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Por Carlo Tognato · 10 de Diciembre de 2017

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A partir de la invasión de Afganistán e Iraq, las Fuerzas Armadas de los EEUU reconocieron que su efectividad operativa dependería del respaldo otorgado a sus tropas por las comunidades en sus teatros de operaciones y que, para lograr eso, necesitarían comprender las complejidades sociales y culturales de esos terrenos. Para tal propósito, el Ejército de los EEUU lanzó en 2007 el Sistema para el Terreno Humano (HTS), integrando a científicos sociales, sobre todo antropólogos, en sus unidades de combate.

A lo largo de los años, ese programa despertó reacciones preocupadas de un segmento de la comunidad científica que temían que un involucramiento demasiado directo de los científicos sociales en la guerra terminaría perjudicando su independencia.

Ahora bien, a lo largo del conflicto armado colombiano, las fuerzas armadas no contaron con un programa comparable al HTS, mientras, desde la otra orilla, las guerrillas sí entendieron la importancia de aprovechar a la academia, sobre todo para legitimar culturalmente su lucha insurgente, y montaron para ese efecto su propio HTS, involucrando de manera a veces laxa e indirecta, y a veces mucho más orgánica, a miembros de la comunidad académica en su esfuerzo militar.

Hoy, en el marco del actual proceso de edificación de la paz en Colombia ya no sirve un HTS diseñado para ganar la guerra, pero podría tener sentido un diferente modelo de integración entre la academia y la Fuerza Pública, un HTS para la Paz, para entender mejor los retos que conlleva la consolidación de la convivencia pacífica entre los ciudadanos y por ende para alcanzar una mejor protección de los procesos democráticos a través de un recurso sustancialmente inferior al monopolio de la violencia en la respuesta estatal en contra de las amenazas a la paz.

Una tarea central para un HTS para la Paz sería ofrecer una comprensión mucho más fina de la topología y fisiología de terrenos institucionales tan importantes, y delicados, para la dinámica democrática del país, como la sociedad civil y los medios, con el propósito de catalizar respuestas no invasivas por parte del Estado que, por un lado, puedan contrarrestar la desinformación, las presiones, las intimidaciones, y la violencia perpetradas por los adversarios de las instituciones democráticas y, por el otro, puedan mantener balances y pluralismo en esos espacios sin alterar su funcionamiento, evitando así ciertas equivocaciones dolorosas del pasado.

El establecimiento de un Terreno Humano para la Paz permitiría, además, propiciar una integración mucho más estrecha de las Fuerzas Armadas a las prácticas civiles de su sociedad y una internalización mucho más eficaz de sus límites, en línea con los requerimientos que conlleva una Reforma al Sector de la Seguridad para el posconflicto. Para que ese programa cuaje, sin embargo, las Fuerzas tendrían que establecer colaboraciones sostenidas con los sectores más avanzados y más sofisticados de la academia colombiana (e internacional), lo cual presupone una serie de precondiciones que aún no están dadas de manera homogénea a lo largo de la Fuerza Pública colombiana. Veamos.

Para llegar al establecimiento de un Terreno Humano para la Paz, los altos mandos de las Fuerzas tendrían que entender mucho mejor las dinámicas internas de la academia y de enteros campos del saber en las ciencias sociales, tanto a nivel nacional como internacional, al fin de poder determinar quiénes entre la comunidad académica tendrían las características, competencias y credenciales para integrar ese programa y cómo llegar a incorporarlos. Desarrollar una masa crítica de oficiales formados al máximo nivel en sociología, antropología, ciencia política, historia, comunicación, y educación, por ejemplo, podría ayudar en ese frente. Sin embargo, para tenerlos, los altos mandos de las Fuerzas tendrían que poder identificar a los centros académicos de excelencia a nivel mundial donde se logra ese tipo de formación, a los estándares requeridos para acceder a ellos y a los ajustes organizacionales necesarios en sus respectivas Fuerzas para lograr ese acceso.

En el posconflicto cierto tipo de saber experto tendrá un gran valor estratégico. Las Fuerzas que logren concentrarlo, terminarán influyendo de manera determinante sobre las relaciones cívico-militares de una Colombia en paz. Hoy el Ejército colombiano parece haber tomado la delantera en este proceso. Por el otro lado, quienes entre la Fuerza Pública se han quedado atrás, tendrán que ajustar sus planes estratégicos y actuar oportunamente para no perder el bus del posconflicto.

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