Lecciones para Duque desde el siglo XIX

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Foto: Emilith Muñoz. Carlos Camacho a la izquierda, Margarita Garrido en el centro y Daniel Gutiérrez a la derecha.

Las objeciones a la JEP han reavivado la sensación en muchos de que a Colombia le es esquiva la paz. Hablamos con Margarita Garrido, investigadora en Historia de Los Andes y el Externado y con Daniel Gutiérrez y Carlos Camacho, del Externado, quienes desmienten que haya sido así siempre.

 

No ha habido un día sin guerra en este país’ es una frase que se oye a menudo. La dicen los políticos, la dicen las mamás, la dicen los periodistas e incluso algunos académicos. Y la han vuelto a decir muchos a raíz del anuncio del presidente Iván Duque de objetar la ley estatutaria de la JEP, que ha sido calificado por la Oposición como un golpe a la paz. La guerra es percibida por muchos colombianos como inmemorable. Pero eso es solo un mito más.

Así lo demuestran siete historiadores y un politólogo de diferentes universidades del país y del extranjero en el libro recién publicado “Paz en La República” sobre los procesos de pacificación del siglo XIX, que pretende servir de insumo para reflexionar con mayor profundidad y una perspectiva más larga, sobre el proceso de paz actual.

A partir de los resultados de esa investigación y de la conversación que tuvo La Silla Académica con sus editores: Margarita Garrido profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes y del Externado, y Carlos Camacho y Daniel Gutiérrez, también profesores de de la Universidad Externado, presentamos cinco conclusiones del libro que desmienten mitos sobre la guerra y la paz en Colombia.

 

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La guerra no ha sido la constante en la historia de Colombia

A partir de la violencia que ha padecido el país desde finales de la década del 70 se ha hecho una lectura muy distorsionada de la historia de Colombia, como si todo correspondiera a los últimos 40 años de violencia exacerbada, señala Gutiérrez.

“Hay una voluntad, unas ganas de buscar acontecimientos violentos en absolutamente todos los períodos de la historia de este país, que es muy tendenciosa”, agrega Camacho.

El estudio que hicieron muestra que el siglo XIX no fue una sola guerra civil bipartidista “que se prendía y se apagaba” contrario a lo que suele repetirse. Fueron ocho guerras civiles específicas, tantas o menos de las que sufrieron la mayoría de países latinoamericanos. Esto sin considerar el período independentista cuando todavía no se habían cristalizado los dos partidos políticos Liberal y Conservador.

Por guerras civiles entienden los investigadores las confrontaciones militares entre esos dos partidos políticos que involucraban a la mayoría de la población en una amplia parte del territorio, por razones que no fueron siempre las mismas pero entre las que se encuentran: la organización del Estado (centralismo o federalismo), el lugar de la religión (patronato, separación de la Iglesia y el Estado), el sistema político (apertura democrática-limitación de la representación), entre otros.

Los investigadores sostienen que ese tipo de guerras se suspendió después del trauma y el temor de desintegración de la República que dejó la Guerra de los Mil Días y la pérdida de Panamá.

Por eso, la primera mitad del siglo XX, hasta 1946, cuando empieza La Violencia, es pacífica, a diferencia de lo que se cree.

Se enfatiza siempre la masacre de las bananeras y un poco menos el conflicto partidista en Boyacá y los Santanderes al empezar la década de 1930, “que son hechos innegables, pero justamente se recuerdan porque fueron excepcionales, no porque fuera una cuestión de todos los días en todas partes”, explica Camacho.

Según las cifras que ofrecen los investigadores en el libro, calculando desde 1832 hasta 1946, Colombia habría tenido 100 años de paz versus 14 de guerra civil.

“Hay que desnaturalizar la guerra, no es a lo que naturalmente tendemos, no es nada esencial, no es nada genético” concluye Garrido.

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En el posconflicto del siglo XIX no primó la venganza

Las ocho guerras civiles del siglo XIX fueron sucedidas por períodos de paz que en total sumaron 49 años, frente a 14 de guerra civil.  Tras la terminación de las guerras no hubo procesos de negociación, sino intentos por pacificar la República en torno a los dilemas que surgieron sobre la mejor organización del Estado después de la Independencia.

Para ello, dice Camacho Arango, teóricamente al final de una guerra con vencedores y vencidos hay un espectro con dos opciones extremas. “Una es eliminar al enemigo y otra es actuar como si no hubiera pasado nada. Al igual que ahora, en el siglo XIX el dilema era por cuál alternativa optar: uno de los extremos o un punto intermedio”.

Lo que encontraron es que las medidas que se tomaron están más hacia el lado de la clemencia que de la venganza, “la cosa no era tan despiadada como se había pensado”, señala Camacho.

“En el período de 1854 a 1859 que yo estudio, por ejemplo, la historia ha hecho énfasis en el rigor del castigo que se les aplicó a los derrotados después de la dictadura de José María Melo -oficial del ejército que derrocó al presidente liberal José María Obando en 1854-”

“Lo que encontré es que, en efecto, al cabecilla, general Melo y a muchos de sus seguidores los destierran, pero la presión sobre las bases vencidas se va aflojando muy rápido”, concluye Camacho.

Esto se debe también a que no hay un Estado que sea muy poderoso, anota Garrido, por eso los vencedores no son capaces de meter a la cárcel a todos los vencidos ni de asegurar el cumplimiento de los exilios.

“En mi capítulo”, complementa Camacho Arango, “hablo de la escasez de funcionarios de la rama judicial y de la falta cárceles para meter presos a los derrotados.”

De hecho, explica Gutiérrez, tratándose de dos partidos con un respaldo social muy grande, el exilio de los jefes del partido no podía ser perpetuo, porque tras ellos había un respaldo ciudadano muy grande. Por eso, los exilios decretados por la justicia cedían el paso al indulto antes de que se cumplieran los términos impuestos.

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Los indultos fueron un mecanismo de desmovilización en el siglo XIX

Garrido encontró indicios de que “un régimen emocional” basado en grandes virtudes del humanismo como la benevolencia y la generosidad fue complementario a la  “razón liberal” del respeto al ciudadano y a su vida, de los reformistas de medio siglo e inspiró indultos cada vez más generosos para asegurar el tránsito de la guerra civil a la paz..

Al principio los indultos eran limitados, cobijaban sólo a grupos locales de combatientes, luego se extendían a las masas de combatientes con exclusión de quienes dirigían el bando vencido. Tampoco se concedían por crímenes comunes, como violaciones sexuales, robo o incendio, pero con el tiempo se convertían en generales, dice Garrido, hasta extenderse a extranjeros y autoridades civiles, militares y eclesiásticas, excluidas en un principio.

Otros indultos que se daban con posterioridad a las guerras buscaban afianzar la paz y la reconciliación mediante el ejercicio de la clemencia. Aunque en algunos casos estaban condicionados al destierro o al confinamiento, lo que era una especie de contrasentido, pues en lugar de borrar la pena, actuaban en la práctica como un castigo.

Por esa razón, según Garrido, los indultos eran percibidos, por algunos, como un intercambio de clemencia por aceptación de la autoridad, y por otros, como, por ejemplo, los conservadores tras oponerse a la abolición de la esclavitud en la guerra civil de 1851, como humillación y resentimiento.

Sobre la clemencia que inspiraban los indultos, dice Garrido que los argumentos del entonces Secretario de Gobierno y luego cuatro veces presidente Rafael Núñez en 1853  son contundentes: “Y además después del encarnizamiento y de la cólera de las contiendas civiles, hay un instante en que la necesidad de la paz se hace sentir, de uno a otro extremo de la Nación, con el carácter de imperiosa e irresistible. Entonces el perdón está naturalmente indicado por graves y trascendentes que hayan sido los desastres causados por la rebelión; y puede asegurarse que en esos mismos desastres que por ser nacionales afectan a todos, está el verdadero castigo de los culpables”.

“Nos parece que recuerdan las discusiones actuales con respecto al tratamiento de las Farc", señala la investigadora.

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No todas las guerras en Colombia han terminado con una negociación

En el siglo XIX, dice Camacho Arango, “la regla es que las guerras terminaran en el campo de batalla, a bala, con un bando vencedor y otro vencido, sin diálogos de paz ni nada por el estilo”.

Hay dos excepciones a esta regla. La primera guerra civil, que es la de los Supremos (1839-1841), se libró en cuatro espacios diferentes. En uno de ellos, el Caribe, la confrontación terminó en tablas y se hizo preciso concluirla mediante una negociación. Y la última guerra, que es la de los Mil Días, terminó con la firma de tratados (Wisconsin, Chinácota y Neerlandia) y también se explicaría porque fue una derrota mutua.

La manera en que han terminado las confrontaciones recientes con grupos insurgentes ha condicionado la lectura de las guerras civiles del siglo XIX: la gente puede pensar que todas ellas finalizaron en torno a una mesa de negociación, lo que no es cierto, explica Camacho.

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La ‘no guerra’ no es suficiente para cohesionar la nación

“La paz entendida como ausencia de guerra, por lo menos no de carácter nacional, no es suficiente para cohesionar la nación”, dice Garrido. “La sola tranquilidad es un bien frágil que se sacrifica nuevamente apenas surge otro choque de intereses”.

“Encontramos que en el siglo XIX hubo siempre muchos deseos de paz, muchas expresiones sobre su necesidad y también de cansancio de la guerra y sus secuelas".  Pero aunque haya habido muchos más períodos sin guerra civil, el bien de la paz, como pasa ahora, no era suficientemente valorado concluye la investigadora de los Andes y el Externado.

Para citar:

Camacho C,. & Garrido, M,. & Gutiérrez, D. (2018). Paz en la república. Colombia, siglo XIX. Ed. Universidad Externado de Colombia. 334

 

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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