Miradas al Paro: nuevos repertorios, ¿las mismas soluciones? (primera parte)

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Pensar que la multitud que vemos en las calles, caracterizada por una mayoritaria presencia de jóvenes, tiene una sola motivación sería negar la complejidad de un fenómeno que no responde a un color o a un liderazgo político.

Esta columna es la primera de una serie escrita en coautoría con Luis Fernando Trejos.

Los datos de la Tercera Medición de la Gran Encuesta Nacional sobre Jóvenes (realizada en mayo del 2021 por la Universidad del Rosario, Cifras y Conceptos y El Tiempo) ha revelado que, lejos de apuntar a legitimar una causa política o ideológica, los jóvenes piden una transformación real en términos socioeconómicos para garantizar un futuro relativamente estable en nuestro país. De hecho, la falta de empleo es el principal problema que identifican con un 74 %, seguido de la pobreza con un 53 %.

Este profundo convencimiento por el cambio social contrasta con una fuerte desconfianza en las instituciones de nuestro sistema político: partidos políticos (9 %), Presidencia de Colombia (9 %) y Congreso de la República (7 %). Su confianza hoy está puesta en las universidades públicas (58 %), las redes sociales (51 %) y los medios de comunicación independientes (47 %), ya que es ahí donde han podido canalizar las emociones más dominantes que surgen a raíz de la coyuntura actual del paro: tristeza (33 %), ira (27 %) y miedo (25 %).

El desempleo, la crisis de confianza institucional y el predominio de estos sentimientos han sido detonadores de un nuevo repertorio de movilizaciones, uno que se sale de las dinámicas propias de la acción política colectiva tradicional e intenta dar voz a múltiples demandas.

En Barranquilla, desde el 28 de abril hasta el 16 de mayo, se han generado desde movilizaciones hasta cabildos abiertos, pasando por plantones, velatones, cacerolazos, manifestaciones artísticas y encuentros para pintar murales. Además de la diversidad de acciones, resalta que estas se han dado en toda la ciudad: alrededores de Buenavista, Calle Murillo, Metrocentro, Estadio Romelio Martínez, Miramar, Plaza de la Paz, Bellas Artes, barrios como Las Moras, La Playa y Santuario, frente a la estatua Estercita Forero, carretera de la Cordialidad, parque Sagrado Corazón, etc.

Estos nuevos repertorios de acción de protesta, así como su reproducción en diferentes sectores de la ciudad, son un patrón que puede observarse también en el contexto nacional. En las grandes ciudades, pero también en los territorios más pequeños, los jóvenes han reformulado la protesta clásica y han abierto la puerta a una pluralidad de formas para expresar descontento y rechazo frente a la situación del país. Esta ampliación en la convocatoria, significa también la inclusión de nuevos actores, que históricamente no habían sido visibles en la arena política con una posición definida, pero que hoy se recogen en el descontento generalizado de su generación, sumando fuerza y dando mayor visibilidad. Es el caso de las “barras bravas”, por ejemplo.  

En este contexto, sería impreciso intentar agruparlos como “feministas”, “ecologistas” o “antirracistas”, como “los de clase baja, media y alta”, como los “de la pública” y los “de la privada”. Y más impreciso aun como “de izquierda” o “de derecha”. Si algo ha quedado claro es que la movilización de las nuevas generaciones trasciende cualquiera de estas categorizaciones.

De hecho, tomando prestadas las palabras de Borda, refiriéndose a organizadores del movimiento estudiantil de noviembre de 2019: “No todos están igualmente interesados en la política partidista o nacional. Algunos de ellos no militan en partidos o movimientos distintos al estudiantil y tienen una percepción más bien negativa de los partidos. Muchos se declaran independientes y no están interesados en la política”. Incluso, “no quieren saber nada de eso y son tremendamente críticos de los líderes políticos tradicionales”.

Con esto, cabe preguntarse entonces: ¿qué resultados se esperan de las manifestaciones lideradas por los jóvenes? ¿Cómo asegurar que no se conviertan en un fin en sí mismas? ¿Existe una agenda clara que incluya las demandas expresadas a través de estos nuevos repertorios de acción? ¿Se consolidará un camino de representación democrática que viabilice algún proyecto político? ¿Nos tocará esperar hasta 2022 para que se materialice el descontento en las urnas? (La Tercera Medición de la Gran Encuesta Nacional muestra que el 87 % considera que votar es una forma de ayudar a transformar y cambiar el rumbo de la nación. El 89 % de los jóvenes entrevistados piensa votar en las elecciones de Congreso y Presidencia de 2022.)

Por lo pronto, lo que sí está claro y no merece espera es la inclusión y representación de los diversos actores en la formulación de las políticas públicas que derivarán de la actual coyuntura.

Es necesario que el Gobierno reconozca a esta amplia y diversa protesta como un nuevo actor del sistema político, que la reconozca como un interlocutor legítimo para la construcción democrática. Es en los territorios y en las regiones, es en paz y no en medio de la guerra, es con los jóvenes y con todxs.

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