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Por Tío Conejo · 04 de Septiembre de 2014

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Por: Lorenzo Morales R.

La construcción en Bogotá es un monstruo insaciable. Los últimos lotes disponibles -entre ellos jardines admirables y espontáneos que brotaron sobre el suelo fértil del abandono- se los rapan los constructores. Viejos edificios y casas de hormigón y madera se tiran al suelo para levantar con drywall y bloque torres de afán. Las constructoras corren antes que el abundante dinero que bombea el globo de la construcción se agote o por acción contraria lo reviente. Hay que construir rápido y vender rápido; no importa mucho qué.

La Bogotá reciente es una vitrina al ocaso de los arquitectos que les tocó refugiarse haciendo fincas de recreo y establos para caballos, apabullados por los ingenieros de corbata que ahora levantan a sus anchas una nueva ciudad a gusto de los calculistas. Todo muy Space.

"Los más importante de una ciudad no son los edificios, sino lo que hay entre ellos", decía hace poco y con razón el arquitecto argentino Fernando Diez, uno de los cinco jurados que entregó hace unas semanas en Bogotá el Premio de Arquitectura Rogelio Salmona.

Una de las cosas más valiosas que una ciudad debe proveer “entre edificios” es también una de las más simples: árboles.

Hace poco Tío Conejo leía que en Bogotá, según el último censo disponible de árboles del Jardín Botánico de Bogotá (2007), la ciudad tenía 1’114.765 árboles sembrados en el espacio público. La cifra es triste: tenemos, en promedio, un sólo árbol por cada seis habitantes. Bogotá necesitaría, al menos, el doble de árboles para alcanzar el mínimo saludable que recomienda la Organización Mundial de la Salud, un árbol por cada tres paisanos.

Para que nos comparemos:  En Curitiba (Brasil) hay 52 árboles por cada habitante, en Madrid hay 14, en París 11,5, en Santiago de Chile 10 y en Ciudad de México, 3.5 por habitante.

Ese déficit de árboles es una oportunidad para una política pública creativa que estimule la siembra de árboles y que ofrezca incentivos (vía impuesto predial o tarifa de aseo y alcantarillado) a los predios que arborizan sus andenes y antejardines. Y quizás también castigos (por la misma vía) a las nuevas construcciones que no lo hacen.

De lo contrario estamos a merced de la generosidad (escasa) o el buen gusto (más escaso) de los constructores, la mayoría más propensos a maximizar el lucro que a crear edificios bellos, habitables y que se vuelvan íconos de la buena arquitectura, el urbanismo o la eficiencia ambiental.

Un ejemplo notable del desprecio de los nuevos edificios por lo que dejan "entre ellos" es este nuevo, en la calle 78 con carrera 11, no muy lejos de una de las madrigueras de Tío Conejo. Una torre de 11 pisos de la constructora Coala que se contentó con adoquinar los andenes que la rodean: ni un árbol, ni un arbusto, ni una matera, ni siquiera un hueco abierto para que el Jardín Botánico les completara la tarea. ¿No es casi digno de una multa “echar piso” en un andén amplio que podría convertirse en una útil, ambiental (y además hermosa) alameda para la ciudad y para quienes habitarán y trabajarán en el nuevo edificio?

La avaricia arquitectónica se hubiese podido disimular bien con un poco de generosidad urbanística y -si de eso no hay porque es costoso- con un tris de jardinería.

Plantar árboles en los espacios públicos, y en particular en los andenes, tiene beneficios importantes para la calidad ambiental de nuestras ciudades: reducen la temperatura, mitigan el cambio climático, absorben y regulan el agua que llega a los desagües (algo clave en un ciudad de aguaceros torrenciales como Bogotá y alcantarillas atascadas de basura), aumentan la seguridad vial, protegen a los peatones del sol, la lluvia y los carros. También mejoran los índices de seguridad y la percepción de velocidad de los conductores.

Si eso suena hippie a un yuppie, también deberían saber que algunos estudios en Estados Unidos han demostrado que los andenes arborizados mejoran hasta en un 20 por ciento la rentabilidad de los negocios, valorizan el precio de las propiedades y hasta alargan la duración del pavimento.

Si a los señores de la constructora Coala (y a sus arquitectos Alvarez y Asociados S.A.) los tiene sin cuidado su desprecio por el paisaje (ya vendieron todo el proyecto), quizás sí debería importarle a sus nuevos inquilinos. Entre las empresas que pronto se mudarán al nuevo edificio hay varias con mucho sentido ambiental. Por ejemplo está Publicaciones Semana, la única empresa de medios que tiene una revista dedicada al medio ambiente (Semana Sostenible). Quizás ellos podrían exigir al constructor un gesto ambiental con la ciudad y cobrar en reconocimiento y aplausos la hazaña.

"La arquitectura es un servicio a una comunidad", decía el celebrado Rogelio Salmona. Los constructores deberían entender que la comunidad no sólo habita de puertas para adentro, sino también, de la puerta para afuera.

Señores de Coala: la obra no está terminada. Están a tiempo de resarcirse con la ciudad (y sus clientes) y darle verdadera vida al lema que pregonan: “Su futuro, bien construido”. Recuerden: "su" futuro, también es el nuestro.

 

@Tio_conejo

@carogarcia1606
@lorenzomorales
@swillsp

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