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Una carrera desigual: las brechas educativas se acentúan durante la pandemia

Leer el diario de Susana
Por: Kennia Velázquez
13 de septiembre del 2020

Sabía que no era algo pasajero. En marzo, cuando el gobierno mexicano anunció la cuarentena, Susana López* entendió que su intención de convertirse en enfermera especializada en cuidados intensivos quedaría en el aire. Con la “Jornada de Sana Distancia'', nombre oficial del confinamiento, se suspendieron todas las actividades educativas a nivel nacional y los estudiantes del área de salud abandonaron sus prácticas en hospitales, como medida preventiva.

Seis meses después, la Covid-19 ha afectado a más de 650 mil mexicanos y resquebrajado la economía nacional. Pero, además, ha truncado la esperanza de desarrollarse para los jóvenes más vulnerables: en el ciclo escolar enero-mayo 305 mil estudiantes universitarios desertaron de sus carreras; según un reporte de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Y, según estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), otros 631 mil estudiantes de educación superior no podrán continuar con su formación universitaria y de posgrado en el próximo ciclo.

Para muchos mexicanos la pausa será definitiva. Y, para otros, representa un importante retraso en el proceso de especialización; algo que limita sus posibilidades a la hora de acceder a empleos de calidad. Susana, una enfermera con cinco años de experiencia en el Hospital General Regional de León, es una de ellas.

Durante la pandemia, la joven ha aplazado sus estudios de posgrado y su centro de trabajo -uno de los más grandes y modernos del estado de Guanajuato- no le ofrece ningún tipo de prestación, como derecho a jubilación, seguridad social o médica; pues está contratada como personal externo y debe renovar su contrato de manera anual.

Iliana Yaschine Arroyo, académica del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), advierte que en situaciones como esta, los trabajadores contratados por honorarios son los más susceptibles a perder el empleo. “En este contexto de crisis hay distintas vías por las cuales la pérdida de empleo puede afectar el bienestar de los hogares y sus necesidades básicas”, señala.

Sueldos precarios y jornadas extenuantes

En abril de este año, 20 mil profesionales de la salud mexicanos fueron enviados a casa, por presentar factores de riesgo para el nuevo coronavirus. 9 mil de ellos eran médicos y enfermeras. Esto agudizó el déficit de personal de enfermería: según el censo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2015, había 475.295 profesionales de este tipo en el país. En otras palabras, 3.9 enfermeras por cada mil habitantes; cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda, al menos, seis.

El 24 de marzo pasado, el Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI) lanzó una convocatoria para subsanar esa carencia en los hospitales públicos y hacerle frente a la pandemia. Así, se contrataron 6 mil médicos y 12.300 enfermeros adicionales de manera temporal. Para Susana, de alguna manera, eso representó una ventaja: un empleo adicional le permitiría ahorrar para sus estudios, algo complejo con un sueldo de 317 dólares mensuales.

305 mil estudiantes universitarios desertaron de sus carreras; se calcula que otros 631 no podrán continuar con su formación. Foto. Juan José Plascencia

Con esa idea, aceptó un segundo trabajo en el Hospital Regional de Alta Especialidad del Bajío (HRAEB), que le ofrece 499 dólares extra al mes. El costo personal, no obstante, es alto. “Estoy cansada físicamente. Solo duermo una noche en mi casa y eso está pesado. Me siento con sueño y mentalmente estoy cansada”.

Al menos tres días a la semana trabaja en el área de Covid-19. Ahí los turnos se dividen en dos bloques. Si le toca el primero, procura despertar poco antes de ir al hospital, pues durante las primeras seis horas no puede parar para alimentarse, tomar agua o ir al baño. Si le toca el segundo, en cambio, se despierta más temprano: las primeras horas son para cenar, descansar un poco y, sobre las tres de la mañana, empezar con las tareas sanitarias.

Cada día es diferente. Eso ha impedido que Susana mantenga rutinas de sueño o alimentación. “Cualquier cosa que cambie altera mi horario, desorganizado de por sí”, cuenta. Aún así, se siente afortunada por tener dos ingresos. Otros, se consuela, no han tenido la misma suerte durante la pandemia.

La mitad de los mexicanos en pobreza laboral

El Coneval, órgano encargado de evaluar las políticas sociales de México, considera que la crisis económica ocasionada por la pandemia tendrá un impacto social tremendo: la pobreza podría incrementarse 16% y alcanzar a 71 millones de mexicanos, según sus cálculos. Antes de la emergencia sanitaria, tres de cada diez trabajadores se encontraban en pobreza laboral. Es decir que, aunque tenían empleo, sus ingresos no eran suficientes para costear lo básico para su subsistencia. Entre abril y mayo, esa proporción creció a cinco de cada diez trabajadores con sueldos de 71 dólares mensuales, en promedio.

En su análisis, el organismo mexicano señala que debido a la incertidumbre es necesario focalizar la atención en los grupos en condiciones de mayor vulnerabilidad. “Entre éstos se encuentran los hogares cuyos miembros desempeñan un trabajo informal o aquellos que se ocupan en los sectores más afectados por las medidas sanitarias para contener el contagio por la COVID-19”. Y alerta además, que la ocupación de las mujeres se ha visto más precarizada por la crisis sanitaria, lo cual “ podría profundizar la brecha existente entre hombres y mujeres en el mercado laboral”.

En México hay un déficit de enfermeras, en 2015, había 475.295 es decir 3.9 por cada mil habitantes; cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda, al menos, seis. Foto. Presidencia de la República

En este contexto, muchos jóvenes mexicanos se enfrentan al dilema de continuar sus estudios o insertarse en el mercado laboral de manera temprana. Contar con una licenciatura, después de todo, tampoco parece garantizar el acceso a un trabajo bien remunerado. Especialmente, en las carreras con mayor presencia femenina; que suelen ser peor pagas. “Trabajando durante cinco años, no he podido concretar proyectos como comprarme un coche, una casa o hacer la especialidad”, cuenta Susana.

Alma Maldonado, académica de la UNAM y del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, dice que actualmente ir a la universidad significa no descender socioeconómicamente. “Por más que el campo laboral esté saturado y sea más difícil encontrar trabajos no precarios o estables, sí hay una diferencia entre los egresados de nivel superior y los que no lo son. Las personas con licenciatura tardan más en encontrar un trabajo que las que concluyeron el bachillerato. Pero, una vez que lo hacen, es más fácil que asciendan”, señala.

Salarialmente también hay diferencias entre tener una maestría y una licenciatura. “No es mucho, pero si hay una diferencia”, dice Maldonado. Contar con un grado universitario, añade, no significa “una movilidad de los deciles más bajos de ingreso a niveles más altos. La movilidad es muy poca, sobre todo si vienes de los sectores socioeconómicos más bajos; pero sí existe”.

Más estudios no siempre significa mejores ingresos

Susana sabe que no podrá mantener este ritmo de trabajo a largo plazo. “Mi idea nunca ha sido tener dos empleos. Creo que llega un momento en que no rindes igual y dejas de lado muchas cosas. Entonces, tienes que evaluar el costo-beneficio. Pero, por el momento, tener un trabajo eventual me hace sentir cómoda”.

Su perfil profesional es una ventaja en estos tiempos. Según la Encuesta sobre el impacto de la Covid-19 en el mercado laboral, 15.6 millones de adultos no tenían empleo en abril y 9.3 millones de esos desempleados eran mujeres.

“Siempre he procurado prepararme para estar en el puesto en el que estoy. [Cuando terminé mis estudios] hice un diplomado. Gasté 1400 dólares para tomarlo y en el hospital no hubo apoyo, ni económico ni de tiempo”, se lamenta.

México contrató de manera temporal 6 mil médicos y 12.300 enfermeros adicionales de manera temporal para hacer frente a la pandemia. Foto: Alonso Merino Lubetzky

El trabajo extra, sin embargo, le permitirá costear sus estudios superiores. “Si no lo tuviera, creo que tendría que esperar un año más”, dice. Las especialidades en enfermería duran entre dieciséis meses y dos años; y su precio -aunque depende de la escuela- varía entre 2.200 y 4.500 dólares. A esos costos, Susana deberá sumarle 100 dólares extra, para pagarle a una enfermera que la reemplace en el hospital, durante las horas que esté en clase.

La investigadora Alma Maldonado considera que este retraso -y, en algunos casos, suspensión- en los estudios superiores es particularmente preocupante. “Son jóvenes que han llegado lejos, que han hecho esfuerzos personales, familiares y sociales y, de pronto, detienen su trayectoria. [Eso] aumentará la desigualdad en un sistema de por sí estratificado”.

Por otra parte, hay una estrecha relación entre la deserción universitaria, la crisis de desempleo y la reducción de sueldos. Los especialistas aseguran que, si los estudiantes no regresan a las aulas, habrá un fuerte impacto en la innovación, la investigación y el desarrollo económico.

Carreras “de mujeres”: las peor pagadas

En México, el 79% del personal de salud son mujeres. Ocupan, principalmente, puestos de enfermería y apoyo, mientras los hombres constituyen la mayoría del personal médico. La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) reveló que el 100% de los médicos tiene, al menos, una licenciatura; mientras solo el 17% de las enfermeras alcanzan un nivel educativo similar.

A pesar de su importancia, la enfermería es percibida como una carrera menor. “A las enfermeras se nos ve como alguien inferior a los médicos. Quizá porque estudiamos menos y nos pagan menos. Nos tratan como asistentes, pero no es así: es una profesión”, dice Susana.

Esa desigualdad se replica, también, en otras disciplinas e industrias con mayor presencia femenina. Maldonado, doctora en Educación Superior por el Boston College, explica que hay profesiones más feminizadas, como la docencia y la enfermería. “Sus sueldos suelen ser más bajos por toda la carga social que tienen. Las carreras más “masculinas”, como la especialidad de los médicos o ingenierías, en cambio, están mejor pagadas. Ahí es donde se genera el desbalance por el tipo de empleo al que se aspira”.

El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) señala que, en 2019, las mujeres ganaron en promedio 2.50 dólares menos al día que los hombres. Aunque su participación en el trabajo formal ha crecido durante los últimos tres años, la mayoría depende de empleos con baja remuneración, que no requieren formación especializada. Así, en sectores con amplia presencia femenina -como servicios y comercio- el 74% de ellas gana menos de 17 dólares al día.

En sectores con amplia presencia femenina el 74% de las mujeres gana menos de 17 dólares al día. Foto: Alonso Merino Lubetzky

Susana siente que no haber ingresado a la especialidad la pone en desventaja. “Tal vez sí me esté cerrando puertas. Hubo personas que entraron al Hospital Regional de Alta Especialidad del Bajío por contingencia, igual que yo. Pero, como son especialistas y había algunas vacantes, ya son parte de la institución. Si yo me hubiera especializado, también hubiera accedido a esa oportunidad”, cuenta.

La doctora Yaschine Arroyo cree que la pandemia ha puesto el dedo en la llaga en las enormes deficiencias que hay en el acceso a los sistemas educativos: "Se ampliarán las brechas de desigualdad entre los sectores que tienen menos recursos económicos y aquellos que sí. Esa pérdida de ingresos afectará la posibilidad de las mujeres de salir adelante, en términos económicos. Y, si son proveedoras, se pondrá en riesgo su subsistencia”, indica.

En este contexto, la catedrática Alma Maldonado se pregunta qué harán las universidades para retener a sus alumnos y apoyar a aquellos que tengan dificultades. “Una posibilidad es que se flexibilice el sistema y se ofrezcan alternativas a los estudiantes que han dejado la carrera trunca o para cambios de universidad. [De lo contrario] simplemente perderán lo avanzado”, señala.

Iniciar un posgrado implica más que recursos económicos y tiempo. Susana, por ejemplo, se pregunta si podrá sobrellevar una rutina con estudios y empleo en simultáneo. Le preocupa que el cansancio afecte su estado anímico y sus relaciones personales. Pero sabe que no es la única. “Muchas personas han hecho la especialidad y han sobrevivido”, dice.

El agotamiento de esta joven enfermera se puede palpar. “Antes tenía una rutina en la que me dedicaba a hacer cosas para mi misma, para mi cuidado y mi bienestar personal: nadar, ir al cine… Ahora mi vida se resume en trabajar y dormir para hacer lo mismo al siguiente día. Una y otra vez”.

Recientemente, funcionarios de la Secretaría de Salud declararon que aún no se sabe si las personas con contratos temporales tendrán una plaza definitiva. Destacaron, sin embargo, “la experiencia adquirida” por el personal eventual. “Experiencia también puedes adquirir si te contratan [de manera ] permanente. Nadie puede decir que no hacen falta más enfermeros o médicos en las instituciones de México”, reflexiona Susana.

Por eso, sus dudas respecto a las oportunidades que tendrá con una mayor formación se han acentuado, durante las últimas semanas: “[Es muy posible que] no me paguen como especialista, que no se reconozca el esfuerzo, ni el mérito, porque soy [personal] temporal. Para que se me reconozca como especialista tengo que tener una base y, eso, puede tardar más de 10 años… Me pregunto si vale la pena”, dice y se queda pensativa.

*Su nombre fue cambiado para proteger su identidad.