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Por Nicole Bravo · 21 de Septiembre de 2020

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Desde que un grupo de indígenas Misak derribó la estatua de Sebastián de Belalcázar en Popayán el miércoles, en redes sociales se empezó a cuestionar el futuro de la estatua del conquistador al oeste de Cali.

Este fin de semana el activismo en redes pareció dar un paso a la movilización en las calles, con una invitación de pasar “de la indignación a la digna acción”, derribando la estatua hoy.

 

Como era la mismo día para el que había convocado a marchas y caravanas el comité del paro, reactivado por las protestas tras el asesinato de Javier Ordóñez por policías en Bogotá, y con el antecedente de Popayán, las redes y las autoridades se encendieron. 

De hecho, la policía envió cerca de 60 uniformados para cuidar el lugar.  

Pero a la convocatoria no llegaron ni 15 personas.

Eso muestra varios contrastes entre la situación en las dos ciudades, y lo difícil de llevar causas de un actor social a otro y de pasar, justamente, de la indignación en redes a la acción en las calle.

Un solo Belalcázar, dos ciudades diferentes

Aunque Cali y Popayán son ciudades cercanas, ambas fundadas por Sebastián de Belalcázar y tienen una estatua del español en la cumbre de una montaña cerca de su centro, la relación con ella y la realidad social es muy diferente.

Eso a pesar de que el debate no es nuevo: en Popayán incluso el proyecto inicial hace casi un siglo, era tener también una estatua del cacique Pubén, y en Cali este año el concejal verde Terry Hurtado propuso que la estatua fuera trasladada para que se resignificara.

Pero las diferencias son más.

Popayán fue un centro de poder colonial, pero a su alrededor se mantuvieron grupos indígenas de fuerte identidad. No solo los Misak (guambianos) sino también los Nasa, los Yanaconas, los Inga... nueve pueblos que tienen una organización sólida que ha desarrollado una lucha por la tierra, la identidad cultural y la autonomía por lo menos desde inicios del siglo XX con la lucha liderada por Manuel Quintín Lame.

Como contamos la semana pasada, la decisión de tumbar la estatua en Popayán la tomó las Autoridades Indígenas del Sur Occidente (Aiso) tras varios meses de discusiones de una propuesta de jóvenes en sus asambleas. 

Decidieron hacerlo porque tenía un significado profundo en muchos sentidos:

  • ya habían condenado, en un juicio, a Belalcázar por genocidio, despojo y acaparamiento de tierras, tortura y desaparición de pueblos indígenas, y era una forma de llevar a cabo esa condena. 

  • la estatua estaba en el Morro de Tulcán, un lugar arqueológico, una pirámide truncada y un cementerio indígena, en el que encontraron restos de personas enterradas hace más de 500 años.

  • los Misak se ven como son descendientes de los Pubenenses, los pobladores del lugar al momento de la llegada de los conquistadores liderados por Belalcázar. 

 

En Cali, ciudad de origen colonial pero que reemplazó a Popayán como principal ciudad del suroccidente en el siglo XIX, la situación es otra. 

Es una ciudad industrial y la segunda ciudad de América Latina con mayor población afro, que además recibe migrantes de muchos lados de Colombia, y especialmente del Pacífico y el Suroccidente. 

El lugar en el que se encuentra Belalcázar, en una de las primeras estribaciones de la cordillera al oeste de la ciudad, puede ser visto como un lugar identitario porque es un sitio turístico, pero no tiene la relevancia cultural del Morro de Tulcán. 

A diferencia de lo que pasó en Popayán, el acto de hoy no tenía una organización detrás y se convocó de manera anónima, sin un doliente.

Eso fue fundamental para el fracaso, según dijeron a La Silla cinco jóvenes que llegaron a eso de las tres de la tarde al lugar. Coinciden en que llegaron “a ver qué pasaba” y actuar según eso.

Es decir, fueron a ver cómo pasar de la indignación a la acción, y no encontraron cómo.

El mensaje de la Alcaldía

En Cali, Belalcázar había amanecido cubierto con una tela blanca.

La idea, según el secretario de cultura, Jose Darwin Lenis, era que las personas pudieran escribir en ella sus propuestas sobre la estatua y así abrir un debate sobre su resignificación. 

Además, la Alcaldía espera crear foros virtuales para lograr un diálogo entre comunidad y academia, para luego decidir si la estatua debe moverse, rodearse de monumentos que hagan más diverso el espacio, o construir símbolos para representar en mayor medida a las poblaciones afro, indígenas y mestizas.

En suma, “buscar salidas no violentas que nos conduzca a un nuevo consenso”, como dijo el secretario de seguridad de Cali, Carlos Rojas. Su compañero de Cultura, Lenis, coincide y asegura que es un mensaje de que la ciudad está abierta al diálogo antes de que se realice una acción violenta. 

Pero en redes la temperatura parecía ser otra, muy a tono con la polarización e indignación que se ve en ellas: en Twitter, personas y algunos medios dijeron que la tela blanca era para proteger a la estatua de acciones vandálicas. 

 

 

 

 

De hecho para Juan Pablo Milanese, Jefe Departamento de Estudios Políticos en Universidad Icesi, no es claro si la estrategia de la Alcaldía va a funcionar pero cree que la estatua será un elemento más que podrá ahondar la polarización.

En esto coincide Carlos Suárez, analista político y bloguero de La Silla, quien incluso lee en lo que hizo la alcaldía una movida política, pues hace algunos meses varios artistas cubrieron las estatuas de la ciudad para pedir ayudas del Gobierno en medio de la pandemia. 

“Se están introduciendo movimientos ciudadanos con símbolos ciudadanos para sacar excusas tratando de encender la llama de la protesta social”, dice. 

Pero no todos lo ven así.

Para Michel Maya, exconcejal y excandidato a la alcaldía, desde su administración pasada el alcalde Jorge Iván Ospina ha buscado resignificar símbolos, como cuando eliminó la cabalgata de la Feria de Cali pues la veía como señal de ostentación de caballos finos y dinero, y la reemplazó por el salsódromo, mucho más horizontal.

El debate de los monumentos seguramente seguirá abierto y, como dice Carlos Mario Recio, licenciado en historia de la Universidad del Valle, la discusión puede ayudar a reconocer que el patrimonio no es estático sino que está vivo.  

Pero, mientras tanto, la discusión sobre el sentido de la tela blanca ganó visibilidad porque fracasó la convocatoria, y por eso no se debate la caída de otra estatua, o un choque entre manifestantes y policía. 

El contraste que queda planteado con lo que pasó en Popayán, más la reducida acogida de las marchas de hoy en diferentes ciudades (como se ve en nuestro tuiterazo) recuerdan que una cosa es la polarización y la indignación en las redes, y otra la movilización ciudadana en las calles.

Eso no quiere decir que nunca se encuentren, sino que no es obvio que eso pase.

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