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Por Juan Esteban Lewin · 27 de Diciembre de 2018

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El 2018 estuvo atravesado por las elecciones, que marcaron un cambio fuerte de poder no solo por sus resultados sino por la forma en la que se desarrollaron. Al final, el gran cambio fue un movimiento, quizás leve pero notorio, de desconcentración del poder, especialmente del político, además del cambio evidente de la victoria electoral de la derecha.

Eso se notó especialmente en las votaciones, que en una democracia son un momento en el que naturalmente se pone en juego el poder, y por lo tanto en el que se nota dónde está, qué personas, grupos o fuerzas pueden definir qué cosas pasan o no, que es una definición sucinta de poder.

Este año, fueron sobre todo la derrota de las maquinarias políticas, una transformación en el poder que señala unas modificaciones más paulatinas pero también más hondas.

Un clientelismo golpeado

El ejemplo más claro de la derrota de las maquinarias es que su candidato de consenso a la Presidencia, Germán Vargas Lleras, apenas alcanzó el seis por ciento de los votos en la primera vuelta. Sin él en la carrera, por primera vez en la historia reciente de Colombia, el peso del clientelismo no fue definitivo en una elección presidencial.

En las elecciones al Congreso ese declive se sintió menos pero existió.

Las grandes votaciones de políticos que se hicieron elegir más con posiciones ideológicas que con clientelas, encabezados por los más de 875 mil votos de Álvaro Uribe, los 540 mil de Antanas Mockus y los 226 mil de Jorge Robledo, lo demostraron.

El resultado final es que bancadas con menos peso clientelar, desde la uribista hasta la de la Farc, pasando por el Polo y los verdes, tienen el mayor peso desde el fin en la práctica del bipartidismo, hace dos décadas.

Además, diferentes escándalos de corrupción locales golpearon a diferentes maquinarias, y terminaron afectando al modelo clientelar en su conjunto.

Entre los golpes más visibles están la caída del clan Gerlein de Barranquilla, incluyendo la detención y juicio de Aída Merlano por corrupción electoral; la caída de las dos grandes casas políticas del Quindío, la liberal de Luz Piedad Valencia y la vargasllerista de Sandra Paola Hurtado, por diferentes escándalos de corrupción; o la detención de los icónicos ‘ñoños’, los senadores cordobeses de La U Bernardo ‘Ñoño Elías’ y Musa Besaile por otros escándalos más.

Aunque eso no significa la desaparición de la clase política tradicional, sí es un paso más en un proceso que ha venido avanzando, especialmente en las grandes ciudades, donde ya no logran poner alcalde sin sumar votación ideológica o de imagen importante (como en Barranquilla).

Qué tan fuerte sea ese avance será algo que se note en el año que arranca, con las elecciones de octubre y con la puja entre el Gobierno Duque, que ha rechazado cambiar burocracia por gobernabilidad en el Congreso, y las barones políticos tradicionales que están acostumbrados a esos intercambios para alimentar sus máquinas clientelares.

¿Un futuro sin mermelada?

Justamente otro cambio sustancial en el funcionamiento del poder es justamente que Duque, a diferencia de sus antecesores, no ha dado ‘mermelada’, entendida como entregar cargos o la definición de partidas del presupuesto a cambio de que congresistas voten sus proyectos en el Congreso.

Ha mantenido esa decisión, que ha recibido apoyos de todos la opinión de diferentes orientaciones, a pesar de las dificultades que le ha traído a su agenda legislativa: se hundió su reforma a la justicia, su reforma política sigue viva pero sin su sello (el de eliminar el voto preferente) y su reforma tributaria pasó pero perdió la mitad de su impacto de recaudo en el camino.

Ahora el reto de Duque es mantener esa relación diferente entre el Gobierno y el Congreso, sin convertirla en una puja.

Eso en parte se responde con el impulso que le dio el Presidente a la propuesta de varios congresistas de dejarles constitucionalmente el manejo de parte del presupuesto, que han defendido como una forma de poner la ‘mermelada’ presupuestal por encima de la mesa y que en La Silla hemos llamado ‘tecnomermelada’, porque mantiene la posibilidad de que los congresistas definan a dónde se va parte de la inversión pública, pero permite discutir con argumentos técnicos en qué gastarla.

De prosperar, esa iniciativa podría darle continuidad al cambio de poder que marcó el 2018. Sobre todo si se une a otro fenómeno que fue, a la vez, causa del debilitamiento del sistema clientelista y una razón más para que esa transformación perdure, que tiene que ver con una nueva forma de ver y vivir la política.

Polos ideológicos más fuertes y con tonos populistas

Las elecciones presidenciales también cristalizaron el fortalecimiento de los dos polos del espectro político con rasgos populistas, que ayudan a desplazar la importancia de las clientelas, en las que se vota a cambio de favores personales

La duda es si el reemplazo serán conexiones directas emocionales entre líderes y votantes más allá de las instituciones, rasgo propio del populismo, o serán adscripciones ideológicas con ideas y programas de derecha e izquierda pero respetuosas de los cauces institucionales, que organizan la política alrededor de ideologías.

Aunque falta por ver ese resultado, del lado derecho se fortaleció el polo que lideran el Centro Democrático y especialmente el expresidente Álvaro Uribe como aglomerador de las tendencias conservadoras, religiosas y de derecha en el país. Ese polo se fortaleció con la exitosa consulta para elegir candidato presidencial en marzo y resultó victorioso en las elecciones presidenciales.

Ya con Iván Duque en la presidencia se ha mantenido esa unidad. De un lado, las bancadas conservadora y cristiana han sido las más fieles al Gobierno, junto con la uribista; de otro, Duque solo le ha dado burocracia a esos partidos.

Lo hizo con una marca 2.0 que ha hecho que para parte de las bases uribistas, y para cabezas visibles como la senadora María Fernanda Cabal o el ex ministro Fernando Londoño Hoyos, sea discutible hasta dónde realmente regresó.

Sin embargo, que dos de los grandes consejeros del Presidente sean Luigi Echeverri, hijo de quien fuera el gran consejero de Uribe en la Presidencia, Fabio Echeverri, y Carlos Enrique Moreno, cuñado de Uribe y uno de sus grandes puentes con el empresariado, dan fe de la continuidad que existe con el gobierno Uribe.

En la orilla opuesta, este año se empezó a consolidar un bloque de izquierda y alternativo conformado por los movimientos sociales, por políticos alternativos y de izquierda, por el nuevo partido Farc y por el sector de izquierda del Partido Liberal con la figura de Gustavo Petro como canalizador de una esperanza de que podrían algún día cercano llegar al poder.

Estos dos bloques han liderado buena parte del debate político desde entonces, especialmente en el Congreso, y probablemente sean definitivos en las elecciones de alcaldes de las principales ciudades y en algunas gobernaciones.

Eso no quiere decir que no puedan aparecer alternativas intermedias o diferentes, como encarnaron las votaciones por Sergio Fajardo, Humberto de La Calle e incluso Germán Vargas en la primera vuelta, pero sí da un marco general al funcionamiento del poder político que tiene dos polos claros y en el que el clientelismo perdió peso.

Más sociedad civil...

Esa transformación hacia una política menos mediada por las clientelas también tiene que ver con una sociedad civil que ganó un espacio mayor del poder, por varios motivos, además de ese debilitamiento de las maquinarias que han servido como mecanismo para tramitar reivindicaciones sociales.

Por un lado están los resultados que han logrado las movilizaciones sociales en los años recientes, como ocurrió con las movilizaciones estudiantiles de 2012, cuando tumbaron la reforma a la educación superior que propuso el entonces popular Gobierno Santos, y con el paro campesino que golpeó de forma irreversible esa popularidad.

Este año ese activismo social en la calle fue fundamental para los resultados electorales de Petro quien hizo campaña mostrando justamente ese fervor, con sus fotos de plazas llenas y su llamado a la movilización social. Un llamado que es tan relevante para él que es el eje de su trabajo político como senador, y que encaja con el paro estudiantil que marcó estos primeros meses del Gobierno Duque.

Esa movilización se alimenta, por lo menos en parte, del hastío con la corrupción que se nota en las encuestas de opinión y que cristalizó en la votación sin precedentes de dos candidatos que esgrimieron la bandera anticorrupción -Gustavo Petro y Sergio Fajardo- y en los más de 10 millones de votos que obtuvo la consulta anticorrupción, algo sin precedentes para una votación ciudadana hecha un día diferente a las elecciones ordinarias.

Ese hastío no solo golpea a las maquinarias sino que también cambió el aislamiento que suelen tener los empresarios y las empresas poderosas frente al debate público.

...cacaos menos intocables

Este año, en medio del debilitamiento de las maquinarias, mostraron que pueden terminar en medio de críticas públicas y no solo por el vínculo eventual que tengan con escándalos de corrupción,como pasó hace unos años con los primos Nule y ahora con la brasileña Odebrecht.

El caso quizás más radical es el de EPM, empresa pública que era intocable en Antioquia y que, tras el desastre de Hidroituango, pasó a ser criticada públicamente incluso por el Gobernador, Luis Pérez.

Otro caso visible es el de Luis Carlos Sarmiento Angulo, el hombre más rico del Colombia y quien había pasado indemne del escándalo Odebrecht hasta fines de este año, pero que ahora está en el corazón de las discusiones sobre ese caso.

El tercer ejemplo es el de Avianca, una aerolínea que enfrentó una dura huelga de pilotos en la que hubo muchas voces que los apoyaron, y que ha sido muy criticada por retrasos e incumplimientos este año.

Y uno más son los cambios en el IVA a las bebidas azucaradas y a la cerveza, decisiones en las que perdieron dos de los grandes grupos empresariales el país.

Todo eso marcó una transformación en el poder de los grandes empresarios, no tanto porque hayan perdido capacidad de hacer que las cosas pasen o no, que es en lo que consiste el poder, sino porque mostraron que no son intocables.

Eso probablemente se debe a que los grandes medios que controlan los cacaos ya no tienen el monopolio de la comunicación, y por eso las grandes empresas son objeto de mayores críticas y debate público, algo que probablemente vaya en aumento los próximos años.

Al mismo tiempo, este año el poder empresarial incursionó en la casa de Nariño como no ocurría hace décadas, en parte como reemplazo a la clase política que Duque mantiene al margen, y en parte como consecuencia de la visión pro empresarial del Gobierno.

Eso se refleja no solo en su Gabinete y en su discurso del emprendimiento, sino en iniciativas legislativas como la fallida ley de modernización de TIC o la reforma tributaria con la visión de reducir los impuestos a todas las empresas y encima darle gabelas adicionales a otras.

Esa nueva capacidad de ejercer poder se debió a que en las elecciones de este año la élite económica, que llevaba años fracturada por cuenta de la división entre Santos y Uribe, se reunificó detrás de Duque frente a la alternativa de Petro.

Comentarios (1)

muzujeju

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