Los empresarios y el Paro

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El Gobierno y ciudadanía del país necesitan embarcarse en un proyecto con grandísimos esfuerzos en fortalecimientos institucionales.

Hace un par de semanas, durante las jornadas de protesta en Medellín, hubo una vandalización del edificio de la Cámara de Comercio de Medellín en la avenida Oriental. Me enteré porque entre la avalancha de información que llegó ese día llegaron unas fotos de la puerta destrozada, los muebles tirados y un graffitti bajo el logo de la Cámara con un insulto directo: "coman mierda".

De alguna manera, la Cámara es como mi casa. Desde hace varios años tengo un programa de radio en su emisora y el Clúster de Energía Sostenible ha sido un socio fundamental para realizar eventos, foros, misiones e iniciativas desde mi rol como académico. Además, la labor de la Cámara es crucial para fortalecer la industria naciente de energía renovable que hay en Medellín, a la que pertenezco como empresario.

Sin embargo, al ver la foto, mi primera reacción no fue de indignación, rabia o dolor. Tampoco lo sentí como un ataque directo a la Cámara, sino a las empresas en abstracto. No sé si se deba a cierta fijación con el lenguaje y en los símbolos, pero mi atención se fijó en la literalidad del “coman mierda”.

Ese mensaje no es un referente a la lucha de clases ni a algo en contra del neoliberalismo. Tampoco era un reclamo político en contra de la corrupción, la brutalidad policial o la violencia estatal. Por alguna razón no me pareció tanto un insulto sino un reclamo. Al mandar a alguien a comer mierda hay una especie de expectativas no cumplidas o de indignación por un comportamiento escandaloso.

Los empresarios creamos bienestar en la sociedad y nos enorgullecemos de hacerlo, pero ¿a cuántas personas estamos dejando atrás? ¿Cómo conjugamos el crecimiento empresarial y las utilidades récord de algunos sectores con el hecho que hay más de un millón de familias que dejaron de comer tres comidas al día?

En pleno estallido social, no tengo elementos para saber cuál es la mejor forma de desactivar la violencia y los impactos negativos del Paro en el corto plazo. Pero —como empresario observando desde una posición de privilegio— soy capaz de identificar dos temas que tienen que cuestionarnos para transformarnos en el futuro cercano.

El primero es una reflexión muy dura. Desde nuestros trabajos todos contribuimos a la sociedad, pero los retos que tenemos al frente nos desbordan. Hay muchísima gente excluida en Colombia, a quienes no les llegan los derrames económicos y sociales que generamos.

Una empresa se crea para hacer plata y eso está bien. Pero si de verdad queremos impactar desde nuestras instituciones y empresas, hay que trascender el "business as usual". Nadie está obligado a hacerlo ni mucho menos, pero hay que quebrar el mito de que simplemente con trabajar normalmente y pagar impuestos ya estamos haciendo nuestra parte.

El segundo es que, ante nuestra realidad actual, no debemos sucumbir a los primeros impulsos de validarnos ciegamente en nuestra posición. Ante un discurso de “antiempresarismo” es entendible que los empresarios busquen reivindicar su aporte y valor a la sociedad. El problema es que esto es un camino muy fácil para caer en posiciones radicales que abogan por mayor libertad económica, pero que indirectamente debilitan al Estado y las instituciones. De transformarnos en esa dirección, terminaríamos concentrando más la riqueza y abandonando aún más las regiones que no tienen un impacto significativo en la economía convencional.

Singapur no es el país que es porque las empresas tienen impuestos de renta bajos. Eso ayuda, pero nos podemos olvidar que es uno de los lugares del mundo con mayor confianza en las instituciones gubernamentales y con los mayores índices de transparencia y lucha anticorrupción. Eso no puede hacerse con un Estado débil y reducido a sus mínimas proporciones.

Hay algunas experiencias que sugieren que las empresas pueden efectivamente fortalecer al Estado y apoyarlo en sus labores fundamentales: los mecanismos de obras por impuestos les dan a los empresarios control efectivo de los beneficios económicos y sociales que generan, sin el riesgo de que los impuestos se gasten en algo más. Las industrias que han generado estímulos a la educación se terminan beneficiando de la oferta de mano de obra calificada que crean. La educación financiera y los microcréditos terminan generando capacidad adquisitiva en los estratos bajos y reduciendo la criminalidad.

Siempre podemos ir más allá. ¿Se imaginan que las empresas hicieran vigilancia y veeduría de los impuestos que pagan en sus territorios? ¿Que la base de la negociación con proveedores fuera más colaboración y menos regateo? ¿Que la creación de puestos de trabajo de calidad haga parte de las funciones objetivos de las empresas y de los indicadores de éxito?

No creo que haya una fórmula universal para todas las empresas, pero en todas se puede promover el cambio cultural para modificar un poco la forma de hacer negocios. En Colombia hay falencias tan grandes que los empresarios podemos crear mucha prosperidad para las comunidades donde operamos con sacrificios mínimos (o nulos) en los estados financieros.

Medellín pudo salir de sus épocas más oscuras gracias a que empresas, Gobierno y ciudadanía se embarcaron en un proyecto con grandísimos esfuerzos en fortalecimiento institucional. La tarea no está completa, pero es primordial tratar de hacerlo a nivel país. No hacerlo es condenar a mucha gente a comer mierda.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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