Uso de cookies

La Silla Vacía usa Cookies para mejorar la experiencia de nuestros usuarios. Al continuar navegando acepta nuestra política.

listo

Santa Fe: la catapulta del César

Desde que César Pastrana se quedó con Santa Fe cuando aún había ruido por los narcos, forjó su futuro como poderoso del fútbol nacional.

Foto: Cortesía Independiente Santa Fe
Home

Por: Carlos Hernández Osorio

16/06/19

 

Antes de que César fuera el César

Foto: Cortesía de El Espectador/Luis Ángel

El hombre más viejo de esta foto, abajo a la izquierda, es el expresidente de Santa Fe Eduardo Méndez Bustos, que aparece celebrando la séptima estrella que ganó el equipo, el 15 de julio de 2012, junto al delantero Óscar Rodas, el defensa Germán Centurión y el arquero Camilo Vargas, protagonistas de esa final ante el Pasto.

Nada tuvo que ver Méndez con ese triunfo. Dos años antes, cuando había comenzado el proceso que llevó al equipo a ganar esa liga, la primera en 37 años, él regresaba de una cárcel de Estados Unidos, donde pagó 70 meses por obstruir la captura de un narcotraficante. Sin embargo, ese domingo llegó al Campín invitado por el entonces presidente del club, el caleño César Pastrana, su antiguo amigo.

Ese día, claro, los medios se enfocaron en Pastrana, que con esa copa comenzó a cosechar un triunfo tras otro no sólo como Presidente, sino como principal accionista y el superpoderoso en una época dorada que hoy parece ir en declive.

Pero la era Pastrana tiene un antecedente con Méndez, que fue el que lo llevó al equipo para que comenzara así una carrera de ascenso en el poder del fútbol nacional.

Se conocieron en los baños turcos Arco Iris, en el centro de Bogotá, en 2005. Lo cuenta Méndez, que era Presidente del Santa Fe y Pastrana, dueño de Casa Caterpillar, una empresa de maquinaria pesada con la que tenía participando un equipo en el Hexagonal del Olaya, el torneo de fútbol aficionado más importante de la ciudad.

Los unía el gusto por ir a Arco Iris, por el fútbol y por Santa Fe. Se entendieron y Méndez se lo llevó como vocal a la junta directiva del equipo. Fue un primer paso que marcó el contacto inicial de Pastrana con la dirigencia del equipo desde adentro.

El nuevo amigo de Pastrana había llegado a la Presidencia en 2003, luego del asesinato del economista y empresario César Villegas, principal dueño del equipo desde los 90 que había pagado cinco años de cárcel como parte del proceso 8.000 por recibir plata del Cartel de Cali. Méndez había sido abogado de Villegas y, dice, la familia de éste lo contactó para que se pusiera al frente.

Lo hizo al tiempo que seguía ejerciendo como abogado de narcotraficantes, una labor que hoy mantiene. En su historial, le dijo a La Silla Vacía, tiene a los hermanos Rodríguez Orejuela, del Cartel de Cali; a ‘El Loco Barrera’; al clan de los Galeano, del Llano; y a Luis Caicedo, Javier Silva y Julio Lozano Pirateque, los tres narcos que años después la Fiscalía y la Policía señalaron de lavar plata a través del equipo, aunque al final Santa Fe, como empresa, nunca tuvo problemas judiciales por eso.

A comienzos de 2007 fue que Méndez se entregó en Estados Unidos, donde terminó condenado tras aceptar que le avisó al narco Rafael Caicedo, que era su cliente, que lo iban a capturar (nunca se ha dicho que fuera algo relacionado con Santa Fe).

Eso revivió, una vez más, el fantasma del narcotráfico en un club que, aunque nunca ha tenido una hinchada tan visiblemente numerosa como la del también bogotano Millonarios, ha vivido de la gloria de haber sido el primer campeón del fútbol colombiano en 1948, y tenido hinchas de alta alcurnia como la familia Santos, de El Tiempo; los Cano, de El Espectador, y los periodistas Daniel Samper Pizano, Guillermo ‘la Chiva Cortés’ y Yamid Amat (que hoy es capaz de dedicarle entera su sección de chismes políticos, el 1, 2, 3, a que un grupo de presentadoras hable de lo bueno y lo malo de su santafecitolindo).

Eso, sumado a que fue fundado en 1941 por egresados del Gimnasio Moderno, un colegio de la clase alta cachaca, ha hecho que muchos hinchas de Millonarios encasillen al Santa Fe como el equipo de los gomelos, un cliché que hoy es difícil de sostener.

Al fin y al cabo, los dos equipos bogotanos terminaron en manos de mafiosos en los 80. Los ruidos en Santa Fe comenzaron a finales de esa década, cuando llegó como inversionista el narco Fernando Carrillo, y luego a comienzos de los 90 con Phanor Arizabaleta, del Cartel de Cali; en esa década y comienzos de los 2000 siguieron con César Villegas, y luego por cuenta del abogado Méndez y sus clientes, hasta que él se entregó en 2007.

Fue el año en que Pastrana, por su parte, llegó a la Presidencia de la Liga de Fútbol de Bogotá, su trampolín para saltar, tres años después, a la Presidencia del Santa Fe. Pero los ruidos persistían.

El estilo Pastrana

Esta imagen resume bien la época Pastrana en Santa Fe: él, ejecutivo, de corbata en la cancha, va a fundirse en un abrazo con Ómar Pérez, el 10. Su 10. Fueron ellos los líderes de esa generación gloriosa, y el volante un consentido del Presidente, que sacó al menos a dos técnicos, Gustavo Costas y Gerardo Pelusso, que no se la llevaron con el jugador.

Es muy recordado, del festejo por la séptima estrella que ganaron en 2012, el rolex de 16.000 dólares que Pastrana, después de llevarlo puesto cuatro años, le dio al entonces capitán como pago de una apuesta por ganar el título.

Esa copa la ganó la generación que fue la base de sus triunfos, y con la que Pastrana generó una relación estrecha de la que Pérez es el ejemplo más extremo.

Eran jugadores jóvenes que, o venían de las canteras (Camilo Vargas, Francisco Mesa, Juan Daniel Roa, Hugo Acosta, Daniel Torres), o venían de otros equipos con perfiles bajos, pero que terminaron brillando en la cancha (Pérez, Yulián Anchico, Luis Manuel Seijas, Sergio Otálvaro y Jonathan Copete).

Tenían en común que eran baratos. O bueno: no eran caros, y para Pastrana eso fue clave porque no había plata para sostener una nómina costosa.

Recibió al Santa Fe como Presidente y sin ser aún el dueño a comienzos de 2010, en la última etapa de una reestructuración a la que se había acogido en 2002, cuando entró a la Ley de quiebras. Ya no estaba su amigo Eduardo Méndez y siempre ha dicho, y se lo reiteró a La Silla Vacía, que lo llamó Carlos Julio Mora Zambrano, un importador de licores que hacía parte de la junta directiva, y que luego lo acogieron otros directivos que fueron la base de un un grupo que le sirvió para mantener el control y mandar hasta el final: Hugo Prieto (expresidente) y Juan Andrés Carreño (hoy Presidente).

El ruido por los narcos aún estaba presente. Pastrana llevaba 90 días en el cargo cuando se conocieron los resultados de la operación Cuenca del Pacífico, en la que cayeron Claudio Silva y Luis Caicedo, los clientes del expresidente Méndez a los que la Fiscalía señaló de ser dueños del equipo a través de testaferros.

Pastrana siempre ha negado que los narcos clientes de su antiguo amigo Eduardo Méndez fueran dueños del Santa Fe.

Tanto en ese momento, como ahora que lo entrevistó La Silla Vacía, negó que eso fuera cierto, y considera que las dos pruebas principales son que encontró al equipo con deudas y en déficit, y que nueve años después el club no está enredado ni le encontraron nada después de esculcarlo tanto. “(Las autoridades) se llevaron computadores y nunca más volvieron”, nos dijo.

Tras ese recibimiento, Pastrana saldó las cuentas que tenían que pagar para salir de la Ley de quiebras, al tiempo que en 2011 lideró la transformación del equipo de corporación a sociedad anónima, como parte de un plan al que se acogieron los equipos profesionales para que de ahí en adelante funcionaran como empresas (antes lo hacían como una especie de fundaciones), y para controlar el ingreso de dineros sucios.

La transformación en empresa también se conoció como la democratización de los equipos de fútbol porque la idea era que cualquier hincha pudiera comprar acciones y así lograr que los clubes recibieran una inyección de plata que les permitiera seguir funcionando tras la crisis en la que estaban metidos (hoy esto no lo han logrado todos).

Pastrana puso cada acción a 2.000 pesos y les dijo a los medios que soñaba con un Santa Fe de 5.000 accionistas. Pero al final sólo llegaron 136. “La gente era muy escéptica”, le dijo a La Silla. “Era una hinchada añeja, que llevaba casi dos generaciones sin ver al equipo campeón. Por eso llegaron muy pocos”.

Un accionista minoritario, sin embargo, nos dijo bajo reserva: “Para quedarse con el control no les convenía venderle a todo el mundo. Yo conozco al menos 50 hinchas a los que no les quisieron vender”. Pastrana lo niega, dice que vetaron a poca gente y que lo hicieron aplicando filtros estrictos para evitar que se colaran mafiosos. Que faltando cuatro días para cerrar el proceso no se había cumplido la expectativa “y eso era gravísimo”, y que entonces decidió invertir.

Compró el 30,04 por ciento de las acciones, y su empresa, Casa Caterpillar, el 9,61. Es decir: en sus manos quedó casi el 40 por ciento del equipo, con lo que se convirtió en el principal dueño. Además, Eduardo Antonio Mendieta, hermano de su entonces esposa, compró el 10,73 (y fue nombrado en la Junta Directiva), lo que implicaba que Pastrana y su familia se quedaron desde 2011 con más de la mitad de las acciones.

La “democratización” terminó entonces en la transformación del equipo en una cuasi-empresa familiar, de la que también se volvieron accionistas minoritarios Carreño y Mora Zambrano, los integrantes de la junta que respaldaron desde un comienzo a Pastrana.

El único integrante de junta que desde el principio no estuvo de acuerdo con la llegada de Pastrana a la Presidencia fue Édgar Plazas (Presidente del equipo de 1995 a 1996), quien compró, a través de la empresa Inversiones Rojo y Blanco, el 24,8 por ciento. Era un paquete importante que, sin embargo, le impedía atravesarse en el camino de decisiones que no compartía, como ocurrió en la asamblea de accionistas de 2013, cuya acta consultó La Silla Vacía en la base de datos de la Cámara de Comercio de Bogotá.

Para entonces Santa Fe ya había ganado su séptima estrella, en 2012, después de una sequía de 37 años, y la superliga de 2013, año en el que también salió de la Ley de quiebras. Pastrana llevó a la asamblea, en la que se elegiría junta directiva, la propuesta de ampliar de dos a cuatro años los periodos de los integrantes de esa junta, que él ya controlaba. Plazas dijo que le parecía innecesario, a lo que el Presidente y dueño le respondió con un recorderis de los éxitos que había cosechado en tres años, para rematar diciendo que “eso no se puede hacer en un año”, y que si Plazas quería proponer una plancha con otros nombres para la junta, lo hiciera. Plazas terminó aceptando el cambio.

Un año después, de nuevo en una asamblea de accionistas, Pastrana celebraba que terminado el 2013, por primera vez después de tanta crisis, Santa Fe había dado utilidades. Eran 764 millones de pesos, de los cuales él propuso distribuir 300 millones entre los socios. En las actas quedaron registradas voces de accionistas minoritarios que dijeron que no, que ellos no estaban ahí para recibir esa plata y que preferían que reinvirtieran todo en el equipo.

Y es que a un accionista promedio que tuviera, por ejemplo, el 0,005 por ciento de las acciones, le llegarían 15.000 pesos, mientras que a Pastrana le tocaban 90 millones. Él insistió diciendo que se podía porque, en todo caso, el resto de las utilidades le llegaría al club, que ya tenía andando el proyecto para construir una sede propia en Tenjo (Cundinamarca). Su propuesta fue aprobada.

“Es que esas asambleas son cero democráticas”, concluye un accionista minoritario, algo que Pastrana no pone en esos términos, pero termina admitiendo de otra manera: “Santa Fe pasó a ser una empresa que se debe manejar como tal. Y los que más invirtieron, naturalmente, quieren estar en la Junta Directiva para tener el control de su inversión”, le dijo a La Silla. Desde 2017, sin embargo, les dio un puesto en la junta a los minoritarios, que hoy ocupa Bernardo Rojas, que tiene el 0,03 por ciento.

La “democratización” del equipo terminó en su transformación en una cuasi-empresa familiar.

Santa Fe siguió dando utilidades desde entonces y distribuyó entre sus accionistas hasta 2016, cuando fueron 2.408 millones de pesos, de los que repartieron 800 millones entre los socios. A Pastrana le correspondían 240 millones.

Esos buenos resultados económicos se derivaron de los triunfos que venía consiguiendo el equipo, en buena medida gracias a una estrategia que aplicó Pastrana: pagarles a los jugadores sueldos básicos no muy altos, y prometerles premios jugosos si llegaban a la final o si ganaban un campeonato. Fue un incentivo que les permitió ir a 14 finales y ganar nueve títulos.

Eran premios jugosos que, por ejemplo, para la séptima estrella del 2012 oscilaron entre 100 y 350 millones de pesos.

El entusiasmo era notorio. Ganó la Sudamericana en 2015, el torneo internacional más importante que ha ganado el equipo hasta ahora, y en 2016 la Copa Suruga Bank, en Japón, con lo que se convirtió en el único equipo colombiano en ganar una copa por fuera del continente. Además clasificó seis veces seguidas a la Libertadores.

Santa Fe llegó a tener casi 20.000 abonados, aunque el promedio consistente, según Pastrana, fue de unos 14.000. “Santa Fe nunca tuvo hinchadas tan grandes como las de Millonarios, Nacional y América, pero siempre tuvo a ese hincha escondido en la familia que se despertó por este cúmulo de títulos. El equipo era como el pobrecito del fútbol, el que le mete pasión y garra, pero no lograba nada.

Nació una nueva afición y ahora sí es importante”, le dijo a La Silla el periodista Juan Pablo Arévalo, del portal Fútbol Red. “Además, Santa Fe hizo un trabajo importante en lo social porque llevaba a los partidos a niños de colegio, de escuelas de fútbol y de fundaciones. Pastrana trabajó en eso, que era tratar de crear hinchada nueva”.

Pastrana, que gusta del elogio, estaba en todos los medios como el artífice del resurgir de ‘Los leones’, como les dicen.

Hasta el 17 de diciembre de 2017.

Ese día Santa Fe perdió la final de la Liga contra Millonarios, y los lunares comenzaron a ser más notorios. Sobre todo uno en el que coinciden comentaristas, hinchas, accionistas y hasta dirigentes que entrevistó La Silla para esta historia: la bonanza de los triunfos no significó la inversión en jugadores que tuvieran la talla para reemplazar a una generación que ya estaba de salida. Antes bien: a los buenos los vendieron casi siempre como una política para captar más plata.

Es algo que critican hinchas y comentaristas, pero que Pastrana ha defendido como una manera de tener con qué sostener al equipo, que recibe al año por taquilla, publicidad y derechos de televisión unos 17.000 millones de pesos, pero que cuesta entre 30.000 y 35.000 millones anuales, le dijo a La Silla el actual Presidente, Juan Andrés Carreño, que agrega: “Lo único que queda para tapar ese hueco es la venta de jugadores”.

A eso se suma que después de tanto triunfo, la nómina de 2012, que costaba entre 500 y 600 millones de pesos, pasó a valer más del doble.

Por eso Carreño admite: “Nos dedicamos a producir títulos, pero no jugadores que pudiéramos sacar de las canteras”.

Con los trapitos puestos al sol y pasado el guayabo de la derrota ante Millonarios, en enero de 2018 ya era un hecho que Pastrana planeaba dejar la Presidencia porque tenía en la mira la Federación Colombiana de Fútbol. “Era el momento propicio para hacer parte del Comité Directivo de la Federación, que es la máxima distinción, y así empezar a ganarme mi espacio y hacerme una carrera importante como dirigente”, le dijo a La Silla.

Del Santa Fe no salía en su cenit, pero sí con un legado qué mostrar, que le servía como catapulta para seguir escalando como hombre poderoso del fútbol en Colombia.

En la cúpula

Foto: Tomada de Federación Colombiana de Fútbol

Esta hilera de siete hombres es el Comité Ejecutivo de la Federación Colombiana de Fútbol (FCF), la cúpula de los poderosos de este deporte en el país. La foto es del 28 de agosto de 2018, cuando César Pastrana (tercero de izquierda a derecha) entró a ese club, designado por el Presidente de la FCF, Ramón Jessurum (al centro, el más alto), aunque se dice que llegó allá, sobre todo, por su amistad con Álvaro González (el más pequeño, que muchos consideran el verdadero poder y que es la cabeza del fútbol aficionado, donde arrancó Pastrana con Caterpillar, el equipo de su empresa, años antes de vincularse al Santa Fe).

Allí ya tiene voz y voto para incidir, por ejemplo, en la administración de las selecciones nacionales de fútbol y en la expedición de reglamentos de torneos.

Pastrana había renunciado dos meses antes a la Presidencia del equipo, un trámite necesario porque no podía pertenecer al comité de la FCF ocupando al tiempo ese cargo.

Y aunque sigue siendo el principal dueño, ya lo es a través de sus tres hijos, que venían siendo accionistas minoritarios desde 2017 y en 2018 él los dejó, en conjunto, con la principal porción de la torta: Daniela ahora tiene el 18,8 por ciento; César Alfonso, el 18,7, y Juan Augusto, el 2,8. Pastrana sigue manteniendo el 0,0002.

En la Presidencia lo reemplazó Juan Andrés Carreño, de su cuerda, quien lleva ocho meses en los que el equipo hizo la peor campaña en toda su historia.

En el torneo del primer semestre de 2019 sólo ganó uno de 20 partidos, algo que, de nuevo, hinchas y comentaristas le atribuyen a que vendió lo mejor que tenía. Y es que vendió o cedió a siete jugadores (Wilson Morelo, Yeison Gordillo, Héctor Orrego, William Tesillo, Miguel Borja, Leyvin Balanta y Kevin Salazar) y contrató una camada que, al decir de un accionista minoritario, “venía de equipos chicos y no dieron la talla para jugar en el equipo grande en el que se había convertido Santa Fe”.

Un periodista nos dijo, bajo reserva, que Pastrana sigue siendo el poder detrás del trono. Otro más nos dijo que sólo se metió al principio, para incidir en decisiones como volver a contratar el ya legendario, pero desgastado, Ómar Pérez (que está lesionado). Y Carreño nos dijo que lo consulta con alguna frecuencia.

Pero Pastrana niega cualquier influencia, en parte porque no quiere que lo vinculen al fracaso. “Si fuera así, la historia sería otra porque yo soy un hombre exitoso”, le dijo a La Silla. Ni siquiera volvió al Campín, recalca.

Pero los focos siguen puestos sobre él a la hora de preguntarse qué va a pasar. Hace poco, en un evento de la FCF, los periodistas le pidieron declaraciones sobre el equipo, y su conclusión es que “hay que cambiar todo”.

Si mete la mano, está por verse ahora que el equipo arranca su pretemporada. Pastrana sigue sentado en el Comité, apuntándole a ser Presidente, esta vez, del fútbol nacional.