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Por Laura Ardila Arrieta | Carlos Hernández Osorio · 23 de Noviembre de 2020

Izquierda: 21N 2019. Derecha: 21N 2020. Fotos tomadas de EFE y de Mateo Fierro

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En términos de asistencia, las manifestaciones de la última semana en el país se parecen más a las no tan gruesas que sectores sociales suelen hacer todos los años por distintas causas, que a las multitudinarias históricas del 21N de 2019, que sus organizadores quieren emular.

La razón principal es que, aunque la indignación por los abusos de la Policía prendió -literalmente- la llama de la calle en septiembre, ésta se volvió a apagar por la fuerza de la pandemia del covid, pero también porque sigue sin superarse la descoordinación interna que se evidenció en el intento de diálogo con el Gobierno a principios de este año, y porque hay poca capacidad de convocatoria.

A menos de que algo extraordinario ocurra, lo más probable es que las cacerolas que de manera inédita hace doce meses se oían por todo el país, continúen en silencio por lo que resta de 2020.

El lánguido aniversario del 21N

Hace un año, estábamos en la Colombia de la cacerola. 

En un gesto colectivo sin precedentes, el 21 de noviembre ciudadanos descontentos de todas las edades y estratos llenaron las calles de ciudades y pueblos. Desde niños con sus profesores en la alta Guajira hasta pueblos indígenas en el Amazonas. 

Por la noche, en respuesta a los actos vandálicos de unos encapuchados que fueron la excepción, por primera vez en la historia se oyeron cacerolas. En el barrio de alto estrato Rosales de Bogotá y en el populoso Olaya Herrera de Cartagena.

Como se analizó en su momento, las razones eran una colcha de retazos que iban desde defender a los tiburones hasta la diversidad sexual, la vida de los líderes sociales y los Acuerdos de Paz.

Aunque hubo convocantes organizados, la espontaneidad fue una de las notas predominantes, en concordancia con la ola de protesta social e ideas de cambio que se vivía (y aún se vive) en otros países del continente y del mundo.

Hoy, en contraste, la foto del aniversario del 21N muestra unas movilizaciones -tanto el 19 como el 21 de noviembre pasados, días para los que convocaron las organizaciones que integran el Comité Nacional del Paro- más bien escasas.

En Bogotá no llenaron la Plaza de Bolívar, que suele ser la medida de las protestas. En Cali, aunque tenían siete puntos previstos, un plan tortuga de volquetas y un plantón, la lluvia de estos días disolvió a los asistentes que no fueron tantos como el año pasado.

Igual que en Barranquilla, en donde el 19 hubo marcha convocada por los sindicatos pero con poca presencia de estudiantes. Y en Medellín, en donde la noticia no fue la masiva asistencia sino que hubo una amenaza contra unos estudiantes y disturbios que dejaron a cuatro detenidos por la Policía.

Para mencionar otro ejemplo de ciudad principal, en Bucaramanga no hicieron evento el 21 sino el 19 y fue una pequeña movilización en la que participaron más que nada sindicatos (SES, CUT, el sindicato del acueducto).

Un panorama que también contrasta con el que se sigue viviendo en países como Perú y Guatemala, en donde la calle está encendida a pesar del covid.

“Es preocupante”, dice al respecto Óscar Flórez, líder estudiantil que hasta enero, que se dio un rompimiento interno, hizo parte del Comité Nacional del Paro y luego pasó a la coordinadora nacional de organizaciones sociales y también está en el Comité Distrital del Paro.

En su concepto, y como es obvio, la pandemia que estalló en marzo está de primera en la lista de razones para entender el frenazo de las manifestaciones.

Él, y por su lado Fabio Arias, dirigente de la CUT y miembro del comité del paro, nos detallaron cómo el virus no sólo ha incidido en la poca convocatoria por el miedo al contagio, sino que prácticamente desarticuló el movimiento de los grandes protagonistas del 21N de 2019: los estudiantes.

Como las universidades cerraron sus sedes físicas, muchos se regresaron a sus ciudades o pueblos de procedencia y por la virtualidad “hemos perdido socialización”, como nos dijo Arias.

“El movimiento estudiantil no está organizado y reunir 100 personas virtualmente para organizar no es fácil”, añadió por aparte Flórez.

El coronavirus tiene además el efecto de la crisis social que ha puesto a mucha gente a intentar tramitar un cansancio emocional o pensar más en solucionar sus problemas económicos de mayor urgencia que en salir a la calle.

“La gente está dedicada a sobrevivir, no encuentro otra explicación, sobre todo teniendo en cuenta que hoy estamos peor que hace un año”, opina el analista político Carlos Suárez, quien al tiempo destaca que, paradójicamente, al presidente Iván Duque le han mejorado los números en términos de favorabilidad.

Por ejemplo, en la Gallup de octubre de 2019, la aprobación del Presidente era de 26 por ciento y su desaprobación, del 69 por ciento. Esos mismos datos en octubre de 2020 fueron de 31 por ciento y 61 por ciento, respectivamente.

“Duque ha venido subiendo y eso puede ser porque el asistencialismo estatal ha dado resultado”, agrega Suárez.

Un asunto que, para el columnista de La Silla Héctor Riveros, también incluye a alcaldes como el de Barranquilla, Jaime Pumarejo, quien también ha subido en imagen, y puede estar relacionado con la sensación de optimismo que provoca sentirse estar saliendo de la pandemia.

(En su última columna en La Silla, Riveros dice que aunque la incertidumbre sigue reinando, hay señales de luz al final del túnel de la pandemia).

En este punto también hay que recordar que la antesala del 21N 2019 estuvo marcada por un Gobierno Nacional que parecía en campaña por el paro, con actitudes que aumentaron la molestia colectiva.

Como, por ejemplo, el homenaje que Duque le rindió al exmidefensa Guillermo Botero, luego de que éste renunciara por presión del Congreso en medio del escándalo por el bombardeo del Ejército a un campamento en el que había menores de edad. El “¿De qué me hablas, viejo” que también el Presidente le contestó a un periodista que le preguntó por ese bombardeo. Y la contratación en Palacio de Juan Pablo Bieri, quien había salido de la dirección del sistema de medios públicos por censurar un programa. Asuntos todos que ocurrieron los días previos a la movilización.

“No es que ahora no estemos peor, pero las movilizaciones espontáneas necesitan un detonante, se dan en contextos inéditos, se necesita alguien que prenda la chispa. Además, los estudiantes que marcan la diferencia hoy están dispersos, en modo vacaciones”, añade Riveros. 

Pero aparte del covid y sus consecuencias, a las cacerolas también las calló la descoordinación interna del comité del paro que, de hecho, estaba minando la protesta desde antes de la cuarentena nacional.

Como lo contamos en su momento en La Silla, en febrero, sin siquiera haber logrado que el Gobierno las recibiera para negociar, las organizaciones de dicho comité se dividieron y una vertiente creó otro comité más radical con peticiones más grandes y la idea de un paro indefinido.

Eso, que continúa, ha sumado al ya débil poder de convocatoria.

“Aquí hay que hacer autocrítica porque no hacemos autocrítica. Los paros no se decretan, se construyen. Pero aquí lo que estamos viendo son unas organizaciones que se reúnen sin generar procesos en las bases, sin hacer un proceso pedagógico y sin coordinación. Así no habrá posibilidad de resurgimiento”, reconoce el líder nacional del paro Óscar Flórez.

Una de las principales características del paro terminó siendo, a su vez, una de sus grandes debilidades: logró convocar un sinnúmero de personas que nunca habían marchado, pero estaban indignadas con el Gobierno de Duque y con los problemas históricos del país. Eso fue lo que hizo grande el 21N y los días siguientes, y lo que hacían notar, sobre todo, los cacerolazos.

Sin embargo, era gente que no estaba organizada y, por eso mismo, era más difícil de mantener en la calle.

Como contamos en La Silla, sí hubo una intención, al menos en una ciudad grande como Bogotá, de que dirigentes y personas que hacían parte de organizaciones sociales se metieran a hacer un trabajo en los barrios que permitiera mantener vivo el paro con la gente de a pie, sobre todo con el cambio de año entre 2019 y 2020, cuando era natural que mermaran las movilizaciones por las fiestas decembrinas.

Pero cuando llegó la pandemia, eso no había cuajado y no se había tejido entre la gente del común un nivel de organización tal que pudiera mantener viva la movilización en la calle, así fuera después de la reapertura.

Movilizaciones como las que hubo el 9 de septiembre pasado, que fueron sobre todo espontáneas, se valieron de grupos de whatsapp que habían quedado del 21N, pero por lo visto en las calles desde que la Policía mató al ciudadano Javier Ordóñez, eso no ha sido lo suficientemente fuerte como para replicar lo hecho hace un año.

De ahí que a las marchas que siguieron el 21 de septiembre, el 21 de octubre y el 19 y 21 de noviembre hayan salido los que tradicionalmente han salido: centrales obreras, organizaciones sociales y estudiantes, con la particularidad de que los estudiantes, que siempre le dan un ánimo particular a las movilizaciones, como ya contamos, están dispersos.

Es imposible que una marcha poco concurrida logre sentar a un gobierno a negociar.

Una opinión que ayuda a entender esta mezcla de razones es la de Andrés Ortiz, estudiante de Ciencia Política y Lenguas y Cultura de los Andes (actualmente practicante de La Silla), quien participó en las marchas de hace un año, pero no en las de ahora.

“Pues la verdad ni siquiera contemplé salir, entre mis amigos y con los que siempre salgo a marchar ni siquiera lo discutimos o hablamos al respecto. Además, sentí que en general el movimiento estudiantil, que suele ser con quienes yo salgo, no se movió mucho tampoco, por lo menos desde las privadas y pues los Andes, que a pesar de ser lo más gomelo, se moviliza bastante. No hubo mucha publicidad de lugares de encuentro, o de plantones ni nada, entonces pues a mi me pasó bastante desapercibido”.

La abogada de Derechos Humanos Diana Acuña, quien también salió en 2019 y no ahora, añade otro punto:

“Hay varios factores que cambiaron entre la situación el 21N de 2019 y el 21N de 2020. Creo que la Conversación Nacional cumplió su objetivo y logró deslegitimar al Comité del Paro, quienes además se mostraron como poco representativos de los que estábamos en la calle. Fue evidente que ellos empezaron a negociar ahí un montón de intereses políticos que no eran lo que me movía a salir a las calles. Siento que no hubo efectos reales después de una lucha larga y dura, y eso también desmotiva un montón”.

En sentido parecido, Héctor Riveros opina que Duque se anotó un gol con la llamada Conversación Nacional, el mecanismo con el que su Gobierno quiso responder a las movilizaciones, pero al que nunca le dio un cierre ni tuvo logros, porque con él creó la narrativa de diálogo y logró apaciguar el impulso de las marchas.

Este miércoles 25, los organizaciones del Paro Nacional tienen convocada otra actividad por el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer.

El dirigente de la CUT Fabio Arias nos dijo que espera que sea algo parecido a lo de estos días y que luego vendrán unas manifestaciones cuando se empiece a negociar el salario mínimo, pero “serán más (por) redes que calle”.

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