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Por Ana León · 01 de Septiembre de 2016

Así han decorado sus casas varios habitantes de la vereda de Bocas del Ele, donde se concentrarán las Farc.

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Filipinas y Bocas del Ele, las dos veredas de Arauca en donde a partir del 23 de septiembre empezarán a concentrarse varios frentes de las Farc, son tierra de nadie. La Silla llegó a esa región, en la que el petróleo y la frontera han hecho parte del explosivo cóctel de la guerra, y durante dos días recorrió ambas veredas en las que las Farc han sido la única autoridad.

“Nos encontraron en el mapa”

El día en que Juan Manuel Santos iba a anunciar el acuerdo final con las Farc, en Filipinas los campesinos prepararon sancocho y carne llanera.  Pero no por el anuncio del Presidente, sino porque ese día como casi nunca sucede, el alcalde de Tame, Hernán Camacho, los iba a visitar. 

Ese día era importante para las 120 familias de la vereda, porque aunque está en el centro de Arauca, es una de las más alejadas de los cascos urbanos; no porque quede lejos, sino porque la trocha que los campesinos han abierto a punta de machete y hacha es difícil de atravesar. Si llueve, nadie pasa. 

“Aquí no queremos más guerra. Queremos vivir en paz. Desde eso del cese unilateral (de diciembre de 2014) hemos vivido bien, medianamente bien”, dijo la cocinera principal del almuerzo mientras pelaba plátanos para echarle a la olla en la que se cocinaba a leña el sancocho. 

Medianamente bien, dijo, porque aún cuando en Filipinas no hay acueducto ni alcantarillado, no entra señal de celular y la luz se va más de tres veces al día, hoy no tienen la guerra respirándoles en el cuello.

Entre los recuerdos de su gente no hay nada peor que los años en los que los sonidos de las balaceras, los helicópteros y las bombas les quitaban el sueño. 

En la esquina baldía de la calle principal del caserío -en el que la mayoría de casas son de tabla y tejas de zinc-, comenzaron a llegar desde las ocho de la mañana los campesinos de Filipinas y veredas cercanas como Laureles y Galaxias para recibir al Alcalde. Llegaba a las nueve. 

Los que iban llegando, en moto o a pie, sumaban manos para pelar yuca y picar las verduras para el ají. Otros, huyendo del sol que arrecia en esa región como en todo Arauca, se pararon bajo la sombra de los árboles a esperar. 

Mientras pasaba el tiempo, entre todos contaban cómo ha ido cambiando su vida desde que las Farc, la guerrilla que desde inicios de los ochenta tiene el control territorial de la zona y ha sido la única autoridad ante la ausencia del Estado, se replegó como parte de los acuerdos de La Habana mientras la mesa de negociación estaba andando.  

“Ahora podemos dormir tranquilos porque eso antes no se había uno acostado a dormir cuando ya estaba sonando la balacera entre la guerrilla y el ejército. Ya no se ve a toda hora esos aviones chiquiticos por el cielo. Es que eso era un miedo tenaz”, dijo el presidente de junta de una vereda cercana. 

La tranquilidad que se vive en Filipinas, además, no es por el cese unilateral únicamente. Desde 2012 empezaron a sentir una relativa calma cuando las Farc y el ELN dejaron de enfrentarse por el control de la zona. Entre 2005 a 2010 -los años más difíciles- cientos de campesinos salieron desplazados para proteger sus vidas.

A las once, el alcalde aún no llegaba. 

 

La ternera que ese día estaba en la brasa la pensaban matar el domingo anterior, cuando se suponía que iba a llegar a conocer la vereda la Comisión de Verificación liderada por la ONU. 

“Llegaron antes, el viernes y nos cogieron por sorpresa, no alcanzamos a arreglar nada, ni el almuerzo. Por ahí alcanzaron a ver que algunos tenemos las banderitas de la paz y ya”, dijo uno de los cocineros, señalando las casas que tenían izadas banderas blancas.

Durante la visita de la delegación, no hubo promesas concretas. No dijeron que llegaría la señal de teléfono o que construirían un acueducto. Ni siquiera los dueños de las fincas en donde va a quedar la zona de concentración, a un kilómetro de donde se cocinaba el sancocho, saben si les van a comprar, a pagar arriendo o qué van a hacer con su tierra. 

Sin embargo, solo su presencia encendió la esperanza de que llegue plata para invertir en Filipinas. Como le dijo un líder veredal a La Silla “al menos con la zona de concentración nos encontraron en el mapa”. 

Desde que se conoció que Filipinas albergaría una de las zonas, no ha parado de ir gente a visitarlos. Precisamente el Alcalde que finalmente llegó a las once y media de la mañana -según dijo, porque la vía estaba mala-, fue acompañado de casi todos los concejales de Tame y el personero, además de otros políticos de la región, entre ellos un diputado. Muchos nunca antes se habían aparecido por sus tierras, ni siquiera en elecciones.

Durante el discurso del Alcalde, que duró media hora, se fue la luz tres veces. Fnalmente, resolvió soltar el micrófono y a todo pulmón dijo que la Administración estaba respaldando el proceso con las Farc y reconoció el abandono de Filipinas. Un buen comienzo.

Después se sirvió el almuerzo.

Sobre la una de la tarde, cogimos camino hacia Bocas del Ele. 

La tierra de nadie

De Filipinas a Bocas del Ele el recorrido tarda hora y veinte por una vía que por tramos es trocha y que por tramos es pavimento.

En la última parte del trayecto, a cinco minutos de la cabecera de Bocas del Ele, en la vía aparece un peaje que administra la junta de acción comunal de esa vereda y que pagan entre los mismos habitantes del corregimiento de Cañas Bravas, compuesto por 22 veredas, ocho de las cuales son de Arauca y 14 de Arauquita.

Según la Comisión de Verificación, Bocas del Ele pertenece cartográficamente a Arauquita; sin embargo, allá no se sienten de ese municipio. No votan ni para la Alcaldía ni para el Concejo de Arauquita y cuando necesitan bajar al pueblo, van a Arauca.

“Si uno necesita ir a hacer una vuelta, que firmar un papel o algo, uno va en una hora a Arauca. En cambio para ir a Arauquita toca llevar ‘lonche’. Eso son tres horas y media si la vía está buena”, le dijo un habitante de Bocas del Ele a La Silla, en la tarde del mismo día de los anuncios del Acuerdo Final. 

De esas 14 veredas de Cañas Bravas que están en jurisdicción de Arauquita, Bocas del Ele es la principal. Allá está la escuela que recibe niños hasta noveno de bachillerato y el puesto de salud, que ni siquiera tiene médico. Solo atiende una enfermera medio tiempo. Ahí también está el planchón por el que los habitantes de Cañas Bravas cruzan con sus mulas, motos o mercados el río Ele, que es el que le da el nombre a la vereda, para llegar a Arauquita.

Por lo demás, Bocas del Ele es hoy una vereda más del corregimiento. La mayoría de casas son de tabla y techo de zinc. El acueducto que tenían funcionó tan solo un par de años porque no había plata para su mantenimiento. No hay alcantarillado ni entra señal de teléfono celular y el servicio de luz falla, al igual que en Filipinas, con frecuencia.

El abandono en el que viven las cerca de 80 familias de esa vereda se lo achacan a no saber a qué municipio deben exigirle que supla sus necesidades.

“Jamás hemos ido a pedir algo a Araquita porque es que eso es muy lejos. Y cuando vamos a Arauca no nos ponen atención o nos demoran y al final no resultan con nada porque no somos de allá. Lo poco que ha dado el Estado es directamente de la Gobernación”, le dijo un líder comunal de Bocas del Ele a La Silla, mientras caminábamos hacia la salida del caserío, donde queda la escuela.

Sin embargo, esa discusión sobre a qué municipio pertenecen las 14 veredas de Cañas Bravas parece que pronto terminará. El gobernador de Arauca, Ricardo Alvarado, le dijo a La Silla que el Instituto Agustín Codazzi ya hizo un estudio sobre cómo quedaría la delimitación, teniendo en cuenta que la gente quiere pertenecer al municipio de Arauca y que en las sesiones de octubre presentarán el proyecto a la Asamblea para que esta región sea oficialmente de la capital del departamento.

A la entrada de la escuela de Bocas del Ele había un letrero en tablas que decía “52 años de lucha son el camino de la paz con justicia social”. Alguien que caminaba con nosotros lo leyó en voz alta e inmediatamente otro líder que nos acompañaba respondió a una pregunta que nadie había hecho: “es que no solo son 52 años de lucha de la guerrilla, también es del campesinado, tratando de salir adelante”. 

Los recuerdos de la guerra lo los que viven en esta vereda no son muy diferentes de los de Filipinas. También allá la única autoridad fue las Farc hasta que empezó la guerra con el ELN.

Luego de esos cinco años en los que “se fue la mitad del pueblo, se fue la gente que nos daba vida, los productores, los finqueros”, llegó la tregua, según le dijo a La Silla un miembro de la junta de acción comunal. Con esa relativa paz se empoderó la junta de acción comunal en la vereda. 

Además del peaje, reglamentaron la hora de cierre de las tiendas y cantinas. No le venden cerveza a los indígenas Hitnú, que tienen seis resguardos pasando el río, porque cuando se emborrachan “amenazan con las flechas”, ni a menores de edad. Prohibieron la venta de pescado porque en el río casi no hay, y la tala de árboles, y promueven “que entre todos cuidemos lo poco que tenemos, el parquecito, la escuela, el puesto de salud”.

De modo que en Bocas del Ele lo que falta es inversión y su gente espera, al igual que en Filipinas, que con la zona de concentración de las Farc, la plata se vea. 

La guerra y 'el municipio de la paz'

El clamor por la inversión se mezcla con el miedo que persiste porque el ELN sigue allí.

En esa región, que es el centro del departamento, el control tradicionalmente ha sido de las Farc -el ELN domina la zona de frontera con Venezuela pues su negocio es el contrabando de gasolina-. Pero en Bocas del Ele y Filipinas temen que después de la desmovilización, el único recuerdo que quede de su vereda es que allí vivieron las Farc seis meses.

“En la época de la guerra entre guerrillas cuando salíamos del pueblo y nos paraba un retén, inventábamos que veníamos de otro lado para que nos dejaran tranquilos. Si llegábamos a decir Bocas del Ele era para que de una señalaran: ‘ah, usted es de las Farc’. Ojalá después de que se concentren quedemos en la mira del Estado pero que no vayamos a quedar en la mira de los otros (ELN) porque con ellos uno no sabe a qué atenerse”, dijo un habitante de Bocas del Ele. 

En efecto, toda la gente con la que hablamos los dos días que estuvimos recorriendo el piedemonte araucano, entre políticos, líderes comunales, sociales y campesinos, coincidió en que mientras el ELN no se siente a negociar, lo que venga para la región es incierto porque, tal y como nos dijo uno de ellos, “los que quedan con las armas son los que quedan con poder, hay que ver qué piensan hacer”. 

Por ahora, en Arauca el ELN no sale de los titulares.

A mediados de julio atacaron con cilindros bomba una base militar de Arauca. Un mes después secuestraron a cuatro arroceros de los cuales han liberado a dos y atacaron una base militar cerca al aeropuerto de Saravena por lo que se dañaron las instalaciones del mismo, y el martes pasado bloquearon la vía Arauquita-Saravena con un camión y le dispararon a un CAI en Arauca. 

Las complejidades de los dos terrenos son más. Así como en el corregimiento Cañas Bravas no han definido a qué municipio pertenecen 14 de sus veredas, entre esas Bocas del Ele, en la región de Puerto Jordán, donde está Filipinas, hay 25 veredas que aparecen dentro de los límites de Arauquita pero que dependen administrativamente de Tame. 

Sin embargo, allá la gente ya no está pensando en pertenecer a uno de esos dos municipios sino en crear uno propio. 

“Es que esta zona es muy productiva y lo poco que tiene es por el esfuerzo de la gente de acá, no por la Alcaldía de Tame o de Arauquita”, nos dijo un concejal de Tame antes de almorzar en Filipinas.  

Esa idea nació a inicios de la primera década del 2000, cuando la bonanza cocalera hizo que Puerto Jordán fuese un centro poblado protagonista en la economía de Arauca. 

“Si usted llegaba a Puerto Jordán un domingo era centenares de gente la que veía. La fila de carros entrando y saliendo era larguísima. Usted se podía demorar una hora en entrar al pueblo”, dijo un líder de ese caserío que también es conocido como ‘Pueblo Nuevo’. 

Se veía mucha plata. Era el punto de encuentro de los campesinos productores que bajaban de sus fincas con la pasta de coca y los compradores a los que las Farc le daba autorización de entrar y les cobraba por el peso al salir. 

Aunque después de las fumigaciones de 2002, 2003 y 2004 que acabaron con las 17 mil hectáreas de coca que había en el departamento -hoy quedan alrededor de 700-, Puerto Jordán dejó de ser tan dinámico, hoy día sigue siendo el centro poblado más cercano para los campesinos de esas 25 veredas en las que se vive del cultivo de plátano, yuca, maíz, cacao y arroz. 

La creación del nuevo municipio nunca antes se había visto tan cercana como ahora. Aunque siempre ha sido promovida por los líderes sociales de Puerto Jordán que en su mayoría son de corrientes políticas afines a las Farc, no fue sino hasta que el actual gobernador de Arauca empezó a marchar y a pasos de gigante que la idea podría volverse una realidad.

Como el mismo gobernador lo ha anunciado en las últimas semanas y como se lo dijo a La Silla, su idea es que Puerto Jordán sea “el primer municipio del post acuerdo, el primer municipio de la paz”. 

En medio de esa posibilidad, hay sectores que dicen que Puerto Jordán no es viable porque no cumple ni con el requisito poblacional -hay cerca de 12 mil habitantes y la ley dice que el mínimo son 25 mil-, no tiene todos los servicios públicos y no hay recaudo de impuestos porque los campesinos ni siquiera tienen titulados sus predios. Sin embargo, La Silla supo que el Gobernador se está moviendo para que el nuevo municipio se cree por decreto presidencial. 

Son muchos los planes que está haciendo la gente en Filipinas y Bocas del Ele y que están colgados de la futura concentración de las Farc en su territorio.

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