El Nobel le pone y le quita a Santos

Silla Pacífico

Santos llegó esta ma?ana a Oslo en donde fue recibido por el Comité del Nobel para dar una conferencia de prensa y firmar el libro de protocolo. Foto: Presidencia de la República

Este reconocimiento al Presidente es un hito nacional y sin embargo, el país recibe este honor con frialdad e indiferencia.

En la madrugada de mañana, Juan Manuel Santos recibirá el Nobel de Paz en Oslo por sus esfuerzos por lograr la paz en Colombia. Como Santos es el segundo Nobel colombiano después de Gabriel García Márquez y a partir de hoy está en el mismo panteón de grandes personajes de la Historia como Martin Luther King o Nelson Mandela, su premio es un hito nacional. Y sin embargo, este honor del Presidente se recibe con frialdad e indiferencia en el país.

Esta paradoja quizás obedece a que el Nobel así como le ha dado a Santos mucho, igual le ha quitado.

 

Lo que le da

Este premio le reconoce a Juan Manuel Santos su apuesta inmensa por ponerle fin al conflicto con las Farc (algo que a juzgar por las encuestas los colombianos no han hecho todavía).

Como contó La Silla en junio cuando se pactó el cese bilateral, en muchos sentidos Santos era el “tipo que se necesitaba” para lograr la firma de un acuerdo de paz con las Farc.

Su habilidad para escoger un equipo de lujo de negociadores comenzando por Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo; su conocimiento profundo del Estado por haber jugado en el pasado tanto en el Ejecutivo como lidiando con el Legislativo, le permitió ofrecer los incentivos correctos para vencer las resistencias de grupos de poder como los militares y los empresarios a la negociación y mover las fichas cuando se necesitaba; y ser un hombre de mundo con capacidad para pensar en grande y sin complejos para entablar relaciones al más alto nivel, crearon un ambiente internacional favorable para la negociación.

Ser un hombre frío, sereno y calculador, a quien muy pocas cosas conmueven y muy pocas perturban, también le permitió no echar todo por la borda en los momentos más difíciles que atravesó el proceso. Por ejemplo, cuando las Farc mataron a 11 soldados en Buenos Aires (Cauca), o cuando secuestraron al general Alzate o incluso, tras el episodio de Conejo.

E incluso sus defectos personales jugaron a favor de sacar adelante el proceso, comenzando por haber convencido a toda la gente de que continuaría con la política de Seguridad Democrática de Uribe, sobre cuyos hombros llegó a la Presidencia, para  prácticamente desde el primer día empezar a buscar una negociación con las Farc.

Pero quizás su mayor mérito, y es el que precisamente premia este Nobel, es su tesón. Es que nunca desfalleció en el esfuerzo, nunca le importó arriesgar todo su capital político para sacar adelante la negociación, e incluso cuando ganó el No encontró el camino para que no se fuera todo por la borda.

Con todo eso a su haber, el Nobel de Paz ubica a Juan Manuel Santos en los libros de la Historia como él había soñado desde pequeño. Pero, más importante aún, el Nobel fue el salvavidas de la negociación de paz (y de su gobierno) pocos días después del triunfo del No.

Pero por otro, la percepción –que sólo él sabrá si es justa o injusta- de que Santos tomó varias decisiones polémicas relacionadas con el proceso de paz impulsado por sus ganas de ganarse este premio, le restó grandeza a su esfuerzo ante los ojos de muchos colombianos. Los mismos que hoy están más pendientes del caso de Yuliana Samboní, que del premio Nóbel.

Lo que le quita

A casi todos los presidentes que intentaron en el pasado hacer la paz con las Farc los acusaron de querer hacerlo por ganarse el Nobel: lo hicieron en los ochenta con Belisario Betancur y lo hicieron con Andrés Pastrana. Con Juan Manuel Santos no fue la excepción.

Pero en el caso de Santos, dado que muchos colombianos lo perciben como un hombre vanidoso (no ayudó que cuando su equipo se jugaba la suerte de un gran acuerdo nacional con Uribe él estuviera recibiendo un doctorado honoris causa de su primo Rafael Santos en la Universidad Central); que busca más la validación de los extranjeros que de los colombianos (no ayudó que a los pocos días de perder el plebiscito y cuando en el país reinaba el desconcierto, se viera feliz paseando en una carroza de oro con la reina de Inglaterra así la visita de Estado abriera muchas oportunidades para Colombia); y que se mueve más por ambiciones personales que por convicciones profundas, ha ganado tracción la interpretación egoísta sobre la altruista a raíz de decisiones polémicas que tomó a lo largo del proceso, pero particularmente al final.

La primera fue la decisión de hacer el cónclave para finiquitar la negociación con las Farc en tiempo exprés el 17 de agosto.

En ese momento, envió a La Habana al Consejero del Posconflicto Rafael Pardo, al ministro del Interior Juan Fernando Cristo, al senador Roy Barreras y a la canciller María Ángela Holguín a negociar el punto del fin del conflicto, alterando la dinámica que traían los negociadores oficiales con el fin de imprimirle una mayor velocidad para llegar al final.

El argumento que tenía el Presidente es que si la negociación no estaba finiquitada a más tardar el 25 de agosto, no había tiempo para convocar el plebiscito, votar y poder presentar la reforma tributaria a tiempo para ser aprobada este año.

Los tiempos del Presidente se cumplieron y la reforma tributaria se presentó el 19 de octubre a las comisiones.

Sin embargo, como el 7 de octubre, cinco días después del plebiscito, el Comité del Nobel anunció que Santos era el ganador, también tuvo cabida la idea de que todo el afán había sido para clasificar para el Premio (el proceso para decidir toma ocho meses y la decisión final se toma siempre en los primeros días de octubre).

La segunda decisión polémica fue la de anunciar el nuevo acuerdo renegociado en noviembre, un mes después del triunfo del No.

Algunas personas –comenzando por los promotores del ‘mejor acuerdo’- aún hoy se preguntan si haber negociado durante un par de meses más habría conducido a un gran pacto nacional que pusiera fin a la polarización. Y la respuesta que se dan –y que varios medios dieron por sentado- es que el afán era por llegar a recibir el Nobel con un acuerdo en la mano.

La Silla consultó con personas que estuvieron dentro de la negociación y la respuesta es que el afán era por evitar que el cese bilateral se arruinara dadas las presiones que los comandantes de frente de las Farc están recibiendo ya de narcotraficantes en las regiones para que se vayan con ellos.

También se debió a la convicción de que, dado que los del No no aceptaban el principio básico de que se trataba de una negociación y no de una rendición magnánima, al final nada que no fuera enviarlos a la cárcel iba a ser aceptado por ellos.

La última decisión polémica, que nunca fue considerada ni por el Gobierno ni por los del No, fue no convocar a un nuevo plebiscito. Fuera de la misma fragilidad del cese bilateral, el Gobierno no quería arriesgarse a perder y las encuestas mostraban que lo haría; además, sentían que una nueva campaña de plebiscito lo único que haría sería profundizar la polarización.

Pero La Silla habló con por lo menos tres personas de grupos sociales muy diferentes que la única explicación que se daban para no haber vuelto a convocar el pueblo para refrendar el acuerdo renegociado era el afán de ir a recibir el Nobel.

Para cada una de estas decisiones había una posible razón altruista en función de ponerle un punto final a la existencia de las Farc como grupo armado. Pero, dado que no hay cómo verificar el motivo real, en la mente de muchos colombianos, la razón que impulsó al Presidente era poder estar esta madrugada en Oslo recibiendo el Premio Nobel.

Sea esa la razón u otras, a pesar de que seguramente en décadas no se repetirá la ocasión de tener un premio tan importante, en Colombia paradójicament hoy no hay festejo.

 

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