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Por Natalia Arenas · 14 de Junio de 2017

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“Uno vio las armas más cerca en la guerra, para venirlas a ver aquí por televisión. Para eso nos hubiéramos quedado en la casa”, dice un líder comunitario afro de Buenos Aires, Cauca, mientras abre un paquete de rosquitas que compró para aliviar el hambre que no ha podido calmar con el almuerzo. Está sentado en una chiva que pasadas las 3 de la tarde desciende por trocha desde la vereda La Elvira donde acaba de terminar el primer acto público de dejación de armas de las Farc.  

“Yo me puse a movilizar a toda mi gente porque nos dijeron que este iba a ser un día histórico y mire. Nos vamos decepcionados. Toda la plata que se gastaron en esto, solo en la logística. Ni siquiera las Farc nos dio las disculpas, no se apropiaron de esto”, remata.

Como él, muchos líderes de veredas vecinas a La Elvira llegaron hasta la zona veredal Carlos Patiño, en la punta de una montaña de la cordillera occidental en el Cauca, con la expectativa de ver con sus propios ojos cómo la guerrilla que por años azotó el municipio del que casi la mitad de su población es víctima dejaría el 30 por ciento de las armas para cumplir los compromisos del proceso de paz. Sin embargo, como él, muchos terminaron decepcionados porque el evento que no colmó sus expectativas. 

Llegaron en chivas, en motos y en camionetas que subían repletas la trocha que por más de dos horas se adentra en la montaña en medio de cultivos de café, plátano, arroz, parches de coca y nubes densas que lo cubren todo como una cobija de algodón gigante.

La expectativa incluía, además, la posibilidad de tener cerca al presidente Juan Manuel Santos que iba a venir por primera vez a este municipio. Muchos querían “descargarse” con él, como le dijo a La Silla Nolberto Pérez de la vereda La Meseta, en Jamundí, que vino a contarle al Presidente que aunque se han ido las Farc, no han parado los problemas sociales.

Nada de eso ocurrió. No sólo porque el helicóptero en el que viajaba el Presidente no pudo aterrizar (a pesar de que hizo dos intentos) por “cuestiones atmosféricas”, como explicó el comandante de las Farc Pablo Catatumbo en el corto discurso que dio desde la tarima del polideportivo de La Elvira. De hecho, aunque al final del evento el Presidente dio unas palabras desde Cali, donde sí pudo aterrizar, éstas ni siquiera se transmitieron en el polideportivo de La Elvira.

También porque el acto de la dejación de armas se transmitió en La Elvira como en el resto del país: a través de un circuito cerrado, una única cámara de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz Sergio Jaramillo, grabó y mostró por una pantalla al delegado de la Onu mientras cogía las armas de distintos calibres que entregaron las Farc, las descargaba y las guardaba en el container que está a un kilómetro de distancia del polideportivo de La Elvira, en el campamento donde se alojan los guerrilleros que están concentrados en este punto del Cauca.

Eso fue toda la imagen de un día que debía marcar un hito porque se inmovilizaba el 60 por ciento del armamento de las Farc. 

Después del evento de ayer, hasta los mismos guerrilleros se mostraban decepcionados.  

“¿Ya?, ¿eso fue todo?”, preguntó una guerrillera de pelo negro y labios rojos a sus compañeros que la rodeaban y que como el resto, se identificaba con un chaleco blanco en el que se leía “Farc EP, 53 años” en la espalda. Ella le dijo a La Silla que la habían elegido el lunes para que fuera una de las guerrilleras que haría parte del acto protocolario para entregar su arma en La Elvira ayer. Contó que los eligieron al azar, pero que al final no le dijeron nada y nunca llamaron su nombre para que pasara el frente y firmara la acreditación.

 “Si, fue cortico. Pero es que hay que entender que este era un acto protocolario”, explicó el Personero de Buenos Aires, Heider Tobar.

A pesar de que éste era quizá el momento más importante del proceso de paz para esta región, en el que se revelaría la imagen histórica de que tras 50 años, la guerrilla deja las armas para cambiarlas por votos, fue imposible convencer a la cúpula de las Farc de que lo hicieran públicamente.

Ese gesto, sin duda, hubiera servido para darle legitimidad al proceso de paz sobre el que los colombianos siguen siendo pesimistas, y de hecho, como mostró la última encuesta Gallup, el 50 por ciento de los encuestados creen que va por mal camino.

La razón de la negativa de las Farc fue que hacer este acto público, como lo hicieron en su momento los paramilitares, el M-19, el Quintín Lame y el EPL, habría dado la sensación de que se están rindiendo.

“Esto es un acto protocolario, no es un show”, explicó el facilitador Henry Acosta a los periodistas antes del evento. “Es un acto íntimo, digno. Es como si uno va a un matrimonio, no puede asistir a la consumación, a la luna de miel. Pero es una zancada hacia la paz”.

Sobre todo porque -como le repitieron a La Silla unos cinco guerrilleros de distintos rangos con los que hablamos ayer-, para ellos dejar las armas es como dejar a su mujer o a sus hijos.

“Es la única que estaba dispuesta a dar la vida por ti”, resumió uno de ellos.

“Uno siente un dolor en el alma porque el arma fue lo que lo llenó a uno de valentía”, agregó un guerrillero moreno y de bigote llamado Nilson. Dice que él aún no se imagina qué sentirá cuando le toque el turno de dejar la suya. “Los que ya las han dejado se rascan la cabeza y se preguntan ‘ahora, ¿qué va a pasar con nosotros?’ y nos dicen, ‘al menos usted tiene la suya y con eso nos defendemos, pero ¿después?”, cuenta.  

A pesar de que hace ya varios meses, desde que se concentraron, los guerrilleros no tienen las armas en sus manos sino que las tienen guardadas en un 'armario', hoy muchos tienen la tranquilidad de que por ahora, la guerrilla sigue teniendo la llave. La sensación de perderla es la que los llena de ansiedad, como nos dijo ayer Julieth Quintero, una guerrillera de 26 años que se enlistó en el Chocó y que fue uno de los cinco guerrilleros que pasó al frente para firmar la acreditación y el compromiso de que entregaría su arma como parte del cronograma que estableció el acuerdo de paz.

“Se sienten nervios, alegría. Se siente diferente, muy diferente. Uno siempre que llega a otro lado cree que va a coger su arma, pero ya no”, dijo tímidamente mientras intentaba escapar de los periodistas al final del evento.

La expectativa ahora es que haya muchos guerrilleros más como Julieth, a pesar de los nervios. Y que con público o no, las Farc cumpla con la dejación del resto de las armas a partir de hoy y hasta el próximo 20 de junio.

 

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