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Por Blogoeconomia · 18 de Abril de 2016

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Andrés Moya (@Andr3sMoya)

¿Es posible contar con programas efectivos de generación de ingreso y de promoción de habilidades socioemocionales para las víctimas de la violencia sin realizar intervenciones transversales en salud mental?

Uno de los principales retos de política que enfrenta el país de cara al postconflicto es el de la recuperación socioeconómica de la población desplazada. Los datos más recientes (2015) de la Unidad de Víctimas indican que el 63 por ciento de la población desplazada se encuentra en una situación de pobreza y el 33 por ciento en una situación de pobreza extrema. Aunque estas cifras son menores que las que calculamos hace ya 10 años con Ana María Ibáñez y que indicaban que los niveles de pobreza y pobreza extrema en este segmento de la población alcanzaban el 99 y 75 por ciento, respectivamente, la incidencia de la pobreza en la población desplazada es todavía sistemática y preocupante.

Esto se debe en gran parte a la forma en la que el fenómeno del desplazamiento forzado genera pérdidas sustanciales en los activos físicos, humanos, sociales y psicológicos de la población, como lo he discutido ya entradas anteriores. Esta pérdida de activos se traduce en una limitada capacidad para generar ingresos en los municipios de recepción y en caídas sustanciales en los niveles de consumo y bienestar, algo que también exploramos hace ya unos años con Ana María Ibáñez. Por ejemplo, la pérdida (o depreciación) del capital humano se da en la medida en la que las capacidades y conocimientos laborales agrícolas de la población que se ve forzada a migrar de áreas rurales no son transferibles a los mercados laborales urbanos, lo cual se convierte en una barrera para la obtención de empleos formales y calificados y para la misma generación de ingresos en actividades informales.

La reparación integral de la población desplazada y la superación de la condición de vulnerabilidad pasa entonces por el diseño y la implementación de programas efectivos de construcción o recuperación de la base de activos físicos, humanos, sociales y psicológicos que posibiliten salidas autónomas y sostenidas de la pobreza. Para el caso particular del capital humano, los programas técnicos de formación para el trabajo que se ofrecen a la población adulta y también a jóvenes entre 16 y 29 años, responden a esta problemática y tienen como objetivo mejorar la calidad y la pertinencia de las capacidades laborales y empresariales de población desplazada, y posibilitar la consecución de empleos de mejor calidad y los procesos de generación de ingresos.

En los últimos años se ha discutido la necesidad de complementar dichos programas con iniciativas de construcción y promoción de habilidades socioemocionales –también conocidas como habilidades blandas o no-cognitivas– en el desarrollo y el éxito de las personas. Esto está motivado en la evidencia de estudios en diferentes disciplinas que demuestra que si bien las habilidades cognitivas son importantes, son las habilidades socioemocionales las que tienen un impacto determinante en las vidas de las personas. Estas habilidades incluyen la Regulación del Estrés y Emociones, el Autocontrol, la Auto Confianza, Autoeficacia, Resiliencia, Perseverancia y Empatía, entre otras y se pueden entender como las diferentes dimensiones del carácter de las personas.

Para ilustrar la importancia de las habilidades socioemocionales voy a desviarme por un momento del caso de las víctimas de la violencia y a contarles sobre los impactos de largo plazo del Programa Prescolar del Perry School en Ypsilanti, Michigan que fueron analizados por James Heckman de la Universidad de Chicago y colegas. A mediados de los años 60’s, un grupo de psicólogos seleccionaron a familias afroamericanas en condición de pobreza y vulnerabilidad e invitaron a la mitad de éstas familias a llevar a sus hijos de 3-4 años de edad al Perry School, un programa de educación preescolar de alta calidad. Durante décadas los investigadores siguieron a los niños que accedieron al programa, así como a esos niños que no fueron invitados a participar, para entender cuáles fueron los impactos en el corto, mediano y largo plazo del programa. En un principio, la evidencia hacía pensar que la experiencia había sido en cierta forma un fracaso: a los 7 y 8 años de edad, el coeficiente intelectual de los niños que accedieron al programa de prescolar no era mayor que el de aquellos a quienes no se les invitó al programa. No obstante, con el tiempo aquellos niños que asistieron al programa de preescolar tuvieron un mayor éxito en sus vidas comparados con aquellos que no lo hicieron: a los 18 años se graduaron con una mayor probabilidad del colegio, a los 27 tenían una mayor probabilidad de estar empleados y a los 40 tenían mayores niveles de ingreso y menores probabilidades de haber sido arrestados, de haber recibido pagos de seguridad social por parte del gobierno. De acuerdo con los cálculos de Heckman y colegas, más de dos terceras partes de éstos beneficios están explicados por los efectos de las capacidades socioemocionales y del comportamiento que se generaron durante el programa preescolar. Es decir que aunque el programa del Perry School no tuvo impactos sobre la capacidad intelectual, sí le cambió la vida a estos niños que venían de entornos extremadamente vulnerables al construir esta base de capacidades no-cognitivas.

La evidencia de éste y otros programas similares ha sido recibida con entusiasmo y optimismo por parte de educadores, hacedores de política y académicos pues revela que intervenciones puntuales  durante la primera infancia tienen el potencial para promover la construcción de capacidades socioemocionales y, de esta forma, de ampliar las posibilidades para que los niños que nacen en contextos de pobreza y vulnerabilidad puedan tener vidas felices, saludables y productivas. En otras palabras, las intervenciones de primera infancia pueden romper los mecanismos de transmisión intergeneracional de la pobreza y para combatir la desigualdad de una manera profunda y estructural. Lo anterior resalta la importancia de diferentes iniciativas que hemos observado en el país, como la estrategia De Cero a Siempre, el programa Semillas de Apego que hemos desarrollado con Arturo Harker, o los distintos proyectos que han liderado mis colegas Raquel Bernal y Ximena Peña quienes de hecho estarán presentando mañana algunos de sus trabajos en el Centro Cultural Gabriel García Márquez.  

Pero el interés que han generado las habilidades socioemocionales también se debe a que la evidencia indica que son maleables. Es decir, que se pueden modificar y potenciar a lo largo de las distintas etapas de la vida, algo que no sucede con las habilidades cognitivas. Por ende, existe la oportunidad para diseñar e implementar programas dirigidos a construir capacidades socioemocionales para niños, jóvenes y adultos. Acá pueden encontrar una nota relacionada que salió recientemente en La Silla de la Educación sobre el tema.  

Volviendo al caso de las víctimas del conflicto en Colombia, la evidencia anterior abre una ventana de oportunidad importante para la promoción de habilidades socioemocionales en éste segmento de la población y transversal a los programas de formación para el trabajo para las víctimas que mencioné anteriormente.  De hecho, en los últimos años diferentes entidades como el Departamento Nacional de Planeación el Ministerio de Trabajo y Protección Social han resaltado la necesidad de potencializar los programas de formación técnica para el trabajo a partir de la inclusión de módulos de promoción de habilidades como la autonomía, perseverancia, colaboración, adaptabilidad, empatía y el sentido de responsabilidad, entre otras.

Aunque esto suena bien en el papel, existe cierto escepticismo sobre la posibilidad de promover la capacidad de trabajar en equipo, de reponerse de los fracasos, de perseverar y de confiar en sí mismos a personas que no sólo se encuentran en una situación de pobreza y exclusión, sino que también fueron expuestas a una multiplicidad de eventos traumáticos y que, como consecuencia, presentan una alta incidencia de afectaciones psicológicas.  En no es del todo claro si es posible fomentar la construcción de habilidades socioemocionales entre las víctimas de la violencia o si la prevalencia de síntomas de trauma psicológico impiden el desarrollo de éstas capacidades y  se convierten en otro factor que subyace a las dificultades para la inserción en los mercados laborales y en los procesos de generación de ingresos. 

Por esta razón, junto con Suzanne Duryea y Carolina González-Veloso del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) nos dimos a la tarea de entender cuál es la relación entre el trauma psicológico y las habilidades socioemocionales en el marco de un programa de formación dirigido a jóvenes víctimas del conflicto. El programa incluye un subsidio a la matrícula y al transporte para que los jóvenes puedan acceder distintos programas de formación técnica para el trabajo o de validación de los dos últimos grados de bachillerato. El programa, además, incluyó un módulo inicial de construcción de habilidades socioemocionales para la primera cohorte de beneficiarios, el cual fue desarrollado por el International Youth Foundation con el apoyo financiero del BID.

Para entender la relación entre el trauma psicológico y las habilidades socioemocionales en los jóvenes víctimas beneficiarios de éste programa, aplicamos una serie de escalas y pruebas estandarizadas una muestra de 807 beneficiarios del programa para medir distintas dimensiones socioemocionales incluyendo el Autoestima, la Perseverancia, el Autocontrol, y el Locus de Control (la percepción de una persona sobre si ella misma controla su vida – locus de control interno – o si, por el contrario, atribuye la responsabilidad de lo que le ocurre en su vida al destino o a las decisiones y acciones de personas – locus de control externo), entre otras. Así mismo recogimos información sobre el desempeño en pruebas cognitivas, como las matrices de Raven, aversión al riesgo y la incidencia de estrés postraumático.

Los resultados del análisis indican que mayores síntomas de estrés postraumático están asociados con un menor desempeño en todas las dimensiones socioemocionales: menores niveles de autoestima, perseverancia y autocontrol y una mayor prevalencia del locus de control externo. De manera interesante, estos resultados se presentan a pesar del módulo inicial de construcción de habilidades socioemocionales. Así mismo encontramos que aquellos individuos con mayores niveles de estrés postraumático son más aversos al riesgo, lo cual corrobora un resultado que había encontrado en una investigación anterior. Por el contrario, la incidencia de trauma psicológico no parece tener efecto alguno sobre el desempeño en las pruebas cognitivas. La gráfica 1 ilustra estos resultados a partir de la comparación de las distribuciones de los puntajes en cada prueba para sujetos por debajo y por encima de la media del puntaje de estrés postraumático. En la gráfica se puede observar que la media (la línea azul dentro de cada caja) y la distribución es diferente para los dos grupos en las dimensiones socioemocionales y en las decisiones en la prueba de aversión al riesgo, pero no en la prueba de Raven. Estos resultados son robustos cuando utilizamos técnicas estadísticas para controlar por características de los jóvenes y sus hogares y por factores contextuales.  

Gráfico 1. Habilidades socioemocionales y síntomas de estrés psicológico

 

 

Fuente: Duryea, S., González-Veloso, C. y Moya, A. (2016). “Youth and the Propensity to Take Risk:  Reflections from a Training Program for Young Victims of the Civil Conflict in Colombia”. Interamerican Development Bank.

 

La relación entre la incidencia de trauma psicológico y las habilidades socioemocionales resalta la necesidad de realizar intervenciones transversales de salud mental para la población desplazada. El desplazamiento y la exposición a la violencia conllevan una serie de impactos psicológicos que erosionan las capacidades socioemocionales de las víctimas y pueden incluso llevarlas a una situación de desesperanza aprendida que afecta sus percepciones y capacidades para recuperar sus proyectos de vida. En este sentido, la reparación integral y la recuperación socioeconómica de las víctimas no sólo requiere de programas efectivos de dotación de activos físicos (tierras y capital) y humanos (habilidades para el trabajo y habilidades socioemocionales) sino también de intervenciones transversales para su recuperación psicológica y emocional.

Comentarios (1)

chjarami

19 de Abril

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Hola Andrés,
Interesante. Sabemos algo de la transmisión a los hijos de ...+ ver más

Hola Andrés,
Interesante. Sabemos algo de la transmisión a los hijos de esas habilidades socioemocionales (o falta de ellas)? Mejor dicho, hay datos sobre los hijos de los desplazados que nacieron después del desplazamiento?
Idealmente, eso sería el efecto independiente de los efectos mediados por (presumiblemente) el ingreso del hogar y demás variables en los análisis de movilidad intergeneracional, pero parece pronto para ese análisis. O no?
Chj

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