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Por Juan Esteban Lewin | María Clara Calle · 12 de Noviembre de 2019

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La decisión del presidente Iván Duque de mover a su Canciller, Carlos Holmes Trujillo, al Ministerio de Defensa en reemplazo del renunciado Guillermo Botero, deja la señal de que el Gobierno, en su mayor crisis, no da muestras de dar un viraje más allá de tener un político que encarna la distancia frente a Nicolás Maduro, más que a un empresario, en cabeza del ministerio.

Eso no quiere decir que no haya cambios ni asuntos pendientes por abordar en el ministerio. Significa que la idea de crear una coalición de Gobierno más allá del uribismo y sus aliados cristianos y godos, no parece avanzar, a pesar de que Álvaro Uribe la propuso desde hace un año y de que la anunciada derrota en el Congreso que llevó a la renuncia de Botero muestra que esa falta de coalición puede tener impactos concretos en su gobernabilidad.

Un mensaje de continuidad que se mantuvo con el anuncio de la exsenadora Claudia Blum  como reemplazo de Trujillo en la Cancillería, pues si bien la nueva ministra no estaba en el gobierno sí viene del uribismo e hizo campaña con Duque.

Además, el Presidente refuerza el mensaje al poner a un uribista de primera línea (y más conocido en el mundo político que Botero) a manejar la seguridad, la bandera con la que Uribe construyó su principal capital político, con lo que además mantiene la lógica de tener a los uribistas en los cargos con más poder político.

La seguridad, con sello uribista

Trujillo es un político de toda la vida, que de hecho ya dijo que aspirará de nuevo a la presidencia en 2022, y del corazón del Centro Democrático.

Está en ese partido desde su fundación por Álvaro Uribe, en 2013: fue uno de los siete firmantes de la declaración política de enero de 2013 con la que empezó el proceso de su nacimiento (los otros son Uribe, la hoy vicepresidente Marta Lucía Ramírez, el luego candidato presidencial Óscar Iván Zuluaga, el exuribista Juan Carlos Vélez, el ex vicepresidente Francisco Santos y el consejero presidencial para la seguridad, Rafael Guarín).

Además, fue precandidato presidencial ese año y en 2013, y fórmula vicepresidencial de Zuluaga en 2014, y como Canciller nombró en cargos diplomáticos a al menos una docena de uribistas.

Dentro del partido es especialmente cercano a María del Rosario Guerra y fue quien llevó a la política a Ernesto Yamhure, pero tiene buenas relaciones con todos los sectores. Lo mismo pasa con políticos tradicionales de otros partidos, pues muchos lo ven como uno de ellos por su trayectoria.

 

Abogado de la Universidad del Cauca, miembro de una familia que fue muy poderosa en el Valle en el siglo pasado (su padre, también llamado Carlos Holmes Trujillo, fue político de carrera y le heredó su maquinaria política a él y a su hermano José Renán) ha trabajado con los últimos cinco gobiernos.

Fue el primer alcalde de Cali elegido popularmente, un destacado miembro de la Asamblea Nacional Constituyente por el Partido Liberal y ministro de Educación de César Gaviria. Luego fue Comisionado de Paz, ministro del Interior y embajador ante la OEA de Ernesto Samper

En 1998, llegó a la embajada en Austria como un nombramiento político, pero ya había sido cónsul en Japón de Alfonso López Michelsen y de Julio César Turbay y brevemente tuvo una misión en la ONU en tiempos de Gaviria. 

Ha estado intermitentemente en el servicio diplomático durante más de tres décadas, algo inusual para los políticos vueltos embajadores. Después fue embajador en Rusia -también de Pastrana- y en Suecia y ante la Unión Europea de Uribe

Esa trayectoria diplomática le dio sentido a la decisión de Duque de nombrarlo Canciller hace poco más de un año. Para el nuevo cargo también muestra que arranca con un filón: la seguridad internacional, en la que la diplomacia es un elemento fundamental. Y que encaja con el tema que fue su principal reto y meta como Canciller: Venezuela.

Venezuela, en el centro

Venezuela no solo será uno de los mayores retos que enfrentará Trujillo desde el Ministerio de Defensa, sino que además fue su principal frente como Canciller en una línea claramente uribista.

En ese cargo fue clave para coordinar todas las jugadas políticas de Colombia contra el régimen de Nicolás Maduro, desde la organización del 23F para consolidar el cerco diplomático hasta la sincronía con los países del Grupo de Lima para denunciar a Maduro. 

De hecho, él fue el encargado de anunciar las decisiones más duras en términos diplomáticos: reconocer al diputado opositor Juan Guaidó como jefe de Estado de Venezuela, sacar al embajador colombiano de Venezuela y aceptar como embajador en Colombia al designado por Guaidó.

Desde el Ministerio de Defensa seguirá tratando temas de Venezuela, incluso más duros porque el país vecino puede ser una potencial amenaza de conflicto internacional, según dos expertos en temas de seguridad y dos uribistas que manejan el tema, y porque allí están varios grupos del ELN y de las disidencias de las Farc.

La amenaza es tal que una discusión que lleva casi 20 años, sobre la necesidad de comprar sistemas de defensa antiaérea para enfrentar un eventual ataque de otro país, casi se supera a inicios del año pasado, pues para el Gobierno Duque era prioritario dedicarle los 1,1 billones de pesos que vale, un monto casi igual a todo lo que tuvo para invertir el Ministerio este año (1,4 billones).

Aunque finalmente el Gobierno descartó la idea por falta de plata, el intento de avanzar en ese viejo propósito muestra lo prioritario de Venezuela para el Gobierno (que podría crecer pues hace dos meses Maduro amenazó con instalar misiles para defenderse de Colombia). 

Además de ese frente, de una guerra convencional, Venezuela es un factor para la seguridad interna porque allí, según InSight Crime, están de manera permanente frentes de la extinta guerrilla de las Farc como el Acacio Medina o el Décimo Frente, mientras que el ELN está en por los menos 12 estados venezolanos

Esa presencia incluye reclutar venezolanos que luego utilizan en operaciones en Colombia y ganar dinero con economías ilegales como el narcotráfico, el contrabando o la minería ilegal en Venezuela, según InSight Crime. 

Eso hace que Venezuela sea un chicharrón para cualquier ministro de Defensa de Colombia.

Pero más para Trujillo, que ha sido parte de la decisión política de no tener relaciones políticas con el régimen Maduro, lo que impide de tajo poder coordinar acciones contra los grupos armados colombianos que están más allá de la frontera, y cuando ha sido la cara internacional de la presión a Venezuela hasta el punto de que Jorge Arreaza, ministro de Relaciones Exteriores de Maduro, lo llamó “inmoral”.

Con Venezuela como tema heredado de su cartera anterior, Trujillo llega a Defensa con un conocimiento y un desgaste previos. Conocimiento y desgaste que no tiene en los demás retos que enfrentará.

Los líos dentro de Colombia

Además de Venezuela, Trujillo llega su nueva cartera a menos de 10 días del sonado paro nacional del 21, que le medirá el aceite por la tensión entre los que piden mano dura para evitar el vandalismo y los sectores sociales que exigen respetar el derecho a la protesta.

Todo con el trasfondo de los logros de las protestas en otros países de Suramérica como Ecuador, Chile y Bolivia, y el fantasma de la infiltración internacional del Foro de Sao Paulo que despertó Uribe.

Esto con el agravante de que del manejo de una hipotética primera situación de violencia que se presente, Trujillo puede o bajarle la caña al paro o meterle gasolina a las razones de las protestas y hacer que se extiendan.

Aunque normalmente los paros le tocaba más al Ministerio del Interior, con Botero se volvieron un tema recurrente de la cartera de defensa pues propuso regular la protesta social desde antes de ser ministro, y fue duramente criticado por afirmar que la minga indígena estaba financiada por grupos ilegales. 

En este punto hay una diferencia de entrada, pues Trujillo es mucho más formal y sosegado que Botero, y de hecho no ha tenido salidas en falso como las de su antecesor.

Esa ventaja, sin embargo, puede ser menor frente a la realidad de que la imagen de la Fuerza Pública se ha visto afectada recientemente por los asesinados de Dimar Torres y Flower Trompeta, y por el bombardeo en Caquetá que forzó la salida de Botero. 

Además, en el último año los militares han sufrido escándalos por el regreso de las órdenes que llevaron a los asesinatos conocidos como falsos positivos, la corrupción que destapó Semana y por la que llamaron a calificar servicios a cuatro generales, y por las denuncias de HRW  sobre el pasado de generales ascendidos durante este Gobierno como el comandante del Ejército Nicacio Martínez. 

De hecho, la imagen desfavorable de las Fuerzas Militares subió 7 por ciento en el último año y medio hasta llegar a niveles similares a los del Gobierno Pastrana, según la más reciente Gallup Poll, que se realizó antes de conocerse la muerte de los menores en el bombardeo. 

Todos estos retos los deberá enfrentar a la par que mejora la comunicación del Ministerio que quedó patente en ese caso, una falla de comunicación que el senador Álvaro Uribe reconoció en una entrevista que le dio a La FM.

Más allá de esa coyuntura, Trujillo llega a enfrentar la amenaza que representan grupos armados como los Gaitanistas o el ELN, que se suman la atomización de las disidencias de las Farc que, según el informe que publicó el lunes InSight Crime, son más de 20 grupos y que hoy están divididas entre el mando de Gentil Duarte, el de Iván Márquez y otros grupos más pequeños.

Esa multiplicidad hace difícil crear una única estrategia para combatir a los grupos que se suma al reto de manejar la seguridad en lugares donde se enfrentan, como ocurre en Nariño con los conflictos entre el Frente Oliver Sinisterra y las Guerrillas Unidas del Pacífico. 

Un reto mayor porque este Gobierno ha logrado capturar o matar a pocos comandantes de esos grupos, aparte de Walter Patricio Arizala, alias ‘Guacho’, y Édgar Mesías Salgado Aragón, alias ‘Rodrigo Cadete’; ambos disidentes del proceso de paz.

La dificultad aumenta porque la producción de hoja de coca está tan disparada que es la más alta de los últimos 15 años y entre 2017 y 2018 creció en un cinco por ciento mientras los cultivos cayeron en un 1,2 por ciento, según los registros de la Oficina de la ONU contra las Drogas y el Delito. Y la aspersión, que ha sido la apuesta fundamental del Gobierno Duque y lo que lo ha desconcentrado en controlar otras economías ilegales, nada que despega. 

Ante ese panorama, Trujillo ya tiene objetivos ambiciosos: este año deberá tener cifras récord en incautaciones de droga y lograr las menores tasas de homicidios y de secuestro desde mediados de los ochenta, entre otras tareas que le puso el presidente Duque en su presentación como nuevo jefe de cartera.

Todos esos retos puntuales se suman en uno de marca mayor: como el sello del uribismo es la seguridad, ante sus propias bases es casi indispensable que un gobierno uribista logre resultados visibles y para eso el ministerio más neurálgico es el de Defensa. 

Sin un presidente que llame todos los días a los comandantes de los batallones para darles órdenes como hacía Uribe, con muchos más ojos puestos sobre la forma de operar de los militares para evitar asesinatos de civiles o usos de la fuerza como bombardeos en los que mueran menores reclutados a la fuerza, y con Venezuela convertida en refugio de los grupos armados, Trujillo tendrá el gran reto de mostrar que el gobierno uribista de Duque sí está mejorando la situación de seguridad (y más si mantiene su aspiración presidencial).

Algo que, según las encuestas, hasta ahora no siente la gran mayoría de colombianos, y que no depende solo del ministro.

Nota del editor: acutalizamos esta historia al conocer el nombramiento de Claudia Blum como Canciller.

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