Solapas principales

Lina Céspedes

Abogada

Abogada de la Universidad del Rosario y Doctora en Derecho de Temple University (Filadelfia). Fue becaria Fulbright 2012-2014 y Residential Fellow del Institute for Global Law and Policy de la Universidad de Harvard 2014-2015. Cuenta con una Especialización en Derecho Tributario de la Universidad del Rosario, una Maestría en Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia y un Master of Laws con concentración en Derecho Internacional de Cardozo School of Law (Nueva York). Su trabajo académico explora críticamente las fronteras entre el derecho público y derecho privado y las funciones de gobernanza global que cumplen ciertos cuerpos jurídicos como el derecho internacional. Su investigación doctoral examina cómo ha ocurrido el trasplante y alteración de ciertos saberes feministas que están presentes en el derecho internacional en el contexto colombiano. El tema de mujeres y propiedad es uno de los énfasis de este estudio. Actualmente es Vicedecana de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario (Colombia). Las opiniones manifestadas en este medio son personales y no reflejan posiciones institucionales.

Lina Céspedes en la Red de las Mujeres

¿Para qué no sirve el feminismo?

Esta es una pregunta válida y urgente si pretendemos que las contribuciones del feminismo a la comprensión de los problemas de discriminación de las mujeres siga siendo significativa.
Considero que un cuestionamiento de este estilo es interesante por dos razones. La primera, como es obvio, por las respuestas. La segunda, por su génesis. Me ocuparé por el momento de esta última.
Hace unos años este interrogante no me hubiera cabido en la cabeza, convencida como estaba de que todo tenía una dimensión de género, es decir, de que todas las discriminaciones e injusticias podían reducirse a lo que Carolina Sanín llama “la opresión más básica y pertinaz de nuestra civilización”: la de las mujeres frente a los hombres.
Hoy en día pienso que hacerse esta pregunta no solo es válido sino urgente. El motivo es simple: la categoría mujer no sirve para entender todos los escenarios de injusticia social, ni para diseñar todas y cada una de las políticas para enfrentar la discriminación del mundo contemporáneo.
Por ejemplo, la categoría mujer sirve muy bien al propósito del feminismo - acabar con la discriminación de lo femenino frente a lo masculino - cuando se trata de explicar la incipiente participación política de las mujeres y de diseñar y evaluar formas de cambiar esa situación (Isabel Cristina Jaramillo y Helena Alvear tienen un interesante análisis al respecto en su libro Feminismo y Crítica Jurídica).
No sucede lo mismo si utilizo la categoría mujer para entender qué pasa con la violencia de pareja entre lesbianas o la violencia sexual entre hombres, a menos que someta a uno de los implicados en cada situación a un proceso forzado de feminización o masculinización para permitir la aplicación del feminismo. En pocas palabras, utilizar hombre, mujer y patriarcado en estas situaciones oscurece, más que ilumina, las dinámicas de poder que subyacen en estos contextos violentos.
Las categorías son modelos de pensamiento y su aplicación se justifica cuando nos ayudan a comprender mejor una situación. El feminismo ha contribuido enormemente a identificar las causas de la discriminación en múltiples contextos, pero eso no quiere decir que el malestar del mundo se pueda reducir a una única opresión y que toda injusticia pueda ser solucionada con el enfoque de género.
¿Ustedes qué opinan?

Debate

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Lina Céspedes en la Red de las Mujeres

¿Por qué se necesitan las mujeres en La Habana?

Estuve leyendo la columna de Ana Milena Muñoz de Gaviria “Las Mujeres y la Paz”. La leí varias veces para estar segura de las razones por las que no me convencía.
Su mensaje principal es del todo plausible, deseable y necesario. Las mujeres también deben tener voz y voto en el tema de la paz.
Sin embargo, sus razones no lograron convencerme. Claro, algunas mujeres son agentes de cambio, pero ser mujer no garantiza que uno sea progresista, pacificista, conciliador y, mucho menos, feminista. Es decir, tener una mujer en un puesto decisorio o con poder no significa que va a ayudar a las otras mujeres a llegar al mismo punto.
Ser mujer es una cosa un poco más compleja. Nuestra capacidad transformadora depende mucho de nuestra posición particular en la sociedad, del acceso que tengamos a recursos económicos y políticos y de nuestra particular noción del bien común.
Somos un grupo tan variado como lo es el de los hombres. Las mujeres también pueden tomar decisiones en aspectos tan cruciales y complejos como qué tipo de modelo económico es el más adecuado y diferir al respecto. Pueden ser neoliberales a ultranza y creer que es necesario tener menos estado y más autonomía individual o todo lo contrario.
La necesidad de tener mujeres en la Habana responde a esta variedad y no a la supuesta uniformidad (esencia) de las mujeres, a la capacidad que tenemos de representar intereses e ideas y de ser parte de la toma de decisiones que afectan nuestro destino.

Debate

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