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Por Camilo Andrés Garzón · 02 de Junio de 2020

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El director técnico del equipo de fútbol Junior de Barranquilla, Julio Avelino Comesaña, el alcalde de Cúcuta Jairo Yáñez y don Orlando Logreira, un vendedor ambulante de fruta que depende de su trabajo; representan a esos mayores -en sus 70 o a punto de cumplirlos- en riesgo por coronavirus, que no sólo quieren salir para estar con sus familias, sino porque ocupan posiciones de liderazgo o hacen trabajos determinantes para sus vidas. 

El confinamiento ordenado a quienes tienen más de 70 ya pasó los dos meses, pero, a diferencia de lo que sucede con el resto de la población, se extenderá mínimo hasta fines de agosto, y probablemente más ya que su fragilidad frente al virus no va a desaparecer. 

Y, aunque esta vez el presidente Iván Duque anunció que esa extensión incluye permiso para tres salidas semanales de media hora, esta vez se generó un malestar que algunas figuras públicas, como los exministros Humberto de la Calle, Rudolf Hommes y la columnista Florence Thomas, hicieron público.

Comesaña, el Alcalde y don Orlando son la cara de aquellos para los que nunca ha sido una opción quedarse en casa, así el Presidente los haya infantilizado por varias semanas llamándolos "abuelitos" (expresión que luego cambió). 

Salir a la calle es cumplir la tarea

A sus 72 años, el famoso director técnico del Junior, Julio Comesaña, tiene tan poco deseo de encerrarse y tanta disposición para trabajar que, frente al confinamiento ordenado por el Presidente, la semana pasada decidió presentar una acción de tutela contra el Gobierno por “violación a la dignidad humana, la salud mental, el trabajo y la libertad de escoger profesión y oficio”. 

Comesaña dijo que quería poder dirigir a sus jugadores desde el 8 de junio, fecha en la que está previsto el regreso a entrenamientos individuales.

En los meses previos a esto, se reunió de manera virtual con su equipo, pero dice: “A mí me cuesta bastante la relación si no veo a la persona, si no la tengo cerca. Yo extraño estar con ellos permanentemente”. 

El Club Deportivo Junior, que pertenece al poderoso clan de los Char de Barranquilla, emitió un comunicado de prensa en el que dice que respeta a Comesaña en interponer su acción, pero no lo apoya, pues cree que existen otros foros donde se puede tener esta discusión, como hablar directamente con las autoridades.

Con este comunicado, el Club prefirió desmarcarse del director técnico antes que afrentar a Duque en un momento en el que Cambio Radical, partido en el que están los Char, pasó a ser del gobierno y tiene representación en el gabinete ministerial con el Ministro de Salud. 

Esa posición contrasta con el hecho de que Comesaña le haya dado cuatro triunfos nacionales en el fútbol colombiano al equipo sobre cuyo éxito los Char han cimentado parte de su imperio político, como lo hemos contado.

El desmarque de Comesaña no sólo se dio desde el club, sino también desde la Alcaldía de Barranquilla, en donde mandan los Char hace 12 años.

Así lo evidenciaron las declaraciones de Ricardo Plata, secretario de Desarrollo Económico de la ciudad, quien, tras conocerse la tutela, salió a reforzar la crítica a Comesaña diciendo que ésta era innecesaria, pues el decreto no le impide a Comesaña trabajar desde el próximo 8 de junio: “En realidad no prohíbe que los mayores de 70 salgan a laborar si su actividad está exceptuada en la cuarentena decretada por el Gobierno”, explicó Plata. 

Sin embargo, el Decreto de Duque no especifica si las personas mayores de 70 años que tengan que trabajar por fuera o estén dispuestos a hacerlo, lo pueden hacer.  Aunque, de no ser así, por ejemplo, la Canciller Claudia Blum, que tiene 71 años, no habría podido asistir a algunas reuniones a las que ha ido en medio de su aislamiento.

Hace apenas unas horas se conoció la noticia de que el técnico, que en cualquier caso sí se encerró un tiempo, había retirado la tutela.

Para otros mayores el confinamiento no ha sido una opción en ningún momento.

Es el caso del alcalde de Cúcuta, Jairo Yáñez, quien tiene 68 años -y legalmente no tiene la restricción-, pero desde antes de la pandemia ha sido estigmatizado por su edad.

Yáñez venció a las maquinarias cuestionadas (las del exalcalde condenado por homicidio Ramiro Suárez Corzo) de su ciudad  y, desde entonces, en algunos corrillos le han cuestionado la edad,  le han dicho “viejo decrépito” e incluso se ha llegado a especular si su estado de salud le daría para llevar la gestión de la pandemia.  

Hablamos con él y nos dijo:

“La vida me ha hecho un gran regalo: una salud de hierro. Esa salud se mejora trabajando por la ciudad y no quedándose quieto. Lo que me preocupa no es mi edad, sino no poder hacer todo lo que me toca hacer para ayudar a la ciudad en esta crisis”, nos contó.

Yáñez trabaja desde las 8 de mañana  y no se queda en el despacho: como otros mandatarios más jóvenes, sale a los barrios a entregar ayudas.

El mandatario ya se hizo una prueba del coronavirus y le salió negativa.

Dice optimista: “Tengo toda la energía para salir y seguir haciendo cosas. No es un tema de edad lo que me define, sino mi propia autoestima y control”.   

Don Orlando Logreira ni quiso ni pudo quedarse en casa.  

Él vende frutas en Barranquilla, en el sector de Villa Santos, al norte de la ciudad. Su jornada comienza a las tres de la mañana, cuando va al mercado público a comprar la venta del día.

Allí escoge aguacate, piña, banano, mandarina y otros frutos y luego camina con su carrito, similar a los de mercado, y se arrima a pie hasta el punto debajo de un árbol, en donde ya sus clientes saben que está.

Nos cuenta que la primera cuarentena sí estuvo encerrado por la zozobra del contagio, pero que después no aguantó porque no estaba ganando plata:

“Uno no está pretendiendo que el Gobierno le esté dando limosna; no estoy inscrito en nada de ayudas. Dos días antes de que comenzara la nueva cuarentena arranqué a trabajar por necesidad, pero también porque estar zampado en cuatro paredes es muy estresante”.

El trabajo no ha estado tan bueno porque la gente prefiere no exponerse a comprar cosas en la calle. Don Orlando estima que está vendiendo el 30 por ciento de lo que vendía antes. 

Su jornada termina a las tres de la tarde cuando vende todas las frutas y se regresa a la casa donde vive solo y vuelve a sus lecturas. Le preguntamos cuáles eran y respondió: 

“La literatura clásica, la buena literatura. Las personas de la tercera edad son las que más saben qué hacer con su vida, no hace falta que nos pongan mordazas para saber qué hacer con ella”.

Según datos del Ministerio de Salud, los ingresos del 30 por ciento de los mayores de 60 años sigue dependiendo de actividades laborales, por lo que no cabe duda que para muchos de ellos quedarse recluidos en casa no fue ni será una opción durante la pandemia.  

En el reclamo de los mayores de 70 años es central la idea de que el gobierno y la sociedad han subestimado esa etapa de la vida como una de minusvalidez, cuando, conforme avanza la esperanza de vida en la sociedad, se vuelve cada vez más una edad en la que se puede seguir trabajando, tener actividades y ocupar puestos de liderazgo.

La pandemia, así, entre sus muchos otros efectos inesperados, se está volviendo en ocasión para que una generación redescubra una voz y, sobre todo, para que quiera hacerla oír.

CONTEXTO

Columna

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02 de Junio de 2020

El confinamiento obligatorio es una afrenta a los derechos del adulto mayor

El Presidente Duque aplicó un correctivo primario y grosero, como ha sido el confinamiento discriminado de los adultos mayores, ante el mayor riesgo que les  afecta por el covid- 19. Con un desprecio que creyó camuflar llamándolos  "abuelitos", les privó del derecho que reconoce el artículo 16 de la Constitución a desarrollar libremente su personalidad (caminando, tomando el sol, montando en bicicleta, yendo a trabajar o haciendo lo que se les de la gana en la calle), sin más limitaciones que las que les imponen los derechos de los demás y el orden jurídico.

La norma limita a dos las circunstancias que habilitan a las autoridades para restringir el derecho que consagra; la primera, es el respeto a los derechos de los demás y la segunda, el orden jurídico. Respecto de la primera, solamente puede afectar los derechos de los demás si se estableciera que como consecuencia de su edad es más contagioso. No existe estudio alguno que así lo establezca. Hilando más fino, podrían verse comprometidos los derechos de los demás si dada la fragilidad que en su salud determina su edad, se contagiara más fácil y al suceder el contagio, ocuparan más y por más tiempo unidades intensivas que las que ocuparían otros grupos de infectados. 

A la luz del derecho a la igualdad, estarían consumiendo más unidades de cuidados intensivos que los otros grupos. Es posible que objetivamente exista ese riesgo, pero en la práctica el Gobierno lo eliminó porque privó a los adultos mayores del acceso a esos cuidados intensivos cuando exista competencia por ellos mediante el instructivo Gips versión 01 del Ministerio de Salud que dispone: "1. Los protocolos deben tener como objetivo tomar decisiones frente al ingreso o no a las unidades a partir de variables predeterminadas como la edad, las comorbilidades, la posibilidad de supervivencia sin enfermedad, la posibilidad de supervivencia con enfermedad, la gravedad del cuadro y la posibilidad de requerimientos prolongados del soporte...". 

Duque ha cargado los hombros de los ancianos con la limitación del derecho a la libre locomoción dentro del territorio nacional al imponerles el confinamiento y con la privación de su derecho a su salud al privarlos de unidades de cuidados intensivos de presentarse competencia con otros grupos poblacionales. Por si fuera poco, disfrazó la falta de coraje que tuvo al ocultar ese atropello con un patético discurso de amor a los "abuelitos". 

Duque no tiene escusa y si se quiere escudar en el discurso de que países más respetuosos de los derechos fundamentales han hecho lo mismo, vuelve a irrespetar la verdad porque Alemania, por ejemplo bajo el liderazgo de Ángela Merkel, responsable de una de las estrategias más exitosas en el manejo de la pandemia, se negó a hacerlo declarando: “Encerrar a nuestros mayores como estrategia de salida a la normalidad es inaceptable desde el punto de vista ético y moral”.

Macron, en Francia, se atrevió a aplicar la directiva de la Comunidad Europea ordenando el confinamiento de los mayores y recibió una fuerte réplica de la Academia de Medicina Francesa, opinión científica que Duque alardea de respetar, le advirtió: “La tentación simplista de gestionar este episodio por grupos de edad y de imponer a los ancianos, en nombre de su propia protección, que permanezcan confinados no es satisfactoria”. En la misma línea el reconocido analista político francés Alain Minc, declaró:  “¿Son los ancianos más contagiosos? No, no lo son. ¿Son los ancianos más vulnerables a covid-19? Sí, pero es su libertad correr el riesgo.

El único argumento válido para justificar el confinamiento de los mayores de 70 años podría ser el deseo de no obstruir las unidades de cuidados intensivos. Pero adoptar medidas relacionadas con la edad sería una negación de la propia filosofía francesa". Les acompañaron editoriales de los principales diarios, académicos y lideres sociales de manera tan firme que Macron se vio obligado a recular y advirtió que “no quiere discriminar” a los ancianos y que “apelará a la responsabilidad individual” (ver).

Anticipándose a las anteriores opiniones y decisiones, ni Suecia ni Islandia se embarcaron nunca en la medida del confinamiento ni mucho menos en discriminar a los mayores a tal efecto. Y cuando en los ancianatos suecos se disparó el virus, el Estado atacó el problema reforzando las herramientas sanitarias preventivas y curativas en esos establecimientos, pero nunca restringiendo la libertad de las personas. 

Ni el confinamiento ni la discriminación en los servicios de salud, ni mucho menos los dos, de manera simultánea, encuentran sustento constitucional ni moral. El Gobierno debería revisar su decisión y después de suspender el empalagoso y fraudulento discurso que les confina para "protegerlos" y si falla en su tarea, negarles el acceso a las unidades de cuidados intensivos, debería, digo, inventarse procedimientos para cumplir su deber de proteger la salud de todos los colombianos, causando el mínimo daño colateral, daño que vendría siendo el sacrificio de derechos constitucionales fundamentales de los ancianos como consecuencia de su confinamiento, (solamente si se estableciera que su frágil salud afecta desproporcionadamente la ocupación de la unidades de cuidados intensivos en detrimento de los derechos de otros colombianos en evento en el que el confinamiento, de ser eficaz, impediría su contagio y liberaría unidades de cuidados intensivos para esos otros. Y ese daño, aún podría mitigarse restituyendo el derecho de los ancianos a moverse libremente a cambio de la renuncia a la utilización de las Unidades de Cuidados Intensivos. Y a los viejos que no quieran renunciar, que continúen confinados, pero que, respecto de ellos, se ordene eliminar la edad como variable predeterminada para ordenar la exclusión al ingreso de la unidad de cuidados intensivo. 

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