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Por Tatiana Velásquez Archibold · 08 de Noviembre de 2015

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En estas regionales, el concejal Carlos Rojano Llinás organizó en un centro de eventos de Barranquilla, acompañado por el alcalde electo Alejandro Char, una de sus reuniones más multitudinarias.

 

Con 33 mil votos el 25 de octubre pasado, el presidente del Concejo de Barranquilla Carlos Rojano Llinás se convirtió en el más votado en la historia de esa corporación y anticipó campaña desde ahora para heredar la curul del senador y patriarca conservador Roberto Gerlein, quien ha anunciado su retiro del Congreso para 2018. Este político dice que quiere ser candidato en las próximas legislativas porque un quinto periodo como concejal no está entre sus planes.

No sorprende que quiera reemplazar a Gerlein, pues es gracias a la aceitada maquinaria de ese clan, liderado por el senador Roberto y el mega contratista Julio, que en ocho años Rojano pasó de 5.500 votos a sumar un caudal que supera los apoyos de uno de los actuales representantes del Atlántico, el liberal Mauricio Gómez Amín.

El “concejal que dispone de la chequera de Julio”, como lo llaman en Barranquilla, se consagró como un poder local en estas regionales en medio de ruidos de compra masiva de votos. En el sur de esa ciudad se repite con insistencia que compró al menos 60 mil sufragios para poder pasar de los 15 mil que sacó en 2011 a los 33 mil de hace dos semanas.

El presidente del Concejo y Alejandro Char son aliados políticos. En estas regionales hicieron campaña juntos.
Desde su regreso al Concejo, en enero de 2008, Carlos Rojano ha sido cercano al charismo. Dice que parte de la transformación de Barranquilla se debe también a los concejales de los últimos ocho años. Aquí, con Elsa Noguera revisando una canalización de un arroyo. Foto tomada de elheraldo.co.

Y aunque esa verdad callejera es difícil de comprobar, un líder barrial y experto comprador de votos, dijo delante de La Silla que fue esa la estrategia a la que Rojano apeló, de la mano de su exesposa y aliada política, la representante conservadora Aida Merlano, para salir como uno de los grandes vencedores de las urnas en estas regionales.

Tan vox populi es la compra de votos que le achacan, que ahora a Rojano y a su grupo político los identifican en Barranquilla como precursores en fotografiar las casas de las familias que venden sus votos para asegurarse así el mayor número de apoyos. Estos detalles se le contó a La Silla una política activa que también recorrió los últimos meses el sur barranquillero haciendo campaña.

Todas estas sindicaciones Rojano las niega y las atribuye a la incomodidad que genera el ascenso de un político de origen humilde como él.

Dice que debe su éxito a las más de 500 reuniones que organizó y a sus recorridos por los barrios hasta dos días antes de que se abrieran las urnas. Bajo su praxis política, triunfa quien nunca descuida a los líderes barriales y visita a los electores a diario, “toma tinto con ellos, se mete en su cocina, los abraza”. Bajo esa misma lógica el que sale derrotado es aquel que se limita a hacer campaña en el Country Club y en los restaurantes de lujo de Barranquilla.

Y por estar más en los salones con aire acondicionado que en la calle, Rojano cree que el yerno del senador Roberto Gerlein, el exdirector de la autoridad ambiental de Barranquilla, Damab, Alberto Borelly, sacó menos de 6.500 votos. Que el familiar del cacique conservador se haya ahogado es un escenario que pocos imaginaban y que tiene molestos a varios en ese clan. Ese malestar podría poner en peligro los planes de Rojano de llegar al Congreso con la unción gerleinista porque es a él a quien culpan del traspiés.

Fue cobijado por la sombrilla gerleinista que este político barranquillero logró convertirse en el mandamás del Concejo, especialmente desde el 2010, año en el que fue elegido por primera vez presidente y comenzó a actuar como ensamble entre el resto de concejales y el gabinete distrital. Por eso, los alcaldes saben que deben tenerlo de aliado para evitar que sus iniciativas sean bloqueadas.

En uno de esos datos del poder político que es prácticamente imposible de confirmar, un concejal y un periodista que se mueve entre los poderosos de Barranquilla le contaron a La Silla que es Rojano quien habla en nombre de sus compañeros con el alcalde de turno para pedir burocracia y plata a cambio de la aprobación de los proyectos. Según las dos fuentes, luego reparte lo que consigue entre los demás concejales, pero entre más cercanos a él mejor la tajada que les da.

“Es tan aventajado que Alejandro ha dicho en reuniones privadas que no lo quiere como el líder de la coalición mayoritaria estos cuatro años”, le dijo a La Silla otro político que lo conoce de cerca haciendo alusión al alcalde electo Alejandro Char.

Rojano también niega esos señalamientos y asegura que los últimos dos periodos del Concejo han sido los más transparentes. Sin embargo, en las mediciones de la encuesta de percepción ciudadana ‘Barranquilla Cómo vamos’ es esa la corporación a la que los barranquilleros más asocian con corrupción.

Más allá de todos los ruidos que tiene a su alrededor, Rojano es consciente de su poder y con propiedad habla sobre su liderazgo, ahora que ocupa por tercera vez la presidencia. “Yo mando en el Concejo”, afirma con la convicción que le da influir sobre los otros 20 concejales. Hasta sus detractores le reconocen esa voz de mando, pero lo califican de “pequeño emperador” porque dicen que se toma muy en serio tener detrás el padrinazgo de Julio Gerlein, es decir, del dueño de la empresa Valorcom que tiene la concesión de la malla vial del Distrito hasta 2020 y ganadora durante las dos últimas administraciones charistas de varias licitaciones millonarias.

Tanto manda sobre los concejales que en una noche logró desbaratarle a uno de sus compañeros la presidencia que daba por descontada. En una reunión que se celebró en octubre del año pasado en un restaurante en la vía al mar, Rojano logró que la votación lo favoreciera a él y no al joven liberal Óscar David Galán, le contó a La Silla uno de los asistentes. A Galán lo sorprendió el cambio de decisión de sus compañeros en plena sesión y no dudó en acusarlos ante los medios locales de haber “incumplido los acuerdos”.

Pese a ser hoy uno de los rostros visibles del conservatismo en el Atlántico, los orígenes políticos de Carlos Rojano Llinás se remontan a su militancia en la izquierda, durante los años 80 y 90: primero como miembro de la Juventud Revolucionaria de Colombia y después como aliado del Movimiento Ciudadano del dos veces alcalde de Barranquilla Bernardo Hoyos Montoya.

Ese salto de un extremo a otro y el aumento vertiginoso de sus votos explican en parte cómo se hace política en Barranquilla.

El presidente del Concejo asegura que su éxito en la política se lo debe a los líderes y simpatizantes que conoce desde hace años, muchos de ellos desde cuando era estudiante en los 70 y 80.

 

De la Juventud Revolucionaria a las huestes gerleinistas

Tres personas que conocen desde los años 80 a Rojano y lo vieron como militante de izquierda le contaron a La Silla que no deja de sorprenderles que el mismo joven de aquella época, disciplinado en sus estudios sobre la democracia, hoy tenga el padrinazgo de los Gerlein, que son sinónimo de compra de votos en el Atlántico.

En la conversación que tuvo con La Silla, Rojano demostró que el estudio de la política es su pasión. A más de un politólogo mencionó para reforzar sus argumentos. También dijo orgulloso que desde hace semanas escribe una tesis sobre las élites políticas locales con la que busca obtener el título de magíster en Ciencias Políticas de la Universidad del Norte.

Justamente por saber aplicar sus conocimientos sobre las leyes y el funcionamiento del Concejo, la veeduría Concejo Visible lo calificó como el concejal con mayor gestión del periodo 2008-2011.

A Carlos Rojano la política le corre por la sangre porque nació hace 52 años en el seno de una familia de políticos: los Llinás, la mayoría de ellos originarios del municipio de Sabanalarga. Es el mismo tronco del que salió la primera alcaldesa de Barranquilla, la liberal Miriam Llinás de Ovalle, y el exrepresentante liberal José Antonio Llinás.

En los barrios Montes y Alfonso López, en el sur de Barranquilla, se crió siendo testigo de las reuniones políticas que su prima Miriam organizaba. Las inquietudes que aquellos eventos despertaron en él comenzó a expresarlas años después en el colegio Inem ‘Miguel Antonio Caro’ de Soledad, donde se hizo bachiller.

Allí con 14 años ya sobresalía como líder estudiantil y daba muestras de su astucia para convencer a los demás y lograr resultados a su favor. Visitando casa a casa a sus compañeros por las tardes y las noches, fue elegido presidente del consejo estudiantil dos veces. A las asambleas, sus contrincantes —los militantes de la Juventud Comunista— llegaban confiados en que ellos pondrían al presidente porque solían hacer más reuniones en el colegio, pero desconocían el trabajo que el estudiante Rojano hacía por fuera.

“Eso de hacer coaliciones me lo aprendí de pelaito”, dice.

El Inem se hizo famoso en el Atlántico por ser un semillero, durante los años 70 y 80, de jóvenes rebeldes en contra del establecimiento, que continuaban su lucha desde la Universidad del Atlántico. Rojano no siguió ese molde y viajó a Bogotá a estudiar Licenciatura en Filosofía en la Universidad Santo Tomás. Corrían los años 80 cuando regresó a Barranquilla. Eran también sus épocas de militancia en la izquierda como miembro de la Juventud Revolucionaria de Colombia, ala del Partido Comunista Marxista Lenilista (PCML). Aunque, 30 años después, aclara que nunca creyó en el comunismo como una alternativa política.

Una persona que militó con él en aquel movimiento, y prefirió no ser  identificada en este texto, lo recuerda como un “pelaito de izquierda (no tenía más de 30 años) que luchaba en contra del mal servicio del agua que prestaban las Empresas Públicas Municipales (EPM)”. Era la época en la que los niños se enfermaban y morían en Barranquilla por gastroenteritis, crisis que desapareció en los 90 con la privatización del servicio y la llegada de la Triple A. 

Esos años de izquierda coincidieron con la candidatura a la Alcaldía de Barranquilla de Bernardo Hoyos Montoya (condenado por peculado por apropiación y celebración de contrato sin el lleno de los requisitos). Rojano fue uno de los que apoyó la aspiración del Cura. Aquella primera alcaldía de Hoyos quedó grabada en la historia de Barranquilla como la administración que le mejoró las condiciones de vida a los habitantes del sur al llevarles servicios públicos.

Con ese impulso, Rojano se lanzó al Concejo, pero perdió. Sacó menos de tres mil votos. Lo intentó por segunda vez y fue así como en octubre de 1997 ganó su primer periodo en esa corporación, en parte gracias al apoyo que le dio el exrepresentante José Antonio Llinás. Su votación, comparada con la de hace un par de semanas, fue modesta: menos de 6 mil votos.

Con 34 años, debutó en el Concejo en enero de 1998. Lo hizo como uno de los dos ediles que sacó el Movimiento Ciudadano del Cura Hoyos, quien comenzaba por la misma época su segunda Alcaldía.

Pese a ser debutante, Rojano fue noticia por mostrarse en desacuerdo con más de una decisión del alcalde, especialmente la prórroga por 20 años de la concesión del agua a la empresa Triple A cuando aún faltaban 13 años para su vencimiento. Paradójicamente varios miembros de la familia Gerlein son socios de Inassa, la dueña mayoritaria de la Triple A.

Con las legislativas de 2018 en su cabeza, el concejal Carlos Rojano hizo campaña en estas regionales.
Rojano apoyó a Alejandro Char a la Alcaldía, con quien hizo varias reuniones en los barrios, y a Alfredo Varela (La U y Alianza Verde) a la Gobernación del Atlántico.

Ese enfrentamiento con el Cura le significó perder la reelección para el periodo 2001 - 2003. Derrotado, se alejó del radar público y sólo volvió a aparecer cuando su amigo Guillermo Hoenigsberg (condenado por los delitos de peculado por apropiación en favor de terceros y contrato sin el cumplimiento de los requisitos legales) llegó a la Alcaldía. Hoenigsberg lo nombró en 2004 gerente de los mercados públicos.

A pesar de figurar en la prensa por las declaraciones que daba y el registro propio que hacen en Barranquilla los medios por los problemas locativos y de saneamiento básico de las plazas de mercado, fue a partir de las regionales de 2007 que inició su camino hacia lo que es hoy: el mandamás del Concejo que tiene los ojos puestos en el Congreso.

Con la venia de la familia Gerlein, Rojano se lanzó hace ocho años al Concejo y logró su segundo periodo en esa corporación. Los menos de seis mil votos que sacó le dieron el cuarto lugar entre los conservadores. Desde entonces no ha dejado de salir electo en las regionales y de multiplicar sus votos.

Al gerleinismo llegó a través de su exesposa, la representante conservadora Aida Merlano (fórmula de Roberto Gerlein). Ella sirvió de puente porque su papá, Domingo Merlano, es amigo desde hace 40 años de Julio Gerlein. Y es de la mano de Julio, que Rojano y su exesposa han logrado convertirse en protagonistas de la política local.

Mientras las legislativas llegan, Rojano seguirá trabajando para convertirse en el heredero del senador más viejo de Colombia, al que admira y quiere “emular”. Habrá que esperar si el gerleinismo le da vuelo a esa aspiración o lo mantendrá como su eterno concejal.

Como aliado de la casa Gerlein, Carlos Rojano fue jefe de debate en las legislativas pasadas del senador y cacique Roberto Gerlein. En 2018 espera reemplazarlo en el Congreso, donde el patriarca conservador ha estado los últimos 47 años.

 

Comentarios (2)

Jairo Parada Corrales

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