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Por Blogoeconomia · 23 de Enero de 2018

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Por Hernando Zuleta

La política suele tener varias dimensiones y, a menudo, la disyuntiva entre izquierda y derecha parece estrecha a la hora de explicar las declaraciones y decisiones de los políticos y de los votantes.  Hay individuos que quisieran altos impuestos y un estado amplio y generoso y, a la vez, están de acuerdo con la prohibición del aborto y la eutanasia, creen que el homosexualismo es una abominación y creen que la sociedad debe construirse sobre valores cristianos. También hay individuos que no tienen un discurso articulado en lo político o en lo económico pero que tienen preferencias fuertes con respecto a asuntos puntuales como el sistema pensional o la privatización de algún activo público.   

La estrategia de un político bien preparado puede ser diseñar un programa serio y bien articulado e intentar convencer a los votantes acerca de la seriedad del programa y de la conveniencia de su implementación. No obstante, la diversidad y complejidad de temas puede hacer que los votantes no perciban un mensaje claro. Otra estrategia, más sencilla, es comprometerse a mejorar el nivel de vida, reducir la impunidad, etcétera, sin hablar de métodos ni dar detalles. En principio, la primera estrategia permite que los votantes tomen una decisión informada a la hora de depositar su voto y, en la medida que haya estrategias y metas claras, ayuda a evaluar los resultados y los procesos de los gobiernos. Sin embargo, esta estrategia es costosa, requiere de la colaboración y coordinación de expertos en diferentes temas y consume tiempo del candidato.  La segunda estrategia es menos costosa pero puede lanzar el mensaje de que el candidato es poco profundo y no está preparado.

Es probable que en una democracia madura, con votantes bien informados y debates abiertos la primera estrategia sea más común.

Preferencias lexicográficas

Suponga ahora que los ciudadanos de un país tienen preferencias lexicográficas en lo que se refiere a la política. En otras palabras, las preferencias están ordenadas de la misma forma en que se ordenan las palabras en un diccionario. Por ejemplo, en primer lugar está el rechazo (apoyo) al proceso de paz y cualquier candidato o coalición que no lo rechaza (apoya) queda excluido de la intención de voto aunque el resto de su programa sea muy bueno. Si hay un grupo de candidatos que coincide en su rechazo (apoyo) al proceso de paz, entre este grupo se vota por quien

Suponga, por el momento, que hay solo dos candidatos. En estas circunstancias, la mejor estrategia puede ser centrar toda la campaña en la primera dimensión de las preferencias. Siguiendo con el ejemplo, si un candidato logra que los votantes lo identifiquen con su posición con respecto al proceso de paz puede ser elegido sin haber explicado cuál será su política en áreas diferentes.

Coaliciones, Proceso de Paz y Corrupción

Por supuesto, si los votantes tienen preferencias lexicográficas habrá más de un candidato que busque alinearse con estas preferencias. En este caso, hay dos posibilidades: (i) una competencia por ser el más comprometido con la causa o que mejor sabe cómo satisfacer las preferencias de los votantes, (ii) una coalición dentro de la cual se debe debatir acerca de otras dimensiones (política fiscal, educación, etc.) La primera opción reduce las posibilidades de éxito pues el voto se puede diluir entre varios candidatos. La segunda opción, más atractiva desde el punto de vista electoral, debería obligar a los candidatos a presentar propuestas específicas en varias dimensiones y, en esta medida, sacar a relucir diferencias. No obstante, dependiendo de la intensidad de las preferencias, puede darse una situación en la que se ignoren las diferencias para fortalecer la coalición.

Las preferencias de los votantes suelen cambiar, en particular, cuando hay preferencias lexicográficas el orden de las prioridades suele variar dependiendo de las circunstancias del país y de la habilidad de los candidatos para comunicar sus prioridades.  

En Colombia, las últimas cuatro elecciones han estado dominadas por preferencias lexicográficas. Las dos elecciones de Uribe se dan porque para la mayoría de los votantes la prioridad, tal vez la única dimensión importante, era una lucha decidida contra las FARC, la primera elección de Santos fue similar. Para la segunda elección de Santos el primer lugar en el ordenamiento lexicográfico lo seguía ocupando las FARC, en esta ocasión la disyuntiva estaba entre el rechazo o el apoyo al acuerdo de paz.

En la contienda electoral actual, hay dos coaliciones que están diseñando la campaña para definir las preferencias lexicográficas de los votantes y definir la estrategia a partir de estas preferencias. La coalición de derecha, conocida como la coalición del No, apuesta a poner en el primer lugar de las preferencias el rechazo al acuerdo de paz. La coalición Fajardo-Lopez-Robledo apuesta a poner en primer lugar la lucha contra la corrupción.

El éxito electoral de las coaliciones basadas en preferencias lexicográficas puede generar problemas de gobernabilidad y desilusiones. Considere, por ejemplo, el caso de los libertarios partidarios del No. En la coalición que estos individuos apoyan está Alejandro Ordóñez. El ex-procurador tendrá la intención legítima de influir en las decisiones del gobierno en caso de que la coalición triunfe y, seguramente, buscará políticas conservadoras en temas como el matrimonio homosexual, el consumo de drogas o el aborto. Así, dentro de la coalición hay una fuerza que propugna por todo lo que no quieren los libertarios.

Entre quienes apoyan la coalición Fajardo-Lopez-Robledo hay empresarios liberales que quisieran reformas que faciliten la labor de las firmas y que faciliten el comercio exterior. No obstante, en esta colación está Robledo quien tiene una posición clara en contra del comercio y la percepción de las empresas deben pagar más impuestos. 

Estos ejemplos ilustran las razones por las cuáles algunos candidatos son reticentes a las coaliciones corriendo el riesgo de quedar por fuera de la contienda.

 

 

  

 

 


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