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Por Juan Carlos Flórez · 01 de Marzo de 2011

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Es fácil atribuir el retroceso de Bogotá a la trama de corrupción que está siendo investigada por la justicia. De ser así, una vez encarcelados los delincuentes de cuello blanco, la ciudad retornaría a un proceso de transformaciones urbanas que harían mejor la vida de sus habitantes. Me parece que si no queremos llevarnos nuevas sorpresas en los próximos años, bien vale que ampliemos nuestra mirada y vayamos mas al fondo del curso de las cosas. Y tal vez una revisión desapasionada a la historia de medio siglo, nos permita comprender qué posibles regularidades hacen alternar la vida de los bogotanos entre ciclos de avance y ciclos de retroceso.

Quizá una imagen de nuestra vida diaria nos sirva para comprender más a fondo nuestra ciudad. ¿Los zorreros que frenan el avance de un audi o de un twingo son producto de nuestra desidia frente a los derechos de los animales o reflejan algo más profundo? Uno puede atisbar que hay una incapacidad de las autoridades de inventarse una solución a esta dura situación. Al tiempo, los zorreros y las zorras evidencian, con toda crudeza, que la nuestra es una sociedad muy pobre desde el punto de vista económico y de acceso a oportunidades como lo pueden ser un trabajo formal, una buena educación y  las redes de contactos sociales que, en una sociedad de privilegios, lo son todo.

Es evidente que nuestra ciudad no es aun una sociedad plenamente moderna, en la que los derechos sean el pan de cada día y los privilegios una rara excepción. En Bogotá, un grupo no mayoritario ha triunfado por su educación, su talento y trabajo, o, en algunos casos, por su capacidad para usar las vías rápidas de la cultura del atajo. Otros han heredado privilegios, que les permiten imponerse a los pilos de otros grupos sociales. Tenemos también un grupo mayoritario, que a pesar de esforzarse, poseer diversos talentos, no logra acceder a una buena educación, con lo que, casi de inmediato, queda marginado de poder realizarse plenamente. Esto lo podemos corroborar con el hecho de que la clase media solo es mayoría en Chapinero, Barrios Unidos, Teusaquillo, Usaquén y, en menor medida, en Suba, Engativá o Puente Aranda. Es decir, apenas en 4 de las 20 localidades de la ciudad, la clase media es el grupo social más nutrido. En las otras, el grueso de la población no tiene ni los ingresos ni la educación suficientes para ser considerada de clase media.

Hay pues una Bogotá que tiene muchas de las condiciones para considerarse moderna. Y otra Bogotá, en la que vive la gran mayoría de sus habitantes, que anhela ser moderna, pero cuyo precario acceso a trabajos formales, buena educación, redes sociales, influencia en la agenda de la ciudad, le dificultan ser moderna realmente. Podría uno anotar que Bogotá es más moderna con el deseo que a partir de condiciones de ingreso, acceso a oportunidades y a las redes sociales que le permiten a una persona disponer de información suficiente para promoverse a sí misma, a sus habilidades, sus negocios.

Y es tal vez esa profunda y gran tensión entre la Bogotá moderna por los hechos y la Bogotá que solo puede serlo en el deseo, la que caracteriza nuestra historia urbana reciente. Si miramos una anécdota del pasado encontramos que los mayores comentaban, en un arranque de sabanocentrismo, que en Colombia solo había dos ciudades, Bogotá y Chapinero. Y el Chapinero de aquella época, muy segregado con sus quintas del resto de la ciudad, tal vez nos permita aterrizar territorialmente los orígenes de la idea de la existencia de una urbe moderna.

Parecen darse ciclos en nuestra historia en los que, quienes viven e imaginan una ciudad más moderna, toman el control del poder, y eso conduce a los bogotanos a creer que la ciudad se está transformando y que puede convertirse en una gran urbe. Los sectores sociales de altos y medianos ingresos no necesitan de la intermediación frecuente de los políticos y por eso no estan sometidos al vasallaje frente al clientelismo. Estos sectores valoran más el mérito, aunque olvidan con frecuencia que su mejor educación, les genera unas condiciones privilegiadas en la competencia social, con lo que el merito se convierte en factor de exclusión de la mayoría. Valoran también el saber técnico y la toma de decisiones gerenciales. Cuando estos sectores toman el control del poder en la ciudad, intentan reducir el peso de las redes clientelistas y marginan, en lo posible, de las grandes decisiones, a los políticos de origen social popular o de clase media baja, quienes usan el poder y los recursos del estado para su ascenso social.

Estos ciclos tienen su contraparte, aquellos en los que toman el poder las fuerzas políticas ligadas al clientelismo, que usan la política como un mecanismo de ascenso social y económico, una forma más expedita de hacerse parte de la ciudad de privilegios. No hay que olvidar que en la medida en que el grueso de los ciudadanos no vive plenamente en una sociedad equitativa, los políticos que ascienden socialmente, peyorativamente llamados tradicionales, tienen un enorme campo para conseguir votos, bien sea a cambio de subsidios o favores que se financian con el presupuesto estatal o comprando votos en los barrios marginales, que aun son muchos en la ciudad.

Dos claros ciclos en los que los modernizadores controlaron la alcaldía y le pusieron su agenda a la ciudad son la década del 60 con alcaldes como Llinás, Gaitán Cortes y Barco y los años 90 y comienzos de este siglo con alcaldes como Mockus y Peñalosa y el gobierno de transición de Garzón. Ambos ciclos se cerraron con polistas, un jugador de polo como Emilio Urrea y un polista como Samuel Moreno. Una vez se cierra el ciclo modernizante, la ciudad mayoritaria, con cruciales necesidades no resueltas, vuelve a manifestarse y las redes clientelistas se muestran más eficaces para conseguir votos, prometer favores y convertir los recursos públicos en un botín del cual se nutre el ascenso económico de políticos, contratistas y se hacen favores a las extensas redes de beneficiarios.

El asunto de fondo, en esta alternancia de ciclos, entre la Bogotá que cree con fundadas razones ser moderna y la Bogotá que aunque lo desea, no tiene medios para serlo, es un  acceso muy inequitativo a oportunidades. La capital del país aun no es una ciudad de plenos derechos para la mayoría. Para el grueso de los bogotanos el mundo de las mejores oportunidades es angosto y ajeno. Si Bogotá no se transforma en una ciudad de autenticas oportunidades, los ciclos de avance continuarán siendo cortos y los de retroceso mucho más largos.

Comentarios (7)

elcomentaristah...

02 de Marzo

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El problema de movilidad también se puede explicar a través de la existencia...+ ver más

El problema de movilidad también se puede explicar a través de la existencia de estas 'dos' ciudades:
No importa cuántas vías o metros haya, la extrema inequidad bogotana exige DESPLAZAMIENTOS diarios EXAGERADOS de población: peluqueros, celadores y banqueros deben desplazarse montones para llegar a sus lugares de trabajo; muchísimos colegios no quedan en el barrio sino afuera (de la ciudad, incluso); en el centro ya nadie vive.
Mientras no haya una desconcentración de los polos de desarrollo de la ciudad (que hoy son tres: gobierno en el centro, industria en el occidente y servicios en el norte), con barrios integrales relativamente autosuficientes, la movilidad va a ser siempre escasa.
La INEQUIDAD no afecta sólo a la política, también al TRANCON.

LARV

02 de Marzo

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El asunto de la modernidad o modernización de la ciudad se ha entendido en lo...+ ver más

El asunto de la modernidad o modernización de la ciudad se ha entendido en los últimos años como un compendio de categorías abstractas para las cuales se gobierna, olvidando el gobierno de y para los ciudadanos. Una prueba de ello es la terrible normatividad de zonificación, que lo que hace es que se deroguen en una ley lejana a la realidad las reglas del intercambio entre las personas, en vez de generar o reforzar espacios de diálogo, negociación o convivencia entre las mismas y las autoridades. Otro ejemplo, el espacio público no es un lugar delimitado por bolardos sino un lugar donde hay gente encontrándose, y cuando la policiía está criminalizando al ciudadano por un eventual "mal uso" del espacio delimitado por bolardos está dejando de perseguir al criminal de verdad, que puede estar atracando a alguien en un andén muy bonito. Pensaría más conveniente hablar de "ciudadanos" o "vecinos" que de "cultura ciudadana". Sería eso un retroceso? Saquen a Peñalosa, láncese ud.

Luis Emilio Pat...

02 de Marzo

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No valoras lo suficiente lo que nuestro querido presidente viene haciendo para...+ ver más

No valoras lo suficiente lo que nuestro querido presidente viene haciendo para que este país sea invitado al grupo de los 8 con los demás países ricos del mundo. Cómo nos vienes ahora a salir con que hay pobres y desequilibrios sociales y falta de oportunidades; cuando tu sales y te encuentras con la gente, lo que ves es gente bien que va de compras a Londres o París y se codea con lo más granado de la realeza europea. Como se te ocurre decir, por unos piches gamines, que nuestra Bogotá tiene pobres. Eso sí rescato de tu loable artículo, mi chino, cuando dices que esa chusma de indios en ascenso está llena de ladrones que nos hacen quedar mal y a veces le meten la mano a nuestra platica. Ahí está que embaucaron a nuestro querido Samuelito y lo tienen fregado por codearse con esa plebe inmunda. Es que ya no hay decencia.

marpos

02 de Marzo

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El problema de la movilidad,es falta de cultura y de autoridad por parte de lo...+ ver más

El problema de la movilidad,es falta de cultura y de autoridad por parte de los agentes de transito;en vez de estar pendientes quien comete una infraccion,deberian estar pendientes para prevenir la infraccion;la inseguridad en el fondo se debe a la falta de unos buenos codigos,con sanciones ejemplares;cojen un ladron o atracador,y a las horas queda libre.

David R

03 de Marzo

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Bogotá es una vista a escala de lo que es Colombia, representa a una sociedad...+ ver más

Bogotá es una vista a escala de lo que es Colombia, representa a una sociedad que no sabe para dónde va. Bogotá todavia no sabe que ciudad quiere ser, la sociedad rola tradicional no puede con esta responsabilidad, esta ciudad no solo es de los rolos, también le pertenece a los miles de provincianos, de todos los estratos, que llegan a diario a probar suerte en un lugar que no está preparado para recibirlos, por lo mismo, no asumen la ciudad como propia, no hay sentido de pertenencia aún después de haber encontrado un espacio para desarrollarse así sea a medias. Bogotá todavia no admite ser tan diversa como el país mismo, los que vivimos aqui tenemos que decidir para donde vamos a llevar a la ciudad, así las administraciones responderán a eso... De lo contrario, serán 4 años de saneamiento, 4 de desarrollo, 4 de cultura y cuando otra vez se pueda decir que se olvidó la inversión social... Volverán los populistas a desarmar y robar solamente...

Jorge Mejia

05 de Marzo

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Inteligente. Gracias por esta entrada.

Inteligente. Gracias por esta entrada.

donbeto

05 de Marzo

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Interesante reflexión, pero tengo dudas respecto a las afirmaciones sobre los...+ ver más

Interesante reflexión, pero tengo dudas respecto a las afirmaciones sobre los incentivos del político que lidera las olas clientelistas. Quizá sea posible asumir, o demostrar, que estas redes de clientela son más fuertes y más comunes en zonas de menor ingreso y peor educación.
Pero hay una distancia entre esto, y asociar un perfil socio-económico determinado a una forma de hacer política. Con esto, se corre el riesgo de asociar malas prácticas de gobierno a dirigentes de origen popular. Es un sesgo que viene de una premisa que asume que sólo el que necesita "ascenso social" va a explotar en provecho propio los recursos del Estado; lo cual es probablemente falso.
La pregunta es entonces ¿Son políticos de las clases bajas los que están al frente de las redes clientelistas, o son estructuras con gran presencia en las zonas marginadas pero dirigidas por individuos de diverso origen? Y para dar respuesta a esta pregunta, hay que revisar la composición social de la clase dirigente.

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