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Por Juanita Vélez · 28 de Febrero de 2016

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A Pedro Briceño, un campesino de Ventaquemada, Boyacá, se le pueden meter con cualquier cosa menos con su portátil. En la sala de su casa, que queda en la punta de una montaña, hay una cruz gigante de flores amarillas, una que otra canasta repleta de papas y encima de la mesa de comedor, su computador. “Es que acá le tengo la historia de cómo empezó todo”, dice mientras agarra su cachucha. Son las diez de la mañana, el sol está clavado en la tierra y las dos hectáreas donde él y su familia cultivan papa hace décadas, están secas. Y van a estar secas. Pero él, igual, está confiado.

Pedro- de cachetes colorados y manos grandotas- es el gerente de Copaboy. Una central cooperativa que agrupa a doce organizaciones de paperos que viven de la agricultura familiar en Boyacá y que hoy le venden sus cultivos a restaurantes como Wok, Abasto, Harry Sasson y la Bifería en Bogotá.

Ventaquemada queda a dos horas de Bogotá. La sequía mantiene al territorio en vilo porque muchas cosechas se han perdido. 

 

La historia de Pedro y su familia es excepcional en Colombia, pero no tendría por qué serlo. Los agricultores familiares como él representan el 90 por ciento de los productores agropecuarios del país y producen el 80 por ciento de los alimentos no perecederos (frutas, verduras, lácteos, pan, carnes), según cifras del informe de Misión Rural, publicado en diciembre del año pasado.  Y es su abandono por parte del Estado el que explica en gran parte y mucho más que la codicia de los supermercados, la disparada de los precios de los alimentos que denunció hace unas semanas el ministro de Agricultura Aurelio Iragorri.

Esto porque, como lo explicó en La Silla Rural Santiago Perry, miembro de la Misión Rural, en menos de 25 años las importaciones de alimentos pasaron de menos de 1 millón de toneladas a más de 11 millones de toneladas.

 

“Al llegar la destorcida de los precios del petróleo, y con ella la devaluación del peso, esas importaciones se encarecieron sustancialmente y el precio de los alimentos se disparó. Y con ello, aumentó la inseguridad alimentaria del país y de los colombianos”; explicó  Perry.

Si se aplica el acuerdo sobre desarrollo rural acordado en la Habana casos como el de Pedro se deberían multiplicar porque uno de los puntos es desarrollar la economía campesina y familiar, a la que se le ha puesto muy poca atención hasta ahora.

 

Los campesinos de Ventaquemada han aprendido, poco a poco, a diversificar sus cultivos y a ser más competitivos. 

 

Pedro nació en Ventaquemada hace 54 años. Desde chiquito, su papá Alfonso le enseñó a cultivar papa. Enterraba las uñas en la tierra y aprendió a conocerla a fondo. Tres hermanos trabajan el campo como él y los otros tres se fueron para Bogotá. También tiene tres hijas y un niño que acaba de terminar el bachillerato.

En las dos hectáreas de su casa, cultivó durante años papa criolla, papa diacol capiro y pastusa y ganaba unos 600 mil pesos al mes. “Yo antes ni siquiera hacía cuentas” dice.

Luego entró a trabajar a la Unidad Municipal de Asistencia Técnica (Umata) del pueblo con otros tres funcionarios hasta 2006, cuando la Umata cerró por falta de recursos y porque como les pasó a muchas otras unidades en el país, se volvió una oficina para hacer política y no para acompañar campesinos.

Pedro cuenta que arrancó el 2007 desilusionado. “Estábamos solos”. Pero cuando él y otros campesinos le piden ayuda a Corpoica, la Corporación los presenta con PBA, una organización sin ánimo de lucro que los acompaña en proyectos de desarrollo rural  (y uno de los patrocinadores de La Silla Rural).

A través de su ‘Programa Andino de Innovación’, que hace intercambios entre campesinos de Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Venezuela, Pedro viajó a Ecuador y volvió con una idea.

“Cuando llegué, a mí me dijeron que estaba loco porque yo por allá vi que cultivaban sus papas nativas, y eso eran de todos los colores y tamaños, y nosotros acá cultivando las mismas. Entonces les propuse cultivar nuestras papas ancestrales,” le contó a La Silla. Al principio, convencer a la gente no fue fácil.

 

 

Carlos Avendaño fue el primero en sembrar uchuva en Ventaquemada. Fue tesorero y concejal del pueblo y cuenta con orgullo la historia de cómo un grupo de campesinos como él pensaron en organizarse. 

 

Empezó por preguntarle a su papá cómo era que cultivaban en 1930. “El viejito me decía vea mijo esto era así, así y así. Y yo empecé a darme cuenta que antes había muchas más variedades de papa, sin químicos, naturales.”

Pedro, comenzó, entonces, a cultivar como lo hacía su papá. Le enseñó a no echarle veneno a las plagas, a usar abonos orgánicos y le contaba que en su tiempo, la papa que se se hacía era pensando en quien se la iba comer, no en hacer papas gigantes, llenas de químicos.

El proyecto de PBA arrancó con tres organizaciones de 83 familias: Coimpaven, la asociación de productores de papa, Sat Proyca, de productores de zanahoria y Asoagro Turmequé. Los llevaban a capacitaciones, a charlas en uno de los colegios del pueblo y hacían juegos de roles, para entender qué pensaban otros campesinos.

En los talleres, Pedro se dio cuenta que podía investigar más sobre las papas ancestrales, aprendió a hacer abonos propios, y a punta de la memoria de su papá, de 89 años, recuperó 30 variedades de papas nativas.

También, con el acompañamiento técnico que tuvieron, dejaron de hacer horas de fila para comprarle semillas a Corpoica y crearon unos grupos de investigación para ver con otros paperos cómo podía mejorar su propia semilla.

Y se dieron cuenta que sí podían. Comenzaron a entender que sus venenos no mataban a las plagas y en cambio, contaminaban los cultivos, que no diversificaban y que podían hacer abonos orgánicos.

Entonces apareció Colciencias en el mapa. Como contó La Silla, en asociación con la Universidad Javeriana y PBA, montaron un laboratorio de bajo costo de semilla de papa nativa en Carmen de Carupa, a una hora larga de Bogotá y a media hora de Ventaquemada. “Ese laboratorio fue el mejor regalo porque ellos ya no tenían que hacer fila para comprar nada, ya tienen su propio membrete certificado por el ICA y siembran sus papas nativas” dice Esmeralda Villalobos, de PBA.

Con el tiempo, les empezó a gustar la matemática detrás del proyecto. Una carga-o sea dos bultos de semilla certificada- se vende a cien mil pesos. Mientras que la carga de semillas normales se vende a veinte mil. Ahí estaba el negocio.

 

Las papas nativas se caracterizan por sus colores y tamaños. Pedro cortó dos papas por la mitad para mostrar como lucen. 

 

Con esas papas y las de algunas organizaciones de Copaboy, la central cooperativa de la que Pedro es gerente, crearon la marca “Papas de mi Boyacá” para entrar al mercado de Bogotá y venderle a restaurantes. Ahora gana, en promedio, un millón de pesos al mes.

De ahí pasaron a crear sistemas territoriales de innovación. Una red de aprendizaje que hoy agrupa a diez organizaciones de agricultores de distintos cultivos. De pronto Ventaquemada dejó de ser papa y solo papa y pasó a cultivar frijoles, uchuvas, nabos, sibia y hasta quinua con abonos verdes.

Reemplazaron los venenos por trampas. Para la ‘polilla guatemanteca’ que es brava en los veranos, se inventaron una botella de plástico con un caucho adentro que tiene el olor de una polilla hembra y cuando llega, atrapan al macho para que no se reproduzca. Y para el ‘gusano blanco’, un cucarrón que se puede comer un cultivo en quince días, entierran baldecitos con agua al lado de los cultivos para que se caigan.

En 2011 hicieron su primer festival de agrodiversidad. Fueron 500 personas a probar galletas de arracacha, yogurt de zanahoria, papas nativas en todas las presentaciones. Viajaron el año siguiente a Bogotá al primer seminario de innovación participativa de papa. “Eso le dimos cátedra a los doctores de allá” dice Carlos Avendaño, el primer campesino en sembrar uchuva en el pueblo, mientras se toma un tinto caliente. “Eso es trabajar en familia” remata.

Y se trabaja, literalmente, en familia porque las mujeres cada vez han ganado más espacio. Milagros, la esposa de Pedro, se convirtió en la catadora número uno de las papas. “Hice un técnico en el SENA y ahora le ayudo en todo el proceso de cultivo y le pruebo las papas para ver si estan sabrosas” cuenta y se ríe.

Luz Marina Parra, tesorera de Coimpaven, una de las organizaciones de paperos, le contó a La Silla el cambio. “Los negocios era cosa de hombres. Yo ahora manejo el presupuesto, los registros contables, un montón de cuadernos con números y hice un técnico en contabilidad y finanzas.”

 

Estas son las papas que Pedro cosecha en su finca de dos hectáreas. Cada una vale quinientos pesos. 

 

Las ilusiones de la asociación de Luz Marina ahora están en manos del ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural. El año antepasado, en el marco del Pacto Agrario, presentaron un proyecto para comprar una lavadora de papa y terminar una bodega. El ministerio les dio un primer desembolso por 91 millones de pesos. “Es la primera vez que recibimos algo de ellos desde que cerraron la UMATA. Vamos a ver si nos dan lo que falta porque en total son 290 millones” cuenta.

Lo dice con cierta desconfianza. La misma que tienen muchos ventaquemunos. “Aquí ese ministerio es solo de agricultura. Ese apellido, el de desarrollo rural, se lo robaron hace rato” dice Avendaño, el de las uchuvas.

Desde que Juan Manuel Santos llegó a la Casa de Nariño, ese ministerio ha tenido cuatro cabezas. Tanto relevo no ha permitido crear políticas sostenibles para el campo.

Juan Camilo Restrepo duró tres años, luego llegó Francisco Estupiñán que ni siquiera completó el año y cuando lo reemplazó Rubén Darío Lizarralde, dejó listo un programa de Agricultura Familiar a mediados de 2014. Pero desde que llegó Aurelio Iragorri, no ha pasado nada. “Citaron a la gente a dos reuniones y pare de contar” dice Santiago Perry.

Los productores presionaron y ‘Agrosolidaria’, una organización de agricultores familiares, presentó un derecho de petición el 2 de marzo del año pasado para ver en qué iba el programa de Agricultura Familiar. La Silla supo que apenas les contestaron éste martes porque estaban a punto de meter una acción de cumplimiento ante la Procuraduría.

 

Desde hace unos meses la sequía en el pueblo ha dejado extensos terrenos convertidos en tierra árida. Los campesinos esperan las lluvias con ansias. 

 

La respuesta oficial dice, entre otras cosas, que para el diseño y desarrollo del Programa Nacional para Agricultura Familiar se destinó en 2014 fondos de la Nación por 131.550 millones de pesos, de los cuales solo se han ejecutado 30.600.

De hecho, se supo hace unos meses que Iragorri trajo a Patrus Ananias, ministro de Desenvolvimiento Agrario de Brasil -un ministerio dedicado exclusivamente a la agricultura familiar- para aplicar prácticas de allá acá, pero a la fecha no hay nada concreto.

Pedro, en cambio, si tiene un plan listo. Sueña con montar con otros campesinos una planta para vender papas fritas de paquete con todas las variedades de nativas que recuperó. Sueña con eso, y con que lo que le enseñó su papá nunca se le olvide. Seguramente otros miles de campesinos podrán, si se aplican los acuerdos de paz y se desarrolla la agricultura familiar, desengavetar sueños similares.

Comentarios (4)

Santiago Giraldo Peláez

28 de Febrero

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Pues que delicia no tener que comer solo sabanera, pastusa, R-12, criolla, toc...+ ver más

Pues que delicia no tener que comer solo sabanera, pastusa, R-12, criolla, tocarreña, y criolla-bandera únicamente. Sería buenísimo que empezaran a llegar a las plazas de mercado estas variedades nuevas-viejas y que no se quedaran solo en los restaurantes. Juana, puede ser interesante que Pedro contacte al Centro Internacional de la Papa en Perú donde tienen uno de los bancos de semillas de papa más grande del mundo http://cipotato.org/es/ para conseguir más semillas de variedades que aquí ya no se cultivan.

Juanita Vélez

28 de Febrero

200 Seguidores

Hola. Gracias por tu comentario. Le pasaré el dato. 

Hola. Gracias por tu comentario. Le pasaré el dato. 

Richard Helmut Probst Bruce

29 de Febrero

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Felicitaciones por la nota. Este tipo de experiencias regionales son las que e...+ ver más

Felicitaciones por la nota. Este tipo de experiencias regionales son las que el país necesita para que un eventual acuerdo de paz sea del todo viable. La agricultura familiar campesina requiere diferenciarse en sus prácticas agronómicas y agregarle valor a su producto. La industrialización, en este caso de los excedentes de papa y más tratándose de variedades ancestrales que a buena hora se están rescatando, pueden incluir nuevos rubros como el puré de papa (casi toda es importada) y la elaboración de alimentos balanceados con sus subproductos para el sector lácteo y porcícola. Perú es un valioso referente por lo que ha conseguido en el encadenamiento entre el aprovechamiento de la biodiversidad, la gastronomía, el turismo, los pequeños productores y las políticas públicas. Ese tipo de logros son los que debería replicar Iragorri.

Juanita Vélez

29 de Febrero

200 Seguidores

Hola Richard

Gracias por tus palabras. Lo del puré de papa no lo s...+ ver más

Hola Richard

Gracias por tus palabras. Lo del puré de papa no lo sabía y también creo que sería relevante para completar la historia, tener el dato de cuanta papa se importa. Gracias por tu aporte!

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