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Por Jineth Prieto · 24 de Julio de 2016

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A menos de un mes de que se cumpla un año del cierre de la frontera entre Colombia y Venezuela, en los dos lados sienten que la crisis ya está tocando fondo.

 

Mientras que en Venezuela se empezaron a rebelar, en Colombia ya han recibido dos estampidas de  ciudadanos que llegan desesperados a buscar comida.

Aunque se había hecho el anuncio oficial de que el paso no sería reabierto este fin de semana para que venezolanos llegarán a Colombia a abastecerse, buena parte del comercio en Cúcuta y su área metropolitana esperaba que la presión del otro lado obligara a las autoridades a reabrir el paso, algo que finalmente no sucedió. 

La Silla visitó los pasos fronterizos de San Antonio y Ureña para conocer cómo se está viviendo en Colombia la llegada masiva de venezolanos. Esto fue lo que encontró.

Las primeras que pasaron

La primera vez que hubo un paso masivo de venezolanos hacia Colombia no fue el domingo pasado, cuando según cálculos de las autoridades migratorias 123 mil personas cruzaron la frontera; tampoco fue el antepasado cuando los reportes oficiales hablaron de 35 mil. La primera vez fue el 5 de julio cuando cerca de 500 mujeres que se autodenominaron las ‘Damas de blanco por Ureña’ desesperadas por la escasez de comida desafiaron a la Guardia Venezolana y entraron corriendo a Colombia para comprar alimentos.

La noticia de ese día no fue tan llamativa como la que vendría dos fines de semana después, pero para los que viven en la frontera del lado de Colombia, fue la que marcó un antes y un después en el cierre del paso entre los dos países, que está a 26 días de cumplir un año.

“Esas señoras fueron las que demostraron que podían pasar, porque es que eso sí, con el hambre de la gente no se juega”, le dijo a La Silla uno de los comerciantes de La Parada, un corregimiento de Villa del Rosario que está pegado al puente internacional Simón Bolívar que conecta con San Antonio del Táchira.

Desde ese 19 de agosto, en el que miles de colombianos empezaron a salir deportados de Venezuela, y en el que la frontera se cerró para no volver a abrirse, nadie se había atrevido a desafiar la Guardia.

Los más arriesgados y también los más sagaces  salían y entraban por las trochas, controladas por las bandas criminales en asocio con las autoridades tanto de Colombia como de Venezuela, para traer lo que se pudiera y luego comercializarlo mucho más caro del otro lado de la frontera.

“Hasta más del doble. Solamente mire con la lenteja, en Colombia una libra vale $3.000 en Venezuela esa mismo la están vendiendo a $7.500. El pollo aquí vale $4.500 y allá $11.500”, relató el comerciante. “Esas señoras se les pararon en la raya y les ganaron a los de la Guardia y ahí todo el mundo aprendió que si son muchos pueden pasar”.

Esa fue la primera vez que muchos se hicieron a una idea más realista de lo que está pasando al otro lado de la frontera, porque antes era más especulación lo que se decía.

Ahora muchos dicen que han hablado con personas que están del otro lado y que por lo que les contaron la situación es invivible: “Eso por allá es un peladero ahora. No se consigue nada”, contó David González, un taxista de Cúcuta.

Las historias aveces son macabras. Algunos hablan de que los casos de suicidio son más comunes ahora en Venezuela  y que la miseria tiene al borde de la locura a muchos. Nadie sabe con certeza si lo que se dice es verdad o mentira porque en las noticias nada se ve, pero las versiones sobre la crisis concuerdan.

El preámbulo

Cuando las 500 mujeres cruzaron a Colombia, los comerciantes de la frontera, que para ese entonces ya llevaban más de 10 meses con las ventas por el piso, tuvieron un suspiro.

Luego llegaron los anuncios de que el 10 de julio (cinco días después de la hazaña de las mujeres) el paso se habilitaría por 12 horas en la frontera para que la gente pudiera comprar comida.

Ese fin de semana fueron, según los cálculos de la Gobernación de Norte de Santander, 35 mil los venezolanos que cruzaron para el lado colombiano. El río de gente fue grande y por la lentitud del paso la multitud volvió a desafiar a la Guardia y cruzó la frontera corriendo.

El pasado fin de semana, cuando la noticia se volvió nacional la historia se repitió. El paso a Colombia estaba previsto para el domingo, pero desde el sábado las autoridades se vieron obligadas a abrir la frontera por la cantidad de gente que ya se agolpaba para cruzar. Ese día llegaron al país 123 mil venezolanos.

Mientras en Venezuela ya estaban listos para cruzar, en el lado de Villa del Rosario, municipio del área metropolitana de Cúcuta, los comerciantes desde hacía varios días estaban listos para abastecer a los visitantes.

A nosotros nos avisan por mensajes de whatsapp desde Venezuela que nos preparemos porque mucha gente va a venir

Comerciante de la frontera.

“Con varios días de anterioridad a nosotros nos avisan por mensajes de whatsapp desde Venezuela que nos preparemos porque mucha gente va a venir”, le dijo a La Silla un comerciante.  “Uno ya  está preparado, porque habíamos dejado de invertir, estábamos vendiendo las viejas existencias que teníamos”.

Desde ese 5 de julio, la frontera revivió. Tanto que hasta la Policía Fiscal y Aduanera, Polfa, empezó a realizar operativos sorpresa para revisar la mercancía de todos los locales y evitar el contrabando, algo que para los comerciantes no tiene sentido.

“Es que uno les explica a los de la Polfa que no hay manera de traer contrabando y ellos no entienden”, relató otro comerciante.

La otra cara de la moneda

El salario mínimo de un venezolano es de 15.000 bolívares que en moneda colombiana representan algo así como 37.500 pesos.

Quien gane ese sueldo tiene que pagar alimentación, vestido, transporte, y todos los gastos tanto de él y su familia para todo el mes, si es que nadie más trabaja en la casa, por lo que en estos fines de semana que han cruzado la frontera tienen que hacer su mejor esfuerzo para hacer rendir la plata.

Las compras prioritarias son arroz, harina, azúcar, granos y aceite. Los comerciantes dicen que los venezolanos llegan con 50.000 pesos colombianos en promedio para hacer sus compras.

Aunque tener a 123 mil nuevos compradores en una ciudad pudiera parecer una lotería en una ciudad que ha tenido su economía paralizada en el último año, la cierto es que la llegada masiva de personas no resultó bien para muchos en la frontera.

“Aquí los que ganaron fueron los dueños de las tiendas y los supermercados y los de los buses que llevaron a mucha gente. A los demás no nos fue tan bien”, le explicó a La Silla Gilberto Téllez, un cambista.

En efecto la bonanza fue para los que venden productos de la canasta familiar, que vendieron casi la totalidad de lo que tenían en sus vitrinas. Algunos almacenes grandes contrataron buses para que esperaran a la gente y luego la llevaran hasta el centro de Cúcuta y otros hasta armaron ventas callejeras en los pasos fronterizos.

A los demás no les fue tan bien, porque los venezolanos no reactivaron el resto de la cadena económica y ni los vendedores de ropa, electrodomésticos o viajes vieron la bonanza.

El caso de las casas de cambio es particular. Como hubo entrada masiva de personas y todos llegaban a gastar todo lo que traían, los cambistas se llenaron de bolívares y ahora no tienen a quién vendérselos porque sin mercado de ida y vuelta para ellos no funciona el negocio.

A los comerciantes de artículos diferentes a los de la canasta familiar tampoco les funcionó la entrada masiva de personas porque casi ninguno venía a comprar nada diferente a comida.

A los habitantes de la frontera en general tampoco les sirvió mucho porque terminaron desabastecidos, algo que se sintió con más fuerza por el paro camionero.

“Esa noche yo recogí a una señora y me dijo que estaba comprando lo poquito que dejaron los venezolanos”, relató González.

Esa noche yo recogí a una señora y me dijo que estaba comprando lo poquito que dejaron los venezolanos

David González, un taxista de Cúcuta.

Por ejemplo con solo el paro, es decir, sin contar con los efectos de la llegada masiva de personas a Cúcuta y el área metropolitana, los precios de varios productos ya habían empezado a subir. Algunos en $100, otros $200, otros $500. “Eso sumado uno lo siente ¡No crea!”, aseguró un cucuteño que se encontraba en una de las tiendas mientras La Silla hacía reportería.

Por otro lado, el azúcar desapareció de las tiendas y las pocas que tienen la están vendiendo casi al doble; la harina ahora hay que rebuscarla porque no se encuentra en todos lados, y también está más cara de lo normal.

Ahora, si a eso se le suma el tránsito de 123 mil personas, la balanza económica pierde el equilibrio.

Aún así todos los habitantes de la frontera con los que habló La Silla estaban de acuerdo con que dejaran cruzar a los venezolanos para comprar comida.

“Pobre gente, uno no sabe cuándo le toque a uno. Uno los veía tomándose fotos en las tiendas con los productos, ellos se sentían en el paraíso”, dijo el mismo cucuteño que antes había hablado de los efectos de la subida de los precios.

Aunque la jornada del fin de semana pasado fue un éxito para los venezolanos y para los supermercados y transportadores del lado de Colombia, tanto la canciller María Ángela Holguín como el gobernador de Táchira en Venezuela, José Gregorio Vielma, anunciaron que este fin de semana no sería reabierta la frontera como parte de una agenda para acordar la apertura definitiva del paso entre los dos países, en ninguno de los dos lados creían que la visita masiva se detendría.

Por un lado, el alcalde de Ureña, otro de los municipios fronterizos, alertó sobre posibles enfrentamientos por el cierre, y en Colombia los comerciantes ya se empezaron a reabastecer.

“Mi fuente ya me dijo que me preparara porque este fin de semana cruzarán madres con hijos. Mi tienda ya está lista para recibirlas. Estoy tan seguro que ya aposté $100 mil a que sí llegan con alguien de la DIAN que dice que nada va a pasar”, le dijo a La Silla uno de los dueños de un micromercado en la frontera.

El domingo nada pasó. Sin embargo, en los dos lados están seguros de que en cualquier momento una nueva estampida puede volver a cruzar.

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