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Por blogverde · 28 de Noviembre de 2011

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Por Brigitte Baptiste

A España le tomó  casi un milenio unificar las naciones que se habían ido constituyendo desde tiempos del dominio romano. Y lo hizo a sangre y fuego convocando a los pobladores ibéricos en contra de una cruzada general para liberar la península de otro dominio, centenario, de los árabes. Con la espada y la cruz se hizo la nación al tiempo que se descubrían las indias, a quienes transfirieron el dramático mecanismo de la unificación imperial. Pese al sanguinario ideario, persistieron los vascos, los gallegos y los catalanes, entre otros, lenguas, tradiciones y costumbres que ya habían evolucionado de manera irreversible, y que hoy, pocos días después de nuevas elecciones, reconfirma a España como un país con un régimen territorial unificado, que trata de seguir siendo europeo a la vez que un país de Autonomías que negocian con la capital periódicamente en términos fiscales, jurídicos y hasta futbolísticos, la idea de nación.

El largo párrafo anterior pareciera estar fuera de consideraciones “ambientales”, pero es claramente un referente para pensar en las formas en que la identidad cultural tiene su origen: son las condiciones de la tierra, es decir, del ecosistema, donde evolucionan las estrategias de sobrevivencia de los pueblos, y sin ser deterministas, reconocemos que generan identidad y diversidad en los grupos sociales. Con ello, obvia y paulatinamente, la necesidad de construir acuerdos y alianzas, para garantizar los niveles de gobernabilidad más adecuados.

Los debates sobre autonomía de la gestión territorial en Colombia están concentrados en la institucionalización del carácter autónomo de las corporaciones regionales, duramente cuestionadas en estos días y objeto de un nuevo intento de reforma por parte del gobierno central. Amanecerá y veremos. Pero existen otras formas de gestión del territorio en la práctica, constituidas por los resguardos indígenas y las tierras reconocidas a la población afrodescendiente por la Ley 70, con un régimen de propiedad colectivo particular, y que hoy día constituyen más del 35 % del país. Territorios que comienzan a ganar visibilidad ante la evidencia de que la mayor parte de los bosques de Colombia tiene su asiento en ellos, así como la estratégica Amazonia y el Chocó biogeográfico, con sus inmensos recursos hídricos y los mayores depósitos de carbono en tiempos de cambio climático. Y a menudo, oro, petroleo, y probable y más significativamente, la fauna y la flora más diversos del mundo, en los mejores paisajes…

Una diversidad cultural que abarca veinte veces más variabilidad que la de España, similar a la de México o Brasil, solo por citar algunos ejemplos. Ambos con regimen federado, curiosamente… Una diversidad que tendemos a pensar más con los ojos del visitante de expoartesanías que con los del estadista. Decenas de territorios inembargables e imprescriptibles, gobernados por autoridades más o menos tradicionales y autóctonas, pobremente defendidas o representadas por las instituciones nacionales, a menudo perseguidas e invisibilizadas, y que cuentan hoy como su máxima herramienta de negociación con el recurso de la consulta previa. Y que han visto en ella uno de los mecanismos para garantizar un nuevo nivel de autonomía, apenas lógico y consecuente con el reconocimiento de la pluriculturalidad constitucional, pero que incomoda a la ciencia oficial, a las finanzas sectoriales, al idioma y al estado central, ese que si no alcanza a tradicional sino apenas a convencional, en un estatuto republicano que hace décadas no considera en serio la fragilidad de una unión basada en la inequidad económica y en una educación hegemónica cuya calidad decadente está siendo cuestionada en las calles.

Hablo de todo, tal vez por la escala. Porque el Estado colombiano no tiene tan claro su futuro como nación si no reconoce que las regiones despiertan de nuevo ante las oportunidades del crecimiento, de la riqueza territorializada, y si bien su manifestación más primitiva de autonomía es regodearse en la corrupción, no tardarán en legitimar, como ya lo está haciendo tímidamente la Costa Atlántica, un regimen mucho más distribuido de poderes. Acá es cuando entrará a jugar un papel decisivo la LOT (Ley de ordenamiento territorial), que hoy en día es una tímida versión de lo que requiere un territorio con decenas de pueblos indígenas y afros cada vez más organizados, más concientes de que con lo único que cuentan para prosperar es con su capacidad organizativa, totalmente vinculada con la identidad ecológica milenaria: por eso quieren ser autoridad ambiental y negociar su visión del territorio, mucho más sofisticada y compleja que la que les atribuimos, en sus propios términos. Por eso empecé recordando a España.

Comentarios (1)

Juan Camilo Cardenas

28 de Noviembre

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En buen y mal momento aparece la discusion de la LOT. Hay dos coyunturas con c...+ ver más

En buen y mal momento aparece la discusion de la LOT. Hay dos coyunturas con cara de volverse estructurales que van a hacer esta discusion de la LOT aun mas dificil ahora: 1) la locomotora minera, y 2) la crisis humanitaria derivada de los desastres "naturales". Ambos estan llevando al país a manejar este tema territorial desde el centro, por muchas razones. El subsuelo es de la nacion no de los territorios ni sus habitantes. Los desastres (que no son naturales sino humanos, por eso las comillas) se volvieron prioridad nacional -no territorial- y son el talon de aquiles del exito del presente gobierno por su impacto en la crisis humanitaria, la politica de vivienda, y la infraestructura para las exportaciones. Asi pues, cualquier discusion de autonomias de los territorios tendra en esta coyuntura el problema de las regalias, del control del sector minero-energetico y de lo desastres por no haber manejado los territorios con sus particularidades frente a los riesgos. Paradojico.

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