El político genérico

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La Silla Vacía siguió a un político, que no tendrá nombre, porque este artículo no es sobre él, sino sobre cómo se reproduce la política en las elecciones locales.

La Silla Vacía siguió a un político, que no tendrá nombre, porque este artículo no es sobre él, sino sobre cómo se reproduce la política en las elecciones locales. Este congresista es solo el recipiente. Uno de los buenos, quizás de los mejores, pero esencialmente como los otros.Uno puede decir lo que quiera en Bogotá pero la política, la verdadera política electoral, no se hace en el altiplano, se hace en la tierra caliente que constituye la mayor parte de Colombia. Es en los pueblos, al calor de una banda desafinada, de carne adobada con achiote, de mazorcas asadas, de aguardiente y de cerveza Póker, donde se define la representación política, el ADN de eso que llamamos democracia.

En la legislatura anterior logró meter algunos artículos fundamentales en algunas leyes que le traerán beneficios económicos concretos a segmentos vulnerables de la población, aunque ningún medio escribió nunca sobre ellos. Pero aprobar leyes es solo una fracción de lo que hace. El resto del tiempo ‘hace’ política.

En este fin de semana, como todos, este congresista salió de campaña porque, aunque no está aspirando a ningún cargo (ya está en el Congreso), ésta también es su campaña. Su reelección depende en gran parte de lo que le suceda a ‘sus’ alcaldes. Son suyos en el sentido que le deben un favor (el puesto) y en política nada es más confiable que alguien que debe favores.

Alguien decía en la campaña de hace un año que el problema de Mockus era que no era confiable porque no le debía favores a nadie. “En la política lo que importan son los amigos”, dice el político, y la mejor forma de hacerlos o por lo menos de conservarlos, es haciendo favores.

¿Qué tipo de favores hace este congresista? Muchos. Los más frecuentes (y baratos) son los de intermediación. Llamar al Ministro para recordarle o convencerlo que tal carretera es una prioridad; garantizar que tal municipio quede incluido en el plan de aguas; recomendar al hijo de no sé quién para tal puesto; conseguir que la EPS pública atienda a tal paciente.

Hay otros favores más costosos que no son solo apreciados, sino esperados. En estas elecciones, por ejemplo, sus alcaldes esperan que él los ayude a financiar su campaña. Y él lo hace. No necesariamente porque los aprecie mucho, o piense que serían los mejores representantes de su pueblo. Lo hace porque es una forma más barata de financiar su reelección. Es como un pago anticipado con descuento.

Él, que no es todavía un cacique, pero seguramente llegará a serlo, calcula que reelegirse le puede costar entre 1.500 y 2.000 millones de pesos y que le costaría 4 ó 5 mil millones si no tuviera estructura política. (Todos sabemos que los topes son un chiste). Pero él es respetuoso de la ley y los topes para una campaña al Senado fueron de 531 millones el año pasado. Por eso hay que maximizar la inversión antes de que comiencen a operar los límites legales y ninguna mejor que tener alcaldes ‘propios’. Darle entre tres y cinco millones de pesos a cada uno de los diez alcaldes garantiza su lealtad (y entre dos mil y cuatro mil votos cada uno, dependiendo del municipio) y sobre todo que no se la deban a alguien más.

Este político teme que su aliado político local quiera competirle en las próximas elecciones. Ya sabe de ciertos acercamientos que ha tenido con algunos de ‘sus’ líderes y por eso no puede ahorrar en estas elecciones. Recuperar a un líder es más costoso que mantenerlo. Y ellos siempre están en el mercado.

Una de esas líderes nos va a acompañar en la gira del sábado. Es una mujer pequeña y simpática, que transpira fervor político. Llega con una camisa marcada con el nombre del senador. La acompaña otro líder, éste un poco más viejo y un poco más desencantado con la política.

Cree que el congresista se equivoca al ser tan fiel a sus aliados políticos. Le insiste en que le iría mejor si montara rancho aparte. El político ya ha considerado todas las opciones, pero opta por hacer un chiste y cambiar de tema.

En el carro me da la explicación: es sencilla, lógica y humana como casi todos los asuntos en la política: el líder quiere que él tenga su grupo propio porque eso le daría más juego a él, lo haría más importante y se abrirían nuevos espacios para otros líderes locales. El congresista no quiere hacerlo porque siente que el esfuerzo sería descomunal. Es mejor seguir en el equipo político mayoritario de la región en la cual él trabaja, ayudando a financiar los alcaldes. Además, un trabajo de llanero solitario es imposible.

Este político es joven y tiene plata propia. Pero igual la maquinaria es un monstruo voraz. Por eso, me dice, está pensando en crear una fundación y comenzar a recoger donaciones desde ya para financiar las campañas de sus alcaldes y la suya propia. Le da miedo tener que pedirle a las grandes empresas y corporaciones colombianas muchas veces asociadas con los grandes grupos económicos. Pero si no es a ellos, ¿a quién?

Le pregunto cómo hacen los que no llegan ya con plata a la política. Él no me responde. Su asistente lo hace. Me cuenta que el Inco, por ejemplo, tradicionalmente ha tenido unos ‘cupos’ para ciertos senadores. Esto les da derecho a incidir para que se hagan ciertas carreteras y sobre todo con ciertos contratistas. Los contratistas, una vez obtienen el contrato y el anticipo, le dan un porcentaje, el tres o cuatro por ciento, al senador. Y así con los contratos públicos en las demás entidades. Este es el aceite que mantiene a la máquina funcionando. Pero me aclara que su senador no se beneficia de ningún cupo en ninguna parte.

La plata es solo una variable de la ecuación. Hacer presencia, estar físicamente donde se necesita, es igual de importante. El objetivo de la gira de este sábado es ser visto y hacer visible al candidato. Vamos en tres camionetas a un pueblo que queda a una hora de distancia. Inicialmente pienso que los dos ‘líderes’ que nos acompañan cumplirán una función específica en el pueblo que vamos a visitar, pero el político me dice que su rol es ‘hacer bulto’. La importancia de un político está determinada por el tamaño de la corte que lo sigue. Nada más triste que un político solo.

Por eso es que los hombres que quieren parecer importantes (casi siempre son hombres), suelen ser seguidos por un séquito de asistentes, que parecen atropellarse unos con otros para seguirle el paso al jefe, que quizá por eso, o quizá no solo por eso, siempre es el que brilla. Sus asistentes siempre son anodinos, su función es realzar la figura del político. Y también ir convirtiendo los deseos de los otros en promesas cumplidas que posiblemente se convertirán en votos.

Dicho y hecho. Llegamos al pueblo y comenzamos a caminar y la gente a mirarnos. El político se coge del brazo de su bella esposa y saca pecho como un pavo.

El recorrido dura menos de unos 500 metros. Pero recorrerlos de ida y vuelta nos toma unas buenas dos horas a pleno rayo de sol. El político y su candidato van dándole la mano a todo aquel que se molesta en mirarlos. Eso toma tiempo. Pero lo que más los retrasa son los hombres que literalmente se le cuelgan del cuello al político. Es cierto que están borrachos, pero es más que eso. La política es física. Y es de machos, pero de machos que se tocan. El que no aguante el contacto que se dedique a otra cosa. Los políticos locales juntan sus panzas con la del político y la del otro candidato, que ya son grandes y crecen cada día porque después de cada abrazo viene un guaro y otro más. Nadie quiere ofender diciendo que ya ha tomado lo suficiente.En la esquina del pueblo nos espera una banda, que se prende cuando el político se encuentra con su candidato a alcalde. Acuerdan que recorrerán el pueblo con la banda detrás tocando; si la comitiva no es suficiente para llamar la atención de los campesinos que ya para la una de la tarde están bastante ebrios, las cornetas estallando en sus oídos lo lograrán.

Cuando finalmente llegamos a nuestro destino, que es la plaza de toros, el Alcalde y su candidato se reúnen con otros aspirantes del partido al Concejo y la Asamblea. Todos quieren algo del político: unos quieren acusar al contrincante que perdió la consulta; otros quieren quejarse de una componenda que hizo el Gobernador de retirarle su apoyo a unos candidatos al Concejo a cambio de que otro partido le apoyara a su sucesor; otros quieren que vuelva a una reunión la próxima semana. Es un círculo cerrado el que le rodea y yo solo puedo oír algunas de las peticiones.

Pero un señor que claramente no pertenece a ese círculo, logra hacerse piches y acceder hasta el político. El círculo se abre y el hombrecito –mide la mitad que el político- le comienza a decir un secreto al oído, como una confesión vergonzosa delante de los otros que por un segundo callan y miran al piso. El político lo remite a su asistente y le hace una seña. El asistente saca la billetera y le da 20 mil pesos.

El asistente es el que maneja la billetera porque no es extraño que la gente le pida plata al político: una solicitud frecuente no es solo que le consiga una cita en el hospital o con la EPS, sino que le dé plata para la consulta de una hija, un sobrino o un papá anciano (cuando finalmente se la consiga el político). El político casi siempre da menos de lo que le piden, pero siempre da.

La reina del pueblo también accede al político. Ese día son las fiestas patronales y como en toda fiesta patronal, hay reina. Una mujer joven con una sonrisa hermosa le da su beso al político, la única persona que es tan importante como ella en su día, que puede ser el último memorable o quizás el primero.

Mientras el político habla con la reina, el hermano del candidato me pide que lo convenza de volver de nuevo. Que es muy importante para la candidatura de su hermano que la gente vea que lo respalda gente importante como el senador. Yo asiento. Me cuenta que su hermano tiene varios activos importantes. Para comenzar sus dos apellidos. El primero es el de una ciudad famosa y el segundo, el de un expresidente, que además pertenecía a su mismo partido. Le pregunto si acaso eran parientes. Se ríe, y me dice que no, pero que igual los que votan no tienen por qué saberlo.

El candidato también viene a saludarme. Le pregunto cuál es su programa bandera para el pueblo. Me dice que garantizar la Seguridad Democrática de Uribe para su gente. ¿No es eso algo que depende del Gobierno Nacional (o del anterior)?, le pregunto. Me dice que sí. Pero que eso es lo que él ofrece porque es lo que la gente más quiere.

Ya es hora de entrar a la plaza de toros. Es una novillada, pero los toreros están disfrazados. Uno de payaso, el otro del Chavo del Ocho y uno más de Supermán. El político está sudando a mares y es tarde y no hemos almorzado. Yo no soy capaz de comerme la carne asada que es lo que hay para comer. Sospecho de su color rojo, pero las mazorcas se ven bien, salvo por la margarina que le chorrea por todo lado. Comemos mango verde con sal que una mujer pasa vendiendo. La corrida nada que arranca. La esposa y la mamá del político deciden irse en uno de los carros de la comitiva. El político decide aguantar unos aguardientes más.

Pero el Chavo del Ocho nada que arranca su faena. Y el candidato ya está borracho y ya no tiene mucho más que hablar con el político. Su contendor no asistió a la corrida, entonces ya no hay tanta necesidad de estar allí. El político evalúa la situación y se da cuenta que ya estamos en la fase de ‘réditos decrecientes’. Es hora de irse a almorzar. Nos paramos y nos despedimos y ya sin séquito detrás arrancamos rumbo a casa. Mañana le espera al político otra visita a otro pueblo.

El que diga que los políticos no trabajan es porque no conoce bien a ninguno.

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