó, Duque y Petro acertaron. Ambas consultas a los lados extremos del espectro ideológico fueron el preludio de lo que sería la segunda vuelta. Por más votos en blanco que se depositen este domingo y mármoles que se quieran firmar, el centro perdió unas elecciones en las que tenía todo para ganar.

Y ahí entran los errores de los contrarios. Mientras los bloques conservadores se unieron-incluyendo tendencias tan tóxicas como la del exprocurador Ordóñez-, sus opositores siguen fragmentados, aún a pocos días de las elecciones. Ni siquiera el antiuribismo, el más potente cemento unificador del centro y la izquierda, logró que todos los contendores de Duque se unieran en su contra. La unión de los conservadores- no el partido sino las tendencias e ideologías- hizo la fuerza y los tiene cerca de la victoria.

La otra decisión estratégica en el camino del uribismo de regreso a la Casa de Nariño tiene que ver con el estilo personal de Iván Duque. Para la mitad del país que vota en contra de los uribistas, el candidato del Centro Democrático no es más que “el que dijo Uribe”, una marioneta del maestro titiritero. Más que debatir ese señalamiento, la clave está en los numerosos votantes no uribistas, centristas, conservadores de Marta Lucía, cristianos, y ahora fajardistas y vargaslleristas, que la candidatura uribista ha logrado atraer. Sin ese bloque Duque habría sido la versión 2018 de Óscar Iván Zuluaga. Este uribismo 2.0 constituye la muestra fehaciente de que la estrategia de la coalición de centroderecha fue la decisión más crucial que el Centro Democrático tomó en esta campaña. Si crear una coalición tan variopinta fuera tan fácil y no requiriera el estilo de liderazgo político que despliega Duque, ¿por qué no se pudo construir al otro lado de la contienda?

Si las encuestas aciertan este domingo, la mitad antiuribista del país pensará que Uribe es tan superpoderoso que engañó a la otra mitad con espejitos y títeres. No sería la primera vez que Iván Duque es subestimado.   

   

Twitter: @pachomiranda

 

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