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Por Jineth Prieto · 09 de Febrero de 2017

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“Aquí podemos poner los campamentos. Descarguen y empiecen a acomodar las cosas”, dijo un hombre con voz gruesa mientras extendía los brazos para dar indicaciones a un pelotón de 70 guerrilleros que con morrales al hombro descendía de camionetas.

Estaban acomodándose en Caño Indio, una vereda ubicada en Tibú a un costado del Catatumbo, que desde ese domingo se convertiría en el punto del país en el que se desarmarían ellos y 420 hombres más del Frente 33 de las Farc.

 

“Hay que empezar a hacer a hacer esto ya”, continuaba el mismo hombre, mientras tomaba más maletas de la camioneta blanca en la que más temprano había iniciado el recorrido desde San Isidro, una vereda de Campo Dos,  corregimiento de Tibú en el que desde que ganó el No en el plebiscito, estaban preconcentrados sus hombres a la espera de que les dijeran a donde tenían que ir. 

Las órdenes surtían efecto.  Sin chistar, los demás tomaban sus cosas y se dirigían hacia donde les decía el hombre, que ese día con un fusil sin balas colgado en su hombro derecho y un poncho que tomaba de vez en vez para limpiarse el sudor y espantar a los zancudos en el izquierdo, daba las instrucciones.

El que hablaba era Reinel Páez, el comandante de la Unidad Frontera del Frente 33 de las Farc, uno de los mandos medios de esa guerrilla de los que hasta ahora no se sabía más que su alias y algunos de los delitos que fueron cometidos bajo sus órdenes.

El más reciente del que hay registros de prensa sucedió en Tibú 20 días antes de que las Farc decretaran el cese unilateral al fuego.

Fue el 30 de junio de 2015, cuando en una peluquería de ese municipio hombres armados, que, según el Ejército, obedecían órdenes suyas, entraron al negocio y asesinaron a tiros a José Jesús Navarro Suelta, un patrullero de la Policía de 24 años que estaba esperando a que lo atendieran. 

Ese día, además de Navarro, resultaron heridos otro patrullero de su misma edad y una de las peluqueras del establecimiento, quien terminó en un hospital con pronóstico reservado luego de recibir un disparo en la cabeza. Sobre su suerte, los medios no volvieron reportar.

“Entonces ¿Usted quiere que le cuente quién soy yo?”, dijo Reinel mientras se refugiaba debajo de un árbol del sol. Ya había terminado de dar las órdenes. 

“Mi nombre es Sergio Antonio Pinilla Buitrago, nací en Pauna, Boyacá, en 1967, tengo 49 años”, continuó. 

Saltaba a la vista que no estaba acostumbrado a dar información sobre sí mismo. Las frases eran cortas y concisas, había que esforzarse para saber más de él.

Sergio Pinilla nació en una típica familia campesina de Boyacá que vivía de cultivar maní, frijol y maíz; y en la que fue el tercero de cuatro hijos: tres hombres y una mujer. Nació en el 67 pero desde el 84, cuando tenía 17 años, se alejó de ellos para entrar a las Farc.

“La misma situación de la falta de empleo me llevó a las Farc, y eso que yo nací en una zona minera. Pero la falta de oportunidades es muy brava. Yo recorrí un poco de país y una alterntiva fue las Farc y así entré”, recordó. 

Pinilla no recuerda por qué escogió el alias de Reinel, que fue con el que ascendió en toda la estructura de las Farc en los últimos 30 años; y también dice que le dio duro cuando empezó a conocer la rutina de un guerrillero, que era más militar de lo que esperaba.

Pero con el tiempo, y como en todo, fue aprendiendo. “Luego entendí el por qué. Nosotros luchamos por la causa del pueblo y eso es lo que estamos haciendo acá”.

Pinilla perteneció a los Frentes 10, 12 y 52, y ha hecho parte de las estructuras del Bloque Magdalena Medio y Oriental. Al 33 solo llegó hasta 2012, cuando hubo reorganización de mandos.

Su paso por el Bloque Oriental, que tiene presencia en Guaviare, Amazonas, Meta, Arauca, Vichada, Caquetá, Guaviare, parte del Tolima y parte del Huila, es el que más recuerda, porque en él vivió uno de los momentos que más lo marcó como guerrillero. 

“Fue difícil cuando fue la muerte del camarada ‘Jorge Briceño’ (‘Monojojoy’). Yo estaba cerca cuando lo bombardearon, los aviones pasaron encima mío y escuchamos todo… teníamos construidas las trincheras y ahí nos quedamos para pelear”, dijo Pinilla.

En ese entonces, cuando septiembre de 2010 cruzaba el calendario, Pinilla, según información oficial, era el comandante de una unidad del Frente 52 y su principal labor era “hacer llegar material logístico al Estado Mayor del Bloque Oriental”. 

Para ese entonces, el Ejército los tenía acorralados. Quince días antes de que mataran al ‘Monojojoy’ , El Tiempo reportó la muerte de dos guerrilleros que bajo su mando cayeron en combate.

Por lo demás, Pinilla no cuenta detalles. Dice que no es de “parla”.

“Mire acá la cosa es que uno va ascendiendo porque hace las tareas que le ponen bien y eso fue lo que me pasó a mí”, resumió. No se detuvo en cuáles fueron esas tareas.

La comitiva

Ese día más temprano, mientras Reinel Páez estaba en San Isidro coordinando el traslado de toda su unidad a Caño Indio, y los guerrilleros se preparaban para protagonizar una caravana con el logo de la paz colgado en sus fusiles y uniformes, en El 25, un caserío que le debe su nombre al kilómetro en el que se ubica en la vía que de Tibú conduce a La Gabarra, se preparaban para recibirlos. 

“¡Vamos a poner las pancartas! Apúrele que ya vienen en camino”, le dijo un campesino que llevaba puesto el uniforme de la Guardia Campesina del Catatumbo a otro que, sentado en una tienda, se escondía del sol de las 11 de la mañana, que estaba tan picante, que asfixiaba.

El punto era estratégico. Marcaba la mitad del camino desde la cabecera municipal de Tibú hasta Caño Indio, y según los cálculos de los campesinos de esa vereda, quienes junto al Presidente de Asojuntas de la zona lideraban la comitiva, iba a ser cruzado por la caravana a la hora del almuerzo. 

Desde pasadas las 10:30 de la mañana, ya las tres vacas que habían mandado matar para recibir a la primera unidad del Frente 33 que se concentraría en la zona, estaban en la fogata.

En el caserío, que en la vía resalta por estar lleno de negocios de billar, y casas hechas de tabla y tejas de zinc, el movimiento era definitivamente inusual. 

“Aquí hay mucho genterío. Yo me vine de Caño Indio porque me dio curiosidad, no tenía nada que hacer en la casa”, dijo una señora de más de 50 años mientras se abanicaba. “Es bonito ver esto. Es al fin y al cabo el fin de la guerra ¿No cree usted?”.

Los curiosos salían de vez en cuando a mirar si ya iban a pasar las Farc. 

Mientras tanto, los líderes de la comitiva seguían arreglando la zona para recibir a la guerrilla, colgaban bombas, ubicaban pancartas y hasta practicaban saludos. 

La guardia campesina, una organización que como lo contamos, es dirigida por la Asociación Campesina del Catatumbo, Ascamcat, organización que es afín a los postulados políticos de las Farc, quería hacerle calle de honor a la Unidad Frontera del Frente 33.

“Cuando ellos aparezcan todos van a alzar el bolillo. El grito va a ser: por la tierra, por la paz, con justicia social”, decía Alirio, el líder de la Guardia en Caño Indio mientras aguardaba la espera de la caravana. 

Pasado el medio día, aún no había noticias. 

Pero mientras esperaban, dos campesinas de Caño Indio que por curiosidad llegaron al 25 a ver la llegada de las Farc hablaban de lo que se venía para ellas.

- “¿Usted cree que sí nos cumplen?”, le dijo una campesina a otra, mientras a orillas de la vía a La Gabarra se sentaban a la sombra de un árbol.
 
-Pues ojalá que con la vía y con la luz. Ya el agua uno está acostumbrado a sacarla del caño, pero la vía sí la necesitamos- contestó otra que se abanicaba. 

- ¿Usted ya quitó la coca?, continuó la primera. 

- Yo ya. Ya si uno quita la mata pues ahora tiene que sembrar otras cosas, yo sé que ahí se dan. Lo que uno tiene que hacer es acostumbrarse.

-  Pues imagínese que sembré que cacao, pero del bueno, y vendí cinco kilos que días en Tibú, dijo orgullosa.

Cuando pasaban la 1:15 de la tarde y justo con los cálculos de los campesinos, apareció la caravana de las Farc para almorzar.

La entrada fue emotiva. Saltaba a la vista que muchos se conocían de atrás, que había madres recibiendo hijos, amigos buscándose y conocidos saludándose. Algunos se buscaban con las miradas, haciendo señas con las manos o ubicándose en primera fila para saludar, y cuando se reconocían sonreían.

En medio del tumulto también había otra partida de espectadores que simplemente quería presenciar el inicio de la desmovilización de esa guerrilla, y que grababa con sus celulares el acontecimiento. 

Sin embargo, cuando las Farc se bajaron a saludar, a la ONU le tocó atajar a los guerrilleros. 

“Ustedes saben que esto se puede interpretar como una violación a los protocolos. Por favor no nos demoremos… es importante que no vean grupos de ustedes aparte de la sociedad civil...yo preferiría que nos fuéramos”, dijo un delegado de la ONU que estaba coordinando el traslado de las Farc.

Mientras las Farc insistían que no podían dejar el almuerzo servido, Gloria Martínez, delegada de la guerrilla en la Comisión de Monitoreo se preocupó.

 “No falta que filmen un video y luego los uribistas y los enemigos del proceso salgan a decir que no estamos cumpliendo”, dijo.

Su comentario fue validado casi que de inmediato por el resto de las Farc, que asintiendo acordaron no demorarse para no hacerles un desplante a los organizadores. 

Al final el almuerzo fue corto.  Los guerrilleros se bajaron de los carros, saludaron, se tomaron fotos y comieron. Luego volvieron a arrancar en caravana. 

La vereda

Aunque a las demás zonas de concentración, los guerrilleros llegaron en buses y chivas, a la del Catatumbo no pudieron hacerlo de esa manera porque la entrada a Caño Indio está tan maltrecha que un carro 4x4 se demora una hora en cruzar los 11 kilómetros que hay desde la vía a La Gabarra hasta la vereda.

“Cuando llueve no se puede cruzar”, decía un campesino que al tiempo se alegraba porque desde hacía varios días no llovía y la vía estaba en las mejores condiciones en las que podía estar.

El trayecto fue lento pero sencillo.  Cuando apareció la entrada de Caño Indio, que en el último año pasó de ser desconocida a ocupar los titulares de prensa de toda la región, hubo otra bienvenida para las Farc. 

Los campesinos que los habían acompañado en la 25 y que regresaron junto a ellos en moto y en un camión que los trajo desde la vereda, se veían felices. Sonreían. 

“Es que ya con esto podemos esperar a que nos vengan los recursos. Yo me acuerdo que antes de que se entraran los paramilitares (a inicios de la década del 2000) ya estaba todo listo para el Acueducto, pero como eso pasó quedamos abandonados”, dijo un campesino que trataba de explicarse por la evidente emoción que sentían en esos momentos. “Ahora Dios quiera que si nos pongan el agua”.

Los carros no se detuvieron y continuaron su marcha hasta el campamento, que a dos kilómetros de la entrada de la vereda tuvieron que parar porque la vía estaba en muy mal estado y tuvo que ser intervenida por campesinos y guerrilleros.

Mientras tanto, dos guerrilleros que iban en el platón de la camioneta conversaban.

- “Yo nunca había estado por acá”, dijo un guerrillero de 22 años que nació en Arauca y lleva cinco años combatiendo en las Farc. 

- “Yo tampoco”, le contestó otro de 50 que llegó a la guerrilla con 30 años y que es de Boyacá.

Antes de esa conversación, y aunque combatían juntos en la misma unidad del mismo frente, no sabían ni sus edades ni sus lugares de origen. En ese momento tenían algo más en común, estaban por primera vez Caño Indio, la vereda que por falta de acuerdos para erradicar la coca casi pierde la posibilidad de ser una zona veredal.

Cuando los carros llegaron, encontraron nuevamente el monte. Cuatro baños portátiles aparcados en una esquina y un material que debía ser montado en la vereda en otra parte del paisaje, eran parte de su nuevo panorama.

“Bueno aquí tenemos que ponernos a trabajar, para eso estamos también”, dijo un guerrillero que examinaba la zona tras bajarse de una de las camionetas de la caravana. 

Minutos después,  Reinel Páez empezó a dar las órdenes para que su tropa empezara a armar los campamentos de la primera de las 180 noches que empezaron a correr para su desarme. 

En los días siguientes, a ese mismo punto llegarán otros 170 guerrilleros que estaban preagrupados en otros dos puntos del Catatumbo. También lo harán cerca de 200 milicianos.

Así empezó para este Frente, para la región y para el país una nueva etapa.

CONTEXTO

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