La letal pulcritud de la gente de bien

La letal pulcritud de la gente de bien

Para empezar, es importante ubicar la cuestión. En primer lugar, hay que contar que en Cali (la capital del Valle del Cauca) al suroccidente de Colombia, el 28 de abril de 2021 inició un proceso denominado Paro Nacional, que al día en que se escriben estas líneas (lunes 31 de mayo) ha completado 816 horas de resistencia. No ha sido únicamente en Cali, sino en Colombia y en muchas partes del mundo en las que hay migrantes luchando en solidaridad por su tierra. En segundo lugar, dada la fuerza de la movilización y las prácticas que la misma ha desarrollado —como marchas, actividades culturales, concentraciones, plantones, barricadas, entre otras— en la ciudad se ha generado un clima de agotamiento, estrés dirían ciertas voces, por las muchas semanas que ha durado el Paro Nacional.

Para empezar, es importante ubicar la cuestión. En primer lugar, hay que contar que en Cali (la capital del Valle del Cauca) al suroccidente de Colombia, el 28 de abril de 2021 inició un proceso denominado Paro Nacional, que al día en que se escriben estas líneas (lunes 31 de mayo) ha completado 816 horas de resistencia. No ha sido únicamente en Cali, sino en Colombia y en muchas partes del mundo en las que hay migrantes luchando en solidaridad por su tierra. En segundo lugar, dada la fuerza de la movilización y las prácticas que la misma ha desarrollado —como marchas, actividades culturales, concentraciones, plantones, barricadas, entre otras— en la ciudad se ha generado un clima de agotamiento, estrés dirían ciertas voces, por las muchas semanas que ha durado el Paro Nacional.

Las reacciones de la población de Cali han sido diferenciadas. Un grueso de la población respalda la movilización y sus formas. Una parte muy importante de la población comparte las reivindicaciones del Paro Nacional, pero cuestiona algunas de sus formas. Otra —proporcionalmente pequeña— no comparte las exigencias de los y las manifestantes porque les afectan, sin embargo, se mantiene al margen o se pronuncia pacíficamente en contra. Por último, existe un grupo de la población de Cali que actúa abiertamente contra las organizaciones y movimientos sociales y las ciudadanías que participan en el Paro Nacional, porque quieren profundizar las condiciones y políticas que la protesta social cuestiona y busca transformar. De ahí que a quien protesta se le ha declarado enemigo a eliminar. Estos dos últimos grupos se han autodenominado “gente de bien”.

El grupo de las personas que se oponen pacíficamente —por más insensibles que parezcan sus planteamientos a los ojos del movimiento de protesta social— tiene el derecho a oponerse, incluso a protestar en las calles, tal como los y las manifestantes del Paro Nacional lo destacan para sí, a la luz del marco constitucional y del derecho internacional. En otras palabras, según arguye Elizabeth Ugalde en Plaza Pública, como dijo Evelyn Beatrice Hall en 1906 en su biografía de Voltaire: "Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Por lo tanto, aunque esa parte de la “gente de bien” no es precisamente el modelo de humanidad al que aspirar, tampoco puede acusárseles de ir asesinando gente, desapareciéndola, torturándola y encarcelándola; a lo sumo, puede encarárseles que son producto de la explotación del trabajo humano, sus privilegios y su acumulación de riqueza por expropiación de la plusvalía.

Pero pasemos entonces a escribir sobre quienes integran el reducido y selectísimo grupo de la racista, clasista, machista, mafiosa y paramilitar “gente de bien”.

Entre quienes creen pertenecer a la gente de bien están quienes son asalariados empobrecidos y explotados que, sin embargo, creen deberles sus pocos bienes y su contrato laboral a las élites. Por ello están sumisamente agradecidos y obsesionados por verlas felices y a gusto. Son seres postrados a la gente acaudalada, la idolatran, sueñan en llegar a ser como ellas y se niegan a aceptar que nunca serán eso que en los chistes de la esquina se suele denominar herederos. Su satisfacción proviene de las palmaditas en el hombro, los elogios a su condición de buenos sirvientes y las sobras que reciben como regalos en fechas especiales o cuando la señora o el señor de la casa quiere liberar su alma de la carga de vivir de la explotación de los demás. Cuando les despiden y les abandonan por vejez o invalidez se culpan a sí mismas. ¿Por qué no tuve fuerzas para servir a mis amos hasta los 100 años? ¿Por qué tuve ese accidente que me dejó postrado impidiéndome seguir atendiendo los pedidos de la doña y el don?

También están entre ese grupo de personas de la gente de bien un buen número de agentes de policía, detectives y militares. Tal como los anteriores, estas personas creen que las fuerzas armadas y las fuerzas policiales existen para cuidar a las familias ricas de la sociedad, sus propiedades y sus privilegios. Por ello mismo son brutalmente agresivos con la gente pobre, pero totalmente mansos ante la gente con dinero y poder. Ante la gente que vive en la pobreza y la miseria infunden miedo y terror; ante la gente que vive en el privilegio y la abundancia hincan la rodilla, inclinan la cabeza y hablan dócilmente. 

Claro, entre la gente de bien hay varios subgrupos, por decirlo de algún modo. Las personas que tienen poder y dinero, en diversa cuantía, algunos con suficiente para asegurar la comodidad de las propiedades esenciales y ciertos lujos que la mayoría de la población apenas sueña. Las personas que tienen mucho poder —adquirido por vía de la explotación legal laboral— dueñas de empresas, negocios, tierra y dinero, con esos bienes acumulan más patrimonio y asumen que en ninguna circunstancia cederán una pizca del mismo, aceptando que la violencia —extrema si es necesario— es el mejor y único instrumento para actuar. Las personas que tienen mucho poder y lo han adquirido por la vía ilegal, como el narcotráfico, la corrupción, la trata de personas y armas, las oficinas de sicariato, el contrabando y otros haceres similares. Dado que desde temprano acudieron a la violencia como instrumento esencial para la construcción de poder y riqueza, en su cotidianidad está instalada la eliminación de quienes se les oponen y de quienes —aún sin oponerse— estorban a sus intereses.

Cali, grosso modo, está habitada por estos grupos de personas que hacen parte de la gente de bien.

Sin embargo, el problema no es el Paro Nacional, mucho menos las formas de la protesta. En este sentido, ni siquiera las barricadas y bloqueos son insalvables, pues a través de los corredores humanitarios y las negociaciones con los puntos de resistencia ya se han logrado flexibilizar las posturas y aliviar algunas de las tensiones de la población. Hasta algunos de los gremios capitalistas y terratenientes —incluso uno que otro millonario poderoso— se pronunciaron a favor del diálogo y la negociación.

El problema es el racismo, el clasismo, el machismo y el fascismo que encarna la gente de bien. Con un agravante: el actual Gobierno Nacional y el partido de gobierno son parte de este último grupo de gente de bien —de aquellos que tienen mucho poder y lo han adquirido por la vía ilegal—. Respecto de esa ruta de ascenso y permanencia en el poder, la JEP estableció que 6.402 personas fueron víctimas de ejecuciones extrajudiciales entre 2002 y 2008 (periodo presidencial de Álvaro Uribe), Mancuso declaró que las AUC fueron políticas de Estado y no simplemente manzanas podridas, el Ñeñe fanfarroneó de su apoyo a la campaña presidencial de Duque, en la finca del embajador del país en el Uruguay se encontraron laboratorios para la producción de cocaína y el Consejo de Estado se pronunció diciendo que la campaña del No en el plebiscito por la paz incurrió en "engaño generalizado".

Esa suma de criminalidades locales y nacionales ha provocado en la ciudad de Cali —también en muchas otras partes de Colombia— una crisis humanitaria gravísima, gravitante en asesinatos, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, torturas, heridas, violaciones y abusos sexuales, amenazas, abuso de autoridad, incineraciones, asfixia, entre otros, destacando que esa sistemática agresión de guerra contra la protesta social se ha ejecutado en un entramado militar, policial y paramilitar.

Se escucha de modo recurrente que la responsabilidad de estos hechos está en la protesta social, especialmente en el vandalismo y los bloqueos. Ese argumento útil al tratamiento violento a la protesta social es falso. Primero, la protesta social es la consecuencia de la crisis económica, no la causa. Segundo, el desempleo, la quiebra de pymes, el empobrecimiento y desigualdad, el hambre y la precarización de las condiciones de salud no son responsabilidad del Paro Nacional. Defender tal argumento es aceptar una lectura precaria de la realidad micro y macroeconómica. Segundo, el vandalismo en su expresión más grave está siendo ejecutado por cuerpos paramilitares y sobre ello en Cali se han dado suficientes pruebas. Tercero, si bien es cierto que los bloqueos han generado situaciones humanitarias muy graves, sin embargo, las responsabilidades en los hechos de muerte y otros dolorosos hechos no están en las barricadas ni en los y las manifestantes, su origen es abrumadoramente estatal y paramilitar.

Esa gente de bien se presenta en las avenidas vestida de blanco y hablando de paz. Al principio, en el día hablaban de diálogo y en la noche salían en sus camionetas y autos —generalmente blancos— a disparar contra las personas concentradas en los puntos de resistencia. Con el paso de los días, se siguen vistiendo de blanco y llamando a marchas pacíficas donde agreden a quien viste de otro color y a quien defiende los derechos humanos. Sin embargo, últimamente, con el rostro cubierto y descubierto, al lado de integrantes de la Policía Nacional aparecen con armas de corto y largo alcance disparando contra los y las manifestantes. Después aparecen en los medios de comunicación luciendo su moralidad paramilitar, exhibiendo sus armas de fuego y, claro, justificando sus acciones porque alegan que disparar a matar manifestantes está bien, pues se debe defender a la Policía porque esta es débil y se debe disparar tiro a tiro y en ráfaga cuando la propiedad privada es amenazada.

Y, sin embargo, unas preguntas. ¿Por qué un chico de la ladera de Cali, según testimonio de la familia, al parecer detenido, golpeado y herido por la Policía, apareció incinerado en un negocio incendiado? ¿Acaso la gente de bien lo torturó y lo asesinó o lo dejó convaleciente ahí para el fuego desapareciera toda huella del crimen de Estado? ¿Por qué un camión de la Policía, lleno de policías de civil atacó a bala a los y las manifestantes de un punto de concentración al oeste de la ciudad de Cali? ¿Por qué las personas que dispararon contra los y las manifestantes en la zona de La Luna en Cali eran policías, por qué sus vehículos eran de la Policía y por qué en ese mismo punto un agente del CTI de la Fiscalía General de la Nación asesinó a plena luz del día dos manifestantes? ¿Por qué la Policía Nacional y paramilitares, según testimonio de una autoridad indígena, lo amenazaron con picarlo y por qué a los indígenas que acudieron a socorrerlo les dispararon a matar? Y, finalmente, ¿por qué a los que disparan, vandalizan, desaparecen, torturan, amenazan, violan y abusan sexualmente, asesinan e incineran, nadie, absolutamente nadie los detiene?

Una pregunta más: ¿será acaso que los términos "vándalos", "vandalizaron" y "vandalismo" son parte de una estrategia mediática que oculta el accionar generalizado, planificado y sistemático paramilitar para eliminar físicamente y desprestigiar políticamente al movimiento del Paro Nacional?

Creemos que es lo más probable, porque a la gente de bien —tan pulcra en sus vestimentas y accesorios, incluidos los de matar— les gustan los pobres mansos, obedientes y serviles, que hablan para asentir las órdenes, agradecer las sobras, bendecir la explotación y aceptar la normalidad de su miseria, pobreza y precariedad en sus condiciones de vida. Es esa pacificación de la desnutrición, la enfermedad, la desprotección, las violencias, el analfabetismo y el hacinamiento la que le gusta a la gente de bien.

La pulcritud de su racismo, machismo, clasismo y demás violencias estructurales se molesta al extremo cuando los negros, los indígenas, las mujeres, los y las homosexuales, los sectores populares les encaran sus privilegios y abundancias.

Muy bien está que la señora del Distrito y la ladera venga a cocinar muy rico, mientras sus hijos e hijas apenas se alimentan y a punto de sacrificios logran estudiar y defender su dignidad. Muy bien está que el señor del Distrito y la ladera deje muy bien terminada la mansión, la casa y el apartamento de la doña y el don, mientras su familia apenas logra que en una pieza o dos quepan la cocina, la sala, las alcobas, las mesas de estudio, la sala de televisión, el baño y la ducha.

Coda

Una especie de exorcismo social ha resultado ser este Paro Nacional. Los demonios que han habitado esta ciudad festiva y diversa han aparecido en su esplendor. Su origen colonial llorado por algunos tras el derribamiento de la estatua de Sebastián de Belalcázar, las plantaciones de caña esclavistas, las operaciones militares contra la oposición política y las violencias del narcotráfico han confluido y se han manifestado en sus blancas camisas, camisetas, guayaberas, blusas y vestidos, que —aduciendo la defensa propia y de la propiedad— han hecho de la pulcritud de sus recintos el santuario de la masacre de los nadie, diría Galeano; de los miserables, diría Víctor Hugo; de la resistencia, grita Cali.

Esta columna fue escrita en coautoría con Julio César Rubio Gallardo.

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