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Por LaSillaVacia.com · 27 de Octubre de 2019

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Sin haber tomado la primera decisión, Claudia López ya hizo historia con su victoria. Es la primera mujer en ganar la Alcaldía de Bogotá y en hacerlo a pulso, sin la plata ni el tutelaje de nadie. Es la primera persona abiertamente homosexual en ganar una elección de esta dimensión. Es la votación más grande que se ha dado en Bogotá. Y es un triunfo que logró con toda la clase política tradicional en contra.  

López lleva años rompiendo récords políticos. Pero, a diferencia de otros que han llegado así de lejos, no era eso lo que tenía en mente cuando era una niña humilde, que iba a colegio público de Bogotá.

Claudia López podría haber sido ganadera, si a los seis años de edad, su madre le hubiera dejado conservar un ternero que ganó en un partido de banquitas. Podría haber sido bióloga, si no aparece el movimiento de la Séptima Papeleta y vuelve a jalonar todo su adn político. O tal vez habría estudiado medicina, su anhelo más preciado, si no se cae el muro de Berlín.

Cuando se reconstruye la vida de la nueva alcaldesa de Bogotá, es fácil identificar ese patrón. Un patrón de coincidencias que más allá de las vocaciones de sus otros tiempos la han convertido en una extensión, muy a su estilo, de la pasión de su padre y su tío y abuelo maternos por la política.

Según ella, su «abuelo era un manzanillo liberal puro, el típico jefe de acción comunal que conseguía y negociaba votos, yo recuerdo que cuando era niña pasaba horas con él empacando votos porque en esa época no había tarjetón». Mientras que Reyes López, su padre, fue un galanista fervoroso.

Así las cosas, es natural que los debates políticos hicieran parte de la vida cotidiana de López. Pero no solo por la parte masculina de su árbol familiar. Pues su madre, María del Carmen Hernández, quien fuera maestra del Distrito toda su vida laboral, también perteneció al universo sindical de los maestros y aportó a las miradas de Claudia varios ángulos distintos.

Sin embargo no serían los genes los que al final decidieran por ella, sino los hechos ocurridos entre 1988 y 1990 en Colombia, cuando tres de los candidatos a la Presidencia fueron asesinados: Luis Carlos Galán, candidato por el Nuevo Liberalismo, Carlos Pizarro, por el M-19, y Bernardo Jaramillo Ossa, por la Unión Patriótica.

En 1988, Claudia López cumplió 18 años. Por tanto en 1990 iba a votar por primera vez en su vida para elegir a un presidente. Su candidato era Bernardo Jaramillo, a quien ha admirado profundamente toda su vida, «porque estaba convencido de que era posible cambiar a este país». Pero cuando llegó el día de votar, Jaramillo había sido asesinado y los otros dos que había elegido como alternativa habían corrido la misma suerte: Galán y Pizarro. «Eso cambió mi vida porque fue la primera vez que sentí que unos tipos armados eran capaces de quitarnos la posibilidad de elegir. Era como sentirse amarrada».

Entre pupitres y ausencias

López tiene ahora 49 años de edad. Nació cuando sus padres tenían 20 años, y por esas coincidencias que atan un hecho con otro en su vida, los dos nacieron el mismo día, del mismo año. Y terminó siendo la hija única de esa unión por un hecho que ella suele recordar casi de manera exacta: la muerte de su hermana menor.

Claudia tenía cuatro años y medio de edad y su hermana Martha uno menos, cuando esta última perdió la vida jugando a saltar sobre una claraboya. Habría podido ser cualquiera, una de ellas o alguno de los dos primos con que jugaban, al final fue Martha la que cayó al partirse la claraboya y la que se fracturó el cráneo.

A partir de allí la vida le cambió. Se convirtió en una niña protegida, consentida, a la que le duró el reinado hasta los diez años, cuando sus padres empezaron a tener hijos con sus nuevas parejas, pues se habían separado hacía mucho y Claudia López vivía con su madre. Pero también perdió todos los recuerdos de los dos o tres años posteriores al accidente, como si su memoria se hubiese quedado estancada en el minuto en que su hermana salió en una ambulancia de su casa.

De aquellos tiempos solo queda el recuerdo del ternero y la apuesta. Y no solo en su memoria, sino en la de algunos amigos cercanos que la relatan como un referente de la otra mujer, la que no se conoce en los medios o de la que no se habla en eventos públicos.

A los seis años de edad, vivía en la Escuela La Granja en Engativá, una zona de Bogotá que para entonces más que parques y construcciones tenía potreros. Vivía allí porque su madre se acogió a un programa que tenía la Secretaría de Educación que permitía a personas externas a la entidad o profesores de escuelas públicas vivir en ellas sin pagar arriendo, siempre que se comprometieran a realizar las labores de vigilancia y aseo. Obviamente, hasta que tuvieran casa propia, algo que no sucedería en su vida hasta que cumplió 18 años de edad. Por tanto, los primeros años de su existencia pasaron entre aulas y escuelas de las más variadas zonas de Bogotá.

Así como su madre vivía del salario de maestra, su padre realizó las más variadas labores durante su vida. Fue desde mensajero de una empresa de químicos para extintores, de la cual luego llegaría a ser gerente, hasta vendedor y abarrotero. Un abarrotero cuyos inventarios siempre se descuadraban en el ítem «lecheras» por los saqueos de su hija.

Pese a ello, y a no tener muchos recursos decidieron esforzarse por enviar a su hija a un colegio privado bilingüe durante su primaria. Es por ello que Claudia López terminó estudiando en el Joaquín Castro Caicedo, y viajando todos los días desde La Granja hasta la calle 73 con carrera novena, donde quedaba el colegio.

Si bien, su mamá la podía dejar allá en las mañanas, en la tarde regresaba sola, pues las rutas del colegio no llegaban hasta ese sector. En esas caminatas de vuelta a su casa se hizo amiga de un niño de su edad que cuidaba todos los días a un ternero en un potrero y con el que jugaba fútbol de vez en cuando. Decidieron apostar un día en un partido de banquitas y la goleadora Claudia ganó el partido, ganó el ternero y se lo llevó a su casa en la escuela.

Pero su primera y única res, le duró pocas horas. Una vez regresó su mamá, a pesar de las pataletas y argumentaciones de Claudia sobre las ventajas de tener una vaca lechera en la casa, la mamá la convenció de devolverla al hacerla sentir culpable por la golpiza que imaginaba le habrían dado al perdedor. Al final, pasadas las 7 de la noche, ambas salieron linterna en mano a buscar entre los potreros a los verdaderos dueños y regresaron al ternero que podría haber cambiado la vocación de Claudia, como ella misma dice en tono de chiste cuando se le pregunta por la veracidad de la anécdota, podría «haber terminado en Fedegán».

La verdad es que esta historia no tendría mucho valor, a no ser porque la investigadora y política que hoy todos los que han trabajado con ella o conocen personalmente definen como la más nerd, poco tuvo de ello en varios años de su vida. No solo por ser la más mimada durante varios años, sino porque la adolescencia le llegó con toda.

Esos tiempos de colegio bilingüe, compartidos con horas en la escuela en las que veía a su mamá enseñar a los niños de primero a leer y tenía decenas de amigos por ser la hija de la profe, que remataba con sábados en los que tenían que lavar 15 salones de clase, baños de toda la escuela y patios inmensos en compañía de su madre y otra colega para cumplir con el acuerdo con la Secretaría se quedarían atrás durante la secundaria.

Otra vida

A sus 10 años, el reinado de Claudia llegó a su fin y fue compartido por cinco hermanos con los que mantiene una estrecha relación. «Tener hermanos lo obliga a uno a ser mejor persona».

También se quedó atrás el colegio privado y durante sus primeros tres años de secundaria fue al colegio oficial Policarpa Salavarrieta. De su buen promedio escolar de la primaria, fue quedando poco: en primero habilitó, en segundo rehabilitó y en tercero perdió el año. Por esta y otras razones, sus padres decidieron someterla a uno de los castigos clásicos de la época: mandarla a un internado.

Así fue a parar a Funza, Cundinamarca. A un colegio femenino llamado Nuestra Señora del Rosario. Allí llegaba Claudia todos los domingos en la tarde, para salir solo los viernes al final del día. Entre semana, compartía la habitación con otras 150 estudiantes.

Durante los tres años que pasó allí se acostumbró a madrugar y a oír música solo una vez a la semana. Hoy mantiene la manía de levantarse a las 5:30, aunque esté de vacaciones. Cuando se le pregunta a ella por esa imposibilidad para quedarse hasta tarde en la cama, su respuesta tarda más de diez minutos y se convierte en un recuento histórico de los hechos que han marcado la historia nacional desde Rafael Nuñez hasta hoy. Para al final aducir que con todo lo que pasa no hay tiempo para estar durmiendo.

Con ella todo es así, ninguna respuesta es breve, ningún comentario deja de tener alguna alusión política, ninguna intervención la mantiene indiferente. El día que se cayó el muro de Berlín, terminó secundaria y se convirtió en estudiante de Biología en la Universidad Distrital. Aunque hizo esa elección por gusto, su verdadera obsesión era la medicina. Pero en este tema, como sucedió en otros campos de su vida, el destino terminó oponiéndose.

Nunca logró estudiar esa carrera en la Universidad Nacional a pesar de haber intentado ingresar tres veces. Así que se quedó en la Distrital y allí la sorprendió el Movimiento de la Séptima Papeleta, una iniciativa que la llevó a replantearse su destino y gracias a la cual encontró a algunos de los mejores amigos de la vida: Fabio Villa, Alejandra Barrios, Catalina Borrero y Ana María Ruiz, entre otros.

La medicina

Gracias a su experiencia en las urnas en 1990 y a todo el movimiento estudiantil que derivó en la Constituyente del 91, Claudia decidió dejar atrás la idea de insistir en la Universidad Nacional y cambiar de rumbo. Así que pidió un crédito al Icetex para estudiar Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario, pero no pasó la entrevista.

Sin embargo, y como ya se había convertido en visitante asidua de la entidad crediticia, una funcionaria le contó que estaban dando becas para estudiar medicina en Polonia. Esta fue la última vez en que la luchó para llegar a ser médica. Al final, lo logró, se ganó la beca y empezó a alistar sus cosas para irse a Varsovia. Pero el muro de Berlín se vino abajo, el gobierno polaco se cayó y la beca nunca se pudo hacer efectiva. Como quien dice, el mundo también se puso en contra de la Claudia de bata blanca.

Todas estas coincidencias la llevaron finalmente al Externado de Colombia. Gracias a que mantenía la posibilidad del crédito y a los consejos de Alejandra Barrios terminó estudiando allí Gobierno y Relaciones Internacionales. Pues, al final lo único que tenía claro es que no quería estudiar derecho, pues para ello se necesita más ponderación que pasión, que es lo que a ella le sobra.

De campaña con Peñalosa

La primera vez que Claudia López tuvo alguna relación con Enrique Peñalosa fue como alumna. Él fue uno de sus maestros en la universidad. Para entonces, Claudia era de las pocas estudiantes que tenía 20 años de edad al arrancar una carrera, lo que la convirtió automáticamente en el vejestorio del curso.

Vivía en el barrio Candelaria La Nueva en Ciudad Bolívar, gracias a que 18 años después de insistir, su madre había logrado que le dieran un préstamo para comprar vivienda propia. Trabajaba en lo que le saliera para poder costear las fotocopias, los gastos de transporte y ayudarle a su mamá, quien se había separado de nuevo y mantenía a sus tres hermanos. Durante esos años, fue mesera, recepcionista, secretaria, operaria de una fábrica de equipos de odontología e incluso payasa, titiritera y recreacionista en Bosquechispazos.

Esas particularidades la llevaron durante cuatro semestres a tener muy pocos amigos. Siempre salía al terminar las clases para algún trabajo, no podía quedarse «parchando como los demás» y nunca coincidía con compañeros en el bus o la buseta, pues ninguno vivía en Ciudad Bolívar.

Sin embargo, fue allí en donde conoció a Andrés Pacheco, uno de los más grandes y queridos amigos de su vida. Y a través de él llegaría a la campaña de Enrique Peñalosa, quien se preparaba para competir por la Alcaldía de Bogotá.

Luego de pasar por todos los trabajos posibles, López consiguió su primer contrato como consultora en cuarto semestre. Ella y su grupo de amigos del movimiento La Séptima Papeleta fueron a tomar onces a la casa de Catalina Botero, que después se convirtió en Relatora de la ONU para la Libertad de Expresión. 

Ese mismo día, unas horas más tarde, la mamá de Catalina tenía un evento mucho más sofisticado en su casa. Al final, los dos grupos terminaron juntándose y hablando. Los invitados de la mamá de Catalina eran miembros del programa Hábitat, de la ONU, a punto de iniciar una investigación con el fin de facilitar un préstamo al gobierno colombiano para adelantar un proyecto de vivienda en Ciudad Bolívar. Al saber que Claudia vivía allí y que se conocía la zona de memoria, no solo la convirtieron esa noche en el objeto de estudio, sino en consultora durante la investigación.

Lo que ganó en cuatro meses por ese trabajo, sumó más de lo que había ganado en todos los demás trabajos en dos años. Ese hecho cambia su vida universitaria y como lo dicen sus amigos da inicio a su «proceso de gomelización». De entrada, pudo dejar de trabajar un tiempo y entrar en las rutinas de sus compañeros, y compró el primer reloj caro de su vida. Lo cual tiene sentido, pues a ella lo que la enloquecen son los perfumes («uso desde que tenía como tres años porque un pariente cercano trabaja en una tienda del aeropuerto y me traía las muestras gratis») y los relojes.

Pero pasados unos meses regresó la necesidad de buscar trabajo y allí Pacheco le cuenta que están buscando una investigadora que sepa mucho de Bogotá para trabajar con Enrique Peñalosa. Pese a que el trabajo parecía pensado para ella, López lo dudó. Peñalosa le caía mal, le parecía un «tipo arrogante», pero Pacheco la convenció.

Claudia López fue clara con Enrique Peñalosa desde que la entrevistó para el trabajo. Le dijo que si las elecciones fueran ese día, ella votaría por Antanas Mockus. Él solo le dijo que arrancara a trabajar y hablaban en un año. Cuando se venció ese término, López no solo estaba comprometida a hacer campaña por él, sino que lo quería como ser humano y como político.

Al final, Enrique Peñalosa perdió en las elecciones contra Antanas Mockus, quien lo derrotó en las urnas en 1995. Esa derrota sería la causa de la segunda profunda tristeza política de Claudia López, luego del asesinato de Bernardo Jaramillo. 

Tendría que esperar a que culminara el primer periodo en la Alcaldía de Mockus para ver por fin a Peñalosa elegido como Alcalde en 1997. De la mano de él entró a la administración distrital, llegando a la Dirección de Acción Comunal, un despacho que bajo la dirección de Luis Fernando Ramírez, durante la alcaldía de Mockus, había iniciado un proceso de reestructuración que le llevó a disminuir y a profesionalizar la planta de personal, mejorar las instalaciones físicas e impulsar un proceso en el que no se intercambiaran recursos por votos o favores.

Ella reconoce ser heredera de ese proceso, dentro del cual reforzó el trabajo de las juntas de acción comunal a partir de la formulación de proyectos sobre las verdaderas necesidades de la zona e impulsó además el programa Tejedores de Sociedad que durante varios años, hasta la alcaldía de Lucho Garzón, permitió a jóvenes de escasos recursos formarse en áreas artísticas. Si bien López apenas tenía 27 años cuando se posesionó en ese cargo, quienes conocen su gestión en esa área destacan los resultados.

Nuevos trabajos

A partir de allí, la vida de Claudia López es un remolino de estudios,trabajos e ideas. Al salir del cargo en la Alcaldía se fue a estudiar inglés y posteriormente se ganó una beca para hacer una maestría en Columbia. Durante ese tiempo, y dado que esta beca tampoco daba para tanto, se mantuvo lavando baños y arreglando casas, pues era mejor pago ese trabajo que cualquier otro que pudiera conseguir.

Al regresar al país empieza a trabajar en el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo. Pero esa etapa de su vida será breve de nuevo por obra y gracia de la política. Allí duró solo año y medio, pues Enrique Peñalosa la llama para decirle que va a lanzarse como candidato independiente para competir por la Presidencia de la República y ella decide irse a trabajar nuevamente con él.

Por razones distintas, un tiempo atrás Claudia López conoció a Juanita León, la directora de La Silla Vacía y quien en ese entonces era directora de Semana.com. Dado el conocimiento que tenía sobre políticas públicas y otros temas, Juanita la invitó a escribir en la versión online de la revista. Aunque la idea le daba vueltas en la cabeza, no se cristalizó de inmediato.

Su entrada a los medios se daría unos meses después cuando Peñalosa anunciara que había decidido unirse con los liberales e ir a la consulta para competir con Serpa por la candidatura roja. Este hecho ocasionó su primera y más fuerte ruptura con su antiguo líder político, a quién Claudia López cuestionó fuertemente por traicionar su postura independiente y unirse a un partido que en ese momento, en su criterio, no podía representar ninguna renovación política.

Finalmente, en 2005 Claudia López llama a Juanita y le dice que tiene su primera columna. El contenido es justamente un análisis de la «traición» de Peñalosa a los ideales políticos que había defendido. Eso ocasionó un quiebre en la relación entre López y Peñalosa, que nunca se sanó del todo.

De la política a la parapolítica

Sus revelaciones sobre la parapolítica la pusieron en el escenario nacional. «Yo había hecho en la Misión de Observación Electoral una serie de investigaciones sobre las zonas donde se presentaron votaciones atípicas que terminaron convertidas en mapas. Simultáneamente Juanita León estaba trabajando en algunos mapas sobre la expansión paramilitar en Colombia. En algún momento hablé con ella para contarle y ver si los podía publicar, acordamos al final que ella me mandaba los que estaba haciendo solo para verlos».

Al recibir los mapas de León, López pensó que se había equivocado y le había regresado sus propios mapas. Pues coincidían exactamente las zonas de más despliegue paramilitar con aquellas donde se eligieron congresistas con votaciones completamente atípicas.

Al final la conclusión fue que un fenómeno estaba claramente relacionado con el otro. Con semejante bomba en las manos, intentaron primero publicar el especial en la Revista Semana impresa, pero no les dieron espacio. León, quien para entonces dirigía ya Semana.com, decidió entonces publicar el informe solo en la versión online.

Lo increíble es que por varios meses nada pasó. Nadie comentó lo que se había publicado, ni los otros medios de comunicación reaccionaron. Habría que esperar a diciembre para que a partir de unas declaraciones de Gina Parody, en las que se negaba a encabezar la lista de La U al Senado si Juan Manuel Santos, su director, no expulsaba del partido a todos aquellos que —según los mapas de Claudia— eran sospechosos de tener relaciones con las auc, los informes recobraran vigencia y los demás medios empezarán a difundirlos.

A partir de 2006, año en que finalmente el escándalo toma fuerza, 60 de los congresistas denunciados por López de tener vínculos con los paramilitares han ido a la cárcel. Tras sus denuncias a Kiko Gómez, finalmente puesto tras las rejas, estuvo muy amenazada de muerte, una experiencia que fue muy dura para ella pero que no la detuvo para continuar sus denuncias. «Cuando a uno lo amenazan de muerte no se siente miedo, solo una profunda soledad, como si nada más existiera. De pronto, en pocos segundos, es como si uno estuviera solo en el mundo».

De mediática a candidata

Su paso por los medios la llevó por Semana; El Tiempo, en donde tuvo una columna por varios meses hasta que le exigieron renunciar por criticar informaciones políticas del mismo medio; La Silla Vacía, en donde escribió hasta que se lanzó a la política, y Hora 20.

Claro, también está La Luciérnaga, donde Claudia López tiene un doble que habla como ella, pelea como ella y tiene su misma voz. Aunque ella insiste en que a diferencia del personaje radial, ella nunca ha usado la palabra compañero. Oír a la Claudia de la Luciérnaga es de las pocas cosas que la hacen sonrojar y avergonzar, algo que le pasa con frecuencia en los taxis bogotanos.

Con todos estos antecedentes, al final López terminó donde se suponía: haciendo política. Tras pasar también por la Fundación Arco Iris, de su amigo León Valencia, donde realizó varias de las investigaciones sobre la parapolítica y la captura del Estado que la han hecho conocida a nivel nacional, entró al Senado por la Alianza Verde Progresista con 81 mil votos, convirtiéndose en la candidata más votada de ese partido.

Del contar al hacer

Es raro, pero cuando se le pregunta a personas cercanas y a López por qué terminó pasándose a la política, la respuesta es similar: porque no basta con contar sobre los malos o hablar de lo mal que va el país, hay que poder hacer, hay que poder cambiar.

Eso es lo mismo que a veces ella repite a sus posibles electores cuando sale al mediodía o a media tarde a hacer campaña en la calle. Y ha hecho varias desde que estuvo en el Senado: hizo campaña para ser la candidata de su partido a la Presidencia en 2018; luego de retirarse para apoyar a Sergio Fajardo como líder de la Coalición Colombia con Jorge Enrique Robledo, hizo campaña como su fórmula vicepresidencial recorriendo sin descanso las calles con una pancarta en la espalda; cuando quedaron de terceros con 4,5 millones de votos, por debajo de Iván Duque y de Gustavo Petro, decidió hacerle campaña a Petro en la segunda vuelta.

Fue una movida que pensó mucho. Era coherente con su trayectoria en contra de la clase política y del Uribismo que apoyaba a Duque, pero también era consciente de que perdería un sector que la apoyaba y despreciaba a Petro. Pero ella ya tenía en la mira la Alcaldía de Bogotá y confiaba en que, como lo dijo explícitamente el día que le dio su respaldo a Petro, el “hoy por mí, mañana por tí” operara en el 2019 a su favor, algo que al final no sucedió.

En paralelo a su campaña a la Vicepresidencia, arrancó su penúltima campaña, impulsando la consulta anticorrupción.

Con la anticorrupción como su bandera principal en el Congreso y luego de haber presentado varios proyectos de ley que le tumbaron, en 2017 junto con la entonces representante verde Angélica Lozano, su pareja, López salió a la calle a recoger firmas para convocar a la primera consulta popular nacional para votar 7 mandatos anticorrupción.

Después de meses en los que consiguió más de cuatro millones de apoyos y de varias batallas en el Congreso para que la aprobaran, el 26 de agosto de 2018, con una votación sin precedentes, a la Consulta le faltó menos de medio millón de votos para superar el umbral de más de 12 millones de votos.

En todas estas campañas, López se ha ganado fama de «brava» y “gritona”. Una de las críticas que con mayor frecuencia se le ha hecho, y mucho más en este última campaña, es que reacciona de manera vehemente en las discusiones o debates; o que a veces en medio de su impulsividad lanza acusaciones, muchas veces injustas (de La Silla Vacía, por ejemplo, dijo públicamente en campaña a la Presidencia que era la “oficina de Prensa de la Fiscalía” cuando pusimos en duda con datos oficiales su aseveración de que el entonces fiscal Néstor Humberto Martínez investigaba más a los rivales de Cambio Radical; luego nos pidió excusas en privado). Claro, igual muchos le reconocen que su gran virtud es justamente esa de no querer quedar bien con nadie, de decir lo que piensa sin filtro y sin hipocresías.

Su visión

Sus obsesiones son los temas de tierras y planificación urbana (que posiblemente se vincula con sus orígenes y los 18 años que duraron tramitando un préstamo para una casa propia) y la educación. Además de quitarse de la cabeza distintos prejuicios durante su paso por el Externado, allí aprendió que en la vida práctica es cierto aquello de que la educación es un vehículo social impresionante. A ella, al menos, le cambió la vida para siempre el haber estado allí y el haber conocido a quienes conoció.

A Claudia durante la campaña algunos la quisieron encasillar en la izquierda, sobre todo por su asociación con Petro en las pasadas elecciones. Pero su tesis del doctorado que terminó en la Universidad de Northwestern, y el eje de la visión política que defendió durante su campaña como fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo en la campaña que perdieron en el 2018, es que lo que necesita Colombia es construir ciudadanía, Estado y mercado; muchos de sus postulados sobre seguridad, inclusive, se asemejan más al populismo punitivo de la derecha.

No llega con una visión sobre la ciudad tan inamovible como Peñalosa ni es tan ideológica como Petro. Seguramente, si es como ha sido en el pasado, Claudia aplicará en esta Alcaldía el “pragmatismo informado” del que habla con frecuencia el historiador Malcom Deas.

En sus demás cargos, López ha demostrado ser una líder transformadora y una perfeccionista absoluta. Con la que muchos dicen, no es fácil trabajar, pues cada error se convierte en una tragedia, y no es extraño que humille a sus subalternos cuando no cumplen sus expectativas. Su argumento es que si ella trabaja “como un burro”, por qué los demás no pueden hacer lo mismo.

Claudia López llega a la Alcaldía con una trayectoria política importante, y con logros significativos en todo lo que ha hecho. Pero con poca experiencia en el ejecutivo, por lo que gobernar una ciudad tan grande y compleja será un reto grande.

En los próximos meses se verá qué tanta más historia logrará cambiar la nueva alcaldesa de Bogotá.

Nota del Editor: esta historia es una versión editada y actualizada por el equipo de La Silla de un perfil escrito en 2014 por Olga Lucía Lozano, entonces editora creativa de La Silla.

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