Barranquilla bajo el hechizo autoritario

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Los gobiernos de la última década inauguraron en Barranquilla un paraíso autoritario en donde el Estado de opinión se sustentó en las encuestas, la retórica y las demagogias propias de las autocracias contemporáneas.

En los albores del anterior siglo, justo en la antesala de la Segunda Guerra Mundial, desde las mazmorras del fascismo italiano, Antonio Gramsci —uno de los pensadores más influyentes de la filosofía política contemporánea— expresaba con claridad lo siguiente:

“El poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad”.

Este aforismo condensa de manera premonitoria cómo se configurarían las distintas formas de poder durante las décadas siguientes.

Ahora bien, las autocracias y los autoritarismos son parte del espectro político de los sistemas de gobiernos contemporáneos. Estas formas de gobierno no solo emergen de golpes de Estado o gobiernos de facto. El autoritarismo también se configura cuando de manera acrítica la ciudadanía deposita el ejercicio del poder sobre quienes entienden la práctica de la política como una empresa privada que vislumbra al Estado como una suerte de junta administrativa tecnócrata.

En últimas, el autoritarismo también surge cuando la democracia representativa es solo parte de la fachada retórica que se abre paso en  el entuerto del panorama político y electoral. En consecuencia con lo anterior, es preciso mencionar que en Barranquilla (según los informes de la MOE) las maquinarias electorales han devastado cualquier posibilidad de abrir espacios a opciones políticas alternas a las establecidas en la última década, conformándose así el sueño autoritario de la tecnocracia tropical. Este es el caso de Barranquilla.

Uno de los lugares comunes desde donde se intenta explicar el poder político en Barranquilla es la teoría de la hegemonía. No obstante, el ejercicio del poder local no solo puede ser explicado por esta presunción. El poder de las élites locales también merece ser advertido desde la apolitización, la poca participación ciudadana y una oposición política tan pequeña como fragmentada, por lo tanto, con poca vocación de poder. Así mismo, la configuración de una junta administrativa clientelar y tecnocrática, por tanto, burocrática. Todo esto ha allanado el camino para que —de manera casi insalvable— el autoritarismo se afiance en Barranquilla. Lo anterior sumado a una millonaria estrategia mediática y un aparato burócrata que funge como comité de aplausos y caja de resonancia.

Los gobiernos de la última década  inauguraron en Barranquilla un paraíso autoritario en donde el Estado de opinión se sustentó en las encuestas, la retórica y las demagogias propias de las autocracias y los autoritarismos contemporáneos. Esta forma de ejercer el poder político se sustentó en Barranquilla en el culto a la personalidad de donde se deriva un vulgar y anacrónico caudillismo tropical. Nada más autoritario que gobernar bajo las premisas del Estado de opinión.

Dicho lo anterior, el caudillismo es la expresión de la reducción de la democracia, dado que abre espacios a la concentración de poder en una persona. Es decir, el caudillismo es un rasgo constitutivo de los autoritarismos. Max Weber, en una de sus obras más conocidas y prolíficas —"La Política como vocación"— plantea que:

“La autoridad de la gracia (carisma) personal y extraordinaria, la entrega puramente personal y la confianza, igualmente personal, en la capacidad para las revelaciones, el heroísmo u otras cualidades de caudillo que un individuo posee. Es esta autoridad carismática la que detentaron los Profetas o, en el terreno político, los jefes guerreros elegidos, los gobernantes plebiscitarios, los grandes demagogos o los jefes de los partidos políticos”.

El autoritarismo y el fascismo social

En Barranquilla, el  autoritarismo descansa sobre la escasa cultura política y la casi nula participación ciudadana. Esto último podría servir como hipótesis explicativa o una aproximación que intente dar luces sobre las razones que den cuenta de por qué —a pesar de las  alarmantes cifras de desempleo y pobreza— hoy Barranquilla, según las encuestas de los últimos meses, tenga el alcalde con mayores niveles de aceptación.

En virtud de lo anteriormente mencionado, quiero evocar un fragmento de una de las más entrañables obras de García Márquez, "Cien años de Soledad":  

Preguntó qué ciudad era aquella y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo.

Esta forma de gobierno se circunscribe sobre la edificación de un paraíso autoritario en donde no se cuestiona la pobreza, ni se relaciona el desempleo con el mal gobierno. Y si cuestionas, el resultado es la estigmatización, el señalamiento y la censura como medio de coerción y sujeción. A esto llamaría el maestro Boaventura de Sousa Santos: fascismo social.

¿Qué es el fascismo social?

Respecto a esto último, el profesor portugués Boaventura de Sousa Santos plantea que

“Es fundamental ocultar las verdaderas razones del descontento social y hacer creer a las víctimas del sistema que los verdaderos agresores son otras víctimas. La base organizada quiere ideas simples y juegos de suma-cero, es decir, ecuaciones intuitivas entre quién gana y quién pierde. Por ejemplo, el aumento del desempleo se debe a la entrada de inmigrantes, aunque sea mínima y realmente irrelevante; hay que hacer creer al trabajador blanco empobrecido que su agresor es el trabajador negro o latino aún más empobrecido que él; la crisis de la educación y de los valores se debe a la astucia de los pobrecillos que, gracias a los “empresarios de los derechos humanos”, tienen más derechos, sean mujeres, homosexuales, gitanos, negros, indígenas. No faltan chivos expiatorios; solo es necesario saber cómo elegirlos. Ésta es la habilidad máxima del líder fascista”

Ya para terminar, creo necesario plantear que —en últimas— lo que está en disputa es el modelo de ciudad. El autoritarismo no es eterno y, en medio de las dificultades propias de los sistemas democráticos, siempre existe la posibilidad de abrir las alamedas y con ello el advenimiento de un nuevo modelo de ciudad más incluyente, más democrático y participativo. Es decir, la ruptura del hechizo autoritario.

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