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Por Lucas Ospina · 14 de Abril de 2009

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Hay una película que se llama Chronique D'un été con la que estoy trabajando muy de cerca hoy en día, la estoy recomponiendo con uno de sus dos autores, Edgar Morin 50 años después de que fuera terminada .  Morin quedó profundamente insatisfecho del montaje final que hizo su colaborador, el célebre Jean Rouch.  Era una edición que contradecía mucho de lo que Morin ya había publicado en los años 50 sobre un "nuevo cinéma verité".

Por esa razón la película me es familiar en su nivel más íntimo, porque al recuperar todo el material que fue descartado conozco el inverso, el negativo de aquello que quedó rescatado para siempre del olvido: las imágenes y sonidos del corte final. 

En esa película, que es como el primer reality "avant la lettre", hay un momento  en el que Marceline Loridant se pasea por Les Halles en Paris con un micrófono en la mano y una grabadora colgada de su hombro.  Ella hace una confesión patética y solitaria  frente a la cámara que esta lejos de ella, montada encima de un carro que se aleja.  Esto, que parece trivial ahora, es extraordinario en 1960; Es la primera vez en la historia del cine europeo en que se filma un exterior con sonido directo. Marceline habla de una historia tristísima, de la despedida de su padre al que no vería nunca más, dentro de un campo de concentración de judíos.  Este es también uno de los primeros testimonios conocidos de lo que habría de convertirse, a manos de Spielberg y otros, en un género: el Holocaust testimonial.   Lo distinto de este testimonio, como lo admite Marceline, a quien he entrevistado ahora de vieja es que ella ya estaba influenciada por el pathos de las voces de Hiroshima Mon Amour de Resnais que se había estrenado el mes anterior.  No sólo eso: como ella había visto la proyección de los rushes de chronique diariamente, sabía que lo que "funcionaba" frente a la pantalla en el marco de este experimento de psichodrama filmado, era pronunciar el patetismo.  En resumidas cuentas ella siempre ha visto ese testimonio como un acto de ficción, la puesta en escena de Marceline Loridant como Marceline Loridant.  Pero durante años este testimonio ha hecho llorar a miles y ha sido considerado como lo más auténtico que hay sobre el drama humano del holocausto judío.  Por ese hecho, porque la escena tiene ese juego inevitable entre lo circunstancial y lo histórico, porque no busca ser archivo, logra serlo. Logra ser el cristal de las paradojas de cada recuento histórico.  Ahí mismo fallan los documentales que se quieren ascépticos o las películas puramente dramáticas de Spielberg. Porque la cosa humana siempre es por el medio.

Eso nos lleva directamente a Higuita, al recuento de la historia de nuestro país, de ese absurdo dolor de habernos despellejado por nada.  Por la plata fácil que produce la ilegalidad de una sustancia.  Todo tiene que ver, en todo caso, con las tetas que están en ese jacuzzi, y con el jacuzzi también.  Esas son las tetas que le dieron su perfil al horizonte de la historia traqueta de Colombia, y el jacuzzi de grifos de oro fue el caldo de cultivo de todo ese sancocho.

El otro día vi en el Museo Pérgamon de Berlín  ese magnífico friso griego que tienen allá instalado en su verdadera altura.  Hay pedazos que faltan y pedazos que están.  Las ruinas, (esa costumbre del tiempo) y sus caprichos que se acentúan con el paso de los días y los años y los siglos y los milenios.  Todo esto me devolvió al par de clips de Higuita en el jacuzzi, de nuevo.  De la entrevista de Higuita, de su relación con Pablo Escobar sólo tenemos unos fragmentos:  la expresión introductoria, la risita entendida, la recocha.  Antes también esta el fragmento de un momento clásico de autodesprecio del mestizaje racial (parece que Higuita se operó la nariz, con él son tres los operados del jacuzzi - Silicon Valley de Aburrá).  Todo, todo, todo está ahí.  Pero lo bonito es que los fragmentos que nos quedan, los tenemos por una razón idéntica a la de las ruinas arqueológicas: los pasajes que están ahí, fueron rescatados por los caprichos, no del tiempo sino de la erótica paisa.  Es lo mismo, porque ambos son procesos tan arbitrarios, como el de una termita.  Alguíen escoge de la entrevista los sitios en los que las tetas de las entrevistadoras están bien visibles y corta las frases a diestra y siniestra por donde sea.   Quedan frases incompletas, sentidos que nos gustaría leer enteros pero que se han macheteado sin consideración.  Lo cierto es que la mayor verdad de esos sentidos es que nunca están completos, que la lectura del presente siempre es como la del webmaster impuber que cortó esos clips, como quien corta a Natalia Paris en tanga de una revista de moda.  Por la P de París, y de pura casualidad.

Por todo esto lo que tenemos ahí es un cristal magnífico de la historia del narcotráfico en Colombia, una piedra preciosa en vez de un vidiro de botella.  Un juego que se juega al contarse, como debe ser.  Porque la luz se refracta en mil sentidos, (tal como en el testimonio de Marceline Loridant) desde lo psicosexual hasta los psicótico, por la p también. Todo lo opuesto a lo que pasa con la planitud del documental "Killing Pablo" del Discovery Channel, con sus jueguitos de thriller tipo Hollywood.

Esta es nuestra historia, en full tono, esto es lo que nos fascina llamar nuestros "flagelos", pero en realidad esos flagelos son una historia de SM, de una algidez libidinal tan torcida como el ADN.   Ahí en ese jacuzzi estamos todos sentados, todos los que nos dejamos seducir, aunque sea por un instante por el chisme dañadito de la "cosa política".   Y no es la primera vez que este arquero nos resume de un tajazo: "el escorpión" es otro instante inigualable en la historia icónica reciente de Colombia.

—François Bucher

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