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Por Andrés Bermúdez Liévano · 29 de Septiembre de 2019

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Cuando Ómar Restrepo se convirtió en el primer legislador de las antiguas Farc en ser coordinador ponente de un proyecto de ley en el Congreso hace tres semanas, su colega uribista César Eugenio Martínez lo estaba animando.

Estos dos políticos, que vienen de partidos rivales, han forjado en el último año una improbable relación de trabajo después de que décadas de guerra los hubieran puesto en orillas opuestas.

Restrepo, hasta hace poco conocido por su nombre de guerra Olmedo Ruiz, se unió a las Farc a los 15 años y lideró el Frente 36, que operó en las montañas del norte de Antioquia y del nudo de Paramillo. Fue parte del equipo negociador de las Farc en La Habana y fue elegido representante a la Cámara en 2018, como una de las cinco curules fijas de su partido.

Martínez, un ganadero lechero y político de carrera de origen conservador que se opuso al proceso de paz, creció en una familia de clase media en Liborina, en el norte de Antioquia. Tras haber sido diputado, también salió elegido a la Cámara como parte del Centro Democrático que lidera el ex presidente Álvaro Uribe y que llevó a la presidencia a Iván Duque.

A lo largo del último año han encontrado un piso común en temas rurales: Restrepo lideró los pilotos de desminado humanitario y sustitución de coca en el municipio antioqueño de Briceño; Martínez ha defendido las cooperativas campesinas, la pensión para trabajadores rurales y la inversión en ciencia y tecnología para aumentar la productividad del campo, todos contenidos en el acuerdo de paz. 

Hablamos con ambos sobre el estado del proceso de paz y cómo resolver la actual crisis tras el rearme del sector liderado por Iván Márquez y Jesús Santrich.

¿Usted qué rescataría de lo que ha funcionado bien con el Acuerdo de paz y qué le preocupa?

Martínez: rescataría que se ha declarado por parte de los reinsertados que la guerra no era el camino. Llegar a esa conclusión por parte de la gente que estaba combatiendo después de tantos años es una conquista, más que de un proceso de paz, de la consciencia de Colombia. Los he escuchado decir que el monopolio de las armas debe estar en cabeza del Estado y es la conquista más grande de los seres humanos civilizados.

Me preocupa que el narcotráfico instrumentalice a muchas personas con el pretexto de la guerra y de la revolución, sirviendo de vehículo para una guerra sin ideología. El Estado ha sido insuficiente en su presencia para proporcionar seguridad y la violencia que se ve ahora no tiene ningún direccionamiento político. El actuar criminal está más amenazante incluso que la violencia anterior.

Restrepo: yo rescato que se ha venido generando una cultura de reconocimiento de que debemos avanzar hacia la reconciliación y la profundización de la democracia, que ha movilizado a la sociedad en defensa de la vida. En los años 80 nadie lamentaba que estaban matando a personas, sino que más bien se justificaba. Hoy todo el mundo lo rechaza y eso es producto del proceso de paz. El discurso de la guerra ya casi no vende.

Me preocupa, sin embargo, que todavía hay sectores que se resisten a que se generen esos cambios que exige la sociedad y que están empeñados en que la guerra se mantenga. Que en últimas no quieren que cerremos la página.

 

¿Cómo ha sido para usted la experiencia de trabajar con sus opuestos políticos en el Congreso?

Martínez: Es paradójico saber que uno puede perder su investidura por una falla administrativa y saber que [los del partido Farc] pueden estar ahí después de todo lo que han hecho me da impotencia.

Pero es una prueba de la vida para tener uno la capacidad de perdonar. Es una afrenta del destino para mí, que fui tan crítico del proceso de paz, ser capaz de saludarlos y darles la mano. No de congraciarme con ellos, pero tampoco de insultarlos ni maltratarlos. Simplemente, si ha habido tanto esfuerzo, vale más la pena avanzar que devolvernos.

En temas personales, lo más duro ha sido el reproche de mucha gente por mi buena actitud personal con ellos. Muchos me dicen que tenga cuidado, que me van a matar, que no son amistades para mí. Me miran feo y se incomodan conmigo, simplemente porque los trato bien. Eso me ha hecho dimensionar el grado de rencor que tiene Colombia de poder compartir con ellos.

Restrepo: algunos políticos ofensivos y groseros creen que con ese discurso mueven un voto de opinión. Pero hay otros más moderados en el Congreso con quienes, teniendo posturas e intereses diferentes, hemos generado un diálogo en el que escuchamos los distintos argumentos y buscamos maneras de resolver esas diferencias dentro de los mecanismos de la democracia, sin necesidad de caer en querer deslegitimar al interlocutor.

Quisiera que pudiéramos hacer eso en todo Colombia. Se trata de ver cómo construimos entre todos y mandamos mensajes hacia la sociedad de la reconciliación.

 

Ante la actual crisis del rearme del grupo liderado por Iván Márquez, ¿qué cree que pueden hacer ustedes?

Martínez: necesitamos solidificar el proceso actual. No es posible que el Gobierno cumpla con todo del Acuerdo, pero se necesitan condiciones mínimas de implementación. La desmovilización no es el final sino el camino y hay que darles condiciones a los que se quieren quedar. Hay que cuidar a la guerrillerada de base que está haciendo su esfuerzo y a quienes la vida les dio la lección de que ese no era el rumbo, y también legitimar mucho a los comandantes y jefes exguerrilleros que se queden, porque son el ejemplo de lo que Colombia debe hacer, que es concluir que la guerra no es el camino.

El Gobierno tiene que mandar mensajes de creerle y de empoderar a los jefes del partido para que lleven ese mensaje a sus bases. Los desmovilizados en todo nivel deben sentir que no se puede retroceder.

Eso va a tener un costo político para los que pensamos así, porque también habrá gente que se incomode por lo que ven como posturas blandengues. Pero yo creo que es mejor avanzar que devolvernos. Nosotros ya no nos vamos a matar: ya estamos acá juntos.

Restrepo: nosotros hemos venido desarrollando pactos de paz en los territorios, convocando a todos los actores sociales, políticos y económicos para generar consenso sobre la necesidad de sacar las armas de la política. En mi caso lo hemos hecho en municipios como Frontino, Toledo, Anorí o Remedios, en Antioquia. Creemos que ese pacto se puede hacer a nivel nacional.

Eso puede ayudar a despolarizar y construir confianza para tener la capacidad de converger en escenarios sin tener que ponernos de acuerdo en todo. El conflicto es inherente a la sociedad, pero podemos resolverlo a través de la conversación. Eso generaría una cultura de la no violencia, que nos permitiría desarmar los espíritus e ir sanando heridas.

 

¿Qué consejos le daría a sus rivales políticos para que esta transición tenga éxito?

Martínez: a los que están reinsertados, les diría que tienen que desligarse del nombre de las FARC. Ha sido una afrenta y un error porque algunos no pidieron perdón. En el mero hecho de pedir perdón la gente ve un acto de humildad. El ‘quizás quizás quizás’ de Santrich es una de las cosas que yo creo ha ofendido más a este país. Hoy, hasta por limpieza mental, ellos no pueden seguir llamándose Farc porque los otros desde el monte están haciendo daño, matando policías, candidatos y líderes. Deben desligarse de eso.

Yo recuerdo el ejemplo de Carlos Pizarro que entregó su pistola y dijo ‘Colombia me equivoqué, perdón’. Subió en las encuestas y se convirtió en un líder carismático. Uno tiene que aceptar que puede luchar por ideales, pero nada justifica la violencia y los grupos armados han hecho mucho daño. Ellos no pueden pensar que nada pasó y justificar sus crímenes. Colombia no puede quedarle a deber a ellos y ellos no pueden salir a pontificar a los que siempre hemos estado en democracia y nunca hemos empuñado un arma. Les falta humildad.

Restrepo: Colombia necesita que se implementen los acuerdos, que son los mínimos para que se desaten las fuerzas transformadoras en el país, yendo más allá de la reincorporación. Por ejemplo, el punto agrario nos ayudaría a saldar la deuda histórica hacia el sector rural. En la medida en que profundicemos la democracia, abriendo espacios de participación y diálogo, se harían menos necesarias las vías de hecho e incluso los métodos violentos para resolver diferencias.

Para eso hay que generar condiciones y quienes están en el poder son los que pueden abrirlas. Eso generaría confianza y le quitaría oxígeno a quienes aún están alzados en armas. Se reactivaría la economía en el sector rural, que es el que más ha padecido la pobreza y la violencia. Si no se transforman los entornos y no se genera desarrollo social tanto para los reincorporados como para los campesinos que sufren la pobreza, no será posible cerrar muchos conflictos, que es lo que ha venido pasando en el pasado.

 

¿Cuál es el aporte personal suyo para que la transición en Colombia tenga éxito?

Martínez: más que con mis palabras con mis hechos, dando ejemplo de prudencia y de moderación. Teniendo capacidad de reflexión y no creyéndome dueño de la verdad o de la justicia. Si algo le ha hecho daño al proceso de paz fue la politización que Santos le dejó. Politizamos demasiado el tema, pero si revisamos desde lo humano puede ser muy importante tener un alto en el camino, que nos escuchemos y nos conozcamos. 

Uno desmitifica también al guerrillero y cree cuando los ve en la guerra que no tienen alma, espíritu o consciencia, que no son humanos. Aunque fue una desmovilización politizada y farandulera, con pocos actos de contrición, uno no puede negar que advertir un solo acto de humanismo de ellos llena de esperanza e ilusión. No quiero resistirme a tener fe que algún día entendamos que no podemos destruirnos entre nosotros. Ya estamos aquí todos. Ya Omar y yo no nos vamos a matar.

Restrepo:

El aporte mío es que he entendido que los cambios que necesita el país se generan de otra manera. Yo estoy tratando de generarlos desde el Congreso y en el partido, así como en el llamado a los ex combatientes a que es necesario seguir unidos y cohesionados en torno a la paz. Lo que antes hacíamos por las armas, ahora luchamos por las vías legales.

Uno siente que incluso cuando hay crisis, como con lo de Márquez, la gente rodea y defiende más el proceso. Porque diez o quince años atrás había muertos todos los días. Ahora aún hay problemas en algunas regiones del país, pero la gente ve que han mejorado las condiciones porque se ha venido cerrando el conflicto. Si el gobierno avanza en implementar los acuerdos, terminamos de resolverlo.

53 años de confrontación nos hicieron ver que la vía de la lucha armada ni avanzaba ni retrocedía. Caímos en un círculo vicioso que generó mucho desastre.

 

Esta entrevista apareció publicada originalmente en inglés y francés en JusticeInfo.

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