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Por Juan Pablo Arbeláez | Fabián Eraso · 05 de Junio de 2020

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La rumba en Cali ya no está en las discotecas, pero se vive en los barrios

Cali ha estado en los primeros lugares de contagios confirmados desde que la pandemia del coronavirus estalló en el país, hace tres meses. Parte de estos números preocupantes (que hoy están en 2.905 casos y 129 muertes) se entienden a la luz de la vida nocturna que en esta ciudad es leyenda y que ha seguido pese al virus, aunque con transformaciones.

Siguiendo con los números, estos lo dicen con contundencia: en un fin de semana, las autoridades han llegado a desactivar hasta 300 fiestas clandestinas que violan la cuarentena.

La música, el baile, los colores, el encuentro y el goce, son protagonistas de la noche de Cali desde los años 50, cuando la salsa empezó a llegar gracias a la migración de personas desde el Pacífico, Cuba,  Puerto Rico y Estados Unidos, y se han convertido en un bien cultural y uno de los rasgos que define la caleñidad. 

El Covid no ha apagado la rumba porque, aunque en las zonas tradicionales de baile y rumba impera el silencio y la soledad; en el barrio, en el ghetto, el volumen sigue a toda, como lo muestra este reportaje gráfico.

Bueno, eso hasta que llega la Policía y a algún rumbero se le da por advertir a los demás: “Entrate que llegó Jorge Iván”, como lo oímos en el popular barrio El Poblado, en referencia a Jorge Iván Ospina, el alcalde que hace poco propuso permitir la rumba en la calle argumentando que hay un desgaste y el pueblo necesita “del encuentro, de la danza, del baile”, como contó a La Silla hace unos días.

En cuanto a la rumba, la Cali que conocíamos hasta antes de la pandemia hoy es otra. Menga, Juanchito, la Avenida Sexta, El Boulevar, la Calle 66 y otros sectores que eran puntos de encuentro para los rumberos, desde hace dos meses y por el coronavirus, son zonas desérticas. 

A raíz de la pandemia, 40 por ciento de los establecimientos nocturnos en Cali ha cerrado sus puertas definitivamente y sus dueños han entregado los locales.

En esos lugares los himnos de Richie Ray y Bobby Cruz, el Grupo Niche, los Hermanos Lebrón y otras orquestas icónicas, fueron reemplazados por el silencio profundo de las calles, donde incluso los carros dejaron de pasar.

 

 
 
 

Ya no hay botellas de licor en las aceras ni rumberos sentados en muros cantando a todo pulmón en medio de la noche fresca. Hoy sólo se ven discotecas cerradas y muy pocos estancos abiertos.

Cientos de personas de todas las edades se daban cita en una esquina de la carrera 66, al sur de Cali, para calentar motores antes de ir a las discotecas y bares del sector. Carros abiertos con música a todo volumen, botellas de cerveza y parches de todo tipo eran el panorama de una noche normal, incluso entre semana. Hoy sólo vemos tres trabajadores de la zona que conversan sobre su jornada laboral con una botella de cerveza en la mano.

 
 

El Boulevar del Río era otro de esos lugares de encuentro. Cercano a la Avenida Sexta y a bares de salsa como Malamaña, La Topa Tolondra y Mamut, a este lugar los fines de semana no le cabía un alma. Sentarse en una banca, por ejemplo, era un privilegio que sólo los primeros en llegar podían tener. Ahora el sonido del río, los grillos y las cigarras dan cuenta de la nueva noche. “El tambor sonando” y las transmisiones de fútbol con cerveza, no son más que un recuerdo.

En Menga y en Juanchito, las zonas más rumberas de la ciudad, la fiesta acababa en la mañana del día siguiente. La gente llegaba a partir de las 12 o 1 a.m., e incluso, había quienes iban a rematar a altas horas de la madrugada. Las luces, la música crossover y las pintas coloridas y elegantes ya no están. Lo único que se puede escuchar ahora en Menga es el ruido de una fábrica.

 
 

Muchos extranjeros formaban largas filas junto a salseros locales para ingresar a bares reconocidos como La Topa Tolondra en la calle quinta. Hoy muchos de esos lugares han cerrado definitivamente. 

Una de las discotecas más icónicas alrededor de la cultura de la salsa quebró. Salsa, ubicada en el inicio de la Avenida Roosevelt, fue desmantelada en las últimas semanas. El performance de los bailadores y la pinta con zapatos de charol blancos o tacones altos, eran características reivindicadas por esta discoteca. 

Y el golpe no es solo para los salseros. La tradicional zona dedicada al rock en la calle quinta también está muda, solitaria. 

Pero la rumba en Cali no se acabó. Tan sólo se pasó a los barrios. Esos mismos en los que el contagio está aumentando de manera acelerada. 

De los 2.905 casos confirmados hasta el 3 de junio en la ciudad, 600 pertenecen a las comunas 13, 14 y 15, donde además han muerto 30 personas. Aparte de las aglomeraciones en la galería de Santa Elena, que fue cerrada temporalmente por nueve días, la actividad nocturna y el desacato a las medidas de aislamiento preventivo, toque de queda y ley seca en la zona, suponen un altísimo riesgo de contagio.

Hasta allá fuimos en recorridos nocturnos que hicimos durante dos fines de semana, en una ocasión junto a la Secretaría de Seguridad y Justicia que buscaba rumbas y aglomeraciones para desactivar.

 

 
 
 
 

En el Centro las calles parecían las de una noche cualquiera sin cuarentena, con la gente en ellas a pesar de la lluvia. En esa zona no regía el toque de queda. El desorden podía encontrarse en cada esquina.

 
 
 
 
 
 

Había varias aglomeraciones en la calle y en estancos acompañadas del sonido de un timbal o de un bajo de reggaeton y de botellas de cerveza, de ron añejo o del clásico aguardiente del Valle. La gente hablaba, se tocaba entre sí, azotaba baldosa sin distancia, y peor aún, sin tapabocas.

 
 

Nadie quería volver a su casa a pesar de las órdenes de la Policía. Muchos, con torpeza, se ponían mal el tapabocas y se dirigían hacia otro lugar; seguramente, a continuar la rumba. Otros se refugiaban, despavoridos, en el interior de las casas.  

Por ser una zona insegura, unos funcionarios de la Alcaldía decidieron no intervenir una fiesta en la que había 20 personas fuera de una casa en el barrio El Calvario, pues no contaban con suficiente acompañamiento para desactivar la reunión, sin correr riesgo en caso de alguna confrontación.

En los barrios El Diamante y El Jardín, en el oriente, donde había toque de queda y ley seca sectorizados, la noche también estaba a tope. Las risas, los gritos y las voces desafinadas cantando al unísono, daban cuenta de unas medidas inexistentes.

 
 
 

Los infractores decían no tener conocimiento acerca de la medida dictada por la Alcaldía. Y ante el miedo de que se les hiciera un comparendo, buscaban los tapabocas en sus bolsillos y con paso apresurado, se iban a sus casas.

Las familias en su antejardín charlando, riendo y con trago, era una imagen común en estos barrios populares de la ciudad.

En cuestión de minutos y con la mediación de la Alcaldía, esas reuniones fueron disueltas. 

 
 
 
 

“Nos dejaste iniciados”, decían algunos. Otros simplemente acataban la orden de entrar  a sus casas mientras los funcionarios les recordaban las medidas de bioseguridad que debían tomar para evitar un posible contagio. “Bueno, pero sin sermones”, dijo un hombre casi susurrando. 

Pese a que estaban violando la cuarentena las autoridades no pusieron comparendos porque las personas accedieron rápidamente a acabar sus reuniones.

También hubo rumbas un poco más pesadas. 

Algunos vecinos del barrio El Diamante, se quejaron por una fiesta que al parecer llevaba tres días seguidos en un segundo piso. Cuando llegó la Policía, apagaron las luces y la música y cerraron las cortinas. 

Ante la amenaza de inmovilizar los vehículos que se encontraban afuera de la casa, ocho personas que no vivían ahí salieron y tuvieron que regresar a su hogar. 

Como esa, encontramos varias.

 
 
 
 
 
 

A eso de la 1 y media de la mañana, en los barrios del Distrito de Aguablanca, al oriente de Cali, en cada calle se escuchaba música diferente. Salsa, reggaeton y música popular salían por ventanas y balcones a todo volumen. Aunque las personas no estaban bailando, el trago, los cantos y las risas daban cuenta de una ciudad que no renuncia a su esencia rumbera. 

 
 
 
 
 
 

En una cuadra del barrio El Pondaje había dos fiestas. Al menos unas 15 personas reunidas afuera de sus casas, la mayoría, menores de edad. Y ninguna, ninguna, tenía tapabocas. 

Cuando escucharon la alarma de una patrulla, salieron corriendo a refugiarse en sus casas. No volvieron a sacar la cabeza.  

“Entrate que llegó Jorge Iván”, dijo una mujer joven a las personas que departían con ella.

En el barrio Ulpiano Lloreda, famoso por la fiesta de los primero de enero en sus calles, la rumba más apoteósica del año en Cali y a la que llega muchísima gente de otros sectores al remate del año nuevo y de la feria, también había celebraciones.

 
 
 

Cumpleaños, asados y mucho alcohol. Este barrio y Calipso fueron los que más actividad nocturna tuvieron de los visitados. El desconocimiento o desentendimiento de las medidas de protección y de seguridad ordenadas por la Alcaldía era evidente.

 
 

A falta de un bar o una discoteca, el separador de una calle puede ser la mejor opción para compartir una bolsa de ron y charlar.

Un carro, en el que sonaba una canción de Bad Bunny, ambientaba la rumba en un andén. La música se escuchaba dos cuadras a la redonda.

 
 

En dos de las fiestas encontradas, casi a las 3 de la mañana en ese mismo sector, ante la presencia de cuatro policías, las cámaras y la exigencia de parar y disolver la reunión, varios de los asistentes, sobre todo hombres, alterados por el licor, reclamaron a los funcionarios.  

Con el volumen abajo y una actitud airosa,  reclamaban que no era justo el operativo, pues algunos de ellos decían haber votado por el actual Alcalde “pero no para que haga esto”. Tras los insultos y lanzar algunas botellas a las camionetas del operativo, las autoridades abandonaron el sitio para evitar confrontaciones. 

 
 
 

Vimos intervenir 30 fiestas la noche del sábado pasado. Y aunque en ninguna hubo una aglomeración mayor a 20 personas, lo cierto es que las medidas de protección y el acatamiento a los controles municipales son lo que menos importa. 

En esta dicotomía se mueve la noche de Cali. La rumba ya no es la misma, pero es evidente que los caleños no van a dejar morir esa parte de su cultura. Y aunque haya operativos, se desactiven esas reuniones constantemente y las medidas sean acatadas por la mayoría, siempre habrá espacio para que el ritual tradicional continúe manifestándose en reuniones familiares, pequeñas fiestas en casas e incluso las mismas calles de la ciudad, donde siempre habrá fuego en el 23.

 

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