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Por Andrés Bermúdez Liévano · 08 de Enero de 2021

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“Mire esta belleza de achapo”, dice Ever Castro, mientras señala un esbelto árbol de 10 metros que sembró para recuperar la ronda de la pequeña quebrada que atraviesa su finca en Belén de los Andaquíes, en el piedemonte caqueteño.

Ever, un campesino y antiguo cocalero de 54 años, espalda corpulenta y pelo al rape, se emociona saltando de árbol en árbol, comentando la forma de su copa, el color de su corteza, el tipo de poda que requiere.

“Vea, huélalo, mire el olor de un comino”, dice, tras rebanarle con su navaja un pedazo de corteza de tono ahuyama, que en efecto huele como el condimento que le da nombre. Avanza unos metros y se detiene frente a la copa triangular de un canelo de hojas aromáticas, de la familia de los que despertaron la codicia de los conquistadores españoles. “Por aquí no encuentra otro de estos ni para conocerlo”, suelta.

A todos los reconoce de inmediato, el catálogo vegetal grabado en su cabeza. Allá un cedro rojo, acá un laurel, ese otro un amarillo real, este de acá un ahumado con sus hojas de reverso color ceniza, más lejos un juansoco. Entre esos árboles, todos nativos de esta zona de transición de los Andes a la Amazonia, están sus frutales también amazónicos: copoazú, arazá, asaí, borojó, cacao maraco, milpeso, cocona, uva caimarona…

Esta finca de 18 hectáreas -que Ever y su esposa Martha Cano orgullosamente bautizaron La Amazonía- es un modelo de esquema agroforestal, en el que conviven varios tipos de cultivos en medio de un bosque, cada uno de los cuales genera un ingreso distinto a su dueño. Como dice él, “yo no tengo un cultivo principal, sino el que está dando en el momento. Una parcela de estas todos los días está dando”.

El experimento personal de Ever -que los científicos llaman ‘asocio o enriquecimiento agrisilvícola’- es un ejemplo del tipo de soluciones que pueden servirle a campesinos que están intentando salir de la coca, dándoles opciones económicas y al mismo tiempo garantizando que éstas, a diferencia de la ganadería extensiva, sí son ambientalmente sostenibles.

En otras palabras, los Castro Cano crearon un bosque y hoy viven de él.

De la coca a un bosque productivo

Antes de vivir de ese bosque en apariencia desordenado, que creció donde alguna vez hubo solo un monocultivo de caucho, Ever y su familia vivían de la coca.

Aunque su historia con la coca no es una lineal. La cultivó durante nueve años en sociedad con su cuñado, en una finca en el vecino municipio de Albania, hasta que se cansó de algunos de sus efectos colaterales. Como el día en que se intoxicó tanto con carbofurano –un potente insecticida usado para controlar los gusanos que atacan la hoja– que llegó a la casa, en palabras de Martha, “turulato”. Eventualmente decidió vender y comprar una tierra nueva, esta vez más cerca del pueblo donde había nacido. Llegaron a este predio a 40 minutos de Belén en mayo de 1997 con dos niños y una bebé de cuatro meses.

Nunca estuvo en un proceso formal de sustitución, dado que ni siquiera arrancó la coca ni se quedó en la misma finca. Simplemente se cansó. Eran los tiempos del Plante de Ernesto Samper, el primer programa nacional de desarrollo alternativo que tuvo Colombia, pero a la casa de Ever y Martha nunca llegó.

“El Estado no vino a darme un proyecto para sustituir, sino que yo mismo lo fui sacando. Acá los programas llegaron tarde”, dice. Comenzaron de ceros, solos, con apenas una idea difusa cuyo origen no recuerdan con certeza.

Poco a poco, su nueva finca empezó a lucir diferente a los predios que la rodean en la vereda Aguadulce. La ordenada retícula de cauchos, metódicamente separados por la misma distancia y vestigios de un programa del Incora en los años sesenta, se llenó de vecinos. En cada una de las anchas calles que separan cada surco de cauchos, Ever sembró cientos de árboles, alternando siempre un espigado maderable con un frutal más bajito.

Sus vecinos decían que estaba loco, en una región donde la sabiduría popular dice que un potrero ordenado es aquel que no tiene árboles y donde la convención dicta que se necesita una hectárea por vaca. “Usted en 50 años estará muerto”, le decían, cuenta su hermano Rafael, que siguió sus pasos y tiene una finca vecina con los mismos maderables y frutales.

Esa transición inicial en la que sus cultivos apenas empezaban a crecer, sin ningún apoyo del Estado, también fue la época más dura. Eso se debe a que, mientras la coca demora seis meses en dar su primera cosecha, la mayoría de sus alternativas tardan hasta diez veces más: tres años el cacao y la palma africana, siete el caucho. 

“Ahí es que uno piensa que la coca es muy ligera para dar. Comienza el ¿me voy, me devuelvo?, porque no encontraba cómo sostenerme”, dice Ever, subrayando la importancia del apoyo a quienes dejan la coca en ese punto tan frágil de su transición. Aunque, agrega de sopetón, cada vez que flaqueaba, sentía que su finca lo socorría. En una de esas ocasiones, cuenta, estaba sentado en la plaza de Belén, deprimido y pensando a quién podía pedirle fiado para llevar comida, cuando pasó en moto un funcionario de la alcaldía a avisarle que finalmente había salido el pago de 400 mil pesos por 200 plantas de copoazú que les había vendido de su vivero meses atrás.

Dos décadas después, su finca tiene una docena de opciones productivas y es un referente que con frecuencia visitan profesores de agroecología de la Universidad de la Amazonia, investigadores agrarios de Agrosavia, científicos del Instituto Sinchi de estudios amazónicos y de la ONG gringa Amazon Conservation Team.

“Esto es un proyecto de largo plazo”, sentencia él.

Una finca con muchos clientes

La variedad de productos que da hoy La Amazonía significa que también tiene una cadena de comercialización bastante diversa, con lo que Ever y su familia han logrado navegar uno de los mayores escollos que históricamente han tenido los procesos de sustitución de coca.

Eso sí, los ha cosechado uno a uno, igual que sus frutas. Como dice Ever, “de cultivador me tocó volverme comercializador”.

Su primera venta fue en el 2000, cuando su primera cosecha de borojó lo dejó repleto de esos frutos carmelitos y redondos como una totuma. No era popular en la región y tampoco la compraban en la plaza de mercado. Cargado con una caja de 15 kilos, viajó a Florencia y empezó a ofrecerlas en varias de sus tradicionales juguerías. En una de ellas, La Ñapa, le contaron que ya les llegaba por tierra desde Chocó, pero –ante la insistencia de Ever- compraron la canasta completa a 37,500 pesos que él aún recuerda nítidamente. Una semana después lo llamaron a pedirle más borojó y aún hoy, dos décadas después, le siguen comprando.

Así, poco a poco, fue armando su propia cadena de comercialización para cada uno de sus productos. El copoazú y el asaí, el súper fruto que lleva años de boom comercial en Brasil y que en Colombia tiene cada vez más demanda, los vende a proveedores en Bogotá, Villavicencio y Florencia. El cacao y el caucho, recogido en láminas largas de látex seco, los vende en las centrales de acopio que hay en Belén. El cacao maraco, que tiene un color blancuzco, se lo lleva a una señora en Florencia que fabrica pastillas de chocolate para beber.

Ahora, con un congelador que recibió a través de un programa de Prosperidad Social, puede almacenar la pulpa que extrae –de cocona, de asaí, de borojó- e irla vendiendo a medida que le van pidiendo.

“Estos cultivos amazónicos, si no se pueden vender, la gente desiste. Había tiempos en que nos tocaba botar borojó”, recuerda Ever, subrayando como –aunque los llamados ‘mercados verdes’ tienen cada vez mayor acogida y son impulsados por distintas autoridades ambientales- al final depender de uno solo sigue siendo un riesgo.

“Yo siempre le insisto a mis estudiantes en el dicho ‘a mayor diversidad, mayor estabilidad’. La parcela de Ever es un buen ejemplo de esto: esa diversidad le ayuda desde a darle un buen manejo fitosanitrio, controlando insectos o enfermedades como la monilia en el cacao, hasta garantizar que casi todos sus gastos salen de su finca”, dice Carmen Bedoya, una profesora de ingeniería agroecológica de la Universidad de la Amazonia que regularmente lleva a sus alumnos a visitarla.

Si alguna de esas opciones le falla, Ever siempre tiene otra a la mano. Los maderables, que hasta ahora solo ha talado para construir su casa de achapo y ahumado, se pueden talar para vender. A veces incluso surgen negocios inesperados, como las semillas de ahumado que varios vecinos le compran ahora y que él simplemente recoge del suelo.

Crear un bosque, para después vivir de él

Salir de la finca La Amazonia es encontrarse con otra Amazonia. El contraste es evidente: potrero tras potrero de pasto, unas cuantas cabezas de ganado desperdigadas y algún árbol solitario. Y mucho calor.

Ese paisaje ganadero esconde las cicatrices de un pasado violento y un presente con graves problemas ambientales. Del pasado porque esas veredas estuvieron inundadas de coca durante los años de auge de los paramilitares del Bloque Central Bolívar, que promovían su cultivo y aterrizaban sus avionetas en una vía que solo se pavimentó hasta el año pasado y a la que los locales aún le dicen ‘la pista’. Su centro de operaciones en el cercano caserío de Puerto Torres fue el epicentro de tantos horrores que hay un informe completo del Centro Nacional de Memoria Histórica narrándolos.

En esa época, los Castro tuvieron que salir desplazados. Algunos vecinos cocaleros los acusaron de haberlos sapeado con el Ejército, que había venido con sus escuadrones de erradicación forzada, solo porque ellos se habían negado a sembrarla. Durante tres largos años vivieron en el pueblo de Belén, resignándose a visitar su finca apenas lo suficiente para comprobar que sus árboles -sin desmalezar, sin podar, sin control de plagas- seguían en pie. Solo pudieron regresar tras la desmovilización de los paras en 2006.

Aunque hoy hay apenas una sexta parte de la coca (4511 hectáreas) que había hace 20 años, cuando los primeros frutos de Ever maduraban, Caquetá es hoy uno de los mayores focos de deforestación en Colombia. Eso se ha debido, en parte, a que muchos campesinos cambiaron un problema agudo –e ilegal– como la coca por otro como la ganadería extensiva que, siendo legal, es igual de crítico. Lo es porque está ligado a dos de las fuentes más significativas de emisiones de gases de efecto invernadero que causan el cambio climático en el país: la conversión de bosques naturales en pastizales, que libera dióxido de carbono a la atmósfera, y el metano que liberan las mismas vacas.

De hecho, una investigación de las científicas colombianas Liliana Dávalos y Dolors Armenteras, publicada en la revista BioScience, demostró que esa ampliación sin control de la frontera agropecuaria ha sido uno de los mayores factores de pérdida de bosques en la Amazonía - aún más que la coca.

Es ahí donde está el mayor potencial de fincas como la de Ever para algunas de las regiones más taladas del país como Caquetá, Guaviare y el sur del Meta, donde la deforestación ha sido disparada en gran medida por la ganadería extensiva.

“Esas coberturas degradadas las estamos transformando con un enfoque agroambiental: agro porque generamos opciones productivas para la población y ambiental porque recuperan un bosque”, dice el biólogo Armando Sterling, quien ha liderado varias investigaciones sobre caucho en el Instituto Sinchi. La finca de los Castro fue justamente una de las seis –tres en Belén y tres en San Vicente del Caguán- donde él hizo ensayos para ver qué tan bien interactúan el caucho y el copoazú.

La conclusión de esa investigación de científicos del Sinchi no solo fue que en efecto se adaptan mutuamente, sino que asociarlos además trae una serie de beneficios ambientales como la recuperación de suelos degradados, el secuestro de carbono (dado que hay más árboles) y la conservación de la biodiversidad.

Esto último ya es evidente en la finca de La Amazonía, a la que han regresado decenas de animales -monos chichicos, loros, carpinteros, borugas, guacharacas, armadillos y tucanes que los locales llaman ‘Diostedé’- que cumplen un rol decisivo en la polinización de flores y la dispersión de semillas. 

“El bosque es como un sombrero, que no permite que el sol le dé directamente al suelo, amortiguando los rayos y evitando que vengan desastres”, dice Ever.

Más allá de las bondades de esa convivencia vegetal, el Sinchi viene reflexionando sobre cómo crear estos sistemas agroforestales incluso cuando los campesinos no tienen sino potreros degradados.

En otra investigación posterior, plantearon un modelo para estos escenarios. Descubrieron que sembrar al tiempo –intercalados- caucho, copoazú y plátano hartón permite que unos le aporten a otros el sombrío que necesitan para crecer. Luego entran en producción de manera escalonada: al año el plátano ya da comida y a los dos años el copoazú da frutos. Ya sin plátano, el caucho sigue creciendo y a los ocho años comienza a dar látex. Ambos, caucho y copoazú, tienen una vida útil de 40 a 50 años. A esto lo llaman restauración productiva, porque reforesta a la vez que da con qué comer.

Estas investigaciones del Sinchi, financiados con recursos de Colciencias y de regalías, también han permitido consolidar cadenas comerciales para especies nativas como el copoazú o el asaí – algo que los científicos llaman ‘biocomercio’. Ese trabajo evidencia cómo el sector ambiental y, sobre todo, sus institutos de investigación –el Sinchi, el IIAP del Pacífico o el Humboldt, cuyo contrato al ex concejal Miguel Uribe Turbay despertó alarmas de una posible politización– aportan soluciones concretas a problemas graves.

No son los únicos devotos de este modelo agroforestal: la Vicaría del Sur, el brazo social de la Iglesia Católica en Caquetá, lo viene promoviendo desde hace años con el nombre de ‘finca amazónica’ y publicó un libro compilando los aprendizajes de sus dueños. Entre sus profesores están Ever y Martha.

En apenas una generación, los Castro han recogido otros frutos de su finca. Mientras Ever solo pudo estudiar hasta cuarto grado, dos de sus tres hijos son profesionales. La menor, bióloga de la Universidad de la Amazonia, trabaja con el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos (PNIS) en Montañita. El segundo, agroecólogo, trabaja en un proyecto de la universidad en Paujil. Y el mayor, que estudió un par de semestres de ingeniería forestal en la Unad, vive en una parcela vecina y trabaja en la finca familiar.

Los estudios de todos son la herencia directa del experimento que sus papás iniciaron hace dos décadas.

Entre tanto, Ever sigue buscando nuevas especies para sumar al catálogo vegetal de su finca. Con esmero cuida varios árboles que aún no han entrado en producción: unas palmas de cananguche, un palo de sangre de drago cuya resina sanguínea se usa para tratar muchas dolencias, uno de ucuye (cuyo fruto en otros puntos de la Amazonia llaman ‘huevos de toro’) y un árbol de nueces de cacay. Y también un camu camu cuyas bayas rojizas y similares al café no dejan de pedirle y en el que Ever tiene puestas sus próximas esperanzas económicas, pero que –rebelde- se ha resistido a crecer.

“Uno ayuda a la naturaleza a reconvertirse y ella lo premia a uno. Si la maltrata, ella lo castiga. A mí ella solo me ha premiado”, dice.

Este reportaje fue hecho gracias a la beca de periodismo en política de drogas de la Fundación Gabo.

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