¡Freno de emergencia! ¿O será sordo quien maneja?

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Huestes del tren ultrajan a los de los vagones del fondo y se encargan de reprimir cualquier revuelta, así garantizan que todo funcione en conformidad con los deseos de quienes residen en los primeros vagones.

Esta columna fue escrita en coautoría con Sara Martínez Vega1.

El tren como imagen y metáfora explicativa del progreso se instala en las letras y en la estética sociopolítica casi desde su aparición a inicios del siglo XIX. En esa imagen, la historia avanza rauda como una locomotora que devora rieles y deja tras de sí todo aquello que no corre a su ritmo. Hacia el progreso se dirigen quienes van en ese tren que pisa cuanto se atraviesa en sus vías. Afín a esta concepción aparece en los años 80 del anterior siglo la novela gráfica francesa "Rompenieves", adaptada en 2013 al cine y luego a una serie que podemos ver en Netflix.

Ella presenta de manera casi icónica un panorama posapocalíptico: el mundo que conocemos ha visto su fin por un cataclismo climático. Todo está sumido en la nieve y lo que queda de la humanidad viaja en un tren de andar sempiterno con una estricta jerarquía social establecida entre sus mil y un vagones.

Hay problemas para mantener ese orden jerárquico. Militares que ultrajan a los de los vagones del fondo y están encargados de reprimir cualquier revuelta y garantizar que todo funcione en conformidad con los deseos de quienes residen en los primeros vagones. Hay gente que vive en la miseria y vagones de puro lujo y diversión. Nadie sabe bien lo que ocurre más allá del que le ha sido asignado. Por ello, las luchas entre unas y otras clases ocurren al interior, pues el tren es el mundo. Algo se gesta. Entre quienes comparten un vagón de desposeídos se preguntan si ya es la hora.

El combustible del tren y la palanca rota

De acuerdo con  el Índice de Desarrollo Regional de América Latina, Colombia es la nación con mayor desigualdad en el continente. La grieta económica colombiana aleja de manera abrupta zonas con un alto índice de desarrollo (como el Valle, Antioquia, Bogotá o Santander) de las regiones del suroriente y la periferia. Las zonas rurales, especialmente donde tuvo lugar el conflicto armado, cuentan con una escasa intervención del Estado y el acceso a los servicios básicos —como la salud y la educación— es muy limitado. De manera más específica, en el caso de nuestra ciudad (Barranquilla) es preciso señalar que los resultados de la encuesta Pulso Social del Dane indican que solo el 38,5 por ciento de los hogares barranquilleros accede a tres comidas al día.

Ahora bien, en Colombia cuando se habla de desarrollo existe una clara y marcada tendencia a aludir de manera directa al crecimiento económico. El problema con eso es que los ciudadanos de a pie rara vez percibimos ese crecimiento porque la desigualdad hace que la riqueza siga acumulándose entre unos, mientras la situación de la mayoría permanece casi inamovible cuando no desmejora. Es por eso que cuesta mucho entender por qué al momento de salvar la economía se trata de extraer recursos de esos que nunca han percibido los beneficios cuando esta va boyante. Esa forma de desarrollo, en últimas, arrolló a los que han estado en las periferias sociales.

¡Ahí viene el tren!

La protesta social no es solo un derecho consagrado en las modernas republicas occidentales, en el caso de nuestra Constitución Política está contemplado en el artículo 37. La protesta es fundamentalmente un derecho humano que emerge con potencia desde los rieles de la historia, es un medio para la reivindicación de peticiones sociales. Esto último bajo el entendido de que el derecho a la protesta se vislumbra como uno de los cimientos esenciales de las grandes trasformaciones históricas  de la humanidad. Es una de las herramientas más utilizadas y poderosas porque justamente permite a la humanidad enunciar su inconformismo ante los gobernantes o el poder establecido y, con ello, exigir derechos de diversa índole: civiles, sociales, económicos, políticos y culturales.

De manera particular, los paros en Colombia son un medio de manifestación social con profundas raíces históricas, uno de los ejemplos más claros fue la huelga bananera a inicios del siglo anterior o las movilizaciones estudiantiles. Los paros forman parte de las instancias sociales históricamente empleadas por las organizaciones sindicales o las agremiaciones sociales para expresar el disenso y trasformar el estado de cosas. No obstante, el actual paro tiene características que lo diferencian de paros anteriores, como el de 1977, que fue convocado y sostenido por las centrales obreras. El actual paro, si bien fue convocado por centrales obreras, hoy se sostiene a nivel nacional como un paro acéfalo con múltiples líderes territoriales y es —en síntesis— el resultado de una deuda social  histórica acumulada.

Es difícil entender esa suerte de imperativo de protección a la economía —tan articulado por el gobierno actual— cuando su preservación no se traduce en bienestar para la ciudadanía y menos todavía si se impone a modo de medidas que fustigan a quienes la pandemia ya ha perjudicado bastante. Que la reforma tributaria haya sido la gota que rebosó la copa y dio lugar a las manifestaciones que el Gobierno no ha conseguido sofocar —ni movilizando todos sus mecanismos de represión y censura— es un hecho bien conocido, así como que las vindicaciones de la muchedumbre inconforme no se agotaron con la caída de la reforma, pues esta, como ya hemos expresado, no era el motivo único sino la gota que desbordó el vaso o una roca en el riel que empezó a desbocar el vertiginoso tren de la historia.

Vale la pena recordar que en Chile —donde también se privilegiaba el sentido económico sobre el bienestar de la población— el detonante de las manifestaciones de 2019 fue el alza de treinta pesos en el transporte público, pero la consigna de los manifestantes era clara a este respecto: “No son treinta pesos, son treinta años”.

De ahí que resulte ilegítimo el cuestionamiento de quienes preguntan: ¿qué más quieren los manifestantes si ya se tumbó la reforma y renunció Carrasquilla? O el más reciente de quienes esperaban que el anuncio de matrículas gratis para los estratos uno a tres, pronunciado por el presidente, callara a esta juventud, que sigue inamovible en su grito pese los embates de una Fuerza Pública que opera ante ella como si de enemigos se tratara y no de ciudadanos en una vehemente expresión colectiva de su disenso.

Canta Ismael Rivera: “Quítate de la vía, perico, que ahí viene el tren”. En la canción le advierten una y otra vez al perico que se aparte. Y uno la baila sabiendo que al pobre lo arrollan. Al final, el lamento: “Si yo llego a saber que el perico era sordo, yo paro el tren” y en estos días —en que hasta el baile cobra el tinte político del Paro— es inevitable preguntarse, dado que quien iba manejando podía parar el tren:  ¿por qué no lo hizo? ¿Por qué necesitaba saber que el perico era sordo para frenarlo? ¿Acaso no bastaba con que estuviera ahí en medio de las vías?

Y si de ese tren —en el que avanza la historia de un país— la gente empieza a bajarse y se sitúa en las vías para conminarlo a parar, ¿no es esa la hora de activar el freno de emergencia del que habla Walter Benjamin? ¿Será que aquí el sordo es quien va manejando el tren?


Filósofa, investigadora, docente universitaria y doctoranda en la Universidad de París 8.

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