Economía de guerra, todavía no de posguerra

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El gobierno debería afrontar la situación como lo que es: una situación urgente, excepcional, imprevisible y en curso.

La presentación del proyecto de reforma tributaria y su contenido demuestran que el Presidente y el ministro de Hacienda no entienden el entorno epidemiológico, económico, social y político en el que proponen el debate. Para empezar, estamos quizás en el momento más crítico de la pandemia y por tanto las fórmulas deberían ser las que corresponden a una economía de guerra y no a una de posguerra. Son dos momentos bien distintos.

El Presidente Duque ha tratado de negar la pandemia, en el sentido de que su mensaje siempre se ha dirigido -en vano- a maquillar los efectos de la tragedia. Está hablando de la reactivación, como si la pandemia hubiera terminado, casi desde el primer día y la proporción de tiempo que dedica a reportar los efectos en la salud y la vida de los colombianos es sustancialmente menor al que dedica a aparentar que “vamos a salir”.

Es una estrategia de comunicación respetable dirigida a dar aliento a la ciudadanía en semejante momento. Lo grave es si se cree el cuento, como parece que ha ocurrido, y no se percata que lo urgente es atender la pandemia y que eso no da espera.

Haber conseguido empezar la vacunación más temprano hacía una diferencia enorme. En Chile consiguieron disminuir las muertes en casi un 40 por ciento, si se comparan con las que ocurrieron en el pico anterior y las que ocurren ahora con una buena parte de la población adulta mayor vacunada.

Aumentar la capacidad hospitalaria para atender esta tercera ola y evitar los colapsos que están ocurriendo era también su responsabilidad. Parece que confiaron en que los efectos, que se preveían mayores que los de diciembre y enero, se podían atender con lo que teníamos y está resultando que no.

Y ahora, a manera de chantaje, propone que los inevitables subsidios para rescatar a los más afectados económicamente solo se podrán otorgar dentro de seis u ocho meses, cuando esperamos que la pandemia esté controlada, y a condición de que se apruebe un incremento de impuestos que deberán pagar las clases medias.

El gobierno debería afrontar la situación como lo que es: una situación urgente, excepcional, imprevisible y en curso.

Duque debería decretar una nueva emergencia económica para poner en marcha nuevamente, ya, cuando la gente lo necesita y no dentro de casi un año, los subsidios en dinero dirigidos a garantizar un ingreso mínimo vital a quienes no tienen otra fuente y a intentar proteger empleos en los sectores que no han podido volver a arrancar.

La caja para poder atender la emergencia no puede esperar a que se aprueben nuevos impuestos que solo se pagarían, por temprano, el año entrante.

La venta de ISA ya se debía haber hecho. El Grupo de Energía de Bogotá ofreció pagar inmediatamente. Eso solo es casi todo lo que se ha invertido hasta ahora en los subsidios. El Gobierno sigue aparentando que puede mantener el control de esa compañía a través de Ecopetrol, que es como cuando en una familia en crisis no quieren vender la acción del club porque no quieren que los amigos se enteren de los problemas.

Es urgente aplazar inversiones, que pueden ser convenientes, que incluso llevamos años esperando pero que en este momento no deberían continuar para poder atender asuntos más urgentes.

La renovación de la flota de aviones militares no resiste ningún análisis y resulta sorprendente que el gobierno no haya dicho ya que no lo hará. Pero como ésta inversión hay decenas de otras que podrían eventualmente esperar un par de años mientras se supera la tragedia, con medidas que corresponden a una economía de guerra y se diseña y pone en marcha una economía de posguerra que permita retomarlas.

No deja de causar perplejidad, por ejemplo, que estemos preparándonos para realizar la Copa América dentro de algunas semanas, como si nada pasara. Ese evento no le deja sino gastos al Estado y ningún beneficio. ¡Se están invirtiendo miles de millones de pesos en la adecuación de los estadios! y tendremos que dedicar centenares de policías a proteger un evento deslucido al que ni siquiera vendrán un puñado de periodistas extranjeros a cubrirlo.

El gobierno sigue anunciando obras que en el contexto actual podrían esperar. Más de un billón de pesos para construir el búnker de la Fiscalía en Cali, que esperan en esa ciudad hace diez años, pero seguramente esa plata produciría un mayor beneficio social aplicada al salvamento del sector de la gastronomía y el entretenimiento tan importante en esa ciudad: después vemos si conseguimos para hacer el edificio.

¿El metro de la 80 o el metro de Bogotá incluso, podrían esperar un poco?

Algunos cuestionan la posibilidad de aplazar inversiones con el argumento de que generan empleo. Pues ninguno de los ejemplos que he mencionado tienen la capacidad de generar ni la décima parte del empleo que ese dinero podría proteger convertido en salvamento a las empresas. Ninguno representa nada frente al combate contra la pobreza si se le compara con lo que ese dinero representaría en subsidios dirigidos a garantizar el ingreso mínimo vital.

Los propios empresarios están pidiendo al gobierno que no sigamos aparentando que no pasa nada y le proponen que suspenda dos beneficios que les otorgó en la anterior reforma tributaria que suman más de 10 billones de pesos: la disminución de las tarifas de renta y el descuento del impuesto de industria y comercio.

La reforma tributaria trae un sin número de propuestas, que, discutidas en el contexto actual, no resisten ningún debate. ¿A quién se le puede ocurrir que, en este momento, sea oportuno discutir si los servicios funerarios deben estar gravados o no con IVA?, incluso algunos temas más obvios como el de poner a pagar tributos a más personas naturales de los que lo hacen hoy son imposibles de debatir en medio de la pandemia.

Hay que esperar a que termine la tragedia y ahí vemos qué quedó, cuales fueron los daños y pensamos cómo repararlos. Por ahora, con urgencia, hay que tratar de evitar más daños o de mitigar lo que se han producido.

El entusiasmo impostado de Duque en su programa televisado no puede trasladarse a las políticas públicas y menos a la economía: estamos en la mitad de la guerra y las decisiones son para ya.

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