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Por Efraín Rincón · 24 de Noviembre de 2020

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Esta historia hace parte de la Sala de Redacción Ciudadana, un proyecto de periodismo colaborativo entre los periodistas de La Silla Vacía y miembros de organizaciones de la sociedad civil que cuentan con información valiosa.

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En el municipio de Argelia, Cauca, varias familias que viven lejos de la cabecera municipal y no tienen redes eléctricas han usado dinamos, un tipo de generador, para producir energía. “Pero no todo el mundo tiene la plata suficiente para instalar dinamos”, explica el alcalde, Johnatan Patiño. 

Además, cuando hay problemas con los generadores, toca hacer largos trayectos desde las veredas hasta la cabecera, y luego ir a Popayán. “Hay familias que viven a 10 horas de la carretera”, dice Patiño. 

Argelia es un municipio Pdet (Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial), priorizado para la implementación del Acuerdo y tristemente conocido por masacres como la de ayer. Una esperanza clave para salir adelante es que los paneles solares faciliten las condiciones de vida de familias campesinas que viven en zonas rurales y aisladas, 

El alcalde Patiño contó a La Silla que en septiembre se firmó un proyecto para instalar paneles  a 246 familias que viven en veredas aisladas; lo lideran el Gobierno y la Alcaldía, y su costo de un poco más de cinco mil millones sale de plata de regalías para implementar el Acuerdo, a través del llamado OcadPaz. 

Ese es solo un ejemplo de cómo los paneles se están convirtiendo en una solución para las personas que viven en zonas apartadas, y de las apuestas de Pdet para eso, como las de Puerto Rico, Caquetá, o de Nariño.

Sin embargo, aunque la energía solar se está convirtiendo en una solución para que más personas puedan tener energía eléctrica, ella, más las otras energías renovables no convencionales como la eólica (con viento), y la que se hace usando materia orgánica (biomasa), por lo general quemándola, suman menos del 1 por ciento de la energía que consume el país. 

El resto está repartido entre hidroeléctricas, (69 %) y centrales térmicas (30 %), que dependen de hidrocarburos como el carbón o el gas.  

Pese a que la térmica produce del 9,7 por ciento de las emisiones de gases a la atmósfera, la que más aporta dentro de la industria de energía, por ahora no hay fecha para que deje de existir en Colombia mientras las renovables se van abriendo paso. 

En la senda de las renovables

Colombia no es un país que se considere como “sucio” en términos energéticos. El poder de las turbinas movidas por el agua produce la mayor parte de la electricidad que consume el país.  

Pero no hay que olvidar que las hidroeléctricas tienen un alto impacto social y ambiental: la reducción del caudal de los ríos, degradación de bosques y efectos negativos en las comunidades, como contamos aquí. Es el tipo de situaciones que trajo la construcción de Hidroituango para el río Cauca y la gente que lo habita, o el efecto en ecosistemas como el bosque seco en la represa del Quimbo.    

Por eso y porque ya es vieja, es una energía que se considera como renovable pero convencional, y no entra en el grupo de las no convencionales con la eólica, la solar o la biomasa. Energías que poco a poco se van abriendo espacio entre la gente.

Es una oportunidad para conectar regiones como la Amazonía o la Orinoquia. Al ser la demanda de energía tan baja como para llevar un cable del Sistema Interconectado, la energía solar es una opción más barata.

Estos son el tipo de proyectos que dirige Dario Mayorga, gerente de la Corporación de Energía y Medio Ambiente (Corpoema), una empresa de consultoría e investigación en el tema.

Actualmente tiene contratos de interventoría en proyectos que administra el Ministerio de Minas y Energía para zonas no interconectadas. “Ponemos dos paneles solares con baterías”, dice Mayorga. Uno de estos proyectos es en el Vaupés, que alcanza a 1.200 usuarios en 52 comunidades y fue terminado el 9 de octubre. 

La energía solar el país sí ha mejorado: si en 2018 había dos granjas, hoy hay ocho que pueden generar 166 megavatios y suman inversiones por 580 mil millones de pesos, dijo el Viceministro de Minas y Energía, Miguel Lotero. 

Para dimensionar, si la energía de estas granjas fuera directamente para las personas, la podrían usar cerca de 1.100 familias en un mes, asumiendo que cada familia consume en promedio  0,152 megavatios.  

Además, en 2019 el Gobierno hizo tres subastas de energías renovables. Aunque la primera fracasó, como contamos en esta historia, la segunda fue exitosa.

Ella ofrecía pagar el llamado cargo por confiabilidad, que busca asegurar el suministro de energía en el largo plazo. Del total de los 4.010 megavatios asignados con obligaciones de energía firme (la que tiene que estar disponible cuando se requiera), 1.160 son de proyectos eólicos y 238 de solares. 

Eso quiere decir que debe haber 1.398 megavatios de energías no convencionales listos para funcionar en 2022 y 2023. 

La tercera subasta fue en octubre, y específicamente para estas energías. Se la ganaron ocho proyectos, cinco eólicos y tres solares, que tienen asegurados contratos de venta de energía a quince años, desde el inicio de su operación en el 2022. 

Con ellas, el Gobierno espera que se instalen cerca de 2.200 megavatios, un 12 por ciento de la matriz energética del país,  en energías no convencionales.

Para el Consejo Mundial de Energía, un foro de países que promueve el uso y aplicación de las energías renovables, eso es “una mejora” frente a la baja participación actual de las no convencionales en la matriz eléctrica nacional.

Recientemente, Duque anunció que habrá otra subasta en 2021.

Estos mecanismos le abren el espacio  a nuevas subastas de energía limpia para que las renovables se promuevan a nivel privado. Como la subasta de la comercializadora Renovatio o las del nuevo operador de la costa Air-e, que se lanzaron hace unas semanas y que tienen como objetivo comprar energía de proyectos renovables para comercializar a nivel nacional.

La idea es que comprarán solo este tipo de energía, para luego venderla a quienes la distribuyen, como Codensa, las electrificadoras de Meta o Santander, o Enerpereira.

Para Maria Fernanda Suárez, hasta hace poco ministra de Minas y Energía, el hecho de que el país vaya a aumentar, en tres años, su porcentaje de renovables en la matriz energética a más del 10 por ciento representa una transición rápida. 

Pero le dijo a La Silla que esto va a depender de que alcancen a construirse y de que logren quedar conectados a la energía vertebral eléctrica del país, el Sistema de Transmisión Nacional. 

“Será un efecto demostrativo que va a impulsar generadores eléctricos a poner más plantas eólicas y solares”, explicó Suárez. 

Pero el carbón seguirá en el panorama

Las centrales termoeléctricas de carbón y gas, según le explicó Giovanni Pavón, desarrollador de proyectos en energía renovable, a La Silla Vacía , “se consideran como una energía de respaldo”. 

Quiere decir que están ahí en caso de que haya un problema que evite que las otras fuentes produzcan la energía suficiente, como cuando hay un Fenómeno del Niño y los niveles de agua bajan. Por eso, las centrales térmicas sirven como un seguro para evitar apagones y racionamientos como los de 1992. 

Y como las energías renovables también dependen de condiciones atmosféricas como la cantidad de luz solar o que un día haga viento y al siguiente no, el Gobierno prefiere mantener esas plantas de hidrocarburos.

Por eso el Ministerio de Minas y Energía, le sigue apostando. Como la subasta de cargos por confiabilidad que mencionamos antes para tener financiado ese seguro, pagando a los dueños de las centrales por tenerlas listas para prenderlas cuando se necesite.

Con esa subasta, la que se hizo en febrero del 2019, se espera que estén listas 11 centrales térmicas en 2022, unas nuevas y otras que ya existen pero con más capacidad. En total, el Ministerio planea que haya 37 hacia el 2030, lo que muestra que la apuesta por las térmicas como seguro se mantiene.

Eso preocupa a Pabón, pues cree que el Gobierno debería limitar las centrales a base de carbón o de gas, y ponerle un final en el tiempo a esa fuente. “¿Hasta cuándo vamos a tener generación a partir de fuentes fósiles? Esto no es algo sencillo de resolver, pero el Gobierno tiene que estar ya en esa discusión”, puntualizó.

Una fuente en el Ministerio nos dijo fuera de micrófonos que aunque no hay una fecha, sí se están dando señales políticas sobre las energías renovables. Y que por eso en la última subasta del cargo por confiabilidad adjudicaron proyectos de energía solar y eólica. 

Otro aspecto que también preocupa a expertos como Maria Alejandra González, oficial empresarial de mitigación del cambio climático en la ONG WWF, es que cuando aumente la demanda de energía, por ejemplo, cuando se electrifique el sector transporte, el reto es que la fuente de energía sea renovable y limpia. 

El Gobierno le apunta a que en el 2030 haya por lo menos 600.000 vehículos eléctricos, cuando a marzo del 2019 había 5.425 vehículos eléctricos de los 14.671.694 del parque automotor, según cifras del Registro Único Nacional de Tránsito (Runt). González es clara con que “debe haber una coherencia” y que para suplir esa demanda eléctrica, no puede ser con energía que provenga de plantas de carbón. 

La exministra Suárez entiende este reto, y aclaró que parte de la apuesta por las renovables es asegurar que la energía para esa demanda provenga de ellas. Pero cree que dependerá de que su costo sea razonable y competitivo, algo que todavía tiene dificultades.

Nuevas tecnologías vienen en camino, pero todavía se demoran

Los paneles solares y las turbinas eólicas han bajado de precio en la última década y cada vez son más atractivas para el mercado.

Cuando Eduardo Ospina terminó sus estudios en ingeniería eléctrica y electrónica en la Universidad Nacional, las energías renovables en Europa lo inspiraron. Allá, este sector viene en crecimiento, y los molinos  de viento y paneles solares se apoderan cada vez más de sus paisajes, mientras van olvidando el carbón.

Junto con otros colegas, en 2017 creó Solenium, un emprendimiento de energía solar para “democratizar y facilitar energías limpias a personas y empresas”. Se refiere a llevar energía a comunidades en zonas de difícil acceso y permitir que las personas puedan ser consumidores y productores de la energía.

En busca de la eficiencia de la energía solar, Solenium patentó un mecanismo que le permite a sus paneles seguir la trayectoria del sol. Además, diseñaron un algoritmo para que se limpien automáticamente. 

Este sistema ya está en el mercado y está, por ejemplo, en el Liceo de Cervantes en Barranquilla, donde funciona como laboratorio para que sus estudiantes investiguen en sistemas de energía solar. 

Sin embargo, el desconocimiento persiste y hace que la gente sea tímida para apostarle a los paneles solares. “Hay que ir educando poco a poco”, dice Ospina.  

Él cree que será fundamental que la gente pierda el miedo a arriesgarse por esta tecnología para que se masifique en el país.

Pero uno de los retos de los paneles solares, para pensar en usarla como una energía de respaldo, es el almacenamiento. El costo de las baterías sigue siendo alto. 

Darío Mayorga, de Corpoema, le explicó a La Silla que es clave que estos precios bajen. Si eso no pasa, “las fuentes convencionales térmicas seguirán operando para suplir las necesidades”.

El hidrógeno, un combustible que puede reemplazar los fósiles y que seguramente será revolucionario, pasa por un panorama similar:  el costo de la tecnología para aprovechar el hidrógeno de manera limpia sigue siendo elevado, por lo que hace falta un tiempo para que sea menor y pueda masificarse. 

La fuente del Ministerio nos dijo que Colombia está haciendo alianzas con países como Alemania para importar esta tecnología cuando reduzca su costo de producción, algo que debe pasar en los próximos años, y el presidente Duque dijo que se aliaría con Chile para hacer una hoja de ruta de aquí al final del primer trimestre 2021, para el “desarrollo de hidrógeno verde en Colombia”.

Maria Alejandra González de WWF sabe que estas tecnologías son apuestas a largo plazo, por eso insiste en que el Gobierno envíe una señal política que promueva la investigación y el desarrollo. 

Pone el ejemplo de que en el Reino Unido se prohibirá la venta de carros que usen combustibles fósiles para el 2030. “Seguramente no tiene descifrado el paso a paso de cómo será, pero lo tendrá que hacer”, dice González. “Cuando eso se da, el país también le da una seguridad a los inversionistas”. 

Mientras tanto, aunque la transición hacia las energías renovables ya empezó, los próximos años van estar acompañados por el carbón. Una década que está trazada por los compromisos que Colombia adquirió con el planeta para reducir sus emisiones y limitar el aumento de la temperatura global. Seguramente, la ambición del país frente a las renovables será un factor a tener en cuenta. 

Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

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