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Por Catalina Lobo-Guerrero · 06 de Noviembre de 2016

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El hombre dice que el comandante Timochenko le mandó a decir varias veces al presidente Santos que no hiciera el plebiscito. El hombre habla desde una tarima improvisada, ante cientos de indígenas Nasa de un resguardo en el Cauca. El hombre dice que él fue el mensajero, el intermediario, el negociador. Los indígenas lo escuchan y le creen. Se llama Henry Acosta y quiere cumplir un papel más protagónico que una mediación en la sombra cuando llegue la paz.

Pero la paz no llega a este lugar donde la mayoría de la gente, que conoce los horrores de la guerra, votó por el Sí en el plebiscito el dos de octubre. Desde que ganó el No, muchos quedaron en vigilia, esperando que se logre un nuevo acuerdo que incluya a quienes se opusieron al proceso, esperando que no se rompa el cese al fuego bilateral, esperando que la política, en vez de atravesarse, permita otra salida.

En estas montañas caucanas vivió sus últimos días Alfonso Cano, jefe de las FARC-EP, comandante del Bloque Occidental y quien abrió la puerta al proceso de paz que aún no culmina.

"Fue un noviembre fatal", recuerda Juan, un guerrillero que estuvo en la guardia de Cano y que cumplió 32 años esta semana.

Desde el 4 de noviembre de 2011, fecha en que mataron a su comandante, no ha celebrado sus cumpleaños. A Juan le dolió que el gobierno hubiera matado a quien estaba dispuesto a hacer la paz y le dolió mucho que, cinco años después, hubiera ganado el No en el plebiscito.

Se enteró de los resultados mientras veía la televisión en compañía de otros guerrilleros del Frente Francisco Benavides. Al ver en la pantalla a unas señoras de Bogotá llorando, Juan lloró también.

Ese día Xiomara, una guerrillera de 28 años y el pelo negro hasta la cintura, del mismo frente de Juan, no estaba en el campamento. Había salido a hacer una misión en un caserío de la región de El Naya, donde años atrás los paramilitares dejaron una estela de sangre entre los que creían eran colaboradores de las Farc.

Xiomara fue testigo de cómo algunos de esos sobrevivientes no fueron a votar por el plebiscito y se sintió frustrada porque la guerrilla había hecho pedagogía. "Hace mucha falta educación. Hay mucha ignorancia", dice.

Pero añade que otros que hubieran querido hacerlo no tenían la cédula registrada, no les alcanzaba la plata para pagar el transporte o estaban muy retirados de los puestos de votación.

Entre las que hicieron campaña por el Sí, en El Naya, e hicieron un enorme esfuerzo por ir a votar estaban Hilda y Yisel Carabalí, habitantes de la vereda La Paz, que está lejos de todo.

Hilda, de 60 años, alta y con una gran sonrisa, tuvo que salir el día anterior y tardó nueve horas por un camino de herradura, difícil de recorrer hasta para la mula que la transportaba. Luego de votar por el Sí en Timba, se quedó a esperar los resultados. "Fue como un balde de agua fría," dice.

Yisel, presidenta de la junta de acción comunal de La Paz y líder de una asociación de mujeres víctimas de los paramilitares, también esperaba los resultados, aún más lejos de La Paz.

Estaba en Santander de Quilichao, donde se recuperaba de una histerectomía que se había hecho ocho días antes. Aunque le dolía, se paró de la cama para ir a votar. Nunca se imaginó el resultado.

"Yo me enojé con los colombianos que votaron No. Es la ignorancia, la falta de cultura y es la gente rica, que nunca le ha tocado la guerra como nos ha tocado a nosotros," explica.

Gentil, un vaquero desplazado, oriundo del Meta, pensó que con los resultados se rompería de inmediato el acuerdo logrado en La Habana.

Él y su esposa, que llegaron a montar una tienda y negocio de rifas en la zona rural de El Ceral, municipio de Buenos Aires, pensaron que tendrían que huir nuevamente a otra parte. "¿No ve que ésto son zonas rojas, zonas de conflicto? Para uno es muy preocupante que el país siga así," dijo.

"Ese 2 de octubre no dormimos," recuerda Adolfo Fernández, el presidente de la junta de acción comunal de La Elvira, otra vereda de Buenos Aires.

Dice que recordó esa noche que un general del Ejército había dicho que tendría las bombas listas. Recordó también lo que pasó cuando se rompieron los diálogos anteriores con la guerrilla. "Todas esas experiencias se nos vinieron encima." Pensó: ¿qué hará esta vez la guerrilla?

El comandante Jaime y su camarada Marcela González, dos de los principales mandos de la columna móvil Jacobo Arenas, que ha tenido influencia sobre 14 municipios del Cauca, entre ellos Buenos Aires y Caldono, estaban aún en las sabanas del Yarí cuando se celebró el plebiscito.

Habían asistido, junto con otros nueve guerrilleros del Bloque Occidental, a la que se anunciaba como la última conferencia de las Farc. Estaban seguros de que ganaría el Sí y esa tarde, en el Yarí, varios guerrilleros se reunieron por grupitos en torno a las radios que algunos de ellos llevaron para escuchar los boletines informativos.

"Perdimos", "Ganó el No", decían en coro, incrédulos.

Se suponía que después del plebiscito la guerrilla se concentraría en las zonas veredales de transición (ZVT). Algunos integrantes de la Jacobo Arenas ya iban rumbo a la ZVT, en el resguardo de Pueblo Nuevo, en Caldono, donde esperaban entregar las armas.

La orden que recibieron de los mandos fue parar. Los que ya estuvieran concentrados debían dispersarse y esperar nuevas órdenes. Ante todo, no debían actuar.

Las autoridades indígenas de la zona de Caldono habían permitido que en dos de sus veredas, Los Monos y San Lorenzo, a pesar de estar en zona de resguardo, se instalaran dos campamentos de transición con veeduría internacional de la ONU.

Pero todo quedó en pausa.

Al enterarse de los resultados, a Alfredo Peña, el gobernador del resguardo de Pueblo Nuevo, le pareció que el mundo había quedado partido en dos, los del Sí y los del No. Y el gobernador de San Lorenzo de Caldono, Oscar Dizú, no supo qué contestar esa tarde, en la que su teléfono no paró de repicar.

El silencio que en Buenos Aires y en Caldono habían vivido durante los últimos meses de cese al fuego podría reventarse en cualquier momento.

Jesús Olmes, desilusionado con los resultados, guardó la paloma que había puesto frente a su tienda-miscelánea, en toda la esquina de la plaza principal de Caldono, y quitó un letrero que había pintado sobre cartulinas y rezaba: "Solo los que hemos vivido la guerra deseamos la paz".

Con la victoria del No, ese 2 de octubre, empezó la zozobra y la espera.

Dos días después, el presidente Juan Manuel Santos anunció que el cese al fuego bilateral se mantendría hasta el 31 de octubre.

Las Farc reaccionaron ante lo que les sonó a ultimátum y decidieron convocar públicamente, ese mismo 31, a todo tipo de personas a sus campamentos a rezar por la paz.

Luego, el gobierno anunció que el cese al fuego se extendería hasta el 31 de diciembre. Solo con los anuncios, los habitantes de la zona rural del norte del Cauca sintieron un alivio.

La vigilia por la paz apenas estaba comenzando.

Reconciliación en La Elvira

La Elvira es una hilera de casas de madera -con la ropa colgando afuera- construidas a lado y lado de una carretera de tierra resbalosa y sin pavimentar.

Las gallinas y los perros merodean y se le atraviesan a una chiva que pita, cuando va llegando, a una que otra moto escandalosa y a las camionetas 4x4 de las Farc.

Es una vereda del municipio de Buenos Aires a donde sube muy poca gente, por el filo de una montaña, y que será una zona veredal de transición (ZVT), si es que se llega a implementar el acuerdo de paz.

En La Elvira esperan para la vigilia a más de 1000 personas, si el Show de las Estrellas de Jorge Barón, que se presenta en Suárez, cerca de allí, no les roba muchos asistentes.

Desde la tarde del sábado 29 de octubre, han empezado a llegar estudiantes universitarios, asociaciones de víctimas, militantes de la Marcha Patriótica, sobrevivientes de la Unión Patriótica, feministas de Cali, animalistas de Bogotá, religiosos católicos y de iglesias cristianas -de la zona y de la capital- y algunos periodistas.

Los guerrilleros que organizan la bienvenida registran en computadores portátiles nombres, apellidos, correos electrónicos, cuentas de twitter y facebook.

Les reparten camisetas a los invitados y les señalan que al lado de una gran carpa, donde tendrá lugar la vigilia, hay puestos de comida.

Campesinos de la zona como Gentil, Hilda y Yisel están vendiendo ensaladas de fruta, pollo asado, chucherías.

Para la vigilia se han reunido guerrilleros de cuatro frentes del Bloque Occidental, como Juan y Xiomara, de la Franco Benavides y algunos de la columna Jacobo Arenas, entre ellos, su comandante, Jaime.

De bigote chiquito, ojos oscuros y una gorra negra, Jaime observa, algo retirado, las actividades lúdicas y deportivas entre civiles y guerrilleros que suceden en la cancha de fútbol y que incluye hasta una sesión de abrazos. "Yo no soy de abrazos", comenta al ver la escena.

Jaime se retira temprano, antes de escuchar los sermones religiosos, las canciones, las oraciones, dentro de la carpa blanca. Parece una iglesia construida sobre vigas de guaduas en T, decorada con flores, con velones, palomitas de papel y un atrio, ante el cual hablarán varias personas.

El público asistente, en sillas rimax blancas, elevará las manos en plegaria por Jesús, "el alfarero de la paz", se levantará de su silla por el Señor, aplaudirá emocionado por Cristo.


El pastor Carlos Sánchez, de la iglesia menonita, que está en la calle 32 con avenida Caracas en Bogotá y es miembro del Diálogo Intereclesial por la Paz (DIPAZ), ha viajado hasta La Elvira y dirigirá una sesión especial de reconciliación.

"¿Qué es la reconciliación?", pregunta el pastor Sánchez, joven, calvo, vestido de jeans y una camisa a cuadros. Les pasa el micrófono a una líder afro, a la feminista caleña, a la animalista bogotana y a una guerrillera para que se arriesguen con alguna respuesta. Y luego vuelve a hablar él.

Dice que hay que amar a Dios, como al prójimo. Pero no basta con hablar, hay que sentirlo y expresarlo. Es necesario abrazar a ese prójimo, como un acto de reconciliación, que la palabra se traduzca en acto. El pastor abraza a una guerrillera y luego le pide a la animalista, a la feminista y a la líder afro que hagan lo mismo.

Durante la ceremonia habla también don Leoncio, un campesino que ahora es predicador y que por los caminos de la palabra del Señor se ha encontrado a varios guerrilleros.

Como también se ha encontrado a la guerrilla por los caminos de El Naya, literalmente, otro pastor cristiano que predica en la región. Dice: "He orado en silencio por estos grupos armados. Lo expreso ahora porque nos invitaron. ¿Les gustaría que oráramos por todos los hombres?" Y la gente y los guerrilleros dicen que sí. Algunos alzan los brazos. Gritan alabanzas. ¡Gloria a Dios!

La ceremonia deriva en concurso de talentos con micrófono abierto. Cualquier persona puede pasar al centro del escenario, cantar una canción, echar un discurso.

Además de los religiosos, hablan personas de la comunidad y algunos de ellos se disculpan porque nunca antes han estado ante un escenario con tanta gente.

Dos guerrilleros se animan y dan un paso al frente.

Anderley, un joven con chaqueta negra acolchonada, rapea una canción por la paz. Cuando termina, la gente pide "otra, otra, otra".

Luego, el Sargento Pascuas, el guerrillero más antiguo en las FARC, el "último marquetaliano" da una lección de historia fariana y deja un mensaje de paz: "Queremos que entiendan que respetamos a todos. No queremos más guerra".

Cuando el frío amenaza con arruinar la vigilia, una guerrillera trae unos grandes troncos y enciende una inmensa fogata en el medio de la cancha de futbol.

Los representantes de Dipaz entregan a todos papelitos blancos donde deben escribir las cargas y sentimientos negativos que quieren dejar atrás, arrojándolos al fuego.

Hilda y Yelsi son muy específicas: Álvaro Uribe Vélez, el Centro Democrático, y la campaña mentirosa que promovieron. Lo dicen públicamente, sin ningún agüero. Otros prefieren no nombrar sus odios.

Las chispas naranjas se elevan hacia el cielo y el fuego se crece, alimentado por los papelitos del rencor, la ira, el resentimiento, el miedo, la tristeza y tantos años de guerra y sufrimiento.

El país que todos quieren olvidar se quema mientras suenan tamboras y marimbas, y bailan a su alrededor.

Es noche de luna nueva, de invocar, de soñar que la paz aún es posible, aunque esté difícil. Hilda lo dice así: "Vengo a pedirle a Dios, ya que los hombres no han querido".

Pueblo Nuevo en vela

El día siguiente llueve en toda la región. Al principio no es mucha agua y cientos de indígenas, que marcharon por la paz desde El Pital a Pescador en horas de la mañana, se arruman frente a la casa del cabildo para recobrar fuerzas y calentarse, tomando un poco de mote al que le caen gotitas. Luego se dirigen a la cancha deportiva, donde empieza la sesión de la vigilia.

Cuando hablan las autoridades indígenas, llueve más fuerte.

El piso de la cancha, que está en el centro de la plaza del resguardo, donde han instalado una gran carpa blanca, es un charco gigante. Los niños lloran. Algunos piden más teta, otros duermen sobre las espaldas de sus mamás, sujetados por cinchos y una cobija afelpada que los cubre del frío.

No son ni las 5 de la tarde del lunes 31 de octubre, pero por el mal clima y la neblina, ya está oscuro.

Es la primera vez, desde el plebiscito, que los indígenas se reúnen para hablar del proceso de paz con delegados de las Farc, y con Henry Acosta, quien viene acompañado de su inseparable esposa Julieta o "Dulcinea", como la llama.

Ambos lucen sombreros y ella una ruana de colores. Él se sube a la tarima y desde allá le manda un saludito.      

“El comandante Timoleón Jiménez, conmigo, le mandó a decir tres veces al presidente Santos: “Presidente no haga el plebiscito. No lo haga,” dice Acosta. Explica que Santos lo hizo, de todas maneras, y luego de que ganó el NO tuvo que consultar, por conveniencia política, con sus principales promotores qué propuestas tenían (según Acosta no tenían ninguna lista) para incluir en el acuerdo.

Les dice a los indígenas que no se desesperen, que "se espera que antes del 23 de noviembre de este año se terminen esos ajustes y se firme el nuevo acuerdo final entre las Farc-ep y el gobierno nacional. Entre el 23 de noviembre y el 15 de diciembre se deben aprobar las leyes que posibilitan la implementación y la puesta en marcha de ese acuerdo final, que se debe firmar."

Y dice que lo fundamental del acuerdo permanecerá y saldrá muy pronto y, en lugares como Pueblo Nuevo, los guerrilleros empezarán a hacer sus vidas "en la civil" y de la mano con las comunidades.

Los indígenas agradecen las palabras del "doctor Acosta" y dan por hecho que así como él lo ha explicado, será. Encuentran algo de sosiego.

"Gracias porque estábamos en la nube", le dice el maestro de ceremonias y pide a los asistentes que aplaudan fuertemente al doctor Henry, en nasa yuwe: "¡çxhaçxha wa´çhujwe!"

La delegada de la guerrilla de las FARC, Marcela González, de la columna Jacobo Arenas, también agradece "las luces" del invitado especial en medio de esa tarde tan gris.

Marcela ha dejado el camuflado y luce unos jeans ceñidos, una blusa con encaje y transparencias fucsia, una chaqueta negra y aretes de fantasía brillantes. "Es tiempo de perdonar. Pedimos perdón a los comuneros, no ha sido nuestro querer," dice esta mujer que lleva más de 20 años en las Farc y buena parte de ellos en la columna móvil que aterrorizaba con explosivos y ataques sorpresa en esta región.

Invita también a cualquier persona que tenga preguntas o comentarios sobre el Acuerdo de Paz a que las haga públicamente.

El cielo continúa tapado. La planta eléctrica apenas alcanza para el sistema de sonido y dos bombillos cuya luz es casi imperceptible debajo de la gran carpa. Entonces, toma la palabra el pastor Omar Ulcué. Es indígena, fue católico, y ahora es cristiano.

El pastor Omar dice que a las comunidades cristianas les preocupó lo del "enfoque de género" en el acuerdo. "Nos tocó consultar al de arriba si eso es bueno o malo," dice y le preocupa que también se hable de "educación con enfoque diferencial".

El pastor Omar aprovecha la ocasión y le entrega a Marcela un documento, firmado por él y otro pastor, en el que han dejado por escrito sus observaciones. Espera que ella se lo haga llegar al Secretariado de las Farc, ya que están haciendo ajustes al acuerdo.

Marcela recibe el documento y responde: "¿Qué es lo que se propone (en el acuerdo)? Que a la mujer se le dignifique, no para acabar la sociedad, con la familia." Y dice que también las Farc hicieron un ejercicio de autocrítica y se dieron cuenta de que debían incluir a otra parte de la sociedad, los Lgbti.

"Si vamos a excluir, pues no hay paz, compañeros......No le tengan miedo al tema".

Pero en este rincón apartado del Cauca, como en el resto del país, le tienen miedo al tema. Tanto, que sirvió para que varias personas votaran por el No, aunque los indígenas estaban promoviendo el Sí en bloque.

Y aunque uno de los gobernadores dice, después del discurso de Marcela, que ellos practican la igualdad de género porque en sus mingas los hombres y las mujeres son iguales, no lo son. Como tampoco es lo mismo un indígena, un campesino, un afro. Ni un agnóstico, un católico o un cristiano evangélico.

Las diferencias están, son difíciles, y el gobernador del resguardo de Pueblo Nuevo, Alfredo Peña, lo sabe. "Hemos tenido roces con la religión pero en este proceso (de paz) estamos tratando de trabajar todos juntos para lograr ese objetivo", dice.

La mayoría de los indígenas y campesinos de esta zona son católicos, pero las iglesias cristianas han ido ganando adeptos, dice la hermana Irene Velásquez. Es una misionera peruana de la orden de la Madre Laura y lleva 8 años de profesora en el colegio del resguardo.

Cuenta la hermana Irene que el pastor Omar, quien también fue alcalde de Caldono hace unos años, es ahora la cabeza de todos los grupos de la alianza cristiana, que se han ido multiplicando y anuncian su aparición poniéndole nombres bíblicos a sus iglesias.

Los pastores de esta región predican en nasa yuwe pero algunas palabras del sermón se mantienen en español: cristianos, apocalipsis, pastor, evangelio, hermanos. Varios indígenas acompañan la lectura con sus propias biblias. Son ediciones españolas y dicen: "Sois, vosotros, los bienaventurados".

La vigilia va y viene entre rosarios católicos y sermones y canciones cristianas, en las que los indígenas cantan, responden, aplauden y se mueven al compás de de la música.

La hermana Irene cree que si no fuera por Victorino, un católico devoto y ciego, que también canta y le mete mucho ánimo a las ceremonias, habría muchos más indígenas cristianos en Pueblo Nuevo. La música los cautiva.

Antes de la media noche vuelve la luz. La carpa está bien iluminada y los parlantes están al tope.

"Esta noche nos vamos a gozar", dice el animador de la comunidad, al compás de la pista cristiana que suena con una organeta y un chiqui-chichiqui, chiqui-chichiqui.

Los indígenas comparten café y arepas, para aguantar el frío. Gritan ¡Aleluyas! y ¡Cristo reinará! hasta más allá de la una y media de la mañana.

Piden más aplausos por la paz de Colombia "¡çxhaçxha wa´çhujwe!" pero el Pastor advierte por el micrófono: "La única paz eterna es la del Señor".

La de los hombres es una elección que cuesta hacerla todos los días.

Comentarios (1)

Camila Osorio

06 de Noviembre

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Que buena crónica, gracias! La imágen de los papelitos en el fuego es inolvi...+ ver más

Que buena crónica, gracias! La imágen de los papelitos en el fuego es inolvidable. 

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