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Por Juan Esteban Lewin · 07 de Agosto de 2019

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Ivan Duque llegó a la Casa de Nariño sin haber ocupado nunca un cargo en el que tuviera la última palabra sobre temas cruciales. Y su primer año en la Presidencia deja la imagen de que parece que todavía no la tiene.

A excepción de los temas económicos, en los que ha tomado decisiones difíciles y polémicas como bajar los impuestos a las empresas, insistir en la ley TIC o intentar ampliar el IVA a la canasta familiar, en otros frentes ha demostrado un estilo de gobernar parecido al de un alcalde o un gerente transitorio que no deja que los procesos que heredó se estanquen pero que tampoco propone una visión a la sociedad, ni un norte como el que se suele esperar de un mandatario elegido bajo la consigna de cambio.

Durante este año Iván Duque ha impulsado decisiones de menor rango aunque importantes, como avanzar en programas ya existentes como las vías 4G o acercarse al cierre de las deudas del sistema de salud; ha postergado decisiones de fondo como en el fracking; o cuando ha tomado posturas fuertes e incluso revolucionarias, como no dar mermelada, se ha abstenido de convertirlas en banderas políticas. 

Todo eso muestra un Gobierno que ha logrado más resultados en las carteras menos visibles que en las más fuertes como Interior, Defensa o Justicia, como mostró Alfonso Cuéllar en su más reciente columna en Semana; y un presidente que administra más de lo que lidera.

El buen hijo

Como contamos en nuestro perfil sobre Duque cuando era candidato presidencial, el grueso de su trabajo había sido como segundo a bordo de la misión colombiana en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) desde 2001 cuando lo mandó Juan Manuel Santos hasta 2010. Su jefe en ese cargo era Luigi Echeverri.

Tras un breve interludio de un año en el que asesoró a Álvaro Uribe en el panel de investigación del incidente de la flotilla turca que asaltaron las tropas israelíes en 2010, conocido como Mavi Marmara, regresó al BID dos años más, como jefe de la nueva división cultural (un cargo de segundo nivel pero en el que tenía, por primera vez, un equipo a su cargo) hasta 2013 cuando Uribe le ofreció ser el séptimo de su lista cerrada al Senado por el Centro Democrático.

En su paso por el Congreso, Duque sacó adelante 4 leyes, algo que no es fácil cuando se está en la oposición en un Congreso con una coalición mayoritaria como la que tenía Santos, promovió algunos debates económicos contra el Gobierno y  fue elegido “mejor senador” por sus colegas. Pero para lo realmente duro, Uribe fue quien puso el pecho y tiró la línea.

Dado, entonces, que siempre había tenido un jefe por encima la incógnita era cómo sería cuando él fuera el último responsable de las decisiones, sobre todo en un cargo tan complejo como el de Presidente. 

Más cuando, como se notaba desde entonces, Uribe no se iba a meter en la mayoría de asuntos en los que igual Duque comparte su visión. Ese era el gran reto para un hombre de 42 años, que solo durante un año había manejado un equipo de máximo 40 personas, que se puede entender como el buen hijo que cumple con las expectativas que se tienen de él y que nunca había tenido la última palabra.

Sin un padre claro

A juzgar por su primer año, la respuesta a cómo es Duque cuando tiene la última palabra, es que evita las peleas cuando hay expectativas encontradas sobre él.

Por ejemplo, ha creado comisiones que diluyen la toma de decisión y le quitan de encima por lo menos parte de la presión, como sucedió con el escándalo por el posible regreso sistemático de los asesinatos por militares conocidos como ‘falsos positivos’ o con la comisión que crea el Plan de Desarrollo para hacer los pilotos de fracking (en este caso a pesar de que ya hubo otra comisión).

También lo ha hecho combinando un discurso fuerte que satisface los deseos del uribismo y lo muestra como un uribista duro, como el que ha mantenido en contra de la cúpula de las Farc o el que reflejaron sus objeciones a la ley estatutaria de la JEP, con la implementación de buena parte del Acuerdo de La Habana, como le exige otra audiencia de interés y la comunidad internacional que lo respalda.

En ese tipo de situaciones, su última palabra o no es última, pues queda en manos de otros, o no es clara, pues termina mezclando posiciones en un juego pragmático que no deja clara cuál es la suya.

Su mayor liderazgo ha sido en temas sobre los que hay prácticamente consenso como la ruptura de los diálogos con el ELN después de un ataque terrorista o frente a la dictadura venezolana, incluyendo la apertura a la migración.

Pero en la gran promesa que hizo de unir al país y dejar atrás la polarización, un norte para el que se requiere un gran liderazgo y un presidente que señale claramente el camino, el balance es pobre. 

Inicialmente enfatizó su propuesta de lograr pactos nacionales, pero no cuajó ni el anticorrupción (no le metió la ficha el mismo Gobierno) ni el de la justicia (se presentaron diferentes reformas, que terminaron hundidas). Cuando, en mayo, se habló de que finalmente habría un pacto nacional, también fracasó y además no era tal, pues nunca se pensó incluir a la oposición.

Luego, con las objeciones a la JEP, revivió la puja entre el Sí y el No, y después de que se hundieron en el Congreso, no ha hecho grandes propuestas de pactos o acuerdos que unifiquen al país, más allá de aclarar que su bandera es la equidad, como le dijo a Semana a fines de 2018 y como quedó refrendado en el nombre de su Plan de Desarrollo, “Pacto por Colombia, pacto por la equidad”.

Sin embargo, parece que esa no era su última palabra: le dijo a RedMás en una entrevista que saldrá esta noche que su Gobierno no tiene una sola narrativa.

Tampoco ha podido ni intentado movilizar a la ciudadanía alrededor de un proyecto que trascienda la ruptura entre el Sí y el No, ni siquiera con la decisión de no dar puestos o participación en decisiones presupuestales a congresistas que no son de su coalición a cambio de que ingresen a ella.

Esa revolucionaria negativa a la ‘mermelada’, que en cabeza de políticos como Gustavo Petro, Sergio Fajardo, Antanas Mockus o Claudia López es una poderosa bandera de crítica a la clase política, con Duque ha sido más bien una decisión administrativa, por lo que aunque acá sí ha mantenido su última palabra, también ha evitado un choque de frente con las bancadas.

Con una popularidad inferior a la de Santos, sin un proyecto bandera atractivo, con un gabinete técnico sin representación política más allá del uribismo y sin repartir mermelada, ha sido incapaz de forjar un pacto político con los partidos. 

Más allá, y pese a que no entregar cupos indicativos o mermelada es una decisión que realmente golpea a las prácticas políticas relacionadas con corrupción y, de hecho, ya está impactando a algunas poderosas maquinarias, como hemos contado, no ha logrado siquiera que todo el mundo le reconozca ese trascendental punto.

Con quienes, en cambio, parece tener ese pacto político más cerca es con los gremios y los empresarios, pues en temas económicos es donde ha mostrado mayor consistencia, aunque de nuevo evitando peleas.

La apuesta es económica

Las dos grandes reformas que ha logrado pasar Duque, la tributaria y la de TIC, comparten una visión clara de Estado pequeño y apuesta al sector privado. En ellas el Presidente ha sido criticado aunque el debate es relativamente menor, porque a todo el mundo le gusta que le bajen los impuestos.

Esa prioridad es muy clara. Como hemos contado, su gabinete se nutre de técnicos que venían del sector privado, especialmente de los gremios;  se ha reunido más con ellos que con políticos u organizaciones sociales; y su Plan de Desarrollo tiene a las empresas en el centro

De hecho, en esta área es en la única en la que Duque ha chocado directamente con Uribe.

Primero, cuando el expresidente aprovechó las cámaras y la atención de un debate de moción de censura contra el Ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, para irse en contra de la idea de ampliar el IVA a la canasta familiar que se venía sopesando en el Gobierno. 

Duque desoyó a Uribe, presentó la reforma con esa propuesta, recibió una paliza en la opinión y tuvo que retirarla.

Luego cuando Uribe propuso un aumento extraordinario del salario mínimo, en contravía de la ortodoxia económica de Carrasquilla y Duque; y más recientemente cuando en otra muestra de paternalismo con los trabajadores, impulsa una nueva prima laboral en año electoral.

En estos dos puntos Duque se ha alineado con los gremios y contra su padrino político, una muestra de un estilo de Gobierno que ha hecho que muchos de los vaticinios que había sobre la llegada del uribismo al poder sigan en entredicho. 

Por un lado, no ha sido el títere de Uribe que llegaría a hacer todo lo que quisiera el expresidente y especialmente a destrozar todo el Acuerdo de Paz, como auguraban los analistas más cercanos al Sí y ansiaban muchos uribistas. 

Si bien no ha avanzado en puntos claves de la implementación como las 16 curules para las víctimas o la reforma electoral, y ha intentado erradicar del discurso cualquier alusión al Acuerdo, tampoco está asfixiando presupuestalmente el sistema de verdad y justicia como pensaron muchos que haría, está impulsando el catastro multipropósito (desligando eso sí el predial y sacando la injerencia comunitaria) y ha avanzado los Pdets.

De hecho, no ha sido Duque sino congresistas uribistas como Paloma Valencia u Óscar Darío Pérez los que han presentado proyectos de ley más fuertes para limitar el funcionamiento de la JEP, al proponer respectivamente salas y magistrados especiales para los militares o al limitar el acceso a documentos de seguridad.

En esos casos, Duque no se ha movido ni para apoyarlos ni para criticarlos, otra muestra de que en situaciones altamente polarizadas y en la que se enfrenta a dos expectativas de su decisión, no ha dado muestras de querer tener la última palabra. Quizás la decisión de esta semana de darle la nacionalidad a 24 mil niños venezolanos cuando las encuestas muestran un creciente rechazo a la migración, puede cambiar eso.

Comentarios (3)

Julio

07 de Agosto

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Por lo menos Lewin con éste artículo trabajó mas que Duque este año!

Por lo menos Lewin con éste artículo trabajó mas que Duque este año!

Saint Sinner

07 de Agosto

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Sabia cuando era senador Duque hizo una denuncia por la cual desemboco en la c...+ ver más

Sabia cuando era senador Duque hizo una denuncia por la cual desemboco en la cancelación del contrato de Obredecht, salvándolos de sanciones , de alli la demanda al Estado para pagarles la deuda, acaso no miraron lo que investigó José Roberto Acosta. Duque solo ha colocado gente que le conviene de su partido. Lamentable portada de Semana, "El año del aprendiz" lavandole la cara a este gobierno

Saint Sinner

07 de Agosto

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También lamentable Caracol en su mayor franja del Domingo preguntándole al C...+ ver más

También lamentable Caracol en su mayor franja del Domingo preguntándole al Cuñado del Presidente de que como ve el gobierno de Duque. Los medios en ser diplomáticos se tornan mas bien alcahuetas, pretender ser optimistas con Duque evadiendo la realidad, pero es mas evidente que es una ficha mas del Uribismo, dando cargos a sus amigos del partido, así que no seamos tan Mrks con los análisis

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